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diciembre 30, 2007 / Roberto Giaccaglia

Ghost, la sombra del amor

La historia de Lisey, Stephen King, 604 págs., 2007, Plaza & Janés, Buenos Aires.

El terror puede tomar muchas formas. Puede estar ahí afuera, confundido con cosas que no hacen daño, que no pueden hacerlo, listo para dar el zarpazo, o puede estar dentro de nosotros, agazapado en pesadillas, o por lo menos en sueños no del todo claros. El terror puede ser un recuerdo, un espejo en el que no queremos mirarnos, o parte de lo que hacemos, puede ser un personaje que se nos revela en el momento en que queremos contar nuestra propia historia. O puede venir del cielo. O puede tener la forma de un perro, o hasta la de un auto, o puede ocultarse en la figura de un padre, o en la de un payaso, un payaso que muestre los dientes justo en el momento en que nos descuidamos. El terror puede aparecer en el momento en que menos lo esperamos, en una foto, en un cuadro, en un juguete que perdimos cuando niños y que añoramos, en un amigo que ya no lo es.
Stephen King ya probó estas formas del terror, ya jugó con ellas, ya hizo temblar a medio mundo, ya satisfizo con ellas el mercado editorial, sobradamente, ya se convirtió en el más vendido, en uno de los más adaptados a la pantalla grande —por lo general sin demasiada fortuna—, en el más imitado, en el más envidiado. Lo que no había hecho hasta ahora es confundir al terror con el amor. Es decir, que el terror adoptase la forma más inesperada de todas, la del cariño. Que uno llegara a temerle al amor. Y otra cosa que tampoco había hecho es explorar otras formas, otras maneras de escribir, otras posibilidades dentro de la novela. Ahora, Stephen King no se propone meramente asustarnos, contando sin más una historia lineal, bajando la cabeza y metiéndole para adelante, poniendo piloto automático y llevando sin mayores inconvenientes su historia hasta la última página. Ahora la sorpresa no la da simplemente lo desconocido asediándonos, sino la literatura misma.
De pronto, hay un nuevo Stephen King, como de pronto hubo un nuevo Steven Spielberg, otro autor masivo que de pronto fue novedad otra vez, sufriendo o mejor dicho gozando de un cambio que apareció casi sin que nadie se diera cuenta, algo que lo llevó a hacer de repente otra cosa, obras que aspiraban a más, que no se conformaban con un mero estándar de calidad, obras por las que empezaría a merecer esa clase de reconocimiento que por lo general se le escapa al autor demasiado exitoso, por más que el público lo haya premiado varias veces convirtiendo cada cosa que haga en un fenómeno de ventas.
No es que el amor no se hubiera entrometido antes en las historias de Stephen King, siempre hay algo de amor en lo que cuenta, pero nunca hasta ahora había tomado creo yo tanto protagonismo, hasta hacernos pensar, bien avanzada la novela ya, que estamos leyendo otra cosa. Incluso el terror tarda en aparecer. Cuando lo hace, ya estamos metidos hasta las narices en él, imposibilitados de escapar, presos. El escritor ha tejido su red, por donde caminamos embelesados hasta su centro, nos ha atrapado y sabemos que por la noche nos va a costar dormir.
En La historia de Lisey, una mujer es perseguida por el fantasma de su amado esposo, muerto recientemente. No es que se le aparezca rondando por la casa, o cuando se mira en el espejo por las mañanas, que son formas del terror menos amorosas, o sutiles. Recordemos que acá hay un Stephen King que pretende otra cosa. Así que nada de eso.
El fantasma del marido muerto, un escritor de éxito (personaje que según parece gusta mucho a Stephen King, quizá porque contándolo se cuenta a sí mismo), está en su cabeza, todo el tiempo, susurrándole historias, recordándole anécdotas, haciendo que ella lo extrañe desesperadamente —otra forma sutil del terror, angustiante—, y haciendo algo más, un par de cosas: por un lado, haciéndole dar cuenta de lo terrorífico que había sido su vida, cosa que ella no parecía notar en el tiempo en que vivían juntos, tal vez por la magia del amor, y, por otro, brindándole las soluciones para llevar adelante su vida sin él, cosa que se le complica página tras página, porque aparecen los tópicos usuales de King: los maniáticos asesinos, la enfermedad, la locura, el cuidado del otro. Es decir, situaciones con las que la pobre Lisey debe lidiar, sin más ayuda que una voz que le va recordando situaciones amorosas, situaciones terroríficas, situaciones que se le habían pasado por alto, mientras le va dando pistas de cómo resolver sus problemas.
El maniático asesino es un lector fanático de la obra del escritor muerto, que va por más, mientras que la enfermedad, la locura y el cuidado del otro aparecen en tres personajes clave, que hacen mucho por llevar al libro a esa zona donde estábamos acostumbrados a acampar, con poca luz, temblando, y no por frío precisamente. Esos personajes son el hermano endiablado del marido de Lisey, hermano que es sólo el recuerdo de un recuerdo, un niño atrapado por una extrañísima enfermedad congénita, de quien la voz presente en la cabeza de Lisey le va contando las cosas terribles que hacía y su sufrimiento; el padre del escritor muerto, otro endiablado, otro enfermo y, finalmente, la hermana de Lisey, también enferma, también presa de la locura, y al mismo tiempo poseedora de la pieza que falta en el rompecabezas que el escritor muerto empuja a Lisey a armar para salir de sus problemas.
Es demasiado quizá, demasiada locura, digo, demasiada enfermedad, demasiado sufrimiento, demasiada responsabilidad para el escritor ahora muerto, que de pequeño tuvo que encargarse tanto de su hermano perdido y de su padre perdido, y sufrir las consecuencias, y demasiado, claro, para la pobre pobre pobre Lisey, que ahora debe encargarse de su trastornada hermana, apañarla, sacarla adelante. Encima, está ese fanático tarado que amenaza cortarla donde no se dejaba tocar por los chicos de la secundaria. Pero por suerte está Stephen King escribiéndolo todo, digo que está este Stephen King, el de ahora, el que intenta otra cosa, el que se anima a más, el que cuenta sus horrores, y su amor, sin atarse a maneras o formas del pasado.
Pero hay algo a lo que Stephen King no puede escapar, hay algo de lo que no puede desatarse: escribir de más. Es como si una parte de él no terminara de soltarse de la costumbre del best seller, libros gordos, donde se cuenta demasiado, o sea la costumbre de llenar páginas y páginas cuando la historia ya acabó, cuando ya todo ha sido dicho, cuando las posibilidades de explotar las formas se terminaron, cuando el lector ya se fue.
Sacando eso, es decir unas doscientas páginas, o ciento cincuenta, digamos, que cincuenta de más no es tanto, el libro hace muchísimos méritos para instalar a Stephen King como uno de esos autores que un buen día sufren o mejor dicho gozan de un cambio, eso que aparece casi sin que nadie se dé cuenta, en una obra que aspira a más… y que esta vez, por esa mala costumbre de confundir calidad con cantidad que tienen los editores de best sellers, no lo consigue del todo.

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