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enero 9, 2008 / Roberto Giaccaglia

Miedo y asco en el monte (y a la literatura argentina)

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Guerrilleros (una salida al mar para Bolivia), Rubén Mira, 238 págs., 2007, Editorial Diada, Buenos Aires.

Esta novela es una especie de mito en la literatura argentina. Un mito moderno, digamos, porque su escritura se remonta apenas a 1986 y su primera publicación a 1994. Un mito moderno y también módico, porque no ha traspasado más que el diminuto cenáculo de entendidos y entusiastas buceadores de lo original y único, aquello que desde lo más recóndito del ambiente literario local, de por sí exiguo, y aburrido —algo que favorece a esta novela—, se propone vencer la indiferencia con propuestas atrevidas, a veces desesperadas y de vez en cuando buenas en serio.
Su primera aparición fue a través de la Editorial Tantalia, loable proyecto de jóvenes escritores que fundaron esta editorial más que nada para publicarse a sí mismos. El dato es simpático y ya con eso a uno le encantaría que esta novela le gustara más. Encima hay otro dato, Rubén Mira ha publicado nada más que esta novela. Los escritores que sólo publican un libro tienen ese qué sé yo… algo que no sé llamar pero que les viene bien en la construcción de un personaje muy atractivo para la
literatura. Ya lo demostró Vila-Matas con ese librazo que es Bartleby y compañía, sobre los escritores del no, aquellos que se niegan a seguir publicando. Los Bobby Fisher de la escritura siempre tendrán un lugarcito en mi corazón.
Al ser casi imposible encontrar la edición original de Guerrilleros (…), yo esperaba con ansias que alguien se dignara a editar de nuevo el libro. El milagro ocurrió, sólo que la edición es pésima, plagada de errores, de todo tipo, de tipeo, ortográficos, los que uno busque.
Pero es igual. Al fin podemos leer la novela todos aquellos que no sabíamos más que de oídas acerca de este libro mítico, módica leyenda moderna de las letras argentinas.
Antes que los errores, lo extraliterario que me llamó la atención del libro fueron las citas que aparecen en la contratapa:

“Una formidable reflexión sobre la escritura, sobre la literatura como una instancia insobornable, reacia a ser cooptada por el mercado y siempre dispuesta a desafiar el sentido común”. Esto según Damián Tabarovsky.

“Guerrilleros, antes que una obra en la literatura argentina, es una experiencia. Experiencia liberadora, como la que en sus páginas se cuenta. No había leído nada así en nuestras letras, tampoco había imaginado que fuera posible”. Esto según Carlos Gamerro.

Estas frases, por supuesto, no hacen más que echar leña al fuego donde se cuece el culto a esta novela, para que la olla siga echando vapores que inunden de extrañeza el adocenado panorama argentino. Pero esa “extrañeza” lo es hasta por ahí nomás.
Es que esta novela sólo puede ser “extraña” para quien no haya leído a William Burroughs, o a lo sumo a Hunter S. Thompson, es decir escritores desbocados, pletóricos, que vierten imágenes descolocadas las unas de las otras, trazos borrachos, trazos histéricos, cualquier cosa, una prosa que a veces parece genial y a veces parece idiota. Sólo a esa gente, entonces, gente que no ha pasado por lecturas como las que brindaron Burroughs y Thompson, culpables en cierta medida de fundar cada uno un estilo que entre sí se parecen mucho (la literatura yonqui, Burroughs; el periodismo gonzo, Thompson), Guerrilleros (una salida al mar para Bolivia) puede parecerle una novela original. Intragable, pero original. Hay muchas obras así, intragables, que sin embargo destilan algo parecido al genio en sus páginas. Entonces lo que sucede es el menosprecio de sí mismo por parte del lector, que no acaba nunca de entender cómo es que una obra que parece ser tan buena se le ha hecho insufrible, por más que la inteligencia del escritor aparezca demostrada cada dos o tres frases. Será que soy un bruto, piensa el lector. O no bruto, que ya es tratarse mal, sino a lo sumo conservador, chapado a la antigua, como dicen en mi pueblo.
Que el panorama argentino sea chapado a la antigua, un país donde todavía perdura una entidad como la SADE, cuyo Premio Faja Nacional de Honor es más una vergüenza que un premio, y en donde los galardones literarios más publicitados son para novelas de enigma, o tragedias amorosas que transcurren en barrios cerrados, ayuda a que el modestísimo mito de Rubén Mira se haga más y más significativo, y su novela más y más original. Por eso no hemos olvidado a Rubén Mira, por eso queremos leer Guerrilleros (…). Tenemos a Rubén Mira en nuestra mente por más que no haya hecho nada por su novela, ni publicidad, ni adocenarse con temas importantes, ni pagar en una editorial grande para que la publique. Al contrario, todo lo que dejó de hacer lo benefició. Por eso Rubén Mira sigue mencionándose, a pesar de que al parecer haya dejado de escribir novelas y se haya llamado al silencio y no tenga ni siquiera un blog.
Es por culpa del panorama local, entonces, que una novela como Guerrilleros (…) crea fanáticos, seguidores, defensores, y otros como yo, curiosos, pero curiosos que van, compran el libro y se clavan, lo que ya es bastante.

Por lo general, cuando se habla de este tipo de literatura, más que de literatura se habla de procedimiento. Es más, creo que las frases de Tabarovsky y de Gamerro remiten más a la idea de procedimiento que a la idea de literatura. Es eso, creo yo, lo que destacan del libro, su “procedimiento”. Es decir, una “forma” de hacer las cosas. No el resultado. Para cierto tipo de arte, el resultado es lo de menos.
Lo que cuenta es la experiencia. La experiencia del escritor, la experiencia del lector, la experiencia de enfrentarse a un objeto extraño, un objeto ni siquiera acabado, un objeto que rompe más de lo que construye, algo que en la mayoría de los casos está muy bien, porque hay que romper ciertas cosas, pero que a veces no pasa de ser más que un objeto pesado que después de cumplir su función queda relegado, por lo que dije más arriba, por intragable.
Guerrilleros (…) es, o quiere ser, el diario del Che en Bolivia escrito por un Burroughs que ha leído más realismo mágico del que le conviene. Así, hasta es probable que ya no vuelva a escribir algo como El almuerzo desnudo, lo cual sería una lástima, porque el cambio sinceramente no beneficia a nadie. También puede leerse como una de esas crónicas sin asidero que firmaba Thompson, un Thompson encantado con el viaje, con toda la coca posible a su entera disposición, lo que le vendría a dar no solamente estímulo físico, sino también material para inspirarse. No importa cómo salga de la experiencia Thompson, es decir útil para seguir escribiendo o no, el monte es peligroso, más el que describe Rubén Mira, pero total ya ha escrito y publicado Miedo y asco en Las Vegas —otro viaje, como este, hacia el corazón profundo de ningún lugar, a lomo de un caballo hecho de estupefacientes.
Además de esa especie de diario guevarista disuelto en ácido, o en coca, está, tal vez como bonus track, la descripción más alocada que se pueda leer acerca de América, y no sólo de América, sino también de una época, los setenta, los ochenta, por la que también se puede entrever a lo más terrible que pasó en la Argentina, los planes diabólicos de nuestros militares, los planes diabólicos de nuestros políticos. El autor nos obsequia un par de anteojos hechos a partir de un caleidoscopio, donde todo se tergiversa y a la vez toma sentido. A veces queremos mirar, curiosos, pero no soportamos mucho tiempo. Es una lectura que marea.
Tal vez haya sido Rubén Mira el primero en colocar a la literatura de Burroughs bajo un espejo latinoamericano, superando con esto el más visceral de los realismos del boom, es más, explotando desde adentro el fenómeno, algo que no se le habría ocurrido ni al más pasado de los García Márquez —léase al más “alucinado”.
En Guerrilleros (…) leemos entonces géneros infrecuentes para nuestra literatura, surrealismo, periodismo gonzo, cyberpunk… Lo cual no es, por supuesto, garantía de nada, como ocurre en este caso. Pero la culpa no es de Rubén Mira, hay que repetir esto, sino del lector, que tenía demasiadas expectativas. Del lector o de la elección del género. No debe de ser fácil hacer algo interesante en estos géneros, algo que no se haya hecho antes y mejor. En un tipo de literatura donde todo puede pasar, por lo general no termina pasando nada.
Y aquí está tal vez el inconveniente principal.

Un libro no se construye sólo con imaginación y humor, con locura, con cosas curiosas, con miedo y asco. No es que haga falta también “una historia”, cosa que a lo mejor falta acá también y no nos dimos cuenta —porque quizá lo del diario del Che es meramente algo que decimos para poder agarrarnos de “alguna cosa” y contarle al otro qué carajo hemos leído. Lo que hace falta es cierta capacidad de sorpresa. Pero si uno quiere sorprender todo el tiempo al lector, lo que ocurre es que ya no lo sorprende. La cosa, por el contrario, se va tornando más y más insoportable, lo que en el caso de Burroughs y de Thompson sólo ocurre muy de vez en cuando.
Hay mucha deshumanización en esta literatura, pocos hombres que respiren y suden y gocen y se atormenten y vivan y mueran como hombres.
Es una literatura donde no importa nada, una literatura abstracta, como el género del cual nace, como el estilo, una literatura con tantas posibilidades que el escritor se emborracha, para no hablar del lector, que o bien se transforma en un yonqui irrecuperable, o sea, en un adicto a esta novela, como parece ser el caso de Gamerro y de Tabarovsky, o la tira bien lejos.
Bueno, no quiero decir con esto que las alabanzas de Gamerro y de Tabarosvky sean a propósito de tener los ojos cerrados culpa del consumo en exceso de este libro, fue una broma, nada más. Es más, yo creo que tienen los ojos bien abiertos. Que lo suyo es pura intención. Imponer un tipo de literatura, por ejemplo. Que ciertos libros empiecen a venderse. Instalar lecturas que por un caso u otro les conviene instalar, algo como una genealogía, con Aira encabezando la tropa, quién sabe, Rubén Mira como consejero, los chicos de Inrockuptibles como publicitarios y Tabarovsky desde atrás, como editor… Bah, culpa de este libro ya estoy delirando.

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