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diciembre 7, 2007 / Roberto Giaccaglia

Antes del amanecer

I am legend, Richard Matheson, 184 págs., 1954, Estados Unidos.

No hace mucho terminé de leer, por cuarta vez, me parece, y no de re-leer, porque las buenas obras siempre se leen por primera vez, una novela que pertenece al género de “última persona en la tierra”, lugar siempre seguro para el género fantástico, y muy fácil de arruinar si es el cine de Hollywood el que se encarga de ocuparlo, porque detrás del desaliento de la última persona viva siempre se inmiscuye en las sombras la esperanza cursi, la providencia que decide dar a la raza humana una nueva oportunidad. Pero este no es el caso de la novela que terminé de leer tal vez por cuarta vez, es decir por primera.
Los narradores norteamericanos de género fantástico tienen ese qué sé yo. Roberto Bolaño lo sabía de sobra. También lo sabe Rodrigo Fresán, tipos que más de una vez habrán lamentado no haber nacido en América del Norte, lo que les hubiera permitido mostrar sus influencias más a gusto. Como el rock, la ciencia ficción parece patrimonio del idioma inglés, así que es difícil no sentir que uno pisa tierras extrañas al intentar hacer con las influencias del estilo otra cosa, algo nuevo, pero desde su propio lugar —es curioso que a narradores como Fresán y Bolaño los hayan influenciado escritores que a priori nada tienen que ver con ellos, por el género del que parten esas influencias, es decir ciencia ficción, horror, pero esto tiene que ver con lo planteado hace un rato, el gusto que dejan en la boca ciertos bocadillos para el buen cocinero no es más que un deseo, un impulso, el necesario ánimo que lo empuja a crear su propia receta.
De los comentarios siempre elogiosos de gente así, gente como Fresán, o Bolaño, y pocos más, tan deudores de los ágiles y por lo general siempre interesantes narradores anglosajones del género fantástico, he aprendido a apreciar el vuelo de la prosa, la quietud pasajera en los detalles mínimos, la forma de tejer una trama simple por caminos cuyos vericuetos tienen más que ver con todo lo que se desplega en la mente del lector que con otra cosa. Es la simpleza pergueñando maravillas. Como sucede con las dos o tres notas que pueden tocar ciertos músicos y que bastan para pintarnos paisajes infinitos.
La novela de la que vengo hablando sin nombrarla todavía es Soy leyenda, un título increíble, hermoso, tan bueno como Tengo miedo torero, o El juguete rabioso o Sombras suele vestir —dos cosas: primero, que obras con semejantes nombres no pueden ser malas, no lo son, y segundo, un pensamiento egoísta pero inevitable: es una lástima que se les hayan ocurrido a otros.
Soy leyenda trata del último hombre vivo en Los Ángeles y de su diario trajinar por mantenerse así, vivo, pero no solamente vivo, sino también cuerdo. El pobre hombre está rodeado de vampiros, no le dan tregua, lo llaman, lo alientan a salir, a ser parte de ellos o al menos convertirse en su banquete.
Tal vez pueda leerse a esta novela como el esfuerzo de un hombre por no integrarse, por no ser uno más, pero esta lectura no es más que un resabio de cierta influencia hippie en mí, seguramente. Y si dijera que la novela puede leerse como una lucha de clases, pues entonces ya estaría entrando en la crítica literaria marxista, cosa que hasta me parece más forzada aún —aunque sigue intentándose, sobre todo en el cine, como pasó por ejemplo con la película Tierra de muertos, donde todo el mundo no hizo más que “leer” un panfleto clasista. Mejor digamos que se trata de un tipo que lucha contra vampiros y listo.
El tipo se llama Neville, ha perdido a su mujer, a su hija, a perdido a sus amigos, a sus vecinos… uno de los cuales, de noche, convertido ahora en otra cosa, lo fastidia llamándolo por su nombre, como si todavía fuera lo que fue, un tipo de sangre caliente, un hombre como todos.
El autor de esta novela es ahora un simpático viejito que sonríe con todos sus dientes y que para la época en que escribió Soy leyenda, 1954, ya se había convertido en algo así también, una leyenda, aunque una pequeña, de las que sólo deambulan en círculos de iniciados. Se llama Richard Matheson y ha influenciado a todo el que dentro de la literatura fantástica y de horror tenga algo para decir o al menos haya vendido mucho, digamos de Stephen King para abajo —en 1968, por ejemplo, el director George Romero usó a la novela Soy leyenda como inspiración para su Noche de los muertos vivos.
Y también ha influenciado, cómo no, a la lírica de otro gran creador del género fantástico y de terror, el músico, cantante y director de cine Rob Zombie, que en 1992 lanzó uno de los mejores discos metálicos que se hayan editado en esta tierra de pobres corazones, o de hombres de sangre fría, La Sexorcisto. El álbum mezcla un poco de metal alternativo con groove metal, casi un invento de él, funk metal y samples de películas de cuarta, de esas que tanto gustan a los freakies, y que a su vez tienen tanto de Matheson y sobre las que, apuesto, se sentaban a charlar Bolaño y Fresán cada vez que podían.
En ese disco, La Sexorcisto, había una canción, una de las mejores de todo el álbum, con un bello arpegio inicial y una entrada que va poco a poco cambiando el ánimo del oyente, con el título de “I Am Legend”, es decir, un homenaje con todas las letras a este pedazo de fantasía hecho libro que es la novela de Matheson. La letra de la canción remite por supuesto a la epopeya de Neville, el hombre cercado por vampiros:

Yeah, when Im in the sky, Im too far away
Gotta kick in to feel it, terminate another no one is my brother, yeah!
The sun burns on me well, hell is home tomb city-stone
Nail me to another cross [yeah!]
Pour the gasoline, yeah burn the fucker clean
Tell me whod she coo I what her
Like a suicide flex, hit the run and hide!
Tell me whod she coo shine the body!
Yeah… omega-man say, its all gone away, I cannot believe it.
Well I am the one a God with a gun
I am legend!! planet, grave, hard, kill the save
Nail me to another cross [yeah!]
Pour the gasoline, yeah burn the fucker clean
Tell me whod she coo I what her
Like a suicide flex, hit the run and hide!
Tell me whod she coo shine the body!
Vampire sharpshooter o I said, a messanger for the damned
I got a holy gun, come a loaded to kill everything that I am.
Well I am the only nitty-gritty
Ride a rail and look at the crime, yeah!
Well I am the only [god] one they can, find.
Pour the gasoline, yeah burn the fucker clean
Tell me whod she coo I what her
Like a suicide flex, hit the run and hide!
Tell me whod she coo shine the body!
Yeah!

El “omega-man” de la frase “(…) say, its all gone away, I cannot believe it…” es otra forma de llamar a este último hombre, que a su vez fue el título de una película, de tintes políticos, no sólo fantásticos o de horror, que se filmó en 1971, inspirada en la novela Soy leyenda. Actúa en ella el malo de Charlton Heston, hombre de armas llevar y poco amigo del lacrimógeno Michael Moore —digresión: la escena en la que Michael Moore, en su película Bowling for Columbine, apoya en una columna de la casa de Heston la foto de una nenita asesinada, como para hacerle sentir culpa a Heston por defender el “derecho” a portar armas, es una de las más amarillistas, falsas y demagogas de las historia del cine, aparte de una de las más feas.
No sé si ya se estrenó la nueva versión cinematográfica de Soy leyenda, que tiene a Will Smith como protagonista, lamentablemente, por lo que no sé qué se dice de ella —aunque la veré con ganas, temo lo peor, que el pobre Neville en vez de leyenda se transforme en una excusa para volver a confiar en la raza humana.
Luego de The Omega Man hubo otro intento de llevar la novela al cine, respetando un poco más la historia original. El intento, infructuoso, por suerte, lo tenía a Ridley Scott como director y al grandulón de Arnold Schwarzenegger como protagonista, que en California debe de estar haciendo menos daño.
Veremos qué nos depara el futuro con la nueva versión, pero es lo de menos: siempre nos quedará a mano la epopeya solitaria de Neville, sus paseos buscando vampiros a quienes sorprender dormidos, sus luchas sangrientas, contra los vampiros y contra sí mismo, sobre todo, quizá, contra sí mismo, contra sus miedos, contra sus dudas, contra el deseo de seguir y no, contra el deseo de quedarse y no.
Y también está, por supuesto, la canción de Rob Zombie.
A ninguna de las dos, novela y canción, les viene mal disfrutarlas de noche, mejor todavía si faltan varias horas para el amanecer. Y, si es posible, solo y un poco borracho, como estaba Neville por lo general. Pero con las ventanas cerradas, por las dudas.

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