Cómo explicarle arte a un perro atado
Exposición N° 1, instalación, Guillermo Vargas Habacuc, Costa Rica, 2007.
La historia del arte está llena de momentos provocadores. En un principio parecería fantástico que fuera así, porque al fin y al cabo no es bueno que ante el arte se permanezca impávido, no verse sacudido, pero no son pocos los casos en los que esa provocación se hace más relevante que el hecho artístico en sí, que suele dejar un vacío, un gusto a nada.
No hace mucho, en Copenhague, una obra invitaba al público a encender una licuadora llena de agua, con un pez dentro. Era una instalación del artista danés de origen chileno Marco Evaristti. Constaba de diez licuadoras con peces nadando dentro de ellas y al lado de cada una un papelito que sugería al público activar el botón de encendido. Dicen que al menos un miembro del público se atrevió a hacerlo. El director del museo donde se presentaba la obra fue multado por violar las leyes que protegen a los animales contra la crueldad, después de que se presentara una denuncia. Evaristti quería representar el paso de la existencia a la no existencia.
Varios años atrás, en 1966, en Londres, un tipo prendió fuego a una mariposa en escena, según parece para sensibilizar al público acerca de la Guerra de Vietnam, en especial sobre el uso y los efectos del napalm.
Ahora, un tal Guillermo Vargas Habacuc, de Costa Rica, ata un perro famélico a una pared con una pequeña cuerda, y lo deja ahí, como instalación artística, dentro de una galería de arte. La instalación no duró mucho, por falta de perro al otro día. Todos sospecharon que había muerto de hambre, pero la directora de la galería se excusó diciendo que el perro en realidad se había escapado, pasando por las verjas de hierro de la entrada de la galería. Dijo que había permanecido en el local tres días y que había estado suelto todo el tiempo en el patio interior, excepto las tres horas que duró la muestra, y que fue alimentado regularmente con comida de perro que el mismo Vargas llevó.
La muestra de Habacuc se realizó el 16 de agosto pasado en la galería Códice, de Managua, Nicaragua. El perro era apenas una parte de su exposición, titulada Exposición N° 1, la cual se completaba con una inscripción hecha con comida de perro en una pared, “Eres lo que lees”, pasar el himno sandinista al revés y quemar 175 piedras de crack y un poco de marihuana. Toda una fiesta para los sentidos.
El arte suele ser una cosa fea. No propongo una moralidad del arte, ni mucho menos. Si digo que el arte suele ser una cosa fea es porque algunas obras resultan sencillamente odiosas de contemplar. La respuesta a tales afirmaciones, que algunas obras son feas, suele venir por la mano del contenido. Digo, a quienes decimos que una obra es absurdamente espantosa nos salen al cruce defendiendo el contenido que esa cosa horrible supuestamente tiene dentro. Una obra fea de ver sólo puede aspirar al contenido para salvarse a sí misma, o al artista que la produce. Entonces vienen en su ayuda por lo general ilustradísimos teóricos, que despotrican contra la burguesía de la mirada, ya habiendo aceptado sobradamente que no es tiempo de producir obras que uno colgaría en su casa, para contemplar mansamente. Pero eso es algo que ya más o menos aceptamos todos, a no ser las señoras remilgadas, obstinadas en su respeto a las buenas maneras y a la supuesta solemnidad del arte.
El problema con la pretensión de que sea el contenido el que salve a una obra de arte, es decir que sea el artista quien dice lo que es arte y no, conforme a la manera poco clara en la que trasmite sus ideas, es que si así fuera no veo por qué debería existir eso que llamamos arte. Si el artista quiere transmitir algo, ¿no podría usar el correo? Mierda, qué antiguo soy. Mejor dicho, ¿no podría usar el e-mail, armar una cadena de correo electrónico que difundiera su pensamiento? O armar un blog, por qué no.
Hablando de mensajes, o de cadenas de comunicación, se armó una justamente para impedir que Vargas participe el año que viene de la prestigiosa Bienal Centroamericana de Honduras, donde al parecer fue invitado. Incluso hay un lugar para firmar y todo: http://www.petitiononline.com/13031953.
Esta bienal donde fue invitado Vargas tuvo un jurado integrado por Ana Sokoloff (Colombia), Oliver Debroise (México) y Rodolfo Kronfle Chambers (Ecuador), quienes, según dijeron, escogieron a los invitados en base a la gran calidad de las obras y la excelente coherencia entre idea y ejecución.
Vaya.
Al momento en que me pongo a escribir esto, hay más de trescientas mil firmas pidiendo por la cabeza de Vargas, de todas partes del mundo. O no la cabeza, sino meramente la exclusión del artista de la bienal.
Hace rato que dejó de discutirse que una buena obra puede ser también inmoral, pero lo que no parece entrar en discusión todavía es que una obra inmoral también puede ser una porquería. A propósito de los peces asesinados en Copenhague, el director del museo dijo que todo es cuestión de principios y que un artista tiene el derecho de crear una obra que desafía el concepto de lo que está bien y de lo que está mal. Al parecer, la idea original del artista era colocar al público frente a un dilema: elegir entre la vida y la muerte. El artista que ató al perro tal vez quiso colocar al público frente a un dilema similar, un poquito menos sanguinario: elegir entre la libertad del perro o seguir contemplándolo. Nadie desató al perro. Todos eligieron seguir contemplando. ¿Qué cosa? ¿El hambre, la sed, el sufrimiento, la opresión, el castigo? Sí, todo eso. Vargas se propuso, y lo logró, hacer ver cuán tranquilos contemplamos la desgracia, diariamente, sin hacer nada en contrario. Nos alarmamos por un perro en desgracia dentro de un museo, pero no nos lo llevamos a casa. Igual que hacemos con un niño desnutrido, al que no le acercamos unas moneditas cuando nos limpian los vidrios de nuestros autos. Es una generalización, por supuesto. Yo no tengo auto.
Vargas quizá haya logrado todo eso, sí, pero su obra no deja de ser una porquería. Lo que hizo, una supuesta concientización, podría haber sido hecho de otra forma. No soy quién para decirle cómo, pero sí puedo decir que eligió el camino más fácil, ridículo, feo, holgazán incluso, y a esta altura un poco trillado: espantar el alma burguesa, la buena conciencia, llenar de basura el rinconcito bien pensante de la clase media. Y no gratuitamente, sino con un perro, al que si no mató, al menos tuvo que hacer sufrir, dejándolo atado tres horitas para que él pudiera demostrar “algo”. ¿Qué cosa, además de las que ya dije? Que no tiene la menor idea de cómo expresar lo que quiere decir sin apelar a la charlatanería vanguardista.
Alguien dijo una vez que matar a un hombre no es defender una idea, sino matar un hombre. Lo mismo puedo decir yo ahora, que soy plagiario: hacer sufrir a un perro no es hacer arte; es hacer sufrir a un perro.

oh , mucha razon , nunca fue arte , solo sufrimiento