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marzo 15, 2011 / Roberto Giaccaglia

En qué se están yendo los días (11)

Cuando Kevin Costner filmó Danza con lobos, compró tierras donde se asentaba una comunidad india, a la cual prometió ayuda, dado que el lugar era deseado por empresarios que querían a los indios fuera, para hacer sus negocios “libremente”. Ante la promesa de que su tierra iba a ser preservada, muchos de los miembros de la comunidad actuaron en la película, haciendo de sí mismos, supongo, o de lo que habían sido sus antepasados, encantados de que ese suelo que pisaban y donde los cara pálida montaban sus aparatos iba a quedar para ellos. Pero no fue así. Después de la película, Costner desarrolló un emprendimiento turístico, con casino incluido, como una especie de Las Vegas en miniatura, también en medio del desierto. Con la anécdota, muchos explican el continuo derrape de Costner después de Danza con lobos y su transformación en el hazmerreír de Hollywood, tanto de colegas y de la prensa especializada como del público, que lo elige año tras año el peor actor, el peor director y a sus películas como los bodrios a destacar de cada temporada. Costner, explican, fue maldecido. No de otra manera podría haber filmado las cosas que filmó luego de aquella promesa incumplida.

Jim Jarmusch contó esta historia, más o menos por la época en que salió Dead Man, ese western de ensueño que lo tiene a Johnny Deep como protagonista. Recuerdo haber visto la película en VHS, apenas pude conseguirla. Pensé que se trataba de poesía. No tenía, al menos, ninguno de los tópicos que frecuenta el western, y que de alguna manera se resumen en la figura del hombre solitario que se enfrenta a una pandilla de malechores para salvar el honor de una dama humillada, o que llega de lejos para redimir a un pueblo avergonzado de sí mismo, y subyugado por los mismos malechores. Tal vez la poesía pueda encargarse de estos asuntos, no lo sé con certeza. Pero lo cierto es que cuando vi Dead Man sentí que era un western ajeno a los conocidos y que era, en cierta manera, poesía. Tal vez diga esto por no saber bien qué es la poesía o qué quiso hacer Jarmusch en Dead Man. Pero para mí emprender un camino incierto, en busca de una promesa vaga, en un horizonte que se desdibuja más y más a medida avanzamos (¿avanzamos?), se acerca bastante a la definición de encarar, por ejemplo, la composición de un poema. Nadie sabe dónde va, en realidad. Y el poeta, simplemente, se encarga de contar el viaje.

Otro western atípico es, por supuesto, Unforgiven, que también vi en VHS, en la soledad de mi departamento de soltero. Al contrario de Dead Man, y ciertamente de Danza con lobos, Unforgiven es una película excelente, una obra cumbre, que trasciende el género en el cual se inscribe y que desafía al tiempo, mientras que las demás caerán tarde o temprano en el olvido. Dead Man por ser un ejercicio para el regodeo personal de su autor (por más poesía que haya intentado), y Danza con lobos por ser parte de lo mismo de siempre: mitificar una cultura y vaciarla de contenido para volcar dentro de ella todo el imaginario que limpia de culpas y de malos sentimientos. El exterminio indígena que supuso la Conquista del Oeste, similar, acaso, al exterminio indígena que supuso nuestra Campaña del Desierto, se cuenta una y otra vez desde Hollywood y no es más que repetir la tarea políticamente correcta de decirles a los indios: Ey, los hicimos pelota, pero por lo menos les dedicamos películas. No hay nada más fácil que apropiarse de la historia de los que perdieron, ¿eh, kirchneristas?, con lo cual no sólo se consigue mucho público, sino también negar las dos cuestiones más importantes en torno a estos asuntos: el genocidio y lo que se esconde detrás.

Vuelvo a Unforgiven, que no sé para qué la dejé. Un amigo de aquellos años, especialista superior a mí en westerns, me decía que por fin una película contaba cabalmente eso de los duelos de pistolas en el Oeste. Eran tal cual lo muestra Unforgiven: nada del muchachito desenfundando a la velocidad de la luz y acertando en el corazón del malvado, que también había sido rápido en sacar su pistola, pero no lo suficiente como para dispararla antes que el protagonista. El duelo en el Lejano Oeste —más bien un país limítrofe y no tanto un tiempo pasado— se trataba no de rapidez, sino acaso de sangre fría, de decisión: una vez que el arma mortal está en la mano hay que decidirse a usarla, eso es todo. A algunos les temblaba el pulso; a otros, no. Algunos acertaban órganos vitales, otros el brazo o alguna parte del pecho sin mayores consecuencias. Pero Unforgiven no es sólo memorable por su exactitud en cuanto a la manera en que aquellos hombres ajustaban cuentas, sino por los temas que trata y por la forma en que lo hace. En la película de Eastwood hay más de Beckett que de John Wayne: es una obra atípica, marginal, cargada de preguntas y trascendencia, que bien pudo haber sido un film noir o en realidad cualquier otra cosa.

A Jarsmuch —quien, por supuesto, no es una autoridad en el tema, pero que por lo menos algo de western ha visto— no le gusta John Wayne. Pero esto es sólo ponerle un nombre propio a toda la caterva de detractores que tiene el actor ícono de las películas de vaqueros. A nadie le gusta Wayne, y siempre por idéntica razón: John Wayne no hacía de vaquero, sino de John Wayne. Es una figura que encarna todo lo que el cowboy debe poseer: insensibilidad, coraje, fiereza, misoginia, entrega, honestidad, desinterés, etc. El cowboy es un alma pura con apenas algún que otro defecto mínimo, o vicio, la cantidad suficiente para permitirnos cierta empatía, porque de sus mínimos defectos y algún que otro vicio se desprende toda la infinita soledad y tristeza que va cargando a lomo de su caballo o sentado en la taberna, con un whisky en la mano. Son sus flaquezas las que lo vuelven humano. Wayne, en este sentido, era poco humano, pero entonces, cuando no había tantos críticos de cine, le bastaba con lo que tenía para emocionar a cualquiera.

Se podría decir que el Cogburn de los hermanos Coen sufre de lo mismo que sufrió cuando lo interpretó Wayne en la primera True Grit, porque Jeff Bridges es siempre Jeff Bridges, o lo viene siendo por lo menos desde que lo vimos en The Big Lebowski. Pero no. Porque el Cogburn que imaginó el tal Charles Portis, que inventó el personaje en 1968, era un antihéroe, un asocial y pese a ello un hombre necesario, un vago sin aparente motivación alguna en la vida, que sin embargo termina de alguna manera haciendo siempre lo correcto. Wayne nunca fue de esta manera, pero Lebowski, aquello en lo que se transformó Bridges, sí, de sobra: sin belleza ni épica, desalineado y sin ganas de nada, Lebowski, al igual que Cogburn, sólo pide que respeten sus valores, mientras que él respetará los de la sociedad… alejándose de ella cuanto le sea posible. Nunca sabremos por lo que pasó Lebowski, qué condiciones lo llevaron a vivir como vive, pero sí se nos permite saber algo acerca de la vida de Cogburn, es decir qué cosas lo llevaron a vivir medio borracho todo el tiempo, dormir en un catre en el fondo de una tienda de alimentos, escondiéndose del mundo, tratando de no hablar con nadie más de lo necesario. Después de hacer de Lebowski, Bridges puede llenar muy fácilmente esta clase de papel, el de un hombre que sigue sus propias reglas, y que trata, aunque muy de vez en cuando, de hacer lo correcto (a su manera).

Dicho esto, agrego que los últimos minutos del Cogburn de los Coen están guiados no por lo que el personaje es, sino por lo que demanda la historia. Los fanáticos del western estamos acostumbrados a la desesperada acción final del protagonista, cargada de heroísmo y tensión, donde se la juega el todo por el todo, ofrendando su cuerpo, ya bastante maltrecho a esa altura, en pos de una noble causa (usualmente una muchacha herida o atrapada). Pero Cogburn no es durante la historia uno de estos arrojados personajes, ni da pistas de que se transformará en algo como eso. Cogburn, por el contrario, es un hombre pasivo, que resuelve los asuntos con la parsimonia del chino que se sienta a la orilla del río a esperar el cadáver de su enemigo. Pero de haber actuado con la tranquilidad que demanda Cogburn, o acaso el Dude de The Big Lebowski, la muchachita de True Grit no habría sobrevivido: de ahí que el empujón hacia la acción total y definitiva no haya sido dado por el corazón de Cogburn, sino por lo que acostumbran las historias de este tipo, siempre tan demandantes de sacrificio, pasión y músculos listos, elementos todos que a Cogburn no parecen sobrarle, y menos que menos al Dude que se hizo carne en Jeff Bridges.

En Unforgiven los hombres no cambian: el cobarde se mantiene cobarde; el arribista, arribista; el tímido, tímido y el malvado sigue malvado, de principio a fin. Sólo Ned, el personaje interpretado por Morgan Freeman, parece imposibilitado de ser el de siempre. Algo en él hace click —como el rifle que llegado el momento no se anima a disparar. Duda, y en esa duda encuentra su perdición. Es el momento en que la película plantea una cuestión difícil. Ser fiel a sí mismo representa para Ned matar a sangre fría a un hombre indefenso, algo por lo que se lo conocía cuando joven. Elige cambiar, apartarse de ese camino, y encuentra gracias a eso una muerte terrible. Algunos creyeron ver cierto fatalismo en la película de Eastwood: hagas lo que hagas el destino está allí esperándote, así que sigue fiel a ti mismo, por tu camino y a tu manera, que lo mismo da. Otros, en cambio, supieron encontrar una disyuntiva moral compleja, que enaltece al personaje de Ned, pues Eastwood hace encarnar en él valores considerados perdidos. De cualquier manera, Ned se transformaba en un símbolo de “algo”. Queda a elección del espectador decidir de qué. Después de los críticos, no es fácil sentarse así como así a ver un western: siempre hay alguna cosa que buscar en él. En este caso, por ejemplo, tanto le vale a Unforgiven la mirada que Beckett posaba sobre los hombres, sombría y pesimista, como la redención católica por medio del dolor y la muerte. ¿Acaso el personaje de Eastwood, hablando del castigo, no le dice en un momento a Schofield Kid algo como “Todos nos lo merecemos, Kid”?

Sé que a mi viejo, que no padeció a los críticos, no le gustaría la True Grit de los Coen. No le parecería enteramente una película de cowboys, demasiado sentimental tal vez, muy hablada, y para colmo con una niña como narradora y coprotagonista.

Las películas de cowboys, o como suele llamarlas, “las de tiros”, es una de las pocas cosas que logró inculcarme —algo que no consiguió con la ginebra, por ejemplo, con el peronismo o con River Plate. A mi viejo le gustan las de meta palo y a la bolsa, las de muchos tiros, el western conocido como “Shoot ‘em up”: ese donde las balas no se terminan nunca. Sus héroes son Burt Lancaster y Kirk Douglas y su preferida de todos los tiempos y, de hecho, la primera de cowboys que yo creo haber visto, es Duelo de titanes, que habrá mirado unas cincuenta veces y que al día de hoy sigue recomendándome. También le gustan las de Charles Bronson, especialmente Los siete magníficos, patrona de los westerns que siguieron y segunda en su altar personal, donde no caben muchas más. En él no figura Eastwood, aunque vio La venganza del muerto (High Plains Drifter) —que a mí particularmente me encantaba, la veía como película de terror, y el terror entonces era para grandes—, El bueno, el malo y el feo y hasta Por unos pocos dólares más, en la que trabaja Gian María Volonté —tal vez el más bello de los cowboys y acaso la razón por la que mi vieja alguna vez se sentó con nosotros a ver una de tiros.

Aunque las vio todas, mi viejo no podía nombrar entonces (ni puede ahora) a John Ford, Howard Hawks, Sergio Leone, Sam Peckimpah… Antes el western, o las de cowboys, o las de tiros, se disfrutaban de otra manera, no como ejercicio intelectual, o estético, nadie se sentaba en el cine o frente al televisor a deconstruir nada, a fijarse cómo va naciendo una road movie en el camino que va trazando la diligencia, o cómo interactúan, dentro de ella, los personajes. Los críticos no estaban para arruinar la experiencia de lo que debía ser una película de cowboys.

El pobre disfrutó del género hasta que vio la de Kevin Costner, Danza con lobos —con esa, empezó a creer que ya todo estaba perdido. Fue la manera que tuvo mi madre de estrenar su membresía en cierto video club que había abierto no hacía mucho: alquilando esa cosa de Costner, ante la recomendación del dueño del local, que le había dicho que en películas del Oeste era lo más nuevo y mejor que tenía. Mi madre, entonces, llevó como regalo la película de Costner. Así que la vimos juntos, mi viejo y yo, recordando viejas épocas —entonces no tan lejanas, es cierto—, y viejas películas. Casi seguro que lagrimeamos cuando los malos le disparan al lobo del que se había hecho amigo el ex soldado que interpreta Costner. Los años ablandan a cualquiera, incluso a un hombre versado en tiros y en películas polvorientas.

Las de Billy the Kid son también películas emotivas, por más que carezcan de lobos a los que se les dispara. Y lo son, emotivas, porque Billy the Kid es cualquier joven sin esperanza de nuestras ciudades: por eso entendemos y nos duele su tragedia. La literatura y el cine los idealiza, esto no se me escapa, como no se le escapaba al penado de la novela de Faulkner, que se queja de los escritores que contando en novelas por entregas las andanzas de Jesse James y de Diamond Dick lo habían convertido en un criminal —al tipo, como le sucede al Quijote, le había nacido el afán aventurero de tanto leer sobre bandoleros, y así le fue. Digo que la idealización de los criminales no se me escapa, pero igual no puedo dejar de sentir emoción por algunos de ellos —siempre y cuando me los cruce en la literatura y en el cine, y no en la vida real. Las novelas que leía el penado de Faulkner los mostraban con Colts y sombreros… ahora los noticieros los muestran con automáticas y gorrita al revés o capucha… pero es más o menos lo mismo: ahora también, nos avisan, podemos encontrarnos con algún Billy the Kid cuando menos lo esperemos. Peckimpah entendía de esto y lo veía así: el western le servía para hablar de la violencia contemporánea y de esa “clase” de muerte que en apariencia sucede “porque sí”. Pero no: él sabía que nada, y menos la muerte, sucede “porque sí”. Detrás de cada disparo hay una tragedia previa. Y lo contaba con duelos, caballos, y polvo.

Tal vez de Jesse James haya más películas que sobre el propio Billy —no sé si Diamond Dick cuenta con alguna. Debo de haber visto varias que no puedo nombrar ahora, a no ser la más reciente, con Brad Pitt (The Assassination of Jesse James by the Coward Robert Ford), que no es buena pero tiene música de Nick Cave. Una de las últimas que se hicieron sobre Billy the Kid, en cambio, tiene música de Bon Jovi: Young Guns II —Dios nos libre, tanto de la música como de la película. Aquel otro, Nick Cave, es uno más a quien le gustan los westerns. El mismo escribió un guión que resultó en una película más que interesante: The Proposition (trabaja Guy Pearce, pero qué le vas hacer). Australia también es polvorienta, y al menos de lejos se la ve violenta. The Proposition, de hecho, es uno de los western más crueles que he visto, y en cierta forma nos hace pensar que la culpa es del terreno australiano: inmenso, inabarcable, áspero, y vacío. Pero supongo que con la lente apropiada cualquier tierra se ve así: mala, sucia y fea… como podría titularse algún western que contara con alguna mujer brava, manejando pistolas, rifles, caballos, dólares y hombres.

Dicen que Samuel Fuller filmó una así: Forty Guns. No la vi.

 

Fotografía de Lira Giaccaglia

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