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noviembre 23, 2007 / Roberto Giaccaglia

El testigo

Raymond Clevie Carver, 1938-1988, Estados Unidos.

Al final, todo lo que se necesita para escribir es una historia y saber dónde van las comas. Algo así entendía Carver que era ser escritor. Tal vez estuviera simplificando las cosas. Se sabe que al tipo también le interesaba comunicar algo con sus historias, no meramente escribirlas. Lo que ha comunicado, según muchos, es el corazón putrefacto de la clase media norteamericana, o por lo menos pequeñas anécdotas, al parecer sin importancia, acerca de eso que había comenzado a pudrirse sin que nadie se diera cuenta. Necrológicas del estilo de vida americano.
Y para ello no hacía más que encontrar historias, no creo que las buscara siquiera, sino que simplemente aparecían, y una vez en su poder les colocaba las comas justas y listo.
Parece fácil y de hecho su literatura es así, fácil, rápida, lo que no quiere decir liviana ni mucho menos. Recordemos que nos estamos adentrando en busca de un corazón putrefacto o en camino de serlo, y a pasos agigantados.
Hay que tener cierto ojo para verlo. Son historias que pasan alrededor nuestro todo el tiempo, frente a nosotros. Es más, somos parte de ellas, las vivimos, somos sus culpables o bien una consecuencia de ellas, pero la mayoría de las veces no nos damos cuenta. Tiene que aparecer el ojo del escritor para que nosotros también veamos dónde estamos metidos.
El ojo del escritor está presente en Carver, es casi su esencia, aun más que su pulsión por poner por escrito lo que ve. No todos los que escriben tienen eso, el ojo del escritor. Carver lo tenía, de sobra, por eso le era tan fácil encontrar historias. Como a un entomólogo, nada escapaba a su vista, por más pequeño que fuera.
Pero claro, las apariencias engañan. Nada de lo que escribió Carver fue en realidad pequeño, sino más bien conciso, que es otra cosa. Condensaba toda una filosofía en un par de líneas, en un verso, en un párrafo, en un poema, en un relato. Tenía la virtud de que las palabras se expandieran en la mente del lector, tenía la virtud de hacer ver, de abrirle ojos y oídos a quien leyera sus historias, atrapadas de diferentes formas, con música o sin ella, pero siempre bien asidas.
Después de leerlo, el mundo de todos los días se vuelve carveriano. Es como las pesadillas con Kafka. Cada vez que soñamos algo opresivo, tenemos un sueño kafkiano. Carver es lo mismo, nada más que opera en el mundo real. Son carverianas las discusiones, por ejemplo, es carveriano el desencanto, es carveriana la soledad, es carveriano el abandono, la dejadez, pero también lo es la amistad, la esperanza, o una sonrisa por un mínimo triunfo o por una mínima cosa que haya salido bien. Y es carveriano, por supuesto, el alcoholismo… pero ojo, porque también es carveriano recuperarse de él. Hay cierta esperanza en Carver, cierta sonrisa que gana al final. No creo que sea resignación, aceptar las cosas como son, pesadas, y terminar hundiéndose con ellas. Su poesía, sus relatos, se tejen más bien alrededor de la rueda de Virgilio: en algún momento, se estará arriba de nuevo y es en ese momento preciso en que el escritor pone el punto y aparte definitivo.
Por cosas como estas, se le ha acusado de banal, tal vez por ocuparse de lo que es común a todos los hombres, la derrota y la victoria diarias. Puede ser. Son triviales el lavarropas, el cigüeñal de un auto, las peleas entre amigos, las peleas de pareja, cosas de todos los días que a veces arruinan los días y que a veces los redimen cuando se encuentra una solución para ellas. Se le ha echado la culpa, justamente, de haberse ocupado de cosas mínimas. Pero la vida está echa de cosas mínimas, de lavarropas y cigüeñales, de peleas, de redenciones y de borracheras, de gente que discute en su matrimonio, que sufre por un trabajo de mierda, que no llega a fin de mes, que no puede pagar los impuestos. Carver era el testigo de la gente que sufre por esas cosas, es decir de la gente común, o sea de aquella gente de la que nadie se interesa. Ojo, no hablaba por ellos, no, nada de eso. Nada más los veía y lo contaba.
Para que quede claro, vuelvo con lo mismo: Carver no era pesimista, como lo tachaban sus detractores, por lo general hombres de derecha, que despreciaban a un autor que no mostrara lo lindo que es América. Carver, en realidad, no era pesimista ni optimista. Carver escribía como la vida misma. Por eso en Carver hay oscuridad y luz, dicha y pena, caída y redención, perder de nuevo y obtener una nueva oportunidad. Será por eso entonces que cada cosa que escribió tenga que ver tanto con el mundo del lector, sea cual fuere el mundo del lector. A no ser, claro, que el lector sea un ganador nato. Pero en ese caso no leería a Carver.
Antes mencioné a Kafka. Dicen que Carver tenía algo de él. Bueno, si se escribe bien es raro no tener algo de Kafka, pero no creo que haya sido el máximo referente de Carver. Tal vez lo fuera Chéjov. La intensidad que el escritor y dramaturgo ruso disponía en pocas palabras viene de un estilo y de preocupaciones similares a los que quizá influenciara y afectaran a Carver. Y como Chéjov, Carver bien puede ser parte de lo que se llama corriente naturalista, aunque en el caso de Carver hablaríamos más bien de minimalismo, una forma de arte que en él obtiene una de sus máximas expresiones.
Carver parecía ocuparse sólo de lo fundamental, con lo fundamental. Parece fácil, pero es todo menos eso. El escritor corriente está tentado al palabrerío, a la borrasca, al exceso. A Carver, en cambio, le bastaban un par de cosas: el contexto para delinear la historia y la historia misma, con sus propias palabras, sin ningún agregado innecesario. De ahí viene, me imagino, esa frase de Carver, de que sólo hay que saber poner las comas. Lo demás será tarea del lector, si es que del lector queda algo después de leer a Carver.

(Hay algo más que nos muestra la calidad de Carver: el cine no pudo destruirlo. Sus historias, cuando fueron llevadas al cine, quedaron impolutas por más que de ellas se hiciera un bodrio. Es tan fuerte Carver que ni Robert Altman pudo con él).

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2 comentarios

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  1. mirtha lucía / Abr 30 2009 7:02 pm

    Hola Roberto:
    No sè si alguna vez leìste esto de Bolaño. Me pareciò que podìa acercàrtelo y quizàs, precisamente, en la nota de Carver.

    SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS

    por Roberto Bolaño

    1. Nunca abordes los cuentos de uno en uno. Honestamente, uno puede estar escribiendo el mismo cuento hasta el día de su muerte.

    2. Lo mejor es escribir los cuentos de tres en tres, o de cinco en cinco. Si te ves con energía suficiente, escríbelos de nueve en nueve o de quince en quince.

    3. Cuidado: la tentación de escribirlos de dos en dos es tan peligrosa como dedicarse a escribirlos de uno en uno, pero lleva en su interior el mismo juego sucio y pegajoso de los espejos amantes.

    4. Hay que leer a Quiroga, hay que leer a Felisberto Hernández y hay que leer a Borges. Hay que leer a Rulfo, a Monterroso, a García Márquez. Un cuentista que tenga un poco de aprecio por su obra no leerá jamás a Cela ni a Umbral. Sí que leerá a Cortázar y a Bioy Casares, pero en modo alguno a Cela y a Umbral.

    5. Lo repito una vez más por si no ha quedado claro: a Cela y a Umbral, ni en pintura.

    6. Un cuentista debe ser valiente. Es triste reconocerlo, pero es así.

    7. Los cuentistas suelen jactarse de haber leído a Petrus Borel. De hecho, es notorio que muchos cuentistas intentan imitar a Petrus Borel. Gran error: ¡Deberían imitar a Petrus Borel en el vestir! ¡Pero la verdad es que de Petrus Borel apenas saben nada! ¡Ni de Gautier, ni de Nerval!

    8. Bueno: lleguemos a un acuerdo. Lean a Petrus Borel, vístanse como Petrus Borel, pero lean también a Jules Renard y a Marcel Schwob, sobre todo lean a Marcel Schwob y de éste pasen a Alfonso Reyes y de ahí a Borges.

    9. La verdad es que con Edgar Allan Poe todos tendríamos de sobra.

    10. Piensen en el punto número nueve. Uno debe pensar en el nueve. De ser posible: de rodillas.

    11. Libros y autores altamente recomendables: De lo sublime, del Seudo Longino; los sonetos del desdichado y valiente Philip Sidney, cuya biografía escribió Lord Brooke; La antología de Spoon River, de Edgar Lee Masters; Suicidios ejemplares, de Enrique Vila-Matas.

    12. Lean estos libros y lean también a Chéjov y a Raymond Carver, uno de los dos es el mejor cuentista que ha dado este siglo.

  2. Roberto Giaccaglia / May 1 2009 12:30 am

    Muchas gracias Mirtha.
    Efectivamente, lo había leído, pero me encantó volver a hacerlo.
    Además, me parece muy bueno que esté disponible, precisamente, y como vos decís, en esta entrada, sobre un gran gran gran cuentista.
    Un abrazo.

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