Skip to content
enero 1, 2008 / Roberto Giaccaglia

Clásicos metálicos, y libidinosos. Type O Negative, Bloody Kisses

Bloody Kisses, Type O Negative, 73:07, 1993, Roadrunner Records.

La música de Bloody Kisses —disco que catapultó la carrera de Type O Negative, un disco largo, como una buena noche, un disco que puede ser varias cosas, entre ellas un clásico metálico, porque fácilmente es clásico, sobre todo, y metálico, pero también gótico, romántico, sado, un disco ideal para las noches del divino marqués— es una música interesante si uno se la toma en serio, pero resulta difícil. Cuesta mantener la comisura de los labios en su debida formación todo el tiempo. Ni siquiera los propios Type O Negative lo hacen durante los setenta y pico de minutos que dura el disco. Se toman algún que otro descanso, a veces entre las canciones, a veces durante canciones enteras, jugando a ser lo que no son —punks, por ejemplo, punks despreocupados, punks rápidos, desaforados, ruidosos. Y está bien, porque debe de resultar imposible soportar tanta languidez, tanta voz arrastrada, tantas campanitas falsamente dulces, tanta sombra, tanta falta de luz, tanto ahogo, tanta excitación y tantas caricias estando todo el tiempo atado, y encima en la oscuridad.
Bloody Kisses, tercer disco de Type O Negative, banda de Brooklyn, una de las primeras en mezclar el metal con el doom y lo gótico, además de otras mezclas, igual de interesantes: el sexo, el romance, el humor, la depresión, la muerte, todo junto, amalgamado en negro brillante, de látex, es un disco peligroso, mucho. Se sabe: las medias de red atan más fuerte que las cadenas. De no contar con un perfil acorde, es mejor no acercarse a este disco.
Un perfil acorde sería por ejemplo el de la Familia Adams, especialmente el de su mayordomo, Largo, pero también el del amante por excelencia, Homero. Dentro de la Mansión Adams sí que se disfrutaría este disco, lo pondrían a todas horas. Aunque tal vez preservarían los oídos de los niños.
Oscuridad, romanticismo, órganos de iglesia, coros de entierro un domingo a la mañana, abrazos que dejan espinas clavadas, besos en todas partes del cuerpo… Por lo general, no se necesita más. O sí: tules, frío afuera, calor adentro, velas por la mitad, una cama grande, como una casa, una cama donde perderse, podrían ser agregados suficientes, tal vez necesarios. Y alguna cruz, con un Cristo musculoso, fibroso, bañado en sudor, doliente, algo a lo que rezarle con ganas.
Es decir, un Cristo excitante, como ese que bajaba de la cruz para hacerse con la adolescente reprimida durante uno de los video clips de Bloody Kisses, el de la canción “Christian Woman”.
Ahora que lo pienso, nunca vi nada de eso, o sólo en parte, en la casa de los Adams. Pero bueno, Bloody Kisses es un disco para unos Adams modernos. Igualmente oscuros, igualmente románticos, pero modernos, unos Adams que se permitieran ruidos de esta época combinados con ruidos de otras épocas, una mezcla variopinta, algo cansadora si no se tiene el oído curioso y entrenado.
Como en el amor, como en los besos, esta música arranca despacio, sube de velocidad, frena de golpe, contempla a la víctima y vuelve a arrancar, despacio, más rápido, más rápido, y así hasta acabar, acaaabaaaar, si es que acaba alguna vez, porque a veces pareciera que los ejecutantes están usando una de esa técnicas japonesas para postergar el momento cúlmine, de las que seguramente el marido de Morticia habrá sabido usar, porque tenía fama de amante consumado. Hay que recordar que siempre se la veía feliz a Morticia, con cara de mujer bien atendida, satisfecha. Es que Homero no sabía sólo de amor, sino también cómo preparar el escenario, la antesala, cosas que algunos dicen es lo mejor que tiene el amor, donde uno demuestra cabalmente lo romántico que es. Tal vez tengan razón.
Rosas, una música tocada por Largo en el órgano, una música también laaarrrrgaaaa, y la sonrisa entre tenue, malvada y ávida de un marido bien dispuesto era todo lo que se necesitaba para hacerla sonreír a Morticia por lo que estaba por venir. Y es algo parecido a lo que se encuentra en Bloody Kisses, con anfitriones deudores del espíritu de Homero, por un lado, y de Largo, por el otro: amantes desquiciados, caballeros románticos hasta la náusea. Un amor negro, un amor sucio, como debe ser, con lenguetazos por todas partes, susurros y gritos, muchos gritos, con uñas afiladas y bocas que no parecen cansarse nunca. De todo eso está hecho Bloody Kisses, un disco sin apuros.

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: