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diciembre 10, 2007 / Roberto Giaccaglia

Contame otro, ahora uno de cowboys

Un chino en bicicleta, Ariel Magnus, 281 págs., 2007, Editorial Norma, Bogotá.

Ariel Magnus, por su barba, por su pelada, podría pasar tranquilamente por integrante de alguna banda metálica. No de cualquier banda metálica, sino de esas que sólo conocieron el éxito a mediados de los noventa, bandas de tipos que no usaban tachas, una cosa ya antigua, sino bermudas, tatuajes hasta en la pera, remeras de grupos yanquis desconocidos y zapatillas de lona. Por ejemplo, Machine Head, que no me gustaron nunca, o Pantera, que algo me gustaron. Digo, con una pinta así, Ariel Magnus, de quien nada había leído hasta ahora, nada en libro, aclaro, parecía a priori un escritor del que iba a tener una buena opinión, buenísima. Pero la pinta es lo de menos. Si no, también tendría que gustarme Martín Caparrós, por ejemplo, y no me gusta, o me gustaba, pero me cansó, mucho.
Oh casualidad (mentira), nombré sin querer las pintas de Caparrós y de Magnus, pelados los dos, uno con un bigote raro, el otro con barba de banda groove metal. Digo “Oh, casualidad” porque los parecidos no terminan ahí. Los parecidos siguen en la mismísima forma en la que ambos construyen sus textos. Tal vez uno y otro sean herederos de una tradición que se me escapa, algo que tiene que ver con la facha y con la forma de escribir. No sé a quién más remitirme, pero alguno debe de haber por ahí. En alguna parte deben de figurar las influencias de Caparrós, y por algo me late que deben de ser las mismas que las de Ariel Magnus, o al menos venir por el mismo lado.
Lo que me hace pensar así es lo siguiente: después de un par de párrafos, párrafos que intentan por lo general un jocoso y mínimo ensayo sobre algún tema sobre el que el autor entra a tientas, se remata la idea con dos o cuatro líneas de diálogo, no más, que vienen a resumir en broma la broma anterior —del diálogo forman parte el narrador-ensayista-cronista y uno de los implicados en su investigación-teoría-hipótesis. Es una práctica que Caparrós empleó hasta cansarme en sus notas periodísticas y en sus crónicas. Bueno, por lo menos me cansó a mí, que dejé de leerlo, pero se ve que a Magnus no, y tampoco a los que premiaron a la novela de Magnus, el jurado de La otra orilla. No es un comentario mal intencionado, es posible que Un chino en bicicleta se haya merecido el premio, sobradamente.
Es que hace reír, y por momentos mucho, muchísimo. La otra noche, sin ir más lejos, me despabiló de lo lindo, y por un momento temí que mis risas molestaran a la gente del departamento de al lado.
Pero eso sí, no es esa clase de humor que hace levantar la vista del texto, suspender la mirada en la nada y sonreír mientras a uno se le va aclarando la mente sobre ciertas cuestiones, que es, creo yo, la clase de humor más elevada que pueda haber, y una altísima aspiración de toda novela o de todo cuento que intente con sus páginas hacer reír, o hacer algo más que reír. No, nada de eso. El humor de Magnus no es luminoso, no es un humor, digamos, para usar un término horrible, “inteligente” —me gusta más “luminoso”. Es un humor chistoso, simplemente, un humor que queda bien en los programas cómicos de la televisión (en los buenos programas, cosa que ya casi no existe) o en la revista Condorito o en los libros premiados, por qué no —al menos para diferenciar al concurso que le otorga el premio de otros más serios, donde se premia a la literatura pedante, esa que trata temas de actualidad, o que queda bien tratar, pero como en este caso uno de los jurados es César Aira… uy, lo nombré antes de tiempo, tal vez por pensar que César Aira al fallar a favor de Un chino en bicicleta se estaba premiando a sí mismo… pero me estoy adelantando de nuevo.
Pero bueno, no cualquiera puede intentar un humor “luminoso”, es más, tal vez ni siquiera lo haya intentado Magnus. Lo podía intentar, por ejemplo, Fontanarrosa, cuyos textos provocaban esa rara forma de hilaridad que hace levantar la vista, dejar de leer, ponerse a pensar, decir por dentro “tiene razón” y después sí, cagarse risa. El humor de Magnus es más bien un humor aireano —ahora era cuando lo quería nombrar—, otra palabra horrible, que ya leo con hartazgo, y escucho con asco, pero de la cual desgraciadamente uno no puede escapar cuando tiene que hablar del humor ridículo aplicado a la literatura. Es que no debe de haber otro autor más que César Aira en el que se note tanta aplicación y seriedad para ejecutar historias tan idiotas, argumentos tan risibles, reflexiones y tramas más estúpidas. Bueno, ahora está Ariel Magnus, pero como César Aira llegó primero la comparación es inevitable, al mismo tiempo que odiosa, claro, sobre todo para César Aira, porque Ariel Magnus lo hace mejor. Y bueno, así pasa con los discípulos aventajados.
También podría decirse de esta clase de humor que es un humor “casereano”, cosa que no escuché nunca, pero que mal no le viene. Estoy hablando, claro, del humor del gordo Casero, Alfredo para los amigos, cuyo programa Cha Cha Cha “podría” verse sin problemas como una aplicación al formato televisivo de las teorías disparatadas de Aira. En formato televisivo, ya que estamos, si uno cuenta con el talento de Casero y con la troupe de actores que supo conseguir, el humor de Aira funciona mejor que en los libros de Aira, aunque a la larga termine cansando, más bien a la corta, porque uno después de todo no puede jugar todo el tiempo a hacerse el zonzo, tragarse cualquier cosa, disfrutar con cualquier pavada. Es un tipo de humor para desquitarse de un mal día, nada más. Un tipo de humor efectivo, sí, pero también digno de ser puesto allí donde vaya a ponerse con cuentagotas, si no uno tiene todo el derecho a pensar que se lo está tomando de pelotudo.
Y así pasa con las crónicas que sabía firmar Caparrós, o que sigue firmando, no sé, y con las crónicas que dan forma a este libro de Ariel Magnus. Epa, ¿”crónicas” dije? ¿No era una novela esto? Bueno, sí, es, al menos recibió un premio por presentarse como tal cosa, pero es más que nada una colección de crónicas —con una historia de amor entreverada, es cierto, tan absurda como cualquiera de otras pequeñas historias que se cruzan en la lectura.
Son crónicas a lo Caparrós, claro, es decir crónicas cancheras, crónicas risueñas, crónicas asombradas, ¿porteñas?, crónicas del tipo que sin saber demasiado del asunto se adentra en él y ve qué pasa. Son la mejor clase de crónicas, por supuesto, las que uno más disfruta. Son las crónicas del turista que sabe escribir y que tiene no algo como una veleidad literaria, que quedaría feo, sino experiencia en el oficio de la narración y que ha leído y visto y disfrutado de cosas que hacen reír y que no duda en aplicarlas a lo que cuenta. Cualquier suplemento dominguero queda de lo más paquete con escritos del estilo.
Así, el personaje de Ariel Magnus se adentra, empujado por una pistola en la nuca, en el barrio chino de la ciudad de Buenos Aires, y desde allí describe, cuenta, experimenta, sensaciones, olores, personas, historias, paisajes, costumbres —haciéndose de vez en cuando un lugarcito para la opinión arbitraria, el lugar común, el cachetazo de payaso, cosas que por ejemplo tanto pero tanto se le criticaron a la película de Sofia Coppola Perdidos en Tokio, porque decían que su mirada era “xenófoba”, porque se burlaba sin más de asuntos tales como la estatura de los japoneses, o por el gusto nipón en cierto tipo de diversión, todo lo cual ocurre de sobra en Un chino en bicicleta, pero que es lo de menos y ni siquiera importa… ¿o sí?: “(…) los adolescentes en cambio eran como cualquier adolescente, pelo teñido y en esmerado desorden, ropa cuidadosamente elegida para que resultara casual y el celular en la mano, las orejas obstruidas aunque no vi a ninguno con los auriculares blancos del iPod, gracias al cielo todavía quedan elementos que marcan diferencias entre nosotros y el resto”; “(…) llevaba cuatro chuchos enanos, asumo que pekineses, les hablaba en chino, yo creía que los chinos no paseaban perros sino que se los comían…”; “(…) el problema es que como los chinos inventaron tantas cosas se creen que inventaron todo, ahora dejan que inventen otros y viven de hacer copias baratas y de duración limitada, milenios de historia para acabar siendo los reyes de lo efímero”. Pero eso sí, el autor se ataja, por las dudas, de toda acusación que podría sufrir por el uso de lo que entiende no son más que agravios folclóricos y que a él le sirven para puntuar su historia, ir describiendo lo que ve: el narrador de la novela dice, sorprendido del descubrimiento, iluminado de repente, que para los chinos la corrección política es una forma de racismo, acaso la peor, por lo que no soltar nuestros prejuicios acarrea serias consecuencias.
La sensación que da el libro en los peores momentos es que ha sido compuesto en buena parte por sobras de tareas periodísticas encomendadas por vaya uno a saber quién o qué medio. Suele pasar. A veces a uno le sobran cositas que escribió a pedido, cositas que tan mal escritas no están, y entonces, con ánimo de aprovechar el material sobrante, las recicla en la ficción que está escribiendo. A mí me parece, por ejemplo, que el capítulo dedicado a la escuela argentina de fútbol para chinos ya lo había leído en un medio periodístico. Y así con otras partes de la novela, es decir con otras crónicas, o con otros datos de color, por ejemplo los paseos culinarios del personaje, o lo que tiene para decir acerca de la caligrafía china, o sus datos acerca de los minimercados que los comerciantes chinos instalan en Argentina, “reseñas” de estilos de vida ajenos, de costumbres foráneas que bien podrían ser parte de una revista cultural porteña o una nota en todo caso más digna de ser leída en un medio así que en una novela.
Está bien, se pude hacer literatura con cualquier cosa, con recortes periodísticos, con recortes de programas de humor, con recortes de crónicas, con recortes de lecturas bobas, intentando con todo hacer una síntesis, un pastiche, “producir”, por ejemplo (otra palabra horrible, pero muy justificada en este caso), un texto en el que se pueda leer a Caparrós, a Aira y a Casero de una sola vez, sin perder tiempo buscando a uno u otro en el kiosco, en la biblioteca o en el canal Volver. Lástima que en la mayoría de los casos de una “producción” tal no salga más que un cuento chino como resultado.

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2 comentarios

Dejar un comentario
  1. Guillermo Belcore / Abr 23 2009 12:58 am

    Estimado Roberto:

    Hasta hoy no le había leído esta crítica. Lo mal que hice. Su análisis es brillante. Colocó el libro en la mesa de vivisección y operó sin contemplaciones. ¡Así se hace! Muy estimulante son los parangones que traza y los procedimientos defectuosos que señala. Un texto impecable No quiero dejar pasar la oportunidad para felicitarlo.
    Mis respetos.
    G.B.

  2. robertogiaccaglia / Abr 23 2009 2:33 am

    Muchas gracias Guillermo, muy amable como siempre. Un abrazo.

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