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noviembre 17, 2007 / Roberto Giaccaglia

Clásicos metálicos. Lizzy Borden, Love You To Pieces

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Love You to Pieces, Lizzy Borden, 40:50, 1985, Metal Blade.

Una lástima que no se haya tomado tan en serio a este grupo, en parte culpa de ellos mismos, o de sus trajes, o de las tapas o de los nombres de sus discos. Pero eran los ochenta. Es algo que también sufrieron los Twisted Sister, aunque quizá con mayor justicia. Y muchísimos otros grupos, Mötley Crüe, por caso, es decir grupos que creaban una especie de devoción a su alrededor que poco y nada tenía que ver con la música, una forma no tanto de hacer, sino de parecer, algo que les hacía ganar adeptos por un lado y falta de consideración crítica por el otro.
¿O sí? Tengo que acordarme de que estoy hablando de los ochenta. La música entraba por los ojos, incluso para ciertos críticos. Bueno, ahora también. Ni Shakira ni Britney Spears serían nada sin sus ombligos. Y lo bien que hacen, porque cantando no podrían defenderse demasiado.
En favor de Lizzy Borden hay que decir al menos que lo suyo no era mostrar cuán lindos eran, sino provocar escándalo, a la manera de Twisted Sister, sí, es cierto, o WASP, otros a los que quizá sí estaba bien que los juzgaran más por su teatralidad que por otra cosa. Pero en esa época provocar escándalo estaba bien. El rock se estaba poniendo viejo. El punk había sido derrotado por el turismo y el ardcore era sólo significante para grupos reducidos dentro de la enorme cantidad de jóvenes sin futuro desparramados en ciudades grandes de USA.
Así que estaba bien provocar un poco, asustar, lastimar la visión puritana, o los oídos, con discos cuyos títulos eran Give `Em the axe o Love You to Pieces. El rock era otra vez una alarma para los padres, una falta de gusto, de tacto, un exceso.
Precisamente, de excesos estaba hecho el primer disco de Lizzy Borden, Love You to Pieces. Ya desde la tapa era al menos una promesa de porno soft, algo más que suficiente para calentar los ánimos.
El disco fue lanzado en 1985, cuando Iron Maiden, del otro lado del océano, y con una propuesta diferente en lo estético pero no tan alejada en lo musical, ya era una banda endiosada. Inmediatamente se comparó a Lizzy Borden con Iron Maiden, diciendo que eran una versión reducida, radiable, más apta para el oyente medio.
No lo creo. De Maiden, a Lizzy Borden le faltaba la épica, y poco más. Bueno, está bien, los guitarristas de Iron Maiden tampoco están presentes en Lizzy Borden, pero un poco de emoción en las notas puede esconder ciertas falencias. Igualmente, con los años, Love You to Pieces no sólo aprendió a pararse por sí solo, más allá de la estética de la banda y de las comparaciones odiosas, sino que empezó a caminar bien derecho y con un orgullo intachable, del que ya querrían gozar muchísimas bandas que en su momento sonaron más y vendieron mejor.
Pero los clásicos son así, raramente instantáneos. La mayoría crece y se desarrolla con el tiempo y uno entonces llega a ver todo lo que se perdió en su momento. La furia, por ejemplo, la oscuridad, el misterio, los riffs, los paseos que daban las guitarras por cada una de las canciones de Love You to Pieces, y que no tardarían en seguir varios guitarristas de hard y de glam rock, en parte porque no eran paseos tan complicados. Efectivos sí, y mucho.
Las baladas del disco son un punto a destacar, no un relleno, como ocurría en la mayoría de los discos de la época y que hoy se rotulan con el nombre de hair metal, un nombre divertido, pero también mal intencionado.
Pero lo que destaca de la banda, más allá de los vestidos, incluso, es la voz del cantante, su high-pitched, dirían los angloparlantes, sus gritos afinados, un registro tal vez no único, tampoco del montón, pero manejado con una soltura envidiable. Es una de esas voces que trasmiten gozo, ganas de seguir escuchando. No ganas de imitarla, porque de antemano la tarea parece poco probable. Uno se desgañitaría en vano. Es una presencia por sí sola, más allá de la capacidad de los instrumentos que la acompañan y de la capacidad del grupo para que sus oyentes no escucharan sólo música en sus discos, sino también algo indefinible y que tiene que ver más que nada con un deseo por parecer. Es decir, cierta ilusión.
Cualquier oyente de la nueva ola metálica que se estaba gestando en Gran Bretaña en los ochenta, que tuvo del lado americano a esta banda como abanderada, y a los Maiden como pilares no sólo en su lugar de origen, encontrará en este disco, ahora que los desafíos al parental advisory parecen cosas de niños, una música brillante, sólida, valiosa, de esas que ya no se encuentran, por más que los músicos se disfracen de cualquier cosa y le pongan el más provocador de los títulos a sus discos.

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