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diciembre 11, 2007 / Roberto Giaccaglia

Happy, happy, joy, joy

Control, Anton Corbijn, 122:00, Gran Bretaña-Estados Unidos-Australia-Japón, 2007.

La vida es una mierda y después te mueres. Así empezaba una crítica a un disco de Mark Eitzel, creo, y si no era a un disco de Mark Eitzel debería haber sido a un disco de Joy Division, o en todo caso a una música que contuviera poesía y dolor, amor y desesperación, las garras del destino clavadas en la espalda. Pero no, era a Mark Eitzel, pero la verdad es que es lo de menos. Lo que me llamó entonces la atención al leer esas palabras, la vida es una mierda y después te mueres, es que esa frase predisponía al lector a sentir determinada cosa y no otra por la música que el crítico pasaría inmediatamente a reseñar. Algo similar pasa con la música de Joy Division. La historia de su cantante, una historia pequeña, algo que ocurrió en 23 años, nada más, la mayoría de los cuales han de haber sido aburridos, predispone, digo, a que todo aquel que vaya a enfrentarse a la música de Joy Division sienta de antemano tristeza. Y luego, la música de Joy Division no hará mucho por desmentir lo que uno presuponía. Tampoco las letras de las canciones, o mucho menos. En ellas no hay más que poesía. Es decir, un intento por escapar. Un intento que se sabe infructuoso. Tal vez la poesía no sea más que eso, resignación. Y el arte de Joy Division era un arte de la resignación, un arte de la entrega en cuerpo y alma, pero de la entrega total, es decir un arte de la entrega en vano, un arte que no se guardaba nada, sobre todo porque no había razón alguna para guardarse nada. Un arte así, por supuesto, no estaba destinado a durar mucho. O sea, los artistas que entregan demasiado no están destinados a durar mucho, a no ser que estemos hablando del recuerdo, que es otra cosa. Y así fue con Ian Curtis, su cantante y letrista. Podría poner “alma” del grupo y hasta es posible que fuera cierto, porque sin Ian Curtis no había Joy Division. Pero al tratarse de un alma oscura, tétrica, un alma delgada, enferma, hambrienta, de las que uno ve con facilidad el momento en el que se quiebran, no parece lógico escribir eso, que Ian Curtis era el “alma” de algo. Ian Curtis era más bien el pozo donde iban a parar las almas que lo conocían. O lo sigue siendo.
Las películas que retratan las vidas de héroes del rock son por lo general muy parecidas. Se enfocan en los peores momentos del artista, en sus peleas de pareja, en sus peleas con sus amigos, el momento en el que el público empieza a dudar de ellos, sus problemas con el alcohol, las drogas, sus encierros en sí mismos, sus momentos existenciales. Parece que la felicidad le quedara mal al retrato fílmico de un artista, más si estamos tratando de un artista atormentado. Tanto que la muerte misma del personaje se nos revela como un alivio, no sólo para él, sino para el público, harto después de hora y pico de sufrimiento en todas sus formas, físico, emocional, psíquico, artístico. Hasta ahora no vi película basada en la vida de un héroe del rock que no mostrara todos estos pasos, el camino seguro hacia el lugar de siempre, el común, la muerte como redención de una vida difícil en todos los aspectos. Cambian los nombres, las locaciones, pero la forma sigue, invariable. La canción sigue siendo la misma.
Claro que, con matices, se pueden hacer con lo mismo de siempre películas buenas y películas malas. Por lo general, las películas que siguen esta dichosa fórmula son malas, a veces muy malas y a veces directamente insoportables. Por ejemplo, Last Days, de Gus Van Sant, que retrata los últimos días de Kurt Cobain y que debe de ser uno de los retratos más feos, aburridos, soporíferos, mal hechos, facilones y desganados que se haya intentado alguna vez con artista alguno, no sólo en el campo del rock. Esa película sufría de lo que sufren todas las películas que muestran cómo era de miserable la vida del artista que ya no está con nosotros pero que tanto admiramos: patetismo, clichés, como si la vida de todo rockero no fuera más que eso, patetismo, clichés.
De esto también sufre Control, de Anton Corbijn, que nos cuenta la eterna historia sobre el ascenso y la caída de una estrella. Esta vez, de Ian Curtis, líder de Joy Division. Aunque el ascenso ahora es algo corto de narrar, efímero, volátil, la caída es larga, poco mullida, y no sólo eso, sino que continúa más abajo de donde se partió para subir, el sótano de la miserabilidad, donde lo único fresco son las lágrimas que todavía no se han evaporado.
Pero a pesar de ser más de lo mismo, Control tiene lo que a muchos retratos de almas en pena, almas famosas, almas talentosas, les falta. Tal vez debería poner aquí la palabra “clima”, palabra poco referencial, con la que no se dice nada en realidad, pero tan usada para describir la música de Joy Division que a uno hasta le parece bien usarla. Después de todo, una película “climática” cuenta con cosas que a Control no le faltan. Sobre todo, cierto encanto. Un encanto oscuro esta vez. Si hablamos de “clima” hay que remitirse a los nubarrones más espesos que uno haya visto alguna vez, no al sol o a los rayos que aparecen aunque tímidos para paliar en algo el frío. Y también un manejo inteligente de los tiempos, donde nada se desboca o alguna acción queda fuera de lugar. Hay, entonces, además del clima, que hablando de Joy Division mejor sería decir “atmósfera”, una estructura armada con oficio, es decir una narración atrapante, por más que sepamos antes de que suceda qué es lo que va a pasar a continuación. Pero no es el palabrerío sin más lo que nos lleva de la mano a la resolución anticipada de la película. Es la mirada del personaje lo que da pistas, son sus poesías, es el vacío que la composición logra mostrar, el vacío alrededor de quien encarna a Ian y alrededor de quienes encarnan a los que lo secundan en su historia, los amores de Ian, sus compañeros de banda, los managers exprimidores. Y bueno, la depresión es contagiosa.
En esto, es decir en que el espectador se crea lo que ve, se convenza de verdad de que la vida es una mierda y después te mueres, que lo acepte sin problemas y que sufra más o menos en cada cuadro, ayudan sin lugar a dudas no sólo el talento del director —alguien que, se nota, no sólo está enamorado del aspecto trágico de la vida del artista que retrata, sino también de su música, de su arte, algo que a la película le hace muy bien, sobre todo teniendo en cuenta de qué música estamos hablando, la de Joy Division, nada menos, una de las mejores de la época en las islas británicas, fines de los setenta, principios de los ochenta—, sino también las actuaciones.
Por ejemplo, la de Samantha Morton, que interpreta a Deborah Curtis, esposa de Ian, esposa sufrida como pocas, engañada como tantas, preocupada como ninguna y enamorada, no tal vez de Ian, sino de su propio dolor, el mismo que también enamoró a cientos de chicos de la época, uno de los cuales fue Robert Smith, líder de The Cure, y en un futuro quizá merecedor de su propia película, que por la época en que Ian Curtis se suicidaba dijo que esa muerte evitó que él mismo hiciera lo propio.
Y otra cosa que ayuda, por supuesto, es el actor que interpreta a Ian, Sam Riley, que no parece actuar, sino efectivamente ser quien dice ser, ese tipo que suda y canta y se mueve como poseso y se mira al espejo con desprecio y escribe poesías y piensa a cada rato si no será en vano seguir. No sé en qué otras películas actuó y la verdad que no importa, porque de ahora para siempre Sam Riley será Ian Curtis. No a todos los actores que interpretan a estrellas, que se apagan de pronto o no, les pasa lo mismo. De esto no sufre Val Kilmer, por ejemplo, porque su interpretación de Jim Morrison en The Doors, la película, fue tan mala que uno sabe que después puede salir del set y filmar tranquilamente otra cosa, algo de terror o un policial, lo mismo da. Pero no con Sam Riley, que será el torturado y epiléptico y lastimado y siempre enamorado Ian Curtis, para siempre, filme lo que filme.
Los demás miembros de Joy Division no están nada mal, cada uno respetando a rajatabla su rol de escuderos de la tragedia de Ian, cultivando el perfil bajo, como le dicen, sin excesos de ningún tipo, o tal vez sí, pero mínimamente, o sea una fijación algo detallista en cada una de las personalidades de los futuros miembros de New Order, banda que nació de la muerte de Ian Curtis y que no tuvo creo yo ni un cachito de esa alma que aquí en la tierra no tenía nada que hacer, como si nada del interior de Ian hubiese pasado a sus ex compañeros de banda —cosa que, bien mirada, parece imposible después de todo…
Es que no creo en la transmigración de las almas. Sí creo en el rock, en la poesía, en el cine, pero no en todo el rock, o en toda la poesía, o en todo el cine, sino en una poesía así, en un rock así, en un cine así, es decir en un rock, en una poesía y en un cine quizá ya escuchado, o leída o visto, pero sin embargo hechos con tanto cariño, sutileza, precisión y buen gusto que es como para seguir poniéndoles esperanzas a pesar de todo. A pesar de que la vida es una mierda y que después te mueres, por ejemplo.

4 comentarios

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  1. Karoline / Ago 15 2010 12:43 am

    De esta película me encanto que haya sido hecha en blanco y negro, quizás para acentuar ese ambiente entre depresivo y desesperante. Coincido plenamente en la excelente actuacion de Riley, hace poco vi la de 24 hours party people y el que hace el mismo papel, (sepa dios quien es) realmente deja demasiado que esperar, pero bueno, lo que si demeritó (a mi gusto) la seriedad de esta “biografia visual” fue el exceso de romanticismo (cuando lo hubo) con que se plasmaron los recuerdos de la verdadera Deborah Curtis. Yo diria “la vida es una mierda, disfrutala y despues te mueres”. Saludos

  2. lanoviadetroll / Mar 26 2011 4:53 am

    Bueno sigo recorriendo el Blog que me simpatiza… sobre esta película concido pero quedó desdibujada en mi memoria – aunque sí era más rigurosa que “The Doors” o “Sid y Nancy” y más, infinitamente más, interesante que lo de Van Sant.

    Igual de alguna manera siento que el biopic falla a muerte con esto. Por ejemplo “Christiane F” me dice más sobre la atmósfera que respiraba el Bowie heroinómano berlinés que un biopic riguroso u otro fabulesco a la Velvet Goldmine…

    habría que hacer una lista de películas por el estilo supongo, que ponemos? El ansia? jeje
    a Cat Stevens le dejamos “Harold and Maude” LMAO

    Salú

    ps A Gus V Sant igual le perdonamos la vida por traernos al finado Elliott Smith :)

  3. lanoviadetroll / Mar 26 2011 5:14 am

    Ps acabo de recordar una maravillosa secuencia de “Bedazzled”, sí una comedia muy simpática -1967- que Hollywood also remeikeo con Brendan Fraser y la Hurley (uff)

    Bue el pobre infeliz (Dudley Moore) le pide deseos al mesmesimo Diablo que, obviamente, nunca le sirven… topic: “La Muerte del R&R” LOL

    Salú :)

  4. lanoviadetroll / Mar 26 2011 7:19 am

    4 am -termino de revisar una vieja pelicula muda (The Patsy – King Vidor: INCREIBLE!!! Marion Davis – sí la de Hearst- era una comediante sólo comparable a Chaplin y tristemente olvidada, gracias Orson) mientras mi mujer descansa, me quedaba rondando en a cabeza porqué no me terminan de cerrar los biopics de rock stars, llegué a una gravisima conclusion!!! La voz!!! La voz!!!

    Orson Welles, creo, comentaba que si tenía alguna duda sobre una escena o un actor, cerraba los ojos o se alejaba para sólo oirlos: ahí reconocía el problema o si la escena funcionaba o no…el sonido en cine es el aspecto menos pasible de acusarse de “representación” -una imagen es siempre una “abstracción” -sustrayendo al menos un dimensión. La voz se presenta frente a nosotros de manera “transparente” o “directa”. Quiza nunca viste a Ian Curtis mas que de foto o articulos leidos de reojo pero su voz te lo “presentó” lo conociste, tuviste esa “intimidad”…

    Yo le creo a Jeff Bridges que es Tucker, y sólo a él ;), pero esencialente no le creo a nadie que sea Ian Curtis…en un lugar no puedo “suspender la incredulidad”, puede hacer la mimica o imitarlo muy bien -Johnny Cash (J. Phoenix)- pero cuanto más se parece más conciente soy de la pantomima…. etc etc…

    Salú :)

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