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diciembre 2, 2007 / Roberto Giaccaglia

La luz desesperada

Rescate. Las historietas perdidas de Solano López, Varios autores, 128 págs., 2007, Domus Editora, Bs. As.

El mundo de Solano López no es agradable. Es un balde de agua caliente, y salada, en medio del desierto. Nada sale bien en el mundo de Solano López. Hasta la alegría es sórdida en él, hasta las victorias lo son, en caso de ocurrir, claro, porque son muy raras. Sus personajes transpiran odio, no meramente cansancio, cosa que por otro lado les sobra. El hastío inunda el mundo de Solano López.
Claro, se puede echarle la culpa a los guionistas, que después de todo son los que aportan el argumento a partir del cual el mundo de Solano López empieza a gestarse. Pero uno cree intuir que en las manos de otro dibujante a los mismos personajes les iría mejor.
Esta creencia, por supuesto, no es más que parte de la magia de este arte que algunos insisten en llamar el noveno —no vale la pena poner números, por ejemplo, cuando el arte es del tamaño de los dibujos de Solano López, por más que dibuje cómics o hiciera pintura— y es una creencia que se justifica especialmente en la capacidad del autor para teñir los rostros de sus personajes de una amargura que hace imposible pensar que en ellos se posará alguna vez la dicha. Eso no pasa muy seguido, que un dibujante nos convenza tanto, nos hunda tanto, junto a sus personajes, en la más inhóspita de las situaciones y que una vez en ella no podamos escapar por más que hayamos cerrado las páginas que la contienen. La desesperación dibujada en las miradas, en las comisuras de los labios, el desamparo, las vidas ajenas cuyo peso el dibujante nos hace sentir, no podría ser algo tan fácilmente experimentado si fuese otro el dibujante. En todo caso, si justamente son los guionistas que trabajan con Solano López los que tienden a trabajar el infortunio, la desgracia, el abandono y la falta de alegría, hacen bien en elegir la mano de Solano López para que dibuje sus personajes, pues no serían seguramente tan desgraciados si fuese otro quien los pusiera a vivir y a penar en los cuadritos de unas cuantas páginas.
Francisco Solano López nació en 1928 en Buenos Aires y es, sencillamente, uno de los más influyentes dibujantes de la historia del cómic, no sólo de Argentina, donde su nombre ya era leyenda a fines de los cincuenta, por haberle dado vida a la primera versión de El Eternauta, con guión de H. G. Oesterheld, obra que habría bastado para hacer de Solano López una celebridad mundial.
Después del suceso de El Eternauta, suceso que no caló muy bien en las autoridades argentinas, por los comentarios políticos de Oesterheld, Solano López se va a España, donde comienza a trabajar para varias publicaciones europeas. Luego de varios títulos exitosos, regresa a Argentina, donde vuelve a encarar junto a Oesterheld la fantástica historia de El Eternauta, además de dibujar para varias plumas importantes del mundo del cómic, como Ricardo Barreiro y Carlos Sampayo. Pero debe irse pronto del país, porque si El Eternauta molestaba a las autoridades argentinas de fines de los cincuenta, no hay palabras para lo que significaba esa historieta para los asesinos de la dictadura del setenta, que hicieron desaparecer a uno de sus creadores, Héctor Germán Oesterheld, además de a buena parte de la familia del guionista.
En 1984, Solano López, quien por esa época vive en Río de Janeiro, dibuja para el mercado de Estados Unidos, para revistas como Dark Horse y Fantagraphics. Junto a Ricardo Barreiro, ya para el mercado de habla hispana, produce Ministerio, otra obra magnífica, no de la talla de El Eternauta, pero muy recordada, al igual que otras de esa época, El instituto, obra que no sé en qué medio apareció primero, pero que al menos yo leía en la revista Fierro, cuando la Fierro era una buena revista. Esa obra me gustaba al punto de que varias veces compraba la Fierro sólo para leer esa historieta, nada más. En la década del noventa, Solano López comienza a trabajar en cómics eróticos, trabajo por el cual también es reconocido tanto por el público como por la crítica.
Y ahora, la editorial argentina Domus Editora, emprendimiento reciente que ya es una de las mejores cosas que le pasó al cómic argentino desde la aparición de Max Cachimba, por lo menos, recopila una serie de trabajos desconocidos de Solano López, todos pequeños diamantes que brillan con intensidad, por más que su color sea el del carbón. “Historias comprometidas, arriesgadas y con mucho para decir”, dicen los muchachos de Domus Editora en el prólogo del libro. Historias desesperadas, agregaría yo.
Aquí hay dibujos para la fantasía de varios autores con los que Solano López supo trabajar en obras muy conocidas y otros que al menos al público argentino no le sonarán tanto. Algunos trabajos pueden leerse como ensayos de series que no llegaron a prosperar, mientras que otros son unitarios que por alguna razón no llegaron a publicarse, por más que su calidad es notable. También están aquellos que marcan una etapa de la vida de Solano López fuera del circuito argentino, o sea obras que se publican por primera vez en castellano. Los nombres son varios, Rodolfo Walsh, Saccomanno, Sampayo, Robert Boyd, Alfredo Grassi, Omar Panosetti, Maiztegui y Gabriel Solano López, todos contando con la ayuda de este dibujante magistral para dar su versión de la derrota del hombre frente a cuestiones varias, el amor, la política, la avaricia, la violencia sin más, el olvido. En algunos casos con mayor fortuna que en otros, o con más maestría, porque hay que decir que la calidad literaria de las historias es despareja, pero la historia que resalta el libro en realidad es otra, una sola, la de una obra absoluta, la de alguien que perfecciona, todavía hoy, a los 79 años, ese diamante que brilla como ningún otro, con el color del carbón, y que vierte en los personajes que circulan por sus páginas el más desesperado de los fulgores.

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