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noviembre 19, 2007 / Roberto Giaccaglia

¿A qué sabe lo inexplicable?

Alles Wieder Offen, Einstürzende Neubauten, 53:17, 2007.

Debería ser fácil escribir sobre algo que nos gustara mucho. Pero no cualquiera puede transmitir sensaciones, al menos sin sonar previsible, o remanido. Y son sobre todo sensaciones lo que nos dejan las cosas que nos gustan mucho. El otro problema es que habría que buscar nuevos nombres para sensaciones que al menos se presentan ante nuestro ánimo como únicas, recién descubiertas.
Por ejemplo, en un viaje reciente al sur probé el helado de yerba mate. Me gustó mucho, pero si fuera crítico de postres no tendría cómo hablar de él. ¿Qué decir? ¿Qué es suave, refrescante, que despierta los sentidos, que es entre dulce y amargo y que trae recuerdos, todos buenos, que es algo nuevo y sin embargo ya probado, aunque de otra forma, una forma más agresiva, menos disfrutable, que es una experiencia quizá ya vivida pero que ahora se nota mejorada, como si ella misma hubiera ido un paso más allá y desde ese lugar nos esperara, con los brazos abiertos?
La música de Einstürzende Neubauten nunca esperó a nadie con los brazos abiertos. Esperó más bien con los puños cerrados, desde una colina a la que encima costaba llegar. Uno quería un vaso de agua, y recibía una trompada. Y no cualquier trompada, sino una de esas que dejan la mandíbula doliendo por un par de días, los suficientes como para reponerse e intentarlo otra vez, ir corriendo hacia la música de Einstürzende Neubauten, que nos trompea sin clemencia ni bien nos acercamos de nuevo.
Esto parecía haber cambiado un poco con el disco anterior, Silence Is Sexy, un disco que empezaba con una invitación a tomar helado de yerba mate en una pradera, pero que después, inmediatamente, nos daba vuelta la cara, el helado se derretía y volvíamos a sentir el calor agobiante de todo aquel al que le niegan algo fresco una vez recorrido el camino necesario.
Pero no es de la música experimental dar lo que le piden, sino justamente lo contrario. Este parece haber sido un precepto que Einstürzende Neubauten siguió al pie de la letra desde su fundación, allá por el 80, en algún sector frío de Alemania al que seguramente se encargaron de volver infernal, al menos en las inmediaciones de la sala de ensayo.
Todo lo que andaba dando vueltas cerca, o estaba quieto, podía servir a la música de Einstürzende Neubauten. Debía contar, sí, con un sonido dominantemente metálico, un sonido que produjese astillas de hierro en los tímpanos, no meramente sangre. Sobre esa base sin concesiones, se fue gestando el mito. Sobre esa base sin concesiones, Blixa Bargeld, el cantante, empezó a desplegar como pudo su poesía, el candor desesperado de sus cuerdas vocales, cuerdas tímidas en comparación a las otras que eran pulsadas, una voz en puntas de pie entre bramidos maquinales. O será que cualquier cosa es candor, y desesperado, si debe sonar encima de la música de Einstürzende Neubauten, láminas aceradas batiéndose, frotándose, golpeándose.
Los instrumentos tradicionales no eran tocados de formas tradicionales, así que se convertían en otra cosa, confundiéndose con las máquinas amorfas que los Einstürzende Neubauten construían ex profeso, de la mano de Andrew Chudy, constructor de instrumentos de la banda, luthier enfermizo, para tratar de demostrar de qué estaba hecho el calor que sufrían dentro. Eran proezas metalúrgicas.
Así fue, repito, hasta el primer momento del disco anterior, del año 2000, donde el silencio daba respiro, al menos al principio. Pero era un engaño. Ahora, en cambio, el respiro está, es real, la colina se ve y no es un espejismo ni una invitación falsa. El candor se profundiza, también el silencio, también el sabor único, los ritmos se aquietan, la instrumentación toma formas hasta apacibles, la voz puede al fin ser ella misma sin temor a ser absorbida, fagocitada por fantasmas hechos de fricciones, el calor se atenúa y aparece una nueva sensación, inexplicable, nacida de una experiencia sin embargo conocida, ahora mejorada, una experiencia que parece haber aprendido de sí misma, o, mejor, de las consecuencias de seguirla, y que ofrece a quien se le atreve una recompensa, el vaso de agua, la suavidad que baja por la garganta y se extiende a todo el cuerpo, una cadencia distinta, ese sabor que supimos probar alguna vez y que ahora se despliega por toda la lengua sin agresiones, posándose en cada sector tenuamente, sin tapar o invadir lugares que no le
corresponden.
Eso es, si es que es algo, Alles Wieder Offen, no un disco de madurez, o un disco al fin de concesiones, el infierno no lo quiera, sino más bien la dosis justa de cada especia, una mezcla hecha con decoro, un sabor donde fue el buen paladar, el buen gusto, digamos, si eso cabe en Einstürzende Neubauten, y no el capricho el que vino a determinarlo.

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