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noviembre 14, 2007 / Roberto Giaccaglia

Nada pasa nunca

Leer y escribir, Ariel Bermani, 152 págs., 2006, Interzona, Bs. As.

Vi una película que me gustó mucho. El otro, se llama. Es de un joven director, Ariel Rotter. Es sobre un tipo que, aburrido, decide no regresar de un viaje, pero después termina regresando, porque se aburre.
Alguien dijo alguna vez que toda historia o bien parte de un crimen o de un viaje. En el medio, al principio o al final puede haber algo como el amor, pero no es absolutamente necesario. Lo que moviliza a la historia es un crimen o un viaje.
Puede ser. A veces no se necesita más que eso, un crimen o un viaje, y en el medio, al principio o al final, nada.
Vaya uno a saber por qué, se está llenando de obras así, donde no pasa nada y los personajes centrales no hacen más que aburrirse, antes o después de un crimen, antes o después de un viaje. A lo sumo, mientras viajan, o después, o antes, o después de un crimen, se lamentan sobre su existencia, miran las cosas, como extrañados de que estén ahí, y se lamentan, habiendo o no matado ya, habiendo o no viajado ya.
Son obras que se detienen en minucias, a veces imperceptibles para el ojo normal, o en describir detalles mínimos, insignificantes, como quien elude contar algo, cualquier cosa, o sea obras que se agotan en las descripciones o ni siquiera, sino en el simple señalamiento de las cosas, como haciendo ostentación de la capacidad de “mirada” que tiene el autor, quien a veces hasta obvia adjetivar.
En parte esas obras tienen razón. Ya está todo contado, ya está todo adjetivado. Lo único que puede hacer un autor, si acaso, es señalar las cosas, guiar la mirada, hacer ver, hacer que esa presencia se note.
Repito, las cosas que estos artistas hacen ver, las cosas cuya presencia hacen notar, son cosas por lo general sin importancia, sin interés, cosas de todos los días, en las que uno no se detendría un segundo, pero son cosas que sin embargo definen el mundo de los protagonistas, lo atrapan, lo condensan, lo limitan.
Por supuesto, hay gente que deplora que los artistas no hagan más que eso, guiar la mirada, mostrarnos cosas sin importancia, hacernos pasar el tiempo, ¿perderlo?, mientras nos hacen creer que nos están contando algo, cuando en realidad no. Por ejemplo, un día en la vida de un hachero, como hace Lisandro Alonso en su primera película, es decir el viaje de alguien, un viaje bien pequeño esta vez, desde su trabajo hasta su casa.
¿Quién quiere ver eso, es decir nada? ¿O quién quiere leer sobre algo así, es decir sobre nada? ¿Quién quiere que le cuenten un viaje donde no termina pasando nada?
Bueno, antes de contestar a eso habría que intentar una definición de nada, para saber con algo de precisión de qué estamos hablando.
“Nada” es un concepto que se refiere a la ausencia de alguna cosa. Es decir, no es la inexistencia de cualquier cosa, sino de lo que esperamos encontrar. ¿Y qué espera encontrar alguien en una película? O en una novela, ya que es eso lo que nos ocupa, una novela, la de Ariel Bermani —tanto mencionar a la nada se me estaba olvidando la novela, o no olvidando, sino dándola por nombrada, como si fuera parte de lo que vengo escribiendo.
Uno espera encontrar, digo, una historia, con su principio, su desarrollo, su final. Aunque no necesariamente en ese orden, como dijo otro. Es decir, uno espera que pase algo. Y que se note. Y que suframos los pormenores de ese comienzo, de ese final, de ese desarrollo, y que nos intriguemos, que nos sorprendamos. O sea, buscamos que pase algo distinto a lo que nos pasa siempre. Se supone que la película que vamos a ver, o que el libro que vamos a leer, va a ser algo que no vamos a encontrar en nuestras vidas, o en la vida del vecino. Que pase algo, en un libro, o en una película, significa simplemente que ese “algo” sea distinto, inesperado, único.
Pero no. Últimamente nos encontramos con tipos que caminan todo el día buscando una mecha para un viejo calentador a kerosén, o tipos que hachan, matan una mulita, se la comen, o tipos que salen de la cárcel, compran un vestidito para una nieta que no conocen, matan a un chivo, se lo comen, o tipos que van a ver una película y se pierden en un cine, o tipos que deciden no volver después de hacer un viaje, pero que después vuelven, como si nada hubiera pasado, o tipos a quienes lo único que les interesa es leer y que un buen día emprenden un viaje, de improviso, porque sí, para terminar regresando porque sí también, a leer.
Este el caso de la novela Leer y escribir, de Ariel Bermani.
Sucede una rara extrañeza en quien lee esta novela, como en quien ve las películas antes citadas. Sucede la extrañeza de la ausencia, la extrañeza de estar contemplando a una persona, a una cosa o un suceso que carece de importancia y sin embargo estar sumergido en eso, eso que es nada, eso que es un vacío, eso que bien podría no existir, porque al fin y al cabo es algo que existe todo el tiempo, sin que nos demos cuenta.
Leer y escribir es una obra de este tipo, una obra que, con pocas palabras, precisas, concretas, mínimas, palabras sin adorno, palabras escuetas, palabras que parecen no sobrar en ningún momento, sumergen al lector en la extrañeza de no querer perderse un solo momento, por más que cada momento sea mínimo e insignificante, como las palabras que lo relatan.
Me sorprende incluso que este tipo de obras me gusten tanto. Obras, se podría decir, tautológicas unas con respecto a las otras, donde se repite lo mismo de maneras sólo en algo diferentes. Obras equivalentes, digamos, que de paso son equivalentes a la vida misma, obras que aparecen para que dejemos de prestarle atención a la aparente nada del mundo sumergiéndonos en otra nada, que sin embargo nos subyuga, y nos lleva sin problemas hasta el último fotograma o hasta la última página.
Será, acaso, que es una nada bien contada. O bien señalada, al menos.

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