Skip to content
noviembre 13, 2007 / Roberto Giaccaglia

Detrás del velo, más oscuridad

Coil, 1982–2004, Inglaterra.

Hay bandas de las que mejor no hablar, para que a uno no lo consideren un enfermo, o un psicópata, alguien demasiado oscuro para tener lo que se llama gusto musical. Los que escuchan ese tipo de bandas, de las que es mejor no hablar, vaya uno a saber si escuchan discos por amor a la música. Creo que no, en serio. Sería como decir, por ejemplo, que los que leen a Borroughs lo hacen porque les gusta la literatura. Mentira, los que escuchan a cierto tipo de bandas o los que leen a Borroughs no buscan más que emociones fuertes, ser sacudidos, aplastados incluso, jugarse el todo por el todo, en pos de eso que no es ni música, en un caso, ni literatura en el otro, sino algo más, que está más allá, que se vuelve inalcanzable y que atrae como sólo puede hacerlo un placer arriesgado, en el que uno expone hasta el alma.
No hace mucho leí un ensayo acerca del grupo Coil, un dúo de alimañas sin corazón. Es uno de los pocos grupos que merece un ensayo, en toda la regla. Se puede hacer la biografía de un grupo cualquiera, no hay problema, pero en el caso de Coil lo que se necesita es un ensayo. No es que haya algo que explicar, la música de Coil es inexplicable, sino que necesitamos de las experiencias del otro para darnos cuenta del peligro que representa poner un disco de Coil. Pero no sólo eso. Coil es un grupo con tantos vericuetos, con tantos pasadizos por donde se mete, con tanta oscuridad en torno suyo, que lo único que se puede hacer es imaginar e imaginar acerca de qué es en realidad Coil.
Dije dúo de alimañas sin corazón como podría haber dicho cualquier otra cosa, no importa. Hay grupos así, pocos, muy pocos, pero hay, a los que les resbalan no sólo las etiquetas, sino también los insultos, las malas palabras. Les resbalan o terminan adornándolos, como si cualquier sentimiento oscuro que en el oyente se dibujara no hiciera más que darle al grupo la razón por los caminos estéticos emprendidos.
¿Caminos estéticos? No, caminos llenos de vidrio molido, o de carbones encendidos, o de púas bañadas en excrementos, cosas que lastiman, que queman, que enferman.
No por otros lugares transitó Coil, un grupo que se animó a ir donde nadie. Pero no sólo por el peligro que se debe asumir al adentrarse en ciertos territorios, sino porque simplemente a nadie le debe de interesar recorrerlos, o llegar a un final, si es que hay.
No, no hay.
Cuando la violencia es tal, no puede existir un final. Cuando la propuesta es tan indecente, ya no hay límites. Cuando el miedo ha quedado atrás, tapado por el asco, no se puede hacer más que seguir caminando, o arrastrándose, que no es lo mismo y que creo que es a fin de cuentas lo que hace Coil. Sucede que la perversión es un asunto que se ve mejor desde el piso, estando sucios y algo lastimados.
El grupo se formó en Inglaterra en 1982, por John Balance y su amante, apodado Sleazy. Juntos, empezaron a grabar sonidos que poco y nada tenían que ver con la música, para terminar haciendo algo que no resultó música al fin y al cabo, tal como querían en realidad.
Se los tiene como los hacedores de los primigenios intentos por crear algo que más tarde se llamaría música industrial, que nada tiene que ver, pero nada, con lo que hoy conocemos como música industrial.
Con un poco de magia negra mediante, lectura de libros esotéricos y la colección de peligrosos animales de compañía, ratas, por ejemplo, el dúo se va internando cada vez más en la más plena de las oscuridades. Yo me topé con ellos con el disco Unnatural History, que fue lanzado en 1990, cuando ya hacía rato que habían dejado de presentarse en vivo, en parte porque no tenía ningún sentido llevar al escenario un compendio de ruidos artesanales. Ese disco era inescuchable. Daba lo mismo que hubieran decidido sacar sólo un envoltorio, con nada dentro, como más tarde hizo el grupo argentino Reynolds, cosa que conforme a su capacidad instrumental estuvo bastante bien.
Pero antes de ese Unnatural History, hubo creaciones más precisas, musicalmente hablando, donde Coil en algo se animó a sonar más o menos como un grupo, enfermo, psicótico, todo lo que uno quiera, pero como grupo al fin y al cabo y no como meros recolectores de pesadillas ajenas o propias.
Ese “antes” en la carrera de Coil, bah, carrera, no puede correr una carrera quien no sabe adónde se dirige, estuvo representado por el disco Scatology, el primer larga duración del grupo, en realidad, porque antes no habían lanzado más que cassettes, todos congruentes con su terrorífica forma de pensar, es decir poco recomendables.
Scatology, entonces, definió lo que se conoce como el lado más audible de Coil, el lado por el cual podían ser estéticamente apreciables. Le siguieron Horse Rotorvator y Love’s Secret Domain, y en el medio varios ep’s, uno más innovador que el otro, si por innovación entendemos la despreocupación absoluta a la hora de ensamblar unos con otros sonidos dispares, una técnica que, empleada de forma más humana y con algo de decoro, resultaría en el ya citado género de la música industrial o en una ampliación del acid house, un género que también le debe lo suyo.
En 1999 el grupo dio su primer recital en más de diez años, más de quince tal vez, no sé, no importa, porque más que un recital lo que habrá dado haya sido una performance, que es otra cosa, un producto artístico por lo general irrelevante en términos de apreciación, algo que es puro contenido, contenido que a su vez el oyente usa o modifica a su antojo, como un cuadro en blanco. O un cuadro en negro. Ahora que lo pienso Coil es eso, un cuadro en negro.
El grupo dio su última performance en 2004, poco antes de la muerte de John Balance, el hombre torturado cuyas pesadillas informes y un gusto por lo extraño difícil de comparar habían dado nacimiento a este cuadro sin colores, pura oscuridad, que el mundo conoció con el nombre de Coil.
Una cosa, dije que Coil se trataba de un dúo de alimañas sin corazón. No es tan así. El single “Panic/Tainted Love”, tomado del disco Scatolgy, que fue lo que el grupo entendió como música para que otros pudieran escuchar, fue el primer disco de la historia cuyas ganancias estuvieron destinadas enteramente a una fundación que luchaba contra el Sida, enfermedad que terminó con muchos amigos del creador del grupo, John Balance, el hombre que se animó a ir más allá, en vano, porque nadie lo siguió.

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: