Crítica creación

Cómo nos arruina el kirchnerismo

Publicado en Gente que no por Roberto Giaccaglia en Febrero 8, 2010

La manera en que el discurso kirchnerista ha contaminado el pensamiento intelectual argentino es triste, penosa. Desde el asunto del campo vs. gobierno —oportunidad en la que muchos escritores (jóvenes, viejos, más o menos, famosos, ignotos, más o menos) se acoplaron al tren del matrimonio presidencial, sin importar dónde los llevara, con tal que no fuera hacia la temible derecha—, el asunto se ha polarizado de tal manera que es imposible que a uno lo dejen afuera. O estás con una de las partes (Kirchner), o estás con la otra (Clarín), como si nos fuera imposible criticar a ambos, preocuparse por las formas y los contenidos discursivos de ambos, asustarse o reírse de sus estupideces cuando no queda más remedio.
Estos intelectuales dicen que si no estamos con los Kirchner se viene la derecha destituyente, por lo que hay que aguantarles todo, incluso las mentiras que tengan para decirnos, su patoterismo, etc. Como ya no hay bueno por conocer, se conforman con lo que consideran “menos” malo: su temor pasa por lo que las corporaciones económicas aliadas a los militares en décadas pasadas le hicieron a este país. No “creen” que los Kirchner formen parte de eso, así que tratan de “armonizar” con ellos. Lo contrario a esta “armonización” serían los De Narváez, los Macri, etc., es decir la derecha destituyente, por lo que la unión de los intelectuales con Kirchner no la provocaría el amor, sino el espanto.
Igualmente, me resulta muy extraño que todavía haya gente que confíe en las virtudes humanitarias y distributivas de este gobierno, como si la buena de Cristina les hablara a los descamisados (mientras que, obviamente, los De Narváez y los Macri les hablarían a los de la Sociedad Rural, por ejemplo, a los gorilas malos y esas cosas). Lo que hace Cristina, en realidad, es burlarse de los pobres, aprovecharse. Juega a ser Tinelli, confiando en que sus seguidores la van a entender mejor y a festejar, como se festeja una broma bruta, simple. Esta creencia constituye, de hecho, un aprovechamiento, una reducción, una caracterización lastimosa y en sí racista. Eso es lo único que los Kirchner tienen para darle a los pobres.
Pese a estas evidencias que cualquiera puede ver, los intelectuales argentinos (“progres”, porque de otra clase no hay) se empeñan en tragarse la píldora de lo contrario, y sacan a relucir, como argumento de su apoyo al gobierno, aquello de la distribución, como si la clase trabajadora o los pobres hubiesen sido favorecidos por el gobierno (cuando todos sabemos que la tibia mejoría se vio con Lavagna, tanto en el período de Duhalde como al principio de Néstor Kirchner). A los que en realidad favoreció el gobierno fue a punteros, a sindicalistas amigos y a grandes empresarios, entre los que se encuentran, cómo no, muchos sojeros: aquellos que tienen miles de hectáreas y contra los cuales el gobierno, durante el conflicto agropecuario, no ha ido.
“Ya iremos contra ellos también”, me decía anoche, justamente, un intelectual y profesor de letras, aunque a él le guste identificarse más como escritor a secas: llamémosle “X”, ya que sus dichos no fueron públicos, sino en el ámbito de mi casa. Este intelectual, “popular”, como se llaman a sí mismos ahora los intelectuales, cree seguramente que los Kirchner forman parte de cierta “clase” que los englobaría a él, a los que festejan el discurso kirchnerista contra el campo, y a la gente a la que la presidenta se dirige con palabras más propias de Tinelli que de un presidente respetable. Después de todo, la presidenta suele referirse a “nuestra clase” cuando habla.
Al decir “Ya iremos contra ellos también” lo único que está demostrando este escritor es ignorancia, porque para los Kirchner ir en contra de “ciertos ellos” es ir en contra de sí mismos, pues la verdadera clase a la cual defienden y verdaderamente pertenecen es la “clase calafate”. Se lo dije al escritor en cuestión, mientras seguía empinando unos vinos que había en la mesa —lo que seguramente “ayudó” en su reacción posterior.
Para desacreditar mis dichos contra su amada presidenta, este escritor (que no cocina tan mal, hizo unas empanadas muy ricas anoche, aunque sus pollos a la parrilla son un desastre) me acusó de tener una casa con patio y pileta: se le ocurrió que mis críticas al matrimonio reinante eran por una cuestión de clase; como no soy desposeído, contraatacó por ese lado: agotados ya los argumentos a favor de la política y del estilo de los Kirchner (que son los argumentos citados arriba, lo de todo intelectual argentino progre: o aplaudimos a Kirchner o aplaudimos a la derecha, así que aplaudimos a Kirchner), trató de desvirtuarme con el tamaño de mi casa: es demasiado grande como para que yo pueda hablar de los pobres o de la situación económica del país, o de la distribución.
Con intentos de desautorización como este, se termina toda charla, y el matrimonio rey se vuelve incuestionable. Si yo no los puedo criticar por una cuestión de clase, supongo que el único que podría hacerlo es el pobre: pero apuesto a que si estos criticaran a Cristina, el fanático diría que están idiotizados por Clarín, o TN, ya que el periodismo hace mella precisamente en las clases de bajos recursos, que no tienen para educarse ni cuentan con los materiales para ver la “realidad” —palabras de intelectual progre. Pero la realidad se ve clarita: inflación, retroceso del campo y de las industrias derivadas, empobrecimiento general, en especial en los pueblos. No veo sinceramente cómo Clarín ha podido influir en todo esto.

Lo que no deja de asombrarme, es el grado de violencia de los fanáticos kirchneristas. Lo hacen amparados en la izquierda, como si esto los protegiera de algo, o les proporcionara un reparo moral desde el cual cometer cualquier tropelía, o decir barbaridades. Stalin se arrinconaba en algo parecido. Así, para estos izquierdistas las retenciones son redistributivas, y la patota de D’Elía un frente contra la clase dominante (sic).
“X”, quien no me extrañaría que dentro de poco se convirtiera en un escritor conocido (su ambición lo puede llevar a eso, entre otras cosas; una vez me dijo, convencidísimo: “Yo voy a hacer una gran obra para Córdoba”), piensa de esta manera, por lo que festeja esta violencia, la justifica y la aplaude. Dice que los que están en contra de D’Elía es porque al fin le han dado el micrófono a un negro. No creo. Me parece que las quejas son por las cosas que dice, porque golpea a tipos por la calle rodeado de su patota, porque está amparado por el gobierno y porque seguramente vive de él. A esta gente, en realidad, le importa un comino la igualdad, la solidaridad, la justicia, nadie que justifique la corrupción, la mentira y los actos violentos puede estar a favor de la igualdad. No por citar a Marx van a dejar de ser lo que son, rabiosos inconsistentes que en realidad desprecian a los pobres, porque a la larga los usan para tener de qué hablar, hacerse los justicieros y tener a alguien a quien dominar. Es otra forma de poder, que los intelectuales progres, o “del pueblo”, no quieren ver.
Pero la sorpresa mayor (ya que a esta altura no es “sorpresa” que un intelectual se enferme de kirchnerismo) estaba por llegar:
De bien que estábamos discutiendo, “X” repitió pues las palabras de D’Elía: “Si hay algo que odio es a los gringos y a la gente de plata, los detesto”. Textual. Entonces se levantó y se fue. Su mujer, muy educada, no saludó, ni a mi mujer, ni a mi hija ni a los demás invitados, simplemente lo siguió, con la cabeza baja y la boca en trompa.

¿No es interesante, acaso, cómo nos arruina el kirchnerismo, como nos separa, la clase de pensamiento que genera, los odios que alimenta, el recelo con el que nos hace mover, la desconfianza, los reparos que pone en marcha hasta para compartir una cena con “amigos”?
Con “X” yo tenía más de una cosa en común, al menos literariamente hablando, e incluso defendí desde estas páginas su obra —defendí su obra, por supuesto, antes de conocerlo personalmente, porque creía en ella, no por amiguismo. Ahora me da ganas de ser Dan Brown, sólo para separarme de él, en todo sentido, porque me da asco su desprecio, me da asco que para él la política signifique insultar al otro, desacreditarlo, intentar por todas las maneras posibles de humillarlo, me da asco que se niegue al diálogo oponiendo “repulsión” de piel y de clase (“X” es más bien gringo, hay que aclarar, así que tendría que conseguirse por ahí algún tinte para diferenciarse de mí en ese sentido), me da asco que no se preocupe por los aprietes a gobernadores, legisladores y periodistas, me da asco su arrogancia, me da asco que use a los desaparecidos como caballito de batalla y a los pobres como escudo, me da asco que no se dé cuenta de que los Kirchner perdieron las últimas elecciones no por Clarín, sino por su forma de gobernar, de mentir y de manejar la economía. Por supuesto, todo esto que ahora me da asco en “X”, es lo que ya me daba asco en la presidenta y en su marido, porque los modales de “X” son los del matrimonio gobernante, los mismos que se encuentran en D’Elía y en todo defensor a ultranza del gobierno.
El discurso kirchnerista nos contamina, esa manera vil de separar los tantos, como si sólo hubiera un lado y el otro y nada más. Todo esto de lo único que hace gala es de una intimidación cobarde y de un autoritarismo ramplón. Nuestros intelectuales de fama (y repito: por méritos propios, más una cruda ambición, “X” va camino a serlo) están defendiendo estas cosas, la intimidación cobarde y el autoritarismo ramplón, más la ignorancia, más el racismo, más el odio y el recelo. El famoso discurso aquel de la presidenta en que mencionó a “los piquetes de la abundancia” caló hondo en profesores de literatura, escritores y bibliotecarios: se lo han creído. No se han puesto a pensar en el lujo de la ciudad, las carteras, los autos importados y los hoteles cinco estrellas en la Patagonia, sino en las camionetas 4×4 de los gringos, que son, mal que les pese, un instrumento de trabajo, no de ostentación, como lo anteriormente citado. Envidian (odian) estas camionetas, porque es lo que la presidenta les ha mandado a hacer. Nada más que con eso los ha convencido de que defender al gobierno los acerca a un Agustín Tosco y los aleja de lo que ellos llaman “oligarcas” (sin alentar la sospecha de que en realidad los oligarcas están en el gobierno).
La sensación que queda, pues, es que estamos cercados: si son justamente los que escriben y cuyo trabajo es pensar, los que nos brindarían los “materiales” para salir de este atolladero y reflexionar un poco, los más reacios al diálogo, los más violentos, rencorosos, racistas y ciegos, no creo que tengamos muchas posibilidades.

(A propósito: el próximo libro de “X” sale en la editorial de un gringo de plata. Ah, otra más: “X” se presentó —y fue finalista— a un premio Clarín de novela. ¿Y si ganaba? ¿Le daba un beso a la Ernestina, a quien desprecia por oligarca? Lo pregunto porque, consecuente con mi pensamiento, yo nunca me presentaría a un concurso organizado por Carta Abierta.)

…y justicia para todos

Publicado en Películas, Rescates emotivos por Roberto Giaccaglia en Febrero 1, 2010

Anvil! The Story of Anvil, Sacha Gervasi, 80:00, 2008, Canadá.

No le estoy dando mucha pelota al blog, es cierto, pero de vez en cuando, una vez por semana o así, me doy una vuelta por las estadísticas, a ver qué lee la gente, ahora que ando por otro lado. Y la gente que últimamente pasa por aquí lee sobre James Hetfield: todo el mundo busca datos acerca de su mujer argentina y cosas por el estilo. Creo no haber escrito nada al respecto, no sabía que tenía mujer argentina y si la tiene muy bien. Yo también tengo una. En fin. La cuestión es que buscan datos, entonces, sobre el co-fundador de la multinacional Metallica, empresa especializada en la industria del entertainment, y muy exitosa en los últimos años, y alguno que otro cae en Crítica creación. El interés debe de ser porque la multinacional del espectáculo anduvo por Argentina y zonas aledañas en estos días, desparramando su merchandising entre los jóvenes consumidores. Como sea, lo que yo escribí en una oportunidad sobre el director ejecutivo James Hetfield, no tuvo que ver con su mujer argentina, sino con cuánto amaba yo su música en una época y cuánto me desilusionó al volverse un comerciante más, un patriotero envanecido porque sus canciones se escuchan en la sala de torturas de Guantánamo, un cazador de animales para adornar sus paredes, un perseguidor de fans que bajan su música por Internet y, en definitiva, un paleto cogote colorado de lo peor que se ha visto, por lo menos desde el personaje de Sawyer en Lost a esta parte. Encima con cara de malo. Sépanlo: un millonario no tiene de qué enojarse. Desconfíen de los acaudalados que salen mostrando los dientes en las fotos, por más que tengan una guitarra colgada y un poco de humo de utilería saliendo por detrás.
Digo todo esto porque en contraposición con esta vileza manifiesta existen todavía metálicos de ley, sí señor, músicos de los buenos, que siguen haciendo canciones y grabando discos por el mero placer de hacerlo, ya que no los compra nadie. Parecen un poco patéticos, eso sí, porque a los cincuenta y pico de años vestirse con tachas y cuero y remeras rockeras da un poco de lástima. Pero si hay algo que dignifica a un metálico de corazón es su falta de vergüenza a la hora de mostrar sus gustos, su amor.
De esto se trata Anvil! The Story of Anvil, por lejos una de las mejores películas del año pasado: el retrato de una banda metálica seminal, que estuvo así de lograr el éxito, merecido, por otro lado, allá cuando empezó, a fines de los setenta, en Canadá, y que por una cosa u otra (mala suerte, ubicación geográfica equivocada, mafia corporativa de las discográficas, modas que empeoraban las orejas de los oyentes y que ellos no aprovecharon, lo que sea) no lo logró. La joda es que lo siguen intentando. A rajatabla y con los ojos cerrados, con la fe de un paracaidista borracho que se olvidó el quipo en casa, como si todavía estuviéramos en los ochenta y nada de lo que sacudió al heavy metal en estos años hubiera sucedido todavía.
Estos vejetes le dan duro y parejo, tocan para dos o tres, en boliches de mala muerte, se pelean a trompadas con los dueños de los boliches, que no les quieren pagar, ven cómo ninguna compañía quiere sacar sus discos, golpean puertas que nadie abre, piden préstamos a los parientes para seguir existiendo, ruegan por conseguir un productor como la gente, discuten entre ellos, lloran, lloran mucho, se abrazan, se vuelven a amigar, piensan en el suicidio, no se animan, lloran de nuevo.
Debe de haber pocas cosas más tocantes que un metálico llorando en cámara. Para colmo, un metálico con varios años encima. Ya lo había visto llorar a Dave Mustaine en Some Kind of Monster en el momento en que cuenta cómo lo echaron de Metallica, cuando era primera guitarra de la banda, y me rompió el alma. Ahora se puede ver cómo se enternecen los Anvil, al menos dos de ellos, los que fundaron la banda y los que persisten hasta ahora: el cantante y guitarrista Steve “Lips” Kudlow (repartidor en una empresa de catering que sirve a colegios de su ciudad), y el baterista Robb Reiner (albañil). Además de ellos vemos a sus descreídos hijos (que seguramente se dedicarán a otra cosa, menos a ser músicos), a sus descreídas esposas (hartas ya de soportarles tanta pena y tantos intentos vanos, infinitas promesas de lograrlo, de comprarles un auto nuevo o por lo menos una multiprocesadora), a sus hermanos (como se han dedicado a cosas más redituables, trabajos mundanos, todavía pueden prestarles plata, guardarles un poco de esperanza), a algunos músicos famosos que dicen haber sido influenciados por ellos y/o que los admiran (Slash, Lemmy Kilmister, Scott Ian, Lars Ulrich, Tom Araya, todos contando simpáticas anécdotas, un poco bobas también y, por qué no, bastante intrascendentes: a no ser Slash; Slash está bastante bien en lo que dice, mucho más divertido que Ulrich, por ejemplo, que aquí es tan aburrido como cuando se pone detrás de una batería), y a sus amigos y fans, muchos de ellos de una presencia lamentable, un poco retardada diría yo, pero es lo que pasa, quizá, si uno se vuelve fan de una banda así: el amor desmedido a ciertas cosas hace estragos, aunque sea algo noble.
Además, vemos el día a día de la banda cuando no es una banda: la mujer de uno de ellos haciendo hamburguesas, el cantante preparando (mal) una comida rápida para su hijo, luego charlando acerca de su hipoteca, más tarde tratando de encontrar otro trabajo, después festejando Navidad, el baterista mostrando sus pinturas… no es un gran pintor, pero en sus obras, así como en los momentos anteriormente citados, puede “leerse” su idiosincrasia, parte de su vida, sus aspiraciones, su desdicha. Son pinturas acerca de la soledad: casi no aparecen personas, y cuando lo hacen se ven muy chiquitas, insignificantes dentro del paisaje en el que son plasmadas, por ejemplo una plaza en cuyo centro no hay otra cosa que una gigantesca escultura de un… ¡yunque! (o sea, un “anvil”). El arte habla por sí solo, a veces dice barbaridades y otras veces cosas de las que nadie quiere enterarse: ni siquiera el propio artista.
Bueno, entonces, el que quiera saber realmente de qué se trata el metal, que deje a Hetfield tranquilo, y a la compañía que maneja con brazo de hierro, y vea este maravilloso documental, rodado por uno de los ex-plomos de Anvil, verdadero fan y ahora incondicional amigo (Sacha Gervasi, quien, de paso, también es guionista y co-escribió una de las mejores películas de Spielberg: The Terminal), cualidades estas que le permitieron al director seguir a la banda por todas las lamentables presentaciones europeas de una lamentable gira promocional, más los lamentables intentos por conseguir dinero para grabar, y, en fin, otras cuestiones igual de penosas para un par de artistas que se precian de tal y que son, en mi humilde opinión, la más notable encarnación de la pasión por una música y, es más, un estilo de vida que dista mucho, pero mucho, de lo que nos muestran en MTV, Much Music, la Rock and Pop y la Rolling Stone acerca de lo que el rock, y especialmente el metal, debe ser. Esos no saben nada. Los que saben son los de Anvil.
Lamento mucho que sea gracias a su enorme fracaso e incontables decepciones que se pudo hacer un peliculón como este. Pero, ey, no hay mal que por bien no venga. Por supuesto, deseo con todo mi corazón que triunfen. Imposible desear otra cosa después de verlos sufrir así en pantalla.
El metal es esto, puro huevo y si acaso dos o tres lágrimas.

Se vienen días aún más extraños

Publicado en Cosas únicas por Roberto Giaccaglia en Enero 29, 2010

Jerome David Salinger, 1919-2010, Estados Unidos.

Parece mentira, pero dicen que se fue Salinger nomás. Estaba hecho un viejo choto. Obsesivo, manipulador, entusiasta de medicinas alternativas, y muy pagado de sí mismo. Probablemente se creyera un Mesías. En los últimos años se había dedicado a demandar a cuanto biógrafo se le pusiera a tiro. No contento con eso, demandó también a un pobre autor sueco que se inspiró en su obra cumbre, The Catcher in the Rye, para hablar del personaje cincuenta años después, en un libro que encima no leyó nadie. Bebía su propia orina, creído de que iba a llegar más lejos. Cosas de la Cienciología. Pasaba varias horas por día sentado en una silla de metal, cuarzo y resina de poliéster, combinación propuesta por el austrohúngaro Wilhelm Reich, inventor y psicoterapia corporal, creador de la teoría del orgón, a la que JD era adepto: las energías positivas pueden ordenarse en nuestro favor si contamos con la polaridad adecuada, la cual la daría la combinación de materiales arriba citada. Puede ser, la verdad que tiene bastante sentido. Tan triste y absurdo como suicidarse en una luna de miel. O alegre y lleno de fe, como salir a cazar peces-banana. Hacía rato que no escribía, o que escribía para después romper lo escrito: no vaya a ser que alguien lo robara y lo vendiera fuera de su mansión, donde estaba recluido. Una vez alguien le sacó una foto yendo al supermercado, parecía otro hombre, un poco como Syd Barrett: a ambos se los puede ver siempre jóvenes y geniales, o, en su defecto, como vejestorios absolutamente normales viviendo dentro de un ocaso perpetuo. Se había desentendido del mundo hacía rato. Me gusta eso. Las noticias abruman, no dejan ver la realidad. Nunca se supo dónde se había metido exactamente, dónde estaba su cabeza quiero decir. Escribió cosas maravillosas. Sus críticos dicen que no han soportado bien el paso del tiempo, o que se dejan leer apenas por adolescentes que compran sus primeros libros serios. Yo cada tanto releo Levantad, carpinteros, la viga del tejado, o Nueve cuentos, o Seymour: una introducción, mi preferido, todo a pesar de las horribles traducciones con las que vienen a estas tierras, y no siento nada de eso, sino a lo sumo gratitud.

El rey ha muerto.  Aguante Ray Loriga.

Comentarios desactivados

Metamorfosis

Publicado en Le blog critiqué por Roberto Giaccaglia en Enero 14, 2010

Cuando Franz se despertó esa mañana después de un sueño intranquilo, vio su cuerpo convertido en un enorme quarterback...

Comentarios desactivados

Post final… de año

Publicado en Le blog critiqué, Rescates emotivos por Roberto Giaccaglia en Diciembre 24, 2009

Como cada año, siempre cerca de las fiestas, al autor se le da por reflexionar acerca de cuestiones que no tienen que ver con nada, pero que él presume de interés para lo que hace en esta humilde bitácora: precisamente eso.

Los libros, los libros
Varias veces me prometí hacer lo que voy a hacer a continuación y que el diablo me perdone la vanidad: un racconto de las editoriales con las que me he peleado. No tiene la menor importancia (detallar el fracaso no es más que una de las tantas formas del orgullo, y una bastante enferma, por eso pedí perdón recién), pero puede llegar a ser divertido, no a la altura, digamos, de una lista de novias que se han alejado, o de mujeres que nos han rechazado, pero por ahí va la cosa. O sea, hacia ningún lado, terrenos poco fértiles, donde a lo sumo se dibuja nuestra propia estupidez o si acaso la del objeto que antes representaba algo importante para nosotros.
Aviso a los señores editores: si me olvido de insultar a alguien, lo siento, no es mi intención, es que me ningunearon tantos que por ahí perdí la noción de alguno.

En primer lugar, fue la editorial Alción, cuyo editor en jefe, el señor Maldonado, cada vez que iba a tratar el tema de las pequeñas regalías de mi obra, esquivaba el bulto. Todo el mundo estima en grado sumo al señor Maldonado, en Córdoba es casi un prócer de la edición y tengo al menos para mí que debe de ser el único en toda la provincia que entiende qué es lo que tiene que hacer un editor: leer. En Córdoba, los editores no leen, o les importa tres pitos la literatura que llega a sus manos. Pero el señor Maldonado es otra cosa: lee y entiende sobre lo que lee, mejor que nadie, tiene ojo para encontrar escritores, para rescatarlos, sabe de qué se trata su trabajo y ciertamente lo ama. Pero me resultó medio complicado tratar algunas cuestiones con él, o una sola en realidad: lo que debía pagarme por las ventas de mi novela, la cual había accedido sacar por una pequeña cantidad de dinero, Las cosas mínimas.
Después de decirle un par de cosas que no le gustaron, canceló inmediatamente la deuda conmigo, me entregó los ejemplares prometidos y nunca más me dirigió la palabra.
El otro día me lo crucé en la presentación de un libro de poesía. No voy a presentaciones, menos de poesía, pero el tipo que presentaba el libro es un conocido, así que ahí estaba yo, invitado, y él, Maldonado, editor del libro en cuestión.
Miró para otro lado cuando sin querer nos levantamos al mismo tiempo de nuestras sillas. Me había descubierto. Después de eso, agarró a su mujer, que es quien vende los libros en las presentaciones, y muy apurado empezó a irse, con los libros de quien presentaba el libro esa noche: la presentación había terminado para él, pero el autor tuvo que salir a correrlo por detrás, para pedirle que no le llevara todos los libros, que podía seguir vendiendo, que la presentación, al menos para el autor, el autor y sus amigos y familiares, todavía no había terminado.

Luego de la experiencia con Alción, creo que vino la de editorial Brujas, que ya más o menos conté en otro lado. Le entregué al poeta Esteban Nicotra, que trabajaba en la editorial, un cd con un par de cositas: mi ensayo Crítica creación, y una novela, Teoría del vacío. Volví al mes, como me pidió. Nicotra se hizo el sota y dijo que me iba a atender el editor en persona, o sea su jefe. El “editor” era un tipo que no se levantó de su silla. Todavía no habían leído nada, y me dijo muy suelto de cuerpo que si quería que leyeran el “material” debía pagar. Así es, esta gente me estaba pidiendo que entregara dinero a cambio del tiempo que les insumiría leer mis originales. Di media vuelta y pedí a la secretaria mi cd rom, pero no lo encontró, lo habían extraviado o algo, me prometió que lo iban a buscar, se deshizo en disculpas y yo me fui puteando bajito. Después, ya más tranquilo, y en la comodidad de mi hogar, les envié un mail mandándolos a la mierda.
Es el “espíritu de la escalera”, eso que nos ataca cuando ya nos hemos alejado de la tensión: es justamente ahí cuando se nos ocurren las mejores ideas para retrucar al infeliz que nos arruinó el día.
Luego vino la editorial Comunicarte. Allí llevé, recomendado por un amigo en común, un escritor y profesor universitario de cierto prestigio, que conoce bien a la dueña de la editorial, mi ensayo Crítica creación, porque al parecer Comunicarte se especializa en no-ficción (además de literatura para niños), así que a las novelas las dejé en casa.
La editora en jefe de la editorial, Karina Fracarolli, me recibió muy bien, dijo que efectivamente confiaba en alguien que fuera enviado por el escritor y profesor que ella también conocía y me recibió el ensayo, esta vez en papel. Se lo iba a dar “a una experta”, me dijo, , con esas palabras: una experta a la que confiaba todo el “material de este tipo”. Pasaron los meses. Le envío entonces un mail, solicitando respuesta, me contesta a los pocos días diciendo que el material “es demasiado académico” y que no podían publicarlo. La excusa era de una estupidez tal que se notaba a la legua que lo que menos habían hecho era leer mi ensayo, que puede ser cualquier cosa, una porquería incluso, pero ciertamente no es académico. Es más, está abiertamente en contra de esa forma de escribir, o de demostrar algo.
Le dije a Fracarolli que era una lástima que me hubieran mentido. Y ella dijo que era una lástima que “reaccionara así”. El “espíritu de la escalera” me traicionó de nuevo, porque cuando me alejé se me ocurrieron más cosas para decirle.

Entretanto, una editorial de menores pretensiones me contrató para realizar algunos trabajos, como escribir para una revistita cultural que sacaba. Cuando le comenté al editor, un señor que en realidad no leía ni había leído nunca al parecer, que los libros que elegía sacar estaban desprestigiando tempranamente a la editorial, porque eran una soberana porquería, se enojó y me echó del plantel. Ahora se dedican a la autoayuda y cosas así.

Después probé en editoriales como Ferreyra Editor, Fojas Cero, El Copista, etc., todas de la ciudad de Córdoba (sólo la última es de cierto renombre, y acotado a la ciudad), dejé mi “material” allí, meses y meses, y nunca recibí respuesta, me tienen que avisar todavía ahora, ni siquiera me devolvieron los originales. Es que para editar los tipos querían plata, y yo por entonces no tenía, así que no me prestaron la más mínima atención.

Luego me enteré de que había abierto una nueva editorial: El Emporio Ediciones. El editor era un hombrecito simpático, que había hecho una carrera que nada tenía que ver con las letras, ingeniero, pongámosle, y que entendía de libros como Condorito de medicina. Estaba ahí, simplemente, y creo que sigue estando, porque su suegro era dueño de la librería que dio nacimiento a la editorial.
Allí llevé mi ensayo y una novela, Los que pierden. El ingeniero dijo directamente que el ensayo no, pero que la novela podía ser. “No tengo plata para editar”, le dije enseguida. Ah, dijo. Pero me empleó para hacer trabajos de corrección. Además de eso, leía las cosas que iban llegando, el material inédito de escritores por lo general también inéditos. Trabajé un tiempo allí, pero mi novela seguía sin ser considerada. Al final, el “editor” consintió en mandar mi novela a un escritor amigo, que ya había publicado en El Emporio: dijo que la novela estaba muy bien, pero que “sola no va a poder venderse”. Era “caro” apostar por ella, y la editorial no lo iba hacer. Hacía falta plata. Mentira, plata les llovía, porque todo el mundo que llevaba sus libros y tenía con qué sacarlos terminaba publicándolos, por más malos que fueran: El Emporio Ediciones cobraba mucho, pero eran tiempos en los que algunos podían darse el gustito. Como la literatura no le interesaba en absoluto al bueno del “editor”, sino que lo único que quería era dinero en su cuenta corriente, me harté y me fui.

Recalé en Ediciones del Boulevard, vaya uno a saber por qué. Como había ahorrado unos pesos, el editor me dijo que sí enseguida: Crítica creación se publicó de inmediato.
Las críticas estuvieron bien, a no ser la de El Amante, lo leyeron con algo de bronca, como hacen con casi todo, pero a Lamujerdemivida le gustó mucho, por ejemplo, y un poco menos al crítico de La Voz del Interior.
Como el libro había recibido algo de prensa, creí que ya podía confiar en que el editor, Javier Montoya, pudiera echarle una ojeada a una de mis novelas, que por entonces ya se habían acumulado en buen número. Además, había pagado por la edición de mi libro y el libro era considerablemente bueno. Más a mi favor, para que me prestara atención, digo, o al menos para que no quisiera cobrarme por publicar,  había comenzado a trabajar para la editorial como corrector —cobraba muy poco, pero esa es otra cuestión.
Bueno, no importa cuán esperanzado y hasta favorecido me haya sentido, porque Montoya no me dio ni cinco de pelota cuando le dije que la plata se me había acabado. Creo que al mencionarle tal cosa, “No tengo más plata para editar”, perdió el interés en mí.
Le dije que no se diferenciaba mucho del tipo con el que había trabajado antes, el ingeniero-editor ávido de dinero, al que él despreciaba, y me fui. Dejé incluso de corregir para ellos, porque cuando le pedí un aumento se hizo el boludo.

Entonces, desilusionado con Córdoba, empecé a mandar mails a editoriales de Buenos Aires. La única que me dio una respuesta digna fue Entropía: la chica que me escribió se tomó la molestia de explicarme por qué no iban a editar mi novela, Teoría del vacío. Por primera vez, por única vez en realidad, me sentí tratado como corresponde.
Era como yo trataba a los ilusionados escritores que llegaban al Emporio Ediciones con la esperanza de ver editadas sus obras. Es decir, los trataba como a personas, y gratis, porque el Emporio sólo me pagaba por lo que yo corregía, no por lo que leía, por más que me costaba tiempo y esfuerzo. Eran obras en su enorme mayoría malas, aburridas, mal escritas, nacidas por el mero afán de ver el propio nombre en letras de molde, lo que casi siempre genera fatalidades y tiempo perdido para los demás, o sea yo, el lector del Emporio Ediciones, una editorial berreta y miserable, manejada, cuándo no, por alguien a quien los libros le importaban tres pitos.

Siguieron los mails, fundamentalmente a editoriales porteñas. Casi ninguna contestó, por muy pequeña o mediana o grande que fuera, ni saludos mandaban. A las que se hicieron eco, dos o tres, les mandé alguna novela como archivo adjunto, por más que protestaran, porque querían recibirla impresa, empaquetada. Algunas, como Aurelia Rivera, recibieron la novela, pero nunca se preocuparon por contestar qué pensaban, por más que les insistiera una y otra vez. De la misma manera me trató la editorial de Florencia Abbate, cuyo nombre honestamente no recuerdo: recibieron la novela y se olvidaron de ella, de mí, se hicieron los sordos. Mansalva y Eterna Cadencia fueron más prácticos: ni siquiera contestaron a mi propuesta de mandarles alguna obra. Otras, como Ediciones del Dock, contestaron que la novela estaba muy bien, Los que pierden, pero que debería mandarla a un concurso, no buscar publicarla en una editorial chica, lo que me parece una respuesta más bien cobarde. De todas ellas, repito, la única responsable fue Entropía, que se molestó en decir por qué no se publicaba mi novela, qué cosas no le habían gustado, qué no llegaba a convencerles.

Entonces supe que acá nomás, en Córdoba, ahora había una editorial que funcionaba más o menos bien: Recovecos. Quise comprobarlo, y compré algunos de sus libros. No hacen feas ediciones, terriblemente irregulares en cuanto a la calidad literaria, es cierto (creo que lo único bueno que publicaron es lo de Gaiteri), vaya a saber por qué parámetros se rigen, qué escritor les paga mejor, quizá, o a tiempo, pero qué le iba a hacer, perdido por perdido. Los contacté, tardaron un mes en contestarme, y les mandé una novela. Entonces desaparecieron. Ante los cientos de mails sin respuesta, me hice de un tiempo y fui a la editorial, quería verles las caras. Me encontré con una imprenta. Y con el hermano del “editor”. Me dijo que el editor “nunca está acá”. Hmm, contesté, mientras pensaba en que ya conocía muchos editores que no trabajan de editores y que no tenía por qué asombrarme. Le dejé mi número, el “editor” me llamó a la semana. Me dijo cualquier barbaridad sobre mi novela. Demostró que no la había leído, me había hecho esperar en vano, lo que dijo le salió de apuro. Eso sí: todavía no sé si habrá influido en sus “apreciaciones” el hecho de que lo llamé imbécil ante un librero que luego fue corriendo a batirle mis dichos.

El blog, el blog
Y bueno, acá estamos ahora. No hace muchos años que escribo, unos veinte pongámosle, y es muy posible que lo siga haciendo, por más que me lean dos o tres, o nadie. De hecho, lo que publico en el blog viene manteniendo la misma cantidad de lectores más o menos desde su inicio: unos ciento cincuenta por día, a veces menos, a veces más. Es verdad que muchos llegan por error, con frases del tipo “me atrae mi hermana” o “me fracture la mano y mi mama me baña” puestas en el Google, o cosas por el estilo, es decir gente que busca consejos de psicólogos, cosa que acá no vendemos, pero no tengo manera de descontar con precisión a quienes caen en Crítica creación buscando otra cosa, eso que acá no hay. Además hay que tener en cuenta que quienes caen por error a veces deciden quedarse, tal vez solamente de lo al pedo que están, o tal vez porque hay algo que les interese. Hay para todos los gustos, total. Que son mis gustos: discos, clásicos metálicos, películas, libros, recuerdos, ensayos, todo lo que me está dando vueltas en la cabeza cada día y que viene a parar aquí en forma por lo general de catarsis, a veces con algo de suerte y a veces no tanto.

Casi nada de lo que escribo me provoca orgullo. Por otro lado, no sé si importa demasiado, porque de cualquier manera no escribo ni para los que vienen al sitio a buscar respuestas que no doy ni para los que llegan aquí sabiendo lo que van a encontrar. Vaya uno a saber por qué escribo, no sólo en este blog, lo que ya sería difícil de averiguar, porque no creo que me reporte fama ni dinero ni un empleo estable, sino que ni siquiera sé por qué escribo en general. Y eso que traté de averiguarlo varias veces, con escritos varios. Tal vez el porqué resida en la misma pregunta que intento de vez en cuando contestarme, pero esto ya lo dijo otro, y mejor, eso de que se escribe para saber qué escribiríamos si escribiéramos.
No es esa, seguramente, una razón que atraiga a los lectores de este blog: una que dijera que uno lee para saber qué leería si leyera. Me late que la razón principal por la que se llega a este blog es la de conseguir información. Se quiere saber la opinión sobre algún disco, alguna película, o por qué el pelotudo de James Hetfield compra en Armani.
Sin embargo, yo preferiría que los lectores llegaran aquí atraídos por el hecho de que no saben qué leerían si supieran leer, o si les interesara. Me gusta esa razón, es más estética, más filosófica si cabe, y hasta más profunda, tiene que ver con uno mismo, intrínsecamente, como diría una profesora redundante que tenía y que me enseñó con ejemplos prácticos qué era un pleonasmo, entre otras cosas.
Ahora hay que hacer una salvedad.
Al principio de este blog, los lectores se acercaban en su mayoría por esa razón, justamente: les gustaba cómo escribía yo, no tanto lo que tenía para decir, sino cómo lo decía. Me acuerdo de los nombres de V.V., Estrella, Maguila, Koba, un uruguayo al que le perdí el rastro, El Warren creo que se hacía llamar, y otros, un tal Mario Skan, por ejemplo, que tenía o tiene un blog sobre libros, todos ellos buscaban lo mismo y dejaban comentarios en consecuencia. Una vez hablé en contra de los comentarios, de los comentarios en general, habrán pensado que era un desprecio y en su mayoría dejaron de comentar, y si acaso de visitar el sitio. Eran otras épocas para este blog, no sólo una época de lectores interesados en la estética y no tanto en la información, cosa que se encuentra en cualquier lado… sino también una época de amigos.
Por razones de diseño, de minimalismo diría yo, hoy por hoy ni siquiera tengo linkeados en este sitio a los dos o tres que todavía no me borraron del suyo: el elegante caballero de la Biblioteca de Asterión, el simpático y cinéfilo Koba, el más que buen artista Carlos Ardohain, el periodista y narrador que se hace llamar Gemelo Malvado… Si me olvido de  alguno, perdón, pero creo que básicamente son esos. Pero la razón de cierta soledad es quizá más seria que la de mantener el minimalismo. Y es un razón que se me escapa. Seguramente se me ha contagiado de algún lado, de una película, de un libro, y tiene que ver con alejarse, con ir perdiendo de a poco las ataduras, hacerse el pistola y no darle bola a nadie, jugarla de resentido.
Incluso he borrado dos de las páginas que en una época eran las más visitadas de este blog: “Acerca del autor” y “Sobre este sitio”, páginas, de hecho, con las que este sitio nació, que explicaban más o menos de qué se trataba y quién era su autor. Ya no me interesa. Me parece más apropiado, en todo sentido, la creación de “404 Not Found”, una página que contiene condensada toda la información necesaria para saber de qué va este blog o de qué la va su autor. Es como decir: “Si bien usted no se equivocó, lo que busca ya no existe, ha cambiado, es otra cosa, tanto el blog como la persona que lo hace, por lo que no podrá hallarlos nunca, pero nunca, por más que siga viniendo y acertando siempre. Conexión hay, pero no la que usted esperaba”.
Resentido soy, si no lo fuera me habrían caído mejor las bufonadas del Premio Letra Sur (no me habrían importado al menos), o el trato que me dispensaron durante tanto tiempo las benditas editoriales que visité, en persona o virtualmente.
Experiencia. Siempre me faltó eso. Es algo que se gana tarde, que se consigue cuando la oportunidad para usarla ya pasó. Pero vaya uno a saber si no tendría que estar después de todo contento con mi resentimiento. Debe de haber en él, no en el mío en particular, sino en la calidad misma del resentimiento, un componente ético, el mismo que habita en el hastío, en el cansancio moral, en el desgano social.
Es difícil de explicar, escritores mejores que yo lo han intentado sin éxito. Incluso ese batracio de Michel Houellebecq lo hace todo el tiempo, escribiendo sus novelas despreciativas, y pese a su talento nunca le sale del todo. A ver. Supongo que tiene que ver con que uno de pronto se da cuenta de que no le gusta el rumbo que está tomando el mundo. Por una razón u otra, uno se siente un excluido, demasiado atrás de todo, medio lelo en comparación hasta con un chico de diez años, que sabe lo que es Twitter y hasta lo disfruta. Uno ve las tapas de los diarios, preocupadas por lo que el mediocre de Abel Posse tiene para decir acerca del rock, siendo que hay tantas cosas interesantes para tratar y se quiere matar, o dejar de escribir, o esconderse y no salir más. Cometer algo en todo caso irreparable, terminal. Por ejemplo, dejar de tener amigos, no darse con nadie.
Nunca tuve muchos, es cierto, y los pocos que me quedan vaya a saber si lo son. Allá en el pueblo, claro, donde tarde o temprano volveré a mi puesto de canillita, o sea de vendedor de ilusiones y tragedias, cosas que la gente compra todo el tiempo, de las que no se cansa nunca.
Así, no es de extrañar que en este blog no sean los “amigos”, precisamente, quienes dejan comentarios, en todo caso escuetos y a contar con los dedos de una mano, o media.
No entiendo, dentro de todas las cosas que no entiendo, los blogs de amigos —y eso que de una u otra manera he participado de algunos—, de gente amable por demás, que escribe posts invitando a participar, a dejar opiniones, a enjuiciar cada cosa que uno hace. Aquí los que dejan comentarios son los que se enojaron por alguna cuestión, una opinión que presumen desmedida sobre su artista favorito y cosas así.
No suelen importarme los que se enojan, a no ser que pequen de insistentes, y sé que no debería explicarles nada, como hacen esos blogs cuyo estilo y contenido no me gusta, a los que les va bien de público por la sencilla razón de que el público se siente parte, ya sea alabando o puteando.
Tengo un blog distinto. No bueno, ni mejor que otro, sino distinto, nada más que por la sencilla razón de que todo me chupa un huevo y lo digo sin esconderme tras un nick, como le dicen ahora a los apodos. Si no pongo mi foto es sencillamente porque soy feo. Y este blog tiende a la belleza.
Por otro lado, los comentarios a este post están cerrados, así que fuck you y buen año para los que se lo merecen.

Comentarios desactivados

Los usos de la imaginación

Publicado en Películas por Roberto Giaccaglia en Diciembre 19, 2009

The Limits of Control, Jim Jarmusch, 119:00, 2009, Estados Unidos.

Tal vez Jim Jarmusch sea un poeta consumado, no lo sé, al menos no me arriesgaría a gritarlo con todas mis fuerzas, pero lo que es innegable es que viene intentándolo desde hace tiempo, a veces con menos suerte que otras, y por lo general sin ser comprendido del todo, que es el riesgo de todo poeta y el destino de la mayoría de los hombres que intentan serlo por más que carezcan de dotes, siquiera de convicción.
Tal vez sea esta la película que más lo representa, o que mejor documenta sus intentos, pero The Limits of Control no es su mejor película, para eso todavía queda por superar Ghost Dog, que de la poesía sólo tomaba acaso su cadencia, la cadencia, quiero decir, de un poema bien escrito, donde la música se percibe en cada línea, en cada palabra, no en el resultado final, cosa que en la poesía bien entendida no importa demasiado.
No debe de haber nada que le guste más a Jarmusch que los artistas, benditos sean, así que en The Limits of Control traza una distopía donde los artistas, los músicos, los poetas, los pintores, son controlados, perseguidos, capturados, por hombres grises y aburridos, burócratas de un Estado frío y amenazante que quiere terminar con la creatividad, los sueños, la inoperancia, la falta de sentido práctico, para que una vez libres de contaminación, los hombres nos dediquemos a las tareas que importan, hacer dinero, llevar el mundo adelante.
Si bien Jarmusch no entrega aquí la obra de su vida, por más que, por temática, seguramente así lo habría querido, tampoco lo hacen Bill Murray, Tilda Swinton, Gael Garcia Bernal, John Hurt, Paz de la Huerta y seguramente alguien más, que se me escapa, ni la obra de sus vidas ni mucho menos, actúan poco o casi nada (cameos prácticamente), y se diría a desgano, tal vez porque Jarmusch es un apellido cool, empático, que otorga prestigio, y queda bien ponerse a su servicio sólo para decir unas cuantas frases enigmáticas y poner una pose rara, artística.
Otro que está invitado es Rimbaud, que brinda unas palabras que elogian el peligro del infierno, o de lo desconocido, de viajar sin guía, sin control, sin límites, palabras sobre la aventura en todo caso, sobre el riesgo, que es lo que debe asumir todo poeta que se precie de tal, largar todo y con lo puesto irse lejos a cazar elefantes, si es posible con un cuchillo, o las manos desnudas, o, mejor que mejor, una cuerda de guitarra, elemento que en manos profesionales puede ser también un arma, y una, en este caso, bastante metafórica.
Vengarse a través del arte.
The Limits of Control es precisamente eso, pura metáfora, por lo que en esencia no precisa de guión, esa cosa trillada que siempre está de más, que arruina el clima, la atmósfera, la pura improvisación, los diálogos sin sentido, el espíritu de artista, que es lo que debe primar, sobre todo aquí, donde es justamente ese espíritu el que quieren controlar los enemigos burócratas contra los cuales está “pensada” esta obra.
Me gustó mucho la interpretación prácticamente muda y sin expresión del protagonista (similar a la música que entregan el trío japonés Boris y el dúo americano Earth a la película: lenta, hipnótica, extrema), Isaach de Bankole, que hacía de heladero parlanchín en Ghost Dog, un personaje muy divertido, y que aquí hace justamente de lo contrario, un personaje muy aburrido, que al parecer no disfruta de nada, ni siquiera del sexo que le ofrece Paz de la Huerta o de las conversaciones con las que intentan llenarle la cabeza los artistas con los que se cruza, y a los que viene a defender, con una cuerda de guitarra, la mirada fija, la boca sellada y mucho pensamiento, pero mucho.
Tal es así que el personaje de Isaach de Bankole, que carece de nombre en el film, se la pasa imaginando e imaginando, no sabemos qué, pero al menos pone cara todo el tiempo de estar imaginando algo, mientras mira la lluvia, o se detiene ante un cuadro, o escucha música o los otros le hablan, Isaach de Bankole mira y piensa, duerme con los ojos abiertos, no sueña, piensa, toma café todo el tiempo, y hace algo parecido al Tai Chi, o como se llame ese ejercicio respetuoso y lento, donde el cuerpo se contrae y se expande, preferiblemente a realizar en espacios abiertos, y no donde el personaje de Isaach de Bankole espera la “acción”, habitaciones mínimas, departamentos claustrofóbicos, el baño de un aeropuerto.
Al parecer, uno de los culpables del último intento de poesía de Jarmusch es William Burroughs, de quien me habría gustado mucho saber su opinión si supiera que su obra sirvió de inspiración para The Limits of Control, una película rara, sí, difícil, sí, enigmática, libre, sí, también, sobre todo esto último, o sea una película burroughsiana, pero sin insectos, sin sexo, sin sustancias peligrosas, sin nada, en definitiva, que genere el riesgo que proclama, a no ser el de no ser comprendido, que visto y considerando la obra de Jarmusch a esta altura es un riesgo menor.
Burroughs escribió mucho acerca del “control” al que somos sometidos, de la sugestión permanente, de las apuestas que se hacen todo el tiempo para desviar nuestra atención, para cambiarnos, para metamorfosearnos según le convenga a quien ostente el poder de turno, y dijo que para ello se usan tanto las adicciones promovidas desde todos los medios posibles —deportes, televisión, economía, medios que a su vez son un objeto de perdición por sí mismos—, como la coerción directa, a veces por esos mismos medios-objeto, cuando la adicción no parece prender en nosotros o no es lo suficientemente fuerte como para tenernos a su merced.
Igualmente, son las palabras el principal medio para acceder a nuestras mentes, sin ellas aparecen tarde o temprano justamente los “límites” de esas fuerzas de coerción, por lo que se hace imperioso para el poder establecer cierta policía gramatical, o sintáctica, que provea de formas verbales al significado que se quiere transmitir e imponer, y que lo haga todo el tiempo, a cada rato, de manera tal de anular toda posibilidad de que otra palabra aparezca, una palabra distinta, una forma inusual que vendría por su belleza o impracticidad a romper con el esquema propuesto.
O sea, Jarmusch recupera bien o mal un uso político de la palabra, o más que de la palabra de la imaginación, que es el arma más peligrosa, como todo revolucionario sabe, y como lo sabe de sobra el personaje interpretado por Isaach de Bankole, que no es un artista, no, sino un asesino a sueldo, un especialista, a la larga un burócrata, un empleado del gremio de los poetas, pintores, músicos, etc., gremio tan necesitado de libertad y de una jubilación decente.
(Por eso Isaach de Bankole no habla, o habla poco, y deja en cambio hablar, y mucho, y al cuete, a los artistas que se le acercan, aquellos interpretados por algunos grandes o medianos nombres de la cinematografía actual, siempre cool en todo caso.)
Así, una película en apariencia chiquita e insignificante, termina teniendo grandes aspiraciones, porque en ella se juega todo lo que le robaba el sueño no ya a neuróticos y persecutas extremos como William Burroughs, quien afirmaba que el gobierno yanqui (¿o yonqui?) tenía un plan para matarlo, sino lo que le roba el sueño a todos los artistas de este mundo… —al menos a los fracasados, que creen tener enemigos por todas partes, o que la gente no los “entiende” porque fuerzas superiores orquestadas desde las alturas vacían la mente del público.
Ahora habría que decir que lo de “grandes aspiraciones” es una broma de mal gusto, no sólo porque a The Limits of Control la verá poca gente, sino porque cada quien que lo haga —si no se levanta antes de la butaca ni se queda dormido— la interpretará a su manera, y esta es justamente la mejor si no la única forma de ver una obra como esta, abierta a cientos de posibilidades, muy vaga y difusa, sin asidero y llena de los caprichos de su realizador, un poeta con todas las letras, que ahora, como nunca, se tomó toda la libertad que quiso, sin límites, sin control, a lo Burroughs.
Y así le salió.

Música accidental

Publicado en Películas por Roberto Giaccaglia en Diciembre 15, 2009

The Girlfriend Experience, Steven Soderbergh, 78:00, 2009, Estados Unidos.

Al fin una película que retrata el día a día de una prostituta sin caer en la miserabilidad, la tristeza, el sexo como algo malo, feo y sucio. No creo que importe mucho que no estemos frente a cualquier prostituta, sino una que cobra mil dólares la hora, pues apuesto que algún otro director con el mismo material (humano) habría traído nada más que lágrimas, y acaso algo de sangre, con la muletilla de que el amor no se puede comprar, por más que el interesado muestre cientos de billetes, o sea un potentado.
El amor quizá si se pueda comprar, o al menos intercambiar por algo. Y si no amor, tiempo, que es más o menos lo mismo.
Yo creo que es fundamentalmente lo que Chelsea les da a sus clientes, tiempo, una cosa que suele escasear, y que no todo el mundo (toda mujer, en este caso) está dispuesto a ofrecer. Chelsea no tiene un cuerpo exuberante, ni luce tan fantástica, pero tiene tiempo, escucha, puede abrazar tanto como sentarse a oír las penas de los hombres que acuden a ella.
Y los hombres que acuden a ella tienen por lo general un sólo problema, el dinero: nunca ganan lo suficiente. Claro, sus mujeres no los entienden, no saben de acciones, ni de ventas corporativas, ni de comisiones, Chelsea tampoco, por supuesto, pero al menos no parece aburrida cuando sus clientes hablan y hablan, se quejan y se quejan.
Los personajes de la última película de Soderbergh (que, como todos recordarán, saltó a la fama ni bien empezó su carrera, justamente con una película que tenía al sexo como eje principal) parecen delineados por la pluma de un digamos bastante controlado Bret Easton Ellis. No es este un escritor que sepa justamente de control, los excesos del género best-seller arruinaron muchas de sus obras (todas, en realidad), pero lo que cuenta aquí es que Soderbergh fue capaz de lograrlo: los clientes de Chelsea, la propia Chelsea, su amiga, el novio de Chelsea y los amigos del novio viven para comprar ropa, hacer negocios, preocuparse por un futuro que no llega nunca (hablan de economía y de política, no de otra cosa, de Obama y de los bancos a los que Obama les va a deber dinero) y mientras tanto, en cada tarea, lucen bien, refinados, atléticos, educados, distinguidos: forman parte de otra clase social, aquella, claro, que circulaba por las páginas de American Psycho, la novela de Bret Easton Ellis que ahora Soderbergh parece haber condensado en bajo presupuesto y buen gusto.
Sólo dos de los personajes de esta película son grotescos y aprovechados y causan rechazo: el periodista que quiere hacer un reportaje acerca del estilo de vida de una prostituta de alto nivel y el crítico de escorts (acompañantes, o mejor dicho: el tipo que escribe en una revista que reseña servicios de acompañantes). Por supuesto, el objetivo de Soderbergh está muy bien elegido: tanto los periodistas como los críticos son unos entrometidos buenos para nada, y donde menos tienen que hacer es no casualmente donde más yerran. Estos personajes son antipáticos como no lo son los demás, o sea aquellos que forman parte de ese mundo glamuroso (el de las high-class prostitutes), con sus propias reglas, porque se adentran en él como científicos esmerados no en comprender, sino en arruinarlo, tal vez por envidia, que es un motor que los escribas sin corazón mantienen limpio y lubricado como un reloj.
Esa cosa, envidia, no parece pertenecer al día a día de los clientes de Chelsea, ni de la propia Chelsea. Ni siquiera su novio —un personal trainer que, como es lógico, hace menos dinero que ella— siente envidia de los hombres que se acuestan con Chelsea. Este aspecto de la película quizá la haga trastabillar en algunas ocasiones, o volverla fría, pero es justamente la frialdad el estilo que Soderbergh quiso imponerle, como si estuviéramos ante un documental. Por supuesto, Soderbergh mismo se da cuenta de esto, de la distancia con la que cada relación de Chelsea es filmada, y se ataja de las críticas haciendo referencia al propio estilo ni bien empieza la película, pues no otra cosa son los breves comentarios cinematográficos entre Chelsea y su primer cliente. El aspecto de documental, por otro lado, se refuerza porque The Girlfriend Experience está filmada en HD (como si efectivamente se tratara no de un cineasta experimentado tras una escort, sino de un periodista amateur sin mucho dinero para filmar su primer reportaje televisivo), rasgo en el que algunos quieren ver una apuesta arty, o snob, pero imagino que son los mismos que ven en el blanco y negro de los films de Woody Allen (cuando Allen era interesante) un devaneo estilístico y pretencioso que arruina la historia. A The Girlfriend Experience esta “apuesta” (llamémosle así) no la arruina, sino que la potencia, es, si cabe, un toque más de distinción, uno que se ajusta muy bien a sus tímidas pretensiones, a la parsimonia general de la obra e incluso al personaje principal, la fría y distante y flaca Chelsea, interpretada por yo diría una fría y distante y flaca Sasha Grey.
Quizá a esta altura todo el mundo haya oído hablar de ella. Todo el mundo, quiero decir, que no necesariamente ve porno o es un conocedor de la materia. Esta chica, Sasha Grey, con todo lo poco exuberante que es, se ha transformado en poco tiempo en la estrella más ardiente de la industria del cine para adultos. Lo de ardiente es literal.
Como es literal esta película de Soderbergh, donde la única metáfora, si realmente lo es, es la ya citada sobre las pocas virtudes de los periodistas y de los críticos que intentan escribir sobre lo que no saben. Quizá, Soderbergh mismo no sepa mucho acerca de la vida de las escorts que ofrecen lo que se llama “girlfriend experience” (es decir, prostitutas con las que no sólo se tiene sexo, sino que hacen de compañía por un día o dos, y con las que se comparten más cosas que fluidos corporales), y por eso trata de no entrometerse demasiado. Sólo deja su cámara encendida y sigue a Chelsea, a su novio, a sus clientes. Su mérito es saber dónde colocar esa cámara. Como todos sabemos, este es un asunto moral, no solamente estilístico o uno que tenga que ver con la técnica, el talento formal y esas cosas. No, nada de eso, la “girlfriend experience” que Chelsea ofrece es registrada por una lente que no molesta, ni hiere, ni arruina. El hecho mismo de que Soderbergh haya elegido a una afamada actriz porno para protagonizar su película vuelve aún más notorio todo este asunto —aparte de hablar muy bien del casting, más que bien diría yo.
No soy fanático del cine de Soderbergh, ni mucho menos, odié la mayoría de las cosas que hizo y mi visión acerca de su obra previa no va a cambiar. Me pregunto si es por eso que estoy tan sorprendido por esta pequeña maravilla de la que fue capaz, casi sin querer.