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agosto 2, 2009 / Roberto Giaccaglia

Por qué se escribe (o en todo caso “para qué”)

UNO
Un artículo de Carlos Ardohain llamó mi atención, tal vez porque yo solía preguntarme eso mismo que Carlos se contesta en el artículo: ¿por qué escribo?
Años atrás podía suscribir cada una de las cosas que pone Carlos en su nota, bueno, casi todas, pero ahora no estoy tan seguro.
Lo que más me gusta de lo que escribió Carlos acerca de por qué escribe, es que sabe que escribir es inútil. Esa debe de ser la única postura éticamente posible, escribir porque sí, sin pretender nada. La esencia es esa, no perseguir objetivo alguno con el acto de escribir, lo que, por otro lado, no significa que sea éste un acto gratuito. Gratis son las mandarinas que se roban de la planta del vecino. Y escribir no es eso, a no ser que uno se lastime con las ramas, o corra al menos el riesgo de caerse, ahí sí.
Es que escribir es una tarea jodida. Me gustaría poner “peligrosa”, pero tampoco creo que sea para tanto. Supongo que esta frase, “la escritura es peligrosa”, o alguna equivalente, tuvo sentido por ejemplo en la Argentina de la década del setenta, pero ahora escribir carece de tal cosa, peligro, así que no nos hagamos los piolas, o los valientes. Valiente escribiendo era Walsh, no nosotros, los de ahora, que escribimos de lejos.
Escribir, simplemente, es una tarea jodida, y nada más.
Y es jodida por la sencilla razón de que escribiendo se encuentran cosas, y que éstas no suelen ser placenteras. Carlos habla de “retrato”, pues bien, supongo que la escritura puede mostrar un retrato de nosotros que nunca hayamos querido ver: uno donde salimos feos, deformados, con marcas bien visibles, las que va dejando la vida, las que van dejando las diversas muertes.
Por supuesto, esta es una manera pesimista de ver las cosas, una manera oscura, como la vería por ejemplo el señor Sabato, quien hasta el último suspiro sostendrá que se debe escribir sólo cuando no se pueda más, cuando nuestra cordura dependa de esa expulsión en forma de palabras. Para él, la escritura es llanamente catarsis, para decirlo pronto y prosaicamente.
Pero también existe la manera optimista de ver el asunto, una forma de verlo que si bien está en el mismo arco que la anterior, ocupa el lado opuesto: la escritura libera, sana, purifica, y nunca puede ser algo oscuro, sino todo lo contrario.
Lo dice Carlos cuando dice, por ejemplo, que escribir es no estar solo, que escribir es un acto físico parecido a viajar. La escritura, entonces, acompaña, alivia, reconforta como lo hace toda actividad placentera del cuerpo.
La escritura desde esta óptica es pues un sano ejercicio, lo que de una manera u otra nos acerca a la idea de la terapia, cosa a la que ya suscriben los escritores del otro extremo de la curva (¿sabatianos vs. sabáticos?), para quienes la escritura no es tanto un gusto (un viaje, un placer) como una necesidad imperiosa (una purga, un enema).
De una forma u otra, están diciendo lo mismo, la diferencia puede ser sólo “geográfica”, o acaso cronológica: para los optimistas es bueno escribir, mientras que para los pesimistas lo bueno es haber escrito. Los primeros viajan, pasean, disfrutan el paisaje mientras lo van cruzando; los segundos se limitan a escapar de su encierro.
Es probable que exista, con todo, un punto medio, un contacto entre los dos extremos: la idea de convertirse en escritor, o al menos la de haberse convertido en tal cosa al menos por un ratito: intuyo que optimistas y pesimistas abrazan el mismo deseo (oscuro, luminoso).

DOS
Todo esto no debe confundirse con lo que al parecer dijo Ortega y Gasset, que nunca supe bien si era un solo tipo o dos. Ortega dijo algo como que los argentinos no quieren escribir, quieren ser escritores. Pero este Ortega y Gasset, sea uno o dos, siempre andaba repartiendo consejos y admoniciones morales a los argentinos, así que no hay que darle mucha pelota.
Lo que sí, está bien fijarse aunque sea un momento en la diferencia entre “escribir” y “querer ser escritor”. Muchos, directamente, escriben —mal o bien, eso no importa—, para ser “escritores”, para identificarse como tal cosa. Pero para eso es mejor elegir la carrera de abogado, o la de médico, que son profesiones en serio y de vez en cuando redituables, sobre todo si se tienen pocos pruritos a la hora de facturar (o a la hora de elegir cómo facturar).
Para mí, un tipo que se dice escritor es un tipo que vive de eso, o sea de escribir. Personalmente al menos, no conozco a ninguno. Sí conozco a unos cuantos que quieren vivir de eso: escriben y lo que escriben es poco interesante, persiguen con algo de desatino y bastante de trabajo una meta que al menos desde acá parece inalcanzable, pero son en general buenas personas o lo parecen y yo les deseo suerte. Ojalá se conviertan en escritores pues.
Sin embargo, hay caraduras que se dicen escritores y que en realidad viven de vender autos usados. Han publicado un libro o dos, muy malos, y se juntan en un bar del centro a compartir largas charlas sobre ellos mismos: no creo que sean de otra clase los que siguen jorobando con esa dichosa ley que permitiría al escritor jubilarse.
Y después conozco a gente que escribe y que no se llama a sí misma escritor. No sé por qué lo hace, lo de escribir digo. Si han sacado un libro, fue en una pequeña editorial, con una tirada mínima, y han repartido los ejemplares entre primos y amigos. Pero muchos escriben porque sí nomás y ni esperan publicar. Algunos de ellos son terriblemente aburridos, no tienen otro tema más que la escritura —saben mucho de libros, saben mucho de autores, y no saben nada de nada más—, pero hay quien escribe bien en este pequeño grupo y que merece el éxito o el reconocimiento aún más que cualquiera de los de arriba, los que se hacen llamar “escritores” o que figuran de tal cosa. Lo bueno es que esto del éxito no les interesa, o al menos lo simulan aceptablemente.

Y hacen bien. El éxito, después de todo, es muy similar al fracaso en un aspecto clave: ambos mienten. Esto no lo dije yo, sino uno que escribía en serio. Y presumo que al menos en esta cuestión de la escritura tanto el éxito como el fracaso mienten porque escribir no es realmente un trabajo, o una carrera, o el trazado de una meta. Escribir no es algo fácilmente discernible. Hay algunos que opinan lo contrario, claro, por ejemplo Federico Andahazi, quien dice que el del escritor es un trabajo como cualquier otro. Si a uno le encargan la composición de determinado libro, por ejemplo uno donde aparezcan cuentos sobre hombres casados, porque resulta ser que el editor ha visto que dicha temática tiene cierto filón, se puede decir que escribir es un trabajo, uno al menos en el que se es comandado por un jefe que espera de uno determinados resultados, luego de los cuales se espera recibir cierto salario, en virtud del tiempo destinado a la tarea y de lo bien que ésta se cumpla. También es posible entender la tarea del escritor como un trabajo si éste se empeña en producir libros destinados al género best seller. Hay obreros que se encargan de elaborar libros así y supongo que ellos sí tienen un trabajo como cualquier otro. Pero resulta ser, al menos para mí, que quienes pertenecen a este campo de la escritura no pueden ubicarse en un extremo u otro de la curva citada más arriba: ellos se ubican muy lejos de ella, en un limbo custodiado por regalías, agentes literarios, prensa amiga, buenas ventas, etc., y no creo que tengan tiempo para preguntarse acerca de bagatelas tales como “por qué se escribe” (más bien se preguntan “para qué”, pregunta que exige una respuesta más utilitaria).

TRES
La cuestión del éxito, por supuesto —dinero, cómo conseguir mujeres/hombres, poder, o el poder de ser visto al menos—, es muy importante en el hecho de por qué a alguien se le ocurriría escribir. Es más, en muchos casos suele ser la cuestión principal.
No hace mucho se suscitó una pequeña, mínima y sin importancia ventisca en torno a los escritores de la llamada Joven Guardia —otros que, quizá, estimen más a la profesionalización de la tarea de escribir que al escribir en sí.
Parece que unos muchachos argentinos —algunos de los jóvenes escritores de la Joven Guardia—, viajaron a España a presentar una antología donde se puede leer algo de sus producciones. Allí los esperaba un tal Pron, que a mí me suena a grupo mediocre de metal industrial de los noventa: Prong. Este tal Pron tiene cierta fama en España, publica ahí, y para el momento en que los jóvenes amigos de Argentina llegaban a España, él ya había andado por Madrid, por Barcelona y por sus editoriales, así que ofició de “introductor” de esta Joven Guardia —de la que él mismo participa, pues forma parte de la antología que estaban a punto de presentar.
Después de acompañarlos en un par de presentaciones, destripó a sus compañeros en una nota publicada en una revista peruana: aparte de tratarlos de tontos, dijo que eran unos meros interesados en el dinero, el éxito, las ventas y no en la escritura, cosa de la que al parecer no entienden nada.
La actitud de Pron con sus “colegas” es detestable (después de haber compartido un libro con ellos y ahora que lo conocen dos o tres intenta ridiculizarlos, tal vez para que no lo “confundan” con el pobre gringo que viaja para ver cómo es España y qué negocios pueden hacerse allá), pero acá no estamos hablando de lo canalla que es Pron, sino de la corazonada que tuvo al encontrarse con sus ex amigos: Pron “supo” que ellos escriben por dinero. Apenas lo vieron, en vez de preguntarle acerca de su literatura, o de la literatura de Europa, le preguntaron cuánto se lleva un agente.
O sea, Pron quiere hablar “no tanto” de lo imbéciles que son sus coetáneos, sino de la relación entre mercado y literatura. Tajantemente, Pron separa los tantos: hay quien escribe para vender, hay quien escribe por la literatura misma (“Alguien habría tenido que decirles que la literatura consiste en leer y en escribir libros y que ésa es una actividad virtualmente antieconómica…”). Abanderado entonces del arte por el arte (o, mejor, de un arte comprometido con todo aquello que no sea el vil metal), Pron se despacha con una nota en contra de lo que uno supone son cosas como el arribismo o el engaño, pues le da mucha vergüenza que lleguen a confundirlo con esa gente que escribe por plata.
Felicitaciones a Pron, que no le miente a nadie…

Es muy probable que todo el asunto haya sido un gastadero inútil de saliva y de tinta, porque quizás cada una de las palabras escritas por Pron en la revista peruana hayan contado con el visto bueno de los aludidos —una crónica conjunta, digamos, aunque con una sola firma—, en cuyo caso estamos sólo ante una broma, lo que es peor, porque así hasta los denunciados como imbéciles y arribistas quedan mal parados, indefendibles.
Pero, con todo, esto vendría a corroborar cierto tópico de por qué se escribe: la escritura es un juego cuyos participantes han entendido como ningún otro que nada merece ser tomado en serio.
Y como para que dejemos del todo de tomarnos en serio la cuestión, Pron hace de su última novela dos versiones: una pensando en España y otra pensando en Argentina, a ver cuál de las dos le sale mejor… Es la misma, claro, pero sabe que los editores españoles no van a tolerar una novela escrita en “argentino”, así que, por las dudas, antes que en sí mismo, o en su lenguaje, piensa en los compradores españoles. Algo similar a lo que hacen los cantantes sin alma cuando tienen un éxito y quieren penetrar en otro mercado: aprenden más o menos a canturrear en el idioma de destino y alteran el “producto” original para venderlo mejor allí, donde supuestamente “no entenderían” sin una ayudita extra. O lo que es más simple: se venden a la demanda, adecuan su estilo, se disfrazan de lo que no son, pasan por otra cosa para agradar.
¿Eso no es acaso escribir por plata?
Andá a cagar Pron. O vete a tomar por culo, como vos prefieras.
Ya entendimos todos que el arte puede ser también una salida laboral, y que incluso no es despreciable que a alguien se le pague si resulta que hace bien lo que hace (sea pintar, escribir o arreglar una silla), pero no por ello vamos a confundir al arte con una mercancía a la que hay que adaptar conforme al gusto del público (verbigracia: una silla para que se sienta más cómodo).
Eso tampoco figura en lo que uno usa para decir por qué se escribe. Da vergüenza decirlo, así que se oculta, allá arriba, arriba o más allá, en ese limbo custodiado por regalías, agentes literarios, prensa amiga, buenas ventas, colegas de los que después se reniega, ex colegas a los que después se palmea en la espalda, etc.

5 comentarios

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  1. Su / ago 27 2009 2:46 am

    Conforme leia en mi mente se aparecian como alucinaciones crueles, visiones de mi propia vida.
    Esque estaba todavia un poco descondestada, algo desencantada y con el corazon tan extraño q no queria entenderme pero ya me siento bastante mejor.
    Lei primero lo q tu amigo carlos escribio, fue lo q me trajo a este blog.
    Yo a veces escribo, no se si bien o mal aunque para no ser modesta dire q algunos dicen q muy bien.
    Pero nunca me llamo en si, como has dicho tu: “ser escritora” me decidi por medicina por q tambien me apasiona.
    En fin yo escribia por escribir, a veces compartia cuentos poemas y demas divagaciones con amigos, a veces nadie los llego a leer por q simplemente eran solo mios, a veces vendi mi alma a los concursos de mi escuela donde por la fuerza se imponen reglas y se exigue un tema. Perdi una vez por imaginar demaciado y otra por q a mi maestra se le hizo tarde en entregar mi cuento…
    Ahora contandotelo si q me da risa, aunque en ese entonces por poco me encierran por aventar a la maestra desde la ventana (estoy mintiendo, creo q ya lo sabias, pero ganas no me faltaron)
    La historia q me hizo perder mi voluntar para escribir es larga, se llevo un tiempo hasta mi voluntad de vivir.
    Es una historia complicada, guarda el mas intenso amor q jamas senti por nadie, un amor donde me parecio comprender por primera vez desde lo mas profundo las expresiones: amor imposible y amor verdadero, tambien guarda el sueño que mas he luchado por alcanzar, hasta el punto de dejar TODO y quedarme vacia como una caracola de mar hueca con tal de lograrlo, aunque al final resulto en vano.
    Toque el fondo de mi vida por asi decirlo, me costo mucho recuperar mi alegria, mi esperanza y capasidad de creer en la vida y poco a poco lo consegui, pero ya no escribia mas.
    Cuando intente de nuevo retomar las hermosas letras, se repetian las preguntas ¿porque escribir? ¿para que escribes? ¿que sentido tiene?
    Y esque un tiempo escribi solo para el, para que conosiera mi alma, para decirle q lo amo (por que si se lo decia) para hacerlo feliz, por que le gustaban mis cuentos. y dolia tanto que lo deje.
    Y esque luego deje hasta de escribir para mi, cuando abandone toda mi vida para cumplir ese solo sueño en el q fracase.

    Gracias por lo que tu escribiste, en algun punto mas q el comentario de tu amigo carlos, me recordo lo bonito q es el escribir por amor a escribir y que si que es inutil, pero puede ayudar a sanar el corazón de un completa extraña.
    n_n

  2. Roberto Giaccaglia / ago 27 2009 5:09 pm

    Su, muchas pero muchas gracias.
    Y adelante.

  3. mirtha lucía / sep 7 2009 9:23 pm

    Dejo algunos comentarios mezclados para no volver a mirar (me estoy ahorrando…: lamentable pero sincero)

    Por supuesto ni lo de O.y G. (nunca lo quise) ni lo de Pron me interesa. Del èxito o el fracaso tampoco me preocupo ya que a esta altura los he expulsado de mi vocabulario. Me son ajenos aùn en cuanto a concepto. Y no es orgullo porque los fracasos que he tenido he podido articularlos con otros aspectos.

    Siento porque “creo” me es difìcil de enunciar, que escribir es estar solo . Pero estar solo en el mejor de los sentidos. Es enriquecedor y en esa direcciòn siempre cumple una funciòn aunque uno no la haya buscado. Por eso, lamento cuando no puedo escribir, cuando no puedo entrar en el juego. Para mì se trata de un juego valioso en el que uno se tira a la mesa, se expone y al hacerlo responde a una pulsiòn de vida. De eso se trata: de responder al llamado, de vencer a la pulsiòn de muerte. ¿ Puede haber algo màs importante, cuando uno lo siente asì?

  4. Roberto Giaccaglia / sep 9 2009 2:33 am

    No, Mirtha, no creo que haya algo más importante. Aunque un White Russian bien preparado, en una noche de verano, sentados en una reposera, mirando las estrellas, con el rumor del agua meciéndose cerca de nosotros, también pueda llegado el caso vencer cualquier pulsión de muerte (o al menos unas cuantas).
    Un abrazo.

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  1. Post final… de año « Crítica creación

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