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diciembre 25, 2007 / Roberto Giaccaglia

Mas el cuervo arrancó todavía de mis tristes fantasías una sonrisa…

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Two Gallants, Two Gallants, 44:06, 2007, Saddle Creek.

Two Gallants es un grupo hermoso, tal como alguien dijo de Nirvana hace unos años, cuando empezaron, cuando eran esos tipos especiales, más allá de toda regla, que robaban de aquí y de allá, pero sin robar en realidad, sino ejerciendo su derecho de nutrirse a costa de talentos ajenos. Es que uno ya había escuchado esas canciones antes, pero no así. Con Two Gallants sucede lo mismo, o las dos cosas: primero, uno ha escuchado esas canciones antes, pero no así; y luego, es un grupo hermoso.
Pero ahora que lo pienso no sé si eso basta para convertir a un grupo en algo hermoso. Es decir, alguien que saca de otros lo mejor para volverlo propio no necesariamente se vuelve algo hermoso.
Quizá haya que buscar una justificación al adjetivo por otro lado.
Se puede decir que Two Gallants es un grupo indie, y ya se sabe cuánto gustan los grupos indies. Si no son eso, un grupo hermoso, la prensa hace mucho por mostrarlo así, hermoso, algo reluciente, especial. Los canales de música lo necesitan mucho.
Los Two Gallants tienen a favor que son de San Francisco, California, lugar donde todavía algo del verano del amor debe de andar flotando por ahí. O al menos se les habrá pegado a sus padres, me imagino, porque ellos, el dúo que compone Two Gallants, son muy jóvenes y vaya a saber si sintieron alguna vez nombrar algo como eso, el verano del amor.
Pero quizá tanto el cronista que llamaba grupo hermoso a Nirvana, como yo al llamar así a Two Gallants, nos estemos equivocando y queramos decir algo distinto, como ser… no sé, algún adjetivo que nombre a la belleza sin nombrarla en realidad. Algún adjetivo que denuncie intensidad.
Debe de haber muchos adjetivos así, que denuncien intensidad. Por ejemplo, hermoso. Algo hermoso es necesariamente algo intenso. Los ojos de Fiona Apple, por ejemplo, son así, intensos. Creo que me estoy repitiendo. Pero ya se sabe cómo es cuando algo nos gusta mucho, las palabras faltan.
Como faltan ante el poema de Edgar Allan Poe, El cuervo, de donde robo el título de esta crítica. Ese poema está compuesto de versos que no se sabe bien si son intensos o hermosos o las dos cosas, algo bello, desgarrador, algo inquietante, todo al mismo tiempo.
Two Gallants está formado por Adam Stephens en guitarra, armónica y voces, y Tyson Vogel en batería, y en voces más bien ocasionales. Hay que decir también que la formación es hermosa. Con esto quiero decir no intensa, sino especial, o rara. Rara como son raros los ojos de Fiona Apple o rara como era raro ver a un grupo como Nirvana en vivo, cuando empezaron: músicos que no podían afinar, un bajista que vomitaba en el escenario, un batería que se perdía en medio de la canción, un guitarrista que le daba palazos a su guitarra en vez de tocarla. Es decir, algo hermoso.
Bueno, si pensamos en White Stripes, por ejemplo, conocedores del éxito mucho antes que Two Gallants, la formación de guitarra y batería no parece tan rara, pero es que después de Two Gallants uno deja de pensar en White Stripes.
Two Gallants se formó en 2002, pero los amiguitos hacía unos diez años que hacían música juntos, o sea desde niños. Tocaban en casas de amigos, en parques, en esquinas, grababan cd’s que nadie escuchaba, los repartían entre sus primos. Hacían algo hermoso, o mejor dicho dos cosas hermosas: hacían música porque sí y confiaban en ellos.
Como Nirvana, o pongamos por caso Pixies, y por qué no White Stripes, Two Gallants es un grupo que se sostiene en el sonido de las guitarras, en una batería que acompaña lo justo y lo necesario y en una garganta que se desgañita tratando de hacer llegar no algo de calidad, pulido, y por eso efímero, sino más bien puras sensaciones, y por eso eterno. Y qué hermoso es que un grupo intente esto.
El disco debut del dúo, The Throes (2004), tenía mucho de todo esto, guitarras, gargantas desgañitadas, y todo lo que un grupo de guitarras y voz desgañitada necesita, al menos aquellos que sólo quieren transmitir emoción. O sea, blues, o mejor dicho delta blues, que no es lo mismo, además de un poco de folk, o de new folk. Los americanos, los americanos de arriba, quiero decir, o no tan arriba, entre Canadá y México, gustan de llamar a estas influencias, cuando vienen todas juntas, como en este caso, “Americana”, estilo que suele definirse como “música clásica americana”, o algo por el estilo. Es decir, música con raíces: folk, country blues, bluegrass, country, rockabilly y cosas que ya nombré.
El segundo disco del dúo, What the Toll Tells (2006), tenía más de lo mismo, incluso con un poco más de intensidad, sobre todo en “Steady Rollin”, una canción sencillamente hermosa, palabra que ya dije varias veces pero que no me importa repetir, porque le viene como anillo al dedo a la canción. Es una de esas canciones que uno quiere poner al despertarse, para enfrentar al día con lo que corresponde, melancolía, el corazón agrietado… cosas hermosas.
Y Two Gallants, por su parte, tercer disco y último del grupo, es, otra vez, más de lo mismo, Americana, intensidad, hermosura, esta vez todo tamizado a través de la experiencia, que no siempre ayuda en un grupo de estas características, porque claro, puede hacerle perder ese encanto de darle para delante nomás, salga lo que salga, que en la mayoría de las otras músicas es inexplicable y que aquí también.
En realidad, reseñando un solo disco de Two Gallants, cualquiera sea, ya están reseñados todos. Es lo mismo que les pasa a los AC/DC, a quienes se les culpa de grabar el mismo disco una y otra vez. Y bueno, mientras sea algo hermoso…
Stephens toca a la vieja usanza, las líneas de bajo, la melodía y la armonía al mismo tiempo, a la manera blusera de los primigenios negros arrancados de cuajo de su tierra y forzados al algodón y al sol. Bueno, ya se sabe, las penas son algo hermoso de cantar. O será que hermosas son las lágrimas que salen de esas canciones. O tampoco, porque no es hermoso ver a nadie llorar, aunque quién sabe si la que llora es Fiona Apple. Pero no, no, que la tristeza no puede ser bella nunca, sino a lo sumo la música que la inspira, la música, por ejemplo, de los negros algodoneros a la fuerza. A eso le cantan los Two Gallants, ya que estamos, historias viejas, algodón y sol, historias de muerte, de ladrones, el viejo oeste y el viejo racismo. Además del tópico usual, el que nos interesa a todos, el de la muchacha que abandona demasiado pronto o demasiado tarde y que por eso deja doliendo más.
Muchachas como cuervos, por ejemplo, que arrancan los ojos, como esa tal Jane, del primer disco, la de la balada “Crow Jane”, versos bellos, desgarradores, inquietantes, todo al mismo tiempo.. Muchachas que arruinan todo, que nos dejan tirados. Muchachas que nos hacen sus esclavos. Cosecharíamos algodón al rayo del puto sol todo el día si ellas lo pidieran. Muchachas hermosas, intensas, raras, como cuervos, y peligrosas como cuervos también, dañinas. Quizá todo lo dañino sea también hermoso. O al menos mientras no nos dañe. Muchachas que nos roban mucho más que las monedas que gastamos en una flor. Muchachas que no dejan ver lo hermoso de la vida. Como Two Gallants, por ejemplo.

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