Skip to content
noviembre 29, 2007 / Roberto Giaccaglia

Los dinosaurios, todavía

quinoa

Quinoacorp, Julio Torres, 291 págs., 2006, El Emporio Ediciones, Córdoba.

A través de una especie de pseudo road movie, con lenguaje chabacano, ligero, pero en falso, impostado, y toques de policial negro, más bien grisáceo, producto las tres cosas quizá de una mala lectura de Soriano, de Hammett, de Chandler, el escritor de esta obra nos participa de una trama más que nada agrícola y geográfica, sin mayor interés, en la que un acomodado provocador, superado y lleno de codicia, viaja todo el tiempo con el objetivo de negociar con algunos empresarios el cultivo de la quinoa en sus campos cordobeses. Pero no hablemos de road movie o de policial negro, ni siquiera de policial grisáceo. Hablemos de novela burocrática. Un género en el que el lector no llega a ningún lado y en el que se lo está inquiriendo todo el tiempo. En la novela hay varias cosas, anacronismo, inconsistencia, datos económicos, datos históricos, todo innecesario, quejas y más quejas, vituperios constantes y demás. Pero lo principal es otra cosa.
Quinoacorp parece escrita por un Aldo Rico al que de pronto se le hubiera dado por la literatura. Suele pasar. Hay varios ejemplos a lo largo de la historia, algunos más decorosos que otros, otros más tímidos, ciertos con algo de estilo. Quinoacorp no tiene nada de eso, ni decoro, ni timidez, ni estilo. Xenófaba, misógina, retrógrada, homofóbica y racista y pese a todo con la frente en alto, orgullosa de sus prejuicios y aún de sus juicios, lo que es tan malo como lo anterior. Hace bandera por los que ganaron, los defiende y los contrapone a negros, pobres, homosexuales, fumadores de marihuana, hippies, tercermundistas, comunistas, jóvenes, estudiantes, todos pintados siempre como feos, descuidados, ladrones, aprovechadores, brutos, por decir lo menos.
Jamás leí una novela en que el autor despreciara tanto a sus personajes. Tanto que da asco, bronca, vergüenza ajena. Bueno, no a todos desprecia. El alemán de raza aria está bastante bien tratado, también los acomodados argentinos, no tanto los foráneos, y hasta los militares del Proceso, que según el protagonista, que es quien narra la novela (identificado de sobra con el autor), “vinieron a arreglar una economía desquiciada y no los dejaron” —cuando leemos lo que tiene para decir de los desaparecidos casi que podemos oír a Doña Rosa diciendo detrás de nosotros “Por algo será, por algo será”, más convencida que nunca. Es estremecedor. La bronca que uno siente, por lo menos, es estremecedora.
El protagonista en cuestión lo mira todo con ojos superados, de alguien que siempre ha visto más que el resto, que tiene la verdad en los bolsillos, lista para sacarla a relucir con ánimo de enseñar lo que es bueno al pobre lector, un ser despreciable y un poco tonto al que hay que bajarle línea a cada rato, acomodarle las ideas que tiene acerca de asuntos tales como la emisión de moneda, la distribución de riqueza, Perón, Malvinas, la democracia, la libertad sexual, la izquierda, los intelectuales, el ser argentino, asuntos que tanto libertinaje mediático ha usado como estilete para irrumpir en las mentes puras de los ciudadanos y atrofiarlas con ideas progresistas.
Es una novela poco apta para los tiempos que corren, ahora que hay tanto desprejuicio, tanta libertad, tanto setentismo en el aire, tantos reclamos de pobres y humillados, tanta crítica al sistema. Esta novela vendría mejor en los días que siguieron a marzo del 76. Allí, Quinoacorp podría haber hecho buenas migas con las películas de Palito Ortega y de Carlitos Balá, por ejemplo, porque trata a los jóvenes, a los extranjeros, a los pobres, a los estudiantes y a las mujeres con la misma falta de decencia y con el mismo desprecio que la dupla humorista, haciendo, lógicamente, de la ficción donde se colocan cientos de vituperios una estrategia política, un panfleto que viene a recuperar el terreno perdido, ganado por los juicios a las juntas, la libertad sexual, la unión civil entre homosexuales, la libertad de prensa, la posibilidad de quejarse en las calles, el grito femenino y otros males que Torres entiende como la debacle de la Argentina.
Esta es una novela política, en la manera en que lo eran las obras de Ortega y de Balá. O sea: burdamente, con chistes bobos, con burlas despreciativas, con estética decadente, con altanería socarrona, con lugares comunes. Por supuesto, es instrumental no al poder que se ve, eso sería si hubiera salido en la década del noventa, donde podría defender las privatizaciones, por ejemplo, como de hecho lo hace, porque el protagonista se la pasa despotricando contra las empresas estatales y la labor del Estado como controlador, sino al poder que no se ve, el de la economía, el de quienes tienen la manija distributiva, el de quienes siguen propiciando que la mitad y tres porciones de la torta vayan para un solo lado, por más que no estén tan visualmente presentes como en la incultura fetichista de los noventa. Es una novela, digamos, políticamente incorrecta, a contramano de las ideas y formas de pensar que circulan hoy mayormente, pero políticamente incorrecta en el peor sentido del término, es decir no en forma valiente, sino en forma caprichosa, obstinada, a lo matón, con el capricho y la obstinación de los malos alumnos, que quieren hacerse notar a toda costa, portándose mal, con travesuras a veces bochornosas, a sabiendas de que lo que están haciendo queda feo, horrible. O el capricho de los dinosaurios, quizás, el capricho de las cucarachas, por ejemplo, o el de algunos reptiles, esos que según Charly García iban a desaparecer. Bueno, no, no desaparecieron. Algunos dirigen agencias de vigilancia privadas, otros forman partidos políticos y otros escriben novelas.

One Comment

Dejar un comentario
  1. Graciela Fernández / Ago 31 2013 12:25 am

    Llegué a este blog buscando información sobre Julio Torres porque soy una gran admiradora de su obra, y me encontré con esta “crítica literaria”, si es que se puede llamar así
    ¿Desde cuándo se juzga una novela por las acciones o el carácter de sus personajes, por lo que dicen y por lo que hacen? ¿Qué tiene que ver lo “políticamente correcto” con la literatura? Si en las novelas puede haber gays, guerrilleros, mártires, bohemios, feministas o defensores de los derechos humanos, también puede haber represores, machistas, fachos, y como vos decís, “acomodados argentinos”. En las novelas, como en la vida real, puede y debe haber de todo. Entonces, ¿por qué tanta saña con Quinoacorp? Tu crítica es absolutamente parcial, y más parece una venganza personal contra el autor que un análisis literario de la novela. Tu crítica apunta a la ideología del autor, a lo que vos creés que piensa, y eso le quita objetividad y la invalida. No es serio lo que hiciste. Es pura histeria.
    Puedo hablar de Quinoacorp con conocimiento de causa porque además de haberla leído, recuerdo bien la época en la que transcurre la novela porque la conocí, no me la contaron. Y una de las cosas que más me llamó la atención fue la exactitud con que Julio Torres describe cómo vivía un productor agrícola del interior del país los avatares económicos, las dificultades para comunicarse, la burocracia, los manejos financieros que había que hacer con los dólares, los bancos, las tarjetas de crédito. Yo también soy del interior, y recuerdo muy bien la central telefónica de mi pueblo y la demora en las llamadas, entre otros detalles pintorescos que menciona Torres.
    Quinoacorp es la odisea de un emprendedor que decide apostar fuerte, que se tira a la pileta y lo hace bien “a la argentina”, trabajando contra reloj, recurriendo al ingenio propio y ajeno para suplir la falta de tecnología, como cuando busca a los Popelka para pulir los granos de quinoa; esto pasó y sigue pasando en Argentina, donde hay muchísimos tipos ingeniosos perdidos en el culo del mundo, en lo más recóndito del país, que inventan máquinas con piezas de descarte, que hacen maravillas con lo que tienen a mano, que se ayudan entre ellos y que le ponen huevos a lo que hacen.
    Y otra de las cosas que me gustó fue ese ir a contramano del discurso oficial, de lo que se considera políticamente correcto. El diálogo que mantiene el protagonista con los exiliados es uno de los más honestos y bien logrados que he leído, el tipo dice lo que piensa y lo que siente, y no me pareció ni facho, ni soberbio; son las palabras de alguien que se quedó en su país, que siguió produciendo en su país, con sol, con lluvia, con los milicos y en democracia.
    Quinoacorp debe ser una de las pocas novelas, si no la única, que muestra la realidad de una época vista desde otro ángulo. El protagonista no es un guerrillero, un desaparecido, un intelectual ni un político; es un productor agrícola mediano del interior de Córdoba, al que si le va bien con la siembra podrá cancelar créditos, viajar a Europa y darse algunos lujos y si le va mal, deberá endeudarse para seguir sembrando. Yo he conocido hombres así, empresarios, industriales, muy parecidos al protagonista de Quinoacorp hasta en la manera de hablar, de tratar a la gente y a las mujeres. Dentro de una literatura políticamente correcta, uniforme y monotemática, realmente es un hallazgo que alguien se haya animado a mostrar otra realidad y hacerlo como lo hizo Julio Torres, sin pelos en la lengua. Es un hallazgo y además, es saludable, porque es una mirada más para entender a la Argentina, y entendernos.

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: