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octubre 22, 2012 / Roberto Giaccaglia

Leyendo a Lamberti

Hacía rato que tenía ganas de leer a Lamberti, pero no encontraba nada suyo. En realidad, yo buscaba uno solo: una colección de cuentos donde mata chanchos o algo así. Lo había encargado a una librería local, pero no me dieron ni cinco de pelota. Imaginate, tenían que rastrear a la editorial Tamarisco -si no le erro-, y sólo porque lo pedía un tipo que ni siquiera era cliente. En fin. Lo dejé pasar. Después me topé con una crítica -al fin una-, que no hablaba bien del libro, lo comparaba con Bolaño, etc. Por alguna razón (no sé si Clarín miente, pero sí sé que su suplemento literario es ignorante), no le creí a la crítica, pero igual me olvidé de Lamberti y de sus cuentos donde mata chanchos.
Ahora bien, ¿de dónde me venían las ganas de leer a Lamberti? Andá a saber. Para mí, porque es de San Francisco. No el de California, el otro. Y bueno, en esa ciudad pasé muchos días de mi infancia, odiando cada minuto de ellos el clima insoportable, la humedad, los mosquitos, pero celebrando a temprana edad la cerveza con granadina que nos tomábamos con mi tío en un patio cervecero que quedaba pasando las vías del tren, atravesando un descampado. Yo tenía once o doce años cuando empecé a ir a ese patio cervecero, al caer la tarde, cuando empezaba algo de lo que podía llamarse fresco, pero a mis viejos les resbalaba que ya a esa edad tomara cerveza, o hacían como que no se enteraban. Vivían, y viven, mis tíos, en un barrio que alguien sin mucha imaginación le puso de nombre “Las 800 casas”, porque, justamente, con esa cantidad de casas arrancó el barrio. Los domingos había partidos al frente, con referí y todo, en una canchita bastante cuidada. Si hacía buen tiempo -es decir fresco- me cruzaba a verlos, hasta que mi tía me llamara porque ya estaban listos los tallarines.
¿Cómo no voy a querer leerlo, entonces, a Lamberti? Y además las críticas eran por lo general buenas. Pero el libro se me presentó como inconseguible.
Hasta el otro día. Y cerca de ahí, mirá vos. En Las Varillas, un pueblo grande que algunos insisten en que es ciudad, donde se desarrolló días pasados una feria del libro. Debería haberse llamado Feria Kirchnerista del Libro, para blanquear el asunto, pero le pusieron de título algo más pomposo, Las Varillas lee y piensa, una aclaración, lo de que un pueblo “lee y piensa”, que no sé si viene al caso: ¿lee y piensa frente a quiénes, los otros pueblos de la redonda, que no leen ni piensan?
Fueron tres días. El viernes, hizo allí su programa de radio Dolina. Y el sábado, el panelista fue Barone. Que una feria del libro invite a “intelectual” semejante puede deberse a dos cosas: o bien sus organizadores no leyeron un libro en su puta vida, o bien se trata de unos lamepingüinos. Me inclino más por lo segundo (que no excluye lo primero). Luego corroboraría que sí, que efectivamente los organizadores son unos progres de la gran siete (o de la gran seis, siete, ocho): porque los pasaron en la televisión hablando de la feria y quienes los conocen y estaban conmigo no dejaban de decir lo adoradores que son del Gobierno y de que cada vez que hablan se babean por La Dama de Negro.
Las mesas de la feria estaban nutridas con lo usual, nada que no se pueda encontrar en su librería amiga. También abundaban los libros truchos, como en los quioscos. Pero en una de ellas había una larga colección de libritos negros. Y leí en uno el nombre de Lamberti (Luciano). En otro leí el de Terranova (Juan), y preferí pasar de largo -aunque admito que me extrañó qué vino hacer a Córdoba y por qué se le ocurrió contarlo (el libro se llama algo como “Unos días en Córdoba”, y estimo que algún día, por más que para mí Terranova represente una ampliación del relato oficial desde la literatura, lo leeré). También leí el nombre de Federico Falco, de quien nada sé aún -creo que es cordobés-, pero su apellido es igual al de un tipo insoportable que iba a mi colegio, el último con el que me cagué a trompadas en mi vida, así que lo dejé para cuando me sintiera de mejor humor.
Por ahora, estaba contento con mi librito de Lamberti. No era el del asesino de chanchos, a ese lo sigo buscando, sino de algo con un loro. El título está bueno: El loro que podía adivinar el futuro. En realidad, es excelente. La tapa no tanto. La foto está medio oscura y el disfraz de loro que cubre la cabeza de alguien es pico más que nada, le falta algo o yo no lo alcanzo a ver, los ojos, el resto de la cabeza, no sé, como que es un loro inexpresivo, con puras plumas -lindas, bien hechas- y puro pico.
Lo di vuelta al libro y vi que figura un breve comentario (panfletario) de Pablo Natale. A este sí lo conozco, nos cruzamos un par de veces. Cierta vez le envié un mail diciéndole lo que opinaba de su editor y creo que no le cayó bien. Y bueno, hay gente que es amiga de sus editores. Yo me he peleado con todos.
Vamos a los cuentos. El primero más que cuento es un relato. Y está bien, muy bien de hecho. Me hizo acordar a otro reputado (la palabra no es insulto escondido, lo juro, es que otra no se me ocurre ahora) escritor de Córdoba, Sergio Gaiteri, un tipo al que yo respetaba mucho hasta que una noche se nos descubrió defendiendo con pasión a Luis D’Elía. Y de quien defiende a un nazi me importa tres pitos lo bien que escriba.
Sí, el cuento (relato) de Lamberti.
Minimalista, seco como la lengua del loro de la tapa, áspero, el racconto de los días de un pibe que se inicia en las miserias de la vida, detallando esas “iniciaciones” como accidentes, pequeños tropiezos, cosas que lo marcan a uno para siempre. Es de esos relatos que no cuentan nada, viste, pero que da gusto leerlos.
Después, el mejor del lote. Un cuentito de terror, o no de terror, sino uno de esos que ponen en duda nuestra cordura. Bueno, de terror entonces. Para ello, Lamberti utiliza el tópico usual: la madre loca. Aunque el protagonista es otro personaje, se puede decir que aquella es la que marca por dónde va la jugada principal: la figura de quien tiene toda la razón del mundo, pero que sin embargo es desoído y castigado. Lo dicho, el loco. O “la loca”. En la literatura de hoy, son las mujeres las locas, más precisamente las madres, abundan cuentos y novelas donde el escritor echa mano a sus recuerdos para componer una madre ficticia siempre al borde del hospicio mental (no siempre haciendo referencia a la propia, ojo, sino a una vecina, a una tía, etc.). Esto le da al cuento un toque de empatía muy particular: a uno le dan cosa las madres locas.
Y para mí que puedo decir casi con seguridad en qué zona de San Francisco se imaginó Lamberti esta historia: ¡yo estuve ahí! ¿Ves? Por eso quería leerlo, porque no iba a tardar en aparecer algún paisaje de mi infancia.
Podría decirse también que este cuento -el mejor, repito, lejos-, también tiene cierta inspiración de la ciencia ficción, onda Los usurpadores de cuerpos (es así: un tipo cuenta que su hermano en realidad hace rato que no es su hermano, sino un “algo” que lo ocupó, y que su madre fue la primera en darse cuenta, etc.), pero no, porque es más que eso, pura psicología, y muy bien llevada.
Los restantes cuentos no me gustaron demasiado. Hay uno que parece escrito por Dolina, directamente desde sus crónicas del ángel gris (o por Swedenborg: espíritus vagando entre cielo e infierno, ángeles y demonios paseando por la tierra): realismo mágico o boludismo romántico, no sé. Llega una feria misteriosa a un pueblo, y los del público que va a verla están todos muertos. A Dolina le encantan estos corsos a contramano, llenos de almas perdidas, de personajes estrafalarios que te la dejan picando, etc.
Pero ese es el mejorcito de los que siguen después del de el hermano cuyo cuerpo fue usurpado: hay uno que es muy… ¿Isaac Asimov? ¿Ray Bradbury? No, no Ray. Unos marcianos conviven con nosotros, trabajan, mandan sus hijos a la escuela, van al psicólogo, hasta que se deprimen demasiado, no toleran nuestros engaños, y se marchan. Luego un detallado resumen histórico -dolinesco también- de los últimos días de una raza de gigantes, contado como un falso documental, y el cuento que da título al libro: el del loro.
Es un hijo de puta ese loro. Se mete en la cabeza de la gente, como si los drogara -algo que Lamberti ya usa en otro cuento, el de los marcianos que viven con nosotros (y a quienes la gente usa como droga, hasta exprimirlos… es raro de explicar, aunque de exprimir marcianos ya había algo en la vieja Cocoon), y es raro también que repita este recurso: el de un ser extraño como estupefaciente… o de liberador de conciencias humanas- y les hace hacer cosas terribles, quedan como unos bobos, matando y comiendo gente, con el premio de poder ver el futuro, algo que parecen necesitar y que, como cualquier vicio, los consume… ¿No hay nada mejor? Digo, como “premio” por hacer esas cosas -o cualquier otra-, me parece un poco berreta “ver” el futuro. Ganarse la lotería vaye y pase, que nos dé bola la sueca de Lanata, también, pero “ver” que en unos cuantos años el colegio donde estudiamos estará derruido, por ejemplo, ¿a quién carajo le sirve? Pero no sólo eso: ¿a quién le gustaría o se drogaría o dependería para vivir de imágenes así?
Con todo, bastante buena mi primera Experiencia Lamberti -que por lo menos no es Bolaño ni ahí, pero mucho menos lo que dice Natale en la contratapa: Ballard, Milhauser, Borges (a no ser que Dolina sea un poquito Borges, lo que es otra cosa), etc., tampoco Stephen King.
No es todo eso, pero, igual, es una mezcla rara Lamberti (de hecho, este librito podría ser una recopilación de autores jóvenes). No hay un registro sostenido a lo largo del libro, un tono, una manera de pulsar, ni siquiera una melodía o ritmo que unifique los cuentos. Eso no es malo ni es bueno, simplemente es raro: como si el escritor jugara a no ser él mismo o temiera alguna vez encontrarse y quedar para siempre prendido de un estilo.
Voy a ver si consigo ese donde mata chanchos.

3 comentarios

Dejar un comentario
  1. Pustulio / oct 23 2012 4:29 am

    Yo el que leí fue el de los chanchos, y me gustó. Sí hay un registro sostenido. Y un humor un tanto truculento. Quizás se le podía reprochar falta de riesgo, pero también se vale escribir con falta de riesgo, que para eso están los deportes extremos. Por lo que leo en tu reseña, a Lamberti no le está viniendo bien juntarse con Terranova. ¿A quién le puede venir bien? El de Falco, La hora de los monos, es muy recomendable. Es un gran libro de cuentos ambientados algunos en Córdoba capital y otros en el campo. Me gusta que los escritores cordobeses escriban sobre su provincia, aunque, ya entrados, podrían exprimir más su lengua.

  2. Alex / oct 30 2012 11:48 am

    Aquí uno de los cuentos de El asesino de chanchos, un libro recomendadísimo http://blog.eternacadencia.com.ar/archives/2011/11673

  3. zachakaeter / ago 10 2013 6:59 pm

    Buenas, todos invitados a tomar el té a nuestro nuevo blog de relatos cortos y de paso dejar su opinión:
    http://www.relatosanomalos.blogspot.com
    Críticas no constructivas como “hay que extirparle el ano al nombre del blog” o cosas por el estilo serán cordialmente arreadas de una patada en el susodicho. Saludos de uno que está ansiosamente participando en el concurso de Clarín!

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