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diciembre 27, 2007 / Roberto Giaccaglia

Yo te avisé

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Before the Devil Knows You’re Dead, Sidney Lumet, 117:00, Estados Unidos, 2007.

Fargo ha vuelto a filmarse, esta vez sin humor, sin un poco de respiro, acumulando tragedias sin que medien siquiera esos intervalos que Fargo proporcionaba, de acuerdo a lo que los hermanos Coen entienden por humor.
No creo que haya sido Fargo la primera en apelar al argumento, aunque a los hermanos Coen este tipo de argumentos les va muy bien. Sólo la nombro por estar más cerca en mi memoria y porque sencillamente me gustó, incluso un poco más que la película que motiva esta crítica.
Es sencillo: alguien con problemas económicos decide asaltar a un miembro de su propia familia (o secuestrar y pedir el rescate —Fargo), sabiendo de las posibilidades monetarias del miembro en cuestión y de lo fácil que es salirse con la suya. Para llevar a cabo su plan, contrata a un delincuente que no pide demasiado dinero por el trabajo, pero que resulta ser un inoperante. “Sin violencia”, le pide quien idea el plan, ya que después de todo se trata de un familiar. “Por supuesto”, dice el otro. Y por supuesto todo termina saliendo mal, muy mal. Como si el encarar semejante plan, quitarle a un pariente algo de dinero, trajera mala suerte, mucha mala suerte, las desgracias se van encadenando una detrás de la otra.
Pero puede que no sea la mala suerte la culpable, sino la total ineficacia de cada uno de los implicados. Es que ninguna de estas películas sería efectiva si la torpeza fuera sólo del “autor material” del hecho delictivo —esto sonó un poco a declaración policial… y bueno, es la influencia de tanto noticiero—, y aquí la torpeza sobra, la torpeza y la mala suerte, y las desgracias… y los rencores que todo encadenamiento de este tipo de cosas despierta.
Sidney Lumet, un director con muchos años, mucho prestigio, y varias películas dignas en su haber —12 Angry Men (1957), Serpico (1973), Dog Day Afternoon (1975)— no necesita de Before the Devil Knows You’re Dead para pasar a la historia, pero no está de más filmar un buen thriller de vez en cuando.
En parte no está de más si se va a contar con los actores con los que contó Lumet, la mayoría de ellos con la capacidad suficiente como para ponerse la película en sus espaldas y llevarla a un lugar bastante elevado, cosa que no impiden y hasta de vez en cuando ayudan la edición del film y la cámara de Lumet.
Lo primero, la edición, es uno de los aspectos más logrados. La película está contada en forma fragmentada, la cronología se rompe en pedazos, literalmente, y cada uno de ellos va armando los eventos, o termina de configurarlos, de manera tal de que veamos los hechos desde diferentes puntos de vista, los antes y después de cada cosa y la implicancia en ellas de cada personaje.
Pero más que en la edición o en la cámara de Lumet, o en el guión, al cual no le falta lucidez —tengo entendido que es el primer trabajo del guionista Kelly Masterson, por lo que grandes cosas deben esperarnos en el futuro si mejora a partir de este, un comienzo tan bueno—, hay que hablar de los actores, por lejos lo más importante y relevante del film: Albert Finney, Marisa Tomei —dueña del desnudo del año por esta película, según los lectores The Sun, lo que no es un dato menor, ya que Tomei cuenta con 42 años—, Ethan Hawke y, sobre todo, Philip Seymour Hoffman, a quien si por Capote le dieron un Oscar no sé qué deberían darle por esta, dos o tres por lo menos, todos juntos.
Pero dejo de pensar en la actuación de Hoffman y vuelvo a la película, o trato, porque la actuación de este tipo es demasiado relevante como para obviarla.
Bien, sigo.
A pesar de un comienzo bastante dichoso, hombre de negocios Hoffman y esposa Tomei amándose con bastante énfasis, el tono trágico no tarda en aparecer, para ya no dejar lugar a nada más. El hombre de negocios Hoffman deja de ser un tipo de éxito y con suerte en el amor para pasar a ser un tipo con problemas laborales, de dinero, un adicto a las drogas, un insensible, un resentido, un loco de atar. Y esposa Tomei deja de ser una mujer amada para pasar a ser alguien que necesita del engaño para procurarse un poco de felicidad y de atención. Para no hablar del hermano menor del hombre de negocios en problemas, Hawke, un perdedor con todas las letras, separado, maltratado, menospreciado, deudor de dinero, un candidato al suicidio. La conjunción de problemas no puede ser peor, todo el tiempo se percibe que algo va a estallar, no hay manera en que no suceda. El detonante es, obviamente, el resultado de la propuesta de Hoffman a Hawke, asaltar el negocio de sus propios padres, del ya nombrado Finney y de Rosemary Harris, que actúa demasiado poco como para decir qué tal estuvo. El resultado del intento de robo desencadena entonces la ya sabida explosión, pero no sólo eso, sino también el drama familiar, la acentuación de la disfuncionalidad que se palpaba en el aire, algo que también ocurría en Fargo, aunque, como ya dije, con el respiro que los hermanos Coen saben darle a asuntos como estos, cosa que Lumet parece desconocer o despreciar, el respiro, digo, porque todo lo que puede salir mal aquí termina saliendo peor.
Todo parece dar forma a una película excelente, y de hecho poco le faltó para ser eso, pero hay un problema.
El problema reside donde siempre en este tipo de películas, en cierta moralidad, cierta pulsión por el castigo, pero eso sí, una pulsión más divina que humana, algo que se ve reflejado de sobra en la escena final, no sólo horrible, y tonta, sino también cinematográficamente reprochable, porque hecha a perder todo lo bueno que se había hecho hasta el momento.
Se deja ver algo como la imposición de una ley, de una máxima, de una regla que excedería largamente la capacidad del hombre para entender o siquiera para llegar a ver los porqués de esa imposición. El hombre simplemente actúa, llevado de las narices por lo que cree es su deber, sin cuestionarlo siquiera. No es que esté haciendo el bien, o lo que crea justo, sino simplemente lo que debe hacer.
Esa última acción redime al hombre, justifica su paso por la tierra, y arruina la película.
La felicidad es algo fácil de disolver, nada más hace falta lo ya mencionado, estupidez, mala suerte o lo que uno teme que haya arruinado a la película hacia el final, la pátina religiosa, o de buena conciencia, esa justicia que ciertos directores hacen prevalecer por encima de la humana, todo lo cual puede estar resumido en esa especie de advertencia irlandesa de donde se toma el título de la película : “May your glass be ever full. May the roof over your head be always strong. And may you be in heaven half an hour before the devil knows you’re dead”.
Quizá si no se le hubiera prestado tanta atención a esta advertencia estaríamos ante una de las películas del año.

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