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diciembre 20, 2007 / Roberto Giaccaglia

Clásicos melódicos… perdón, metálicos. Whitesnake, 1987

1987, Whitesnake, 52:23, 1987, EMI.

Recuerdo haber leído en una revista la carta de un lector a quien según parece el disco 1987, de Whitesnake, le había emocionado hasta las lágrimas. Decía que con ningún otro disco le había pasado algo parecido. Tal vez ese lector no hubiera escuchado mucho en su vida, claro, o quizá tuviera el lagrimal fácil, pero, de cualquier manera, que una obra produzca semejante cosa en alguien alcanza para llamar la atención. A mí, por lo menos, logró llamarme la atención, cosa que no había hecho ni siquiera una declaración de David Coverdale por esos días, afirmando muy orondo que era el mejor cantante que existía. Y bueno, estaba promocionando el disco que acababa de salir, tenía muchas ganas de que su bandita saliera de las islas británicas e hiciera pie en Estados Unidos, algo tenía que decir, sobre todo acerca de él mismo, o de su voz, más bien, ya que los demás integrantes de Whitesnake le importaban más bien poco —eran empleados a sueldo, de los mejorcitos del ramo, eso sí, muy prolijos y educados, hasta en las indicaciones estéticas, tratamientos capilares y esas cosas.
Así que bueno, me compré el dichoso disco. Por supuesto, ya algo había escuchado del mismo: “Here I Go Again”, “Is This Love” y “Still of the Night”, aunque no sé si en ese orden. Sonaban en la radio, era imposible no toparse con esas canciones. No me gustaban, para nada, pero reconozco que eran canciones que quedaban pegadas a uno durante buena parte del día. Son de esas melodías que uno tararea con culpa.
Por prejuicioso, pensaba que las peores canciones, es decir las más melosas, eran las destinadas a entusiasmar al público consumidor de hits, por lo que lo mejor del disco debía de encontrarse en el resto de las canciones, aquellas que no se pasaban por la radio, aquellas de las que nadie hablaba y que seguramente tendrían para el oyente en general un grado de complejidad mayor. Así que paradójicamente fue por prejuicio que compré 1987. Algo bueno debía tener, yo también debía ser capaz de emocionarme.
Al final, por más que intenté e intenté, nunca me pude emocionar demasiado con 1987, ni siquiera lo pude escuchar entero, al menos sin sentir una sensación parecida a la que debe de sentir alguien que se atora con una torta de chocolate demasiado dulce, de esas que en el primer bocado parecen deliciosas.
Seguramente a David Coverdale y sus empleados de Whitesnake les habría importado bien poco vender una copia más o una menos de un álbum como este, que no tardó en convertirse en uno de los más vendedores de la historia del metal, llámese glam, hard rock o heavy tímido o melodrama metálico o por qué diablos no habré comprado otra cosa. Creo que la cifra de copias supera ampliamente los ocho millones. No sé cuántos de esos compradores habrán logrado emocionarse como yo no, que creo que terminé vendiendo o cambiando el disco por algún otro, algo que se pareciera más a lo que la emoción era para mí —y que creo que sigue siendo, aunque con matices, espero, porque siempre hay que añadirle nuevas cosas a la vida.
Desde la primera escucha, es decir desde la escucha en la radio, 1987 me pareció una cruza no muy feliz entre un Van Halen con menos talento que el original y unos Kiss adultos —o sea, unos Kiss sin encanto. Y al ser una mezcla que no tenía ni el brillo de los primeros ni, encima, el desparpajo de los segundos, lo que se producía era una rara conjugación que apuntaba a ser, sobre todo, un producto de calidad, es decir una “cosa” vendible, razonablemente bien hecha, apta para ser consumida por cualquiera que se conformara con las normas de calidad básicas de toda obra radiable, bailable, babosa. O sea, un producto “serio” y con pretensiones de éxito, más o menos como una telenovela de actualidad bien actuada —algo en lo que según las malas lenguas tuvo mucho que ver un tipo llamado John Kalodner, que supongo habrá sido una especie de consultor artístico-financiero de la compañía grabadora o algo por el estilo.
A todo esto, es decir a las pretensiones de éxito y la de lograr un buen producto, algo acabado, algo de salida rápida, debía agregársele una lectura algo monótona de Led Zeppelin, una lectura sin aristas, una lectura desapacionada, una lectura más bien calculada, de esas donde los ojos saben dónde mirar según el efecto que se quiera conseguir. Las pautas están ahí. Después las siguieron grupos como Kingdom Come, Badlands y otros igual de feos. (No creo que para el sonido de Whitesnake, al menos el de 1987, haga falta tener en cuenta el pasado de David Coverdale en Deep Purple, como dicen muchos. Todos los que a mediados de los ochenta tuvieron algo de éxito haciendo hard o glam sacaron algo de Deep Purple, hayan estado o no en él —por cierto, qué distinta sería la apreciación acerca de David Coverdale si se hubiera conformado con cosas nada más que buenas, Deep Purple por ejemplo).
Luego de que el álbum fuera grabado, el líder David Coverdale, líder en todos los sentidos, despidió a todos los miembros del grupo (el guitarrista John Sykes, el bajista Neil Murray y el baterista Aynsley Dunbar, todos prolijos y eficientes como alumnos a los que se les promete el mejor de los regalos a fin de año). Total, ya habían hecho lo suyo y no había seguramente un sindicato atrás que los respaldara. Qué feo que la música funcione así, como un proyecto de ventas. Por más bien que se haga, no deja de ser eso, una construcción nacida del trazado de un plan en el que hasta el mínimo detalle parece haber sido marcado en un plano. Ahí están los beneficios a conseguir, ahí las posibles consecuencias de seguir tal o cual camino, lo que puede salir mal, lo que hay que hacer para que salga todo bien.
Los hit singles del disco fueron los ya citados “Still of the Night”, “Here I Go Again” y “Is This Love”, que por alguna razón se insiste en llamar power ballad y que debe de ser lo único que todavía se deja escuchar de tanto en tanto de Whitesnake cuando uno sin querer pesca una emisora que resiste los avances en el campo del rock o que incluso desprecia sus mejores épocas. De las tres canciones, es la primera la que en algo me convence, sin llegar a las lágrimas, eso sí, o ni siquiera a algo que se semeje remotamente a la emoción. No sé, será ese toque zeppelinesco, tal vez, o las ganas de que el dinero gastado años atrás haya servido para algo. O no el dinero, ya que por algo sé que cambié mi copia de 1987, sino el tiempo gastado en varias escuchas que lo único que produjeron, aparte de empalago, fue la certeza de que alguien me había visto la cara. David Coverdale, por ejemplo, el mejor cantante de aquella época, como él mismo aseguraba con mucha razón, y un comerciante excelente, de esos que ya están demasiado lejos cuando nos damos cuenta de que hemos gastado nuestro dinero en vano.

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4 comentarios

Dejar un comentario
  1. Hernán Rodríguez / Dic 20 2009 12:18 am

    aprende a tocar guitarra como Sykes y hablamos.

  2. Roberto Giaccaglia / Dic 20 2009 12:57 am

    La verdad que me gustaría, aunque no para tocar las canciones de este disco.

  3. cranium / Jun 28 2010 12:17 am

    solo una pregunta ¿cual fue el motivo por el que publicaste esta critica? supongo que no eres rockero, debes de ser algun hip- hopero, que tuvo el tiempo de escribir ya que no hacen nada mas. por que para hablar de un grupo asi. y hablar mal de otros grupos como kiss o led, probablementeno seas un rockero.

  4. mr perfect / Feb 1 2011 7:29 pm

    Por dios las cosas que hay que leer por estos dias, cualquier imbecil puede escribir cualquier estupides decir las cosas que se dicen de tal vez el mejor album de Hard Rock de los ochenta, que bruto sos si te gusta el pop o cualquier otra cosa pues haz una reseña de justin Bieber o lady gaga y no ofendas una obra de arte como el 1987, y menos a uno de los mejores guitarras de la historia del rock como Sykes, por favor no escribas de cosas que no sabes, si quieres escribir de Rock aprende un poco CULTURIZATE.

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