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diciembre 29, 2007 / Roberto Giaccaglia

Borges, la circularidad y lo inaprensible

Por Viviana Vázquez, del blog Blizzard of letters

“(…) Whitehead ha denunciado la falacia del diccionario perfecto: suponer que para cada cosa hay una palabra. Trabajamos a tientas. El universo es fluido y cambiante; el lenguaje, rígido…”. Esto dice Borges en el epílogo de su “Historia de la noche”. Así, nos enfrenta con la imposibilidad de representar el mundo a través del lenguaje. Este es el eje alrededor del cual desarrolla su artículo “Elementos de preceptiva”. Aquí Borges postula qué es lo particular literario: la sintaxis.

Las reflexiones sobre el lenguaje se remontan a la Grecia clásica, cuando ya Platón en su Cratilo o del lenguaje pone en crisis la correspondencia natural entre palabra y cosa. Muchos siglos después, el filósofo Wittgenstein hará sus propias reflexiones sobre el lenguaje y su imposibilidad de referir a la realidad. Si el mundo está delimitado y creado por el lenguaje, no conocemos el mundo, es decir sólo conocemos lo que podemos nombrar.

¿Y qué hay más allá, dentro de esa región que no tiene nombre, al menos para nosotros? En este contexto cobra sentido la célebre frase de Cassirer “El hombre conversa constantemente consigo mismo”. Así, el llamado realismo no sería más que una ilusión referencial. Lo que queda, entonces, es intertextualidad y ambigüedad de sentido.

En otras palabras, es una pretensión absurda querer captar la realidad en el lenguaje, ya que el orden del discurso y el de la realidad responden a lógicas diferentes. Este tema ha sido tratado en “El idioma analítico de John Wilkins”. Allí se busca un lenguaje imaginario que, aunque imposible, no sería un conjunto de torpes símbolos arbitrarios. En “Tlon, Uqbar, Orbis Tertius”, Borges también trabaja la idea de un lenguaje artificial que permita conocer el mundo: (…) En la literatura de este hemisferio… abundan los objetos ideales, convocados y disueltos en un momento, según las necesidades poéticas…”.

Para Borges, la literatura es discurso compuesto de discursos; no hay ideas, sino una forma de las ideas. (Sin olvidar, por supuesto, que esa estructura verbal va a entrar en relación con diferentes lectores —no con uno solo.) De esta forma, Borges se coloca en las antípodas de la escritura romántica, que pretende mostrar una originalidad sustentada en el individuo y no en el texto.

El acceso a literatura pasada permite la construcción de literatura futura. Así, la literatura tendría un carácter circular. Leemos en “El libro de arena”:(…) Me dijo que su libro se llamaba El libro de arena, porque ni el libro ni la arena tienen ni principio ni fin…”.

Siguiendo esta línea de circularidad de la literatura, Borges socava la idea de la superioridad del precursor sobre el precorrido, cuyo tema es igual. Esto es lo que trata de probar en su artículo “El coronel Ascasubi”. Allí refiere que Hilario Ascasubi fue, después de muerto, considerado precursor de Hernández. Sin embargo, nadie reparó en la general inferioridad del primero. Esta paradoja está ficcionalizada con ironía en “Pierre Menard, autor del Quijote”. Allí leemos: (…) El texto de Cervantes y el de Menard son verbalmente idénticos, pero el segundo es casi infinitamente más rico. Más ambiguo, dirán sus detractores; pero la ambigüedad es una riqueza…”. De esto se desprende una de las premisas de Borges: la originalidad no es un valor estético.

En su artículo “El Martín Fierro”, Borges subvierte la versión canónica del supuesto poema épico nacional creada por Lugones, quien vio en la obra de Hernández una oportunidad para salvar la esencia nacional amenazada por la inmigración. La lectura de Borges destaca el carácter novelístico del Martín Fierro. Ese gaucho es un desertor, un busca pleitos, un desafortunado y evade la justicia; en otras palabras, carece de las virtudes necesarias para constituirse en un héroe épico. Esta lectura original de Borges está plasmada, por ejemplo, en su cuento “El fin”. En este relato Borges va más lejos que Hernández y completa su obra con la muerte del personaje, hecho indispensable para la deconstrucción de la versión lugoneana del poema.

Por último, me gustaría mencionar el artículo “Séneca en las orillas”. A primera vista destaca el tema de los géneros. Para Borges, es una superstición presuponer que determinados géneros literarios valen formalmente más que otros (tema que también será abordado por Puig). Así, por ejemplo, se dedica a analizar la inscripción en los carritos repartidores como una clase definida de género.

Hay algo de “El Aleph” en ese artículo, ya que una extensa enumeración de inscripciones es justificada por la mención de una última inscripción. En el relato se genera una tensión entre las primeras páginas triviales y el momento cúlmine, aquel en el que la magia del Aleph es descripta. Esa última inscripción reza así: “No llora el perdido”.

Con ella, el título de aquel artículo cobra dimensión irónica.

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