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enero 6, 2008 / Roberto Giaccaglia

Los bueyes solos

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Alone I Play, Jonathan Davis, 71:24, 2007, Invisible Arts.

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One Man Revolution, The Nightwatchman, 50:06, 2007, Epic.

Tom Morello (guitarrista de Rage Against The Machine y ex-guitarrista de Audioslave —aunque esto último no importa mucho) y Jonathan Davis (cantante de Korn) lideran dos de las bandas que durante la década del noventa hicieron del metal otra cosa, o no del metal, sino del rock mismo, porque dieron vuelta, literalmente, aquel género, nutriéndolo de sonidos por lo general extraños a él, y acercando al mismo tiempo a gente que poco y nada tenía que ver con melenudos, cuero negro y ruidos viscerales.
Se puede decir entonces que las bandas de Morello y de Davis transformaron al metal en rock, simplemente, porque los ingredientes eran tantos que se hacía imposible calificarlo, por más que hubiera aparecido esa fea etiqueta, nü metal, donde se los quiso meter de cabeza, cosa a la que ellos se negaron siempre.
Y no hay mejor etiqueta que la de rock para lo que estas bandas produjeron a lo largo de la década del noventa, por más que hubiera que añadir funk, groove, música negra en general, hip hop, rap, y cosas por el estilo —algo a lo que, por otro lado, Anthrax ya había aportado en la década anterior, aunque con ciertas reticencias, o cuidados, porque nunca quisieron confundirse con esas músicas. Lo de Anthrax era más bien un “toco y me voy”.
Otra cosa nueva que traían las bandas de Morello y de Davis era la estética, si obviamos por supuesto a bandas como Bad Brains, que mucho antes, durante los setenta y ochentas, hicieron lo suyo para que los rockeros duros fuesen vistos de otra manera, pero ya no desde el metal, sino desde el hardcore, que siempre fue relativamente más libre en este sentido.
Los Rage Against The Machine, la banda de Morello, parecían una banda de reggae, y los Korn, la banda de Jonathan Davis, parecían una banda de rap, o unos deportistas sponsoreados por Adidas, la marca de las tres tiras, a la que pronto se la empezó a confundir con la marca de las siete cuerdas, porque la música de Korn era tan grave, y tan groove, que sus guitarristas necesitaron de una cuerda más en sus instrumentos.
Y estaban las letras, claro, para terminar de darle a cada una de las bandas un perfil distintivo. La lucha social, los problemas raciales, los indios americanos desterrados, la educación mentirosa, los políticos corruptos, los asesinatos en masa eran el tema de Rage Against The Machine, la libertad de expresión, la protesta constante, el Che, Sendero Luminoso y máquinas que matan fascistas, rojo y negro, revolución, gritos desesperados, compases alocados y la guitarra única, única en serio, de Tom Morello, una máquina que mataba fascistas y oídos acostumbrados a la normalidad, o sea, a que una guitarra sonara como una guitarra. En el primer disco de Rage Against The Machine (Rage Against the Machine, 1992, disco multiplatino), se dejaba aclarado en las notas internas que ningún instrumento había sido procesado con medios digitales. Estaba bien la aclaración, porque uno al escuchar la guitarra de Morello se figuraba a un tecladista rodeado por todos lados de cablecitos y aparatitos y botoncitos que simulaban ruidos de varias fuentes, sirenas, y cosas así. Pero no, era la guitarra de Morello, su máquina de matar fascistas, su máquina de terminar con la guitarra tal como la habíamos conocido.
Y por el otro lado, estaban los problemas existenciales, los fantasmas del pasado, el padre abusador, la niñez perdida, arruinada, el feo de la clase, el raro del barrio, la destrucción psicológica, la personalidad frustrada, el suicidio como solución de las letras de Jonathan Davis, un hombre con problemas. Letras para llorar saltando cortito, esa forma de bailar mirándose los pies, agitando la cabeza ahí nomás, mientras el ruido va penetrando las neuronas, desestabilizándolas.
Pero después de tantos sonidos raros, de tanto baile alocado (sobre todo por el lado de Korn, que con su mezcla de metal, hip hop/funk, y scat es imposible quedarse quieto, a no ser que uno quede planeando sobre el sonido de gaita que tanto le gusta usar a Davis como introducción a sus canciones), de tanta rabia lanzada al aire (sobre todo por el lado de Rage Against The Machine, que con su mezcla de metal, hip hop/funk y… epa, me estoy repitiendo), rabia política, rabia a uno mismo, los revolucionarios Morello y Davis, no les queda muy grande la palabra, se sientan, se tranquilizan, toman sus acústicas, o sus guitarras de nailon, invitan a unos pocos amigos, y cantan canciones que tratan de lo mismo de siempre, revolución mundial, revolución interior, pero ahora con parsimonia, con tranquilidad, amigados con el futuro, o consigo mismos.
Y el resultado es hermoso la mayoría de las veces. Más que nada en el caso de One Man Revolution, el disco de Morello, mucho más parejo que el de Davis, quien por momentos no parece del todo cómodo estando ahí sentado, cantando sin gritar o sin que el público se desgañite pidiendo por más.
One Man Revolution es parsimonia en un estado casi puro, por más que las letras denuncien desgarro. La técnica brutal de Morello se aplica ahora a un folk nuevo —no voy a decir nü folk, sino anti-folk, un término mucho mejor, que encima, por lo de “anti”, tiene que ver con Morello—, un folk con reminiscencias, lejanas, un perfume, a un Nick Cave, tal vez a un Bruce Springsteen, incluso a bandas pop, de las raras, de las también únicas, como Cinerama, por ejemplo, en sus mejores canciones, en las tristes, claro, en las tristes y tranquilas, aquellas que también podrían remitir a un Leonard Cohen aguerrido, pero siempre enamorado y abandonado. Lo que sorprende ahora quizá no sea la guitarra, aunque está espléndida, sino la voz. La sorpresa es igual a la que uno sintió al escuchar a The Edge cantando una canción, después de tanto tiempo, aquella que se robaba el disco Rattle And Hum, de U2, la bella “Van Diemen’s Land”. O sea, una voz sin muchos atributos técnicos, pero sí emocionales, espirituales… una palabra que me encanta, que no significa nada, pero que queda muy bien para describir canciones como la de The Edge o discos como el de Tom Morello en solitario. O de The Nightwatchman, que es el nombre que eligió para esta forma personal de presentarse en público: un alter-ego que según él es un “artista de la gente”, algo que suena un poco demagogo tal vez… pero uno sabe cómo son los revolucionarios.
Este disco era muy necesario para Morello, es su regreso a la política, al activismo, ya que la banda en la que estuvo empleado un tiempo, Audioslave, donde la cabeza visible no era él, sino el lindo de Chris Cornell, buen cantante, eso sí, pero no muy interesado en las cosas que a Morello lo desvelan, la injusticia, crímenes de guerra, tortura, rebelión, matar fascistas.
Las aspiraciones de Jonathan Davis, por otro lado, con su Alone I Play —vaya uno a saber por qué se llama así, porque tan solo no está, sino rodeado de percusionistas, gente que le hace coros, guitarristas—, son bien distintas, más personales, menos metidas en los problemas del mundo, más reveladoras de sí mismo, o de un mundo oscuro, más o menos como este, sí, pero a la vez alejado.
El disco tiene canciones compuestas por Davis y por Richard “Ribbs” Gibbs (compositor de música para películas y sesionista de gente como Tom Waits, Robert Palmer y Aretha Franklin) para la película Queen of the Damned —que no creo que vea, a no ser que la encuentre algún día en el cable—, y varios clásicos de Korn y otras canciones que usualmente la banda no toca en vivo. Tres miembros de Korn lo acompañan: el tecladista Zac Baird, el guitarrista Shane Gibson y el percusionista Michael Jochum. Gibbs, además, produce Alone I Play.
El estilo del disco, al contrario de la diferencia abismal que separa a Morello de sus producciones anteriores, es muy similar al de Korn, nada más que en plan tranquilo. No siempre la quietud le viene bien a canciones donde prima la rabia, y eso a veces se queda demostrado en las canciones de Alone I Play. Sentimos que falta algo, que algo se extraña. ¿Emoción, velocidad, sentirse un poco más vivos? Puede ser. Nos encontramos entonces con una especie de metal alternativo acústico, o de nü metal acústico —otro término terrible. Las mejores canciones, me parece, las que suenan más vivas, son aquellas que no vienen del repertorio de Korn, sino las que fueron pensadas de otra manera. Ahí sí aparecen la musicalidad, la expresión, la fuerza, la originalidad, si se quiere, que uno espera en alguien como Jonathan Davis, demasiado acostumbrado a gritar, creo yo, como para sentirse cómodo haciendo un disco acústico.
Con todo —y escribo esto mientras saco el disco de Jonathan Davis y vuelvo a poner el de Morello—, el resultado es el de un experimento que valió la pena hacer, con un resultado tal vez lejano al esperado, pero con muy interesantes hallazgos en el medio, cosa que en One Man Revolution es ligeramente diferente, puro hallazgo y puro buen resultado en las 13 canciones —un número que a veces trae suerte.
Vuelvo a la revolución, entonces, y me quedo en ella. O con ella.

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2 comentarios

Dejar un comentario
  1. deft//one / Ago 25 2009 6:48 pm

    quien sabe si aun veas esto, ya tiene mucho tu post, pero esta muuuy bien, me late como ecribres.. congratulations!!

    y del disco de Davis, hace referencia a la cancion alone i break, yo creo por eso el titulo….

  2. Roberto Giaccaglia / Ago 25 2009 11:32 pm

    Pues sí, lo vi, gracias por pasar deft//one, y gracias por el dato.
    Un abrazo.

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