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diciembre 8, 2007 / Roberto Giaccaglia

Cuestión de fe

Ships, Danielson, 42:10, 2006, Secretly Canadian.

Un día, Daniel Smith, un chico de pueblo que quería ser músico, vio la luz. Más o menos como le pasó a Desmond, uno de los personajes perdidos en Lost, la serie de la que me hice adicto y cuya cuarta temporada espero con ganas —¿qué estará haciendo en este momento el buenazo de Hurley, el gordo que se ganó la lotería y a quien acuden todas las desgracias de la tierra?
Desmond, me acuerdo, después de una borrachera, tirado en medio de alguna callejuela de Glasgow, ve a un hombre con una soga atada a la cintura, en forma de cinto. El hombre lo invita a caminar con él. El tipo resulta ser un monje, lo lleva a un monasterio, le habla sobre el voto de silencio, una forma de abandonar el pecado, algo en que lo que Desmond venía sumiéndose desde hacia rato, pura cerveza negra y cánticos futboleros, algo que para mí está muy bien, sobre todo lo primero, pero que sin embargo para Desmond al parecer no, por una cuestión de vida dirigida a ningún lugar, tal vez. Entonces Desmond se olvida de la cerveza, de los bares y hasta de su novia, con quien debía casarse en una semana. Desmond cambia de nombre, pasa a ser Hermano Desmond. Después lo visita el hermano de su prometida, le rompe la nariz, Desmond cae de nuevo en el alcohol, lo echan del monasterio, se vuelve a enamorar, ve la luz de nuevo, se pierde en una isla, etcétera, etcétera.
Bueno, más o menos lo mismo le pasó a Daniel Smith, un muchachote de New Jersey, hijo de clase media, bien gringo, gordito y estudioso. Vio la luz, cambió de nombre, se olvidó de todo lo anterior, pasó a pertenecer a una nueva familia, cambió de actividad, y se aferró más que nunca a la música, algo que ya le gustaba desde antes pero que ahora pasaría a ser una forma de militancia.
Con él, como con Desmond, se puede escribir una buena historia —ambos, después de todo, ya están metidos de puro gusto dentro de fantasías inacabables.
Pero lo de Daniel Smith no pasa por ser el personaje de una serie de misterio, Lost, por ejemplo, serie no sólo misteriosa, sino al parecer también inacabable, sino más bien por hacer una música misteriosa, también inacabable.
Este muchacho ya había empezado a grabar canciones él solito, con su guitarra acústica, mucho antes incluso de ver la luz. Pero no sólo eso. Un buen día se dio cuenta de que lo que hacía no sonaba para nada mal y que hasta era posible que pudiera lograr grandes cosas. Había tenido hasta el momento una vida maravillosa, llena de amor y de felicidad, diversión y placeres, pero debía dejar toda banalidad para centrarse en aquello para lo que estaba dotado: la música, ni más ni menos. Entonces tomó su guitarra acústica en serio y ahí fue cuando…
Mierda, ahora que lo pienso no sé si fue justo ahí que vio la luz o antes. Es que mi única experiencia religiosa la tuve a los diez años y me duró parte de la mañana y una siesta. Pasa que yo me portaba muy mal en la primaria, venía de mal en peor, todos me odiaban, los compañeros no me aguantaban de tan molesto que era y de pronto… la señorita leyó un pasaje de la Biblia para niños. Algo como una brisa me rodeó y me hizo plañir un par de horas, donde fui bueno con los demás y considerado, ayudé a quien pude y cuando volví a casa le dije a mamá que estaba muy feliz, la primera vez que le decía tal cosa. La siesta la pasé igual, pero no recuerdo haber concebido ninguna idea acerca de en qué debía convertirme, empezar a tomarme la vida en serio y esas cosas. Después vi Mazinger Z, me compré unos pan de leche en la panadería de enfrente y se me pasó.
Bueno, pongamos entonces que Dan, porque antes se llamaba sólo Dan, ya tocaba la guitarra acústica y algo cantaba, pero no muy en serio, hasta que vio la luz… Entonces dejó los estudios, se dedicó de lleno a la música, no sin antes agarrar con ganas la Biblia, exprimirla y dejar que de ella fluyera la inspiración para su arte y sus canciones. El dice que se volvió un chico de nuevo. A juzgar por el tono aniñado que usa en sus canciones, hay que darle la razón. (Pero no sólo hay tonos aniñados en las canciones de Dan/Daniel. Hay además imaginación a borbotones. Así que en eso habría que fijarse, en la imaginación a borbotones, en su misterio, en su aparente calidad de inacabable. Y no tanto en las alabanzas cristianas. Bueno, al menos es en lo que menos me fijo yo en las canciones, sus mensajes religiosos, pero yo soy un ateo practicante, que jamás volvió a ver la luz después de ese episodio a los diez años).
Dan/Daniel, entonces, después de recibir el fogonazo de luz y agarrar la Biblia, se puso a componer música en serio y se reunió de amigos y allegados varios para así más fuerte poder cantar. De pronto, eran un millón de amigos. Eran una hermandad. Es así, todos en su banda son sus hermanos, es más, nosotros sus oyentes somos sus hermanos. Tanto le gusta la gente y el compañerismo a Dan/Daniel que en este disco participan más de veinte personas, muchos de ellos gente de relevancia, ya famosa sin necesidad de Dan/Daniel. Por ejemplo, Sufjan Stevens o Satomi Matsuzaki, gente indie, despreocupada y no sé si muy católica. Bueno, a lo mejor sí. Por lo menos ayudan a elevar al cielo las letras y las melodías que se le ocurren a Dan/Daniel. Y lo logran, llegan al cielo sin problemas. Se nota que lo hacen con cariño.
Todos juntos, entre instrumentos de rock, vientos, cuerdas y voces angelicales, componen un entreverado de rock alternativo, rock colegial, gospel y rock cristiano, para alegría de aquellos jóvenes que deseosos de rock y también de sermones temen escuchar bandas rockeras por miedo de irse al infierno.
Está bien, sí, la música sirve para eso también, transmitir mensajes, y a veces molesta un poco cuando el contenido prevalece sobre la forma. Pero en este caso el contenido es lo que menos importa. Es más, no creo que haga falta ser ateo para darse cuenta de que en este disco lo más relevante es la música, es la melodía, son los coros, es el buen gusto de una canción como “Did I Step on Your Trumpet”, después de todo, lo que nos permite elevarnos más allá de sermones, alabanzas o nuestra capacidad para ver la luz o no —aunque canciones así nos hagan rezar para que alguien más vuelva a componer alguna vez cosas semejantes.

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