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enero 13, 2008 / Roberto Giaccaglia

Exilio interior

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The Bees Made Honey In The Lion’s Skull, Earth, 53:24, 2008, Southern Lord Records.

A juzgar por su breve aparición en el documental Kurt & Courtney, Dylan Carlson, guitarrista, cantante y único miembro constante de Earth, es un hombre de pocas luces. Su música a veces desmiente esto y a veces no. Lo que nadie puede negar, es que dice lo que piensa —cosa que por lo general trae problemas. Cuando en ese documental el director Nick Broomfield le pregunta si cree que Courtney Love tuvo algo que ver directa o indirectamente con la muerte de Kurt Cobain, Carlson le responde que si creyera eso él mismo se habría encargado de mandar a Courtney al otro mundo. Cobain quizá no haya sabido elegir esposa, pero a los amigos los elegía más o menos bien.
Confieso que nunca le había prestado mucha atención a Earth, la banda de Carlson, porque todo lo que había escuchado hasta el momento me sonaba a los primigenios ejercicios de un joven con su primera guitarra eléctrica. O sea, acordes gordos detrás de más acordes gordos, tocados muy lentamente, como si al ejecutante le costara poner los dedos, ubicarlos sobre el mástil. Es más, si uno pone alguno de los primeros discos de Earth bien fuerte y abre la ventana de su casa, el que pase por la calle no escuchará otra cosa que un chico con su primera guitarra, maravillado ante el sonido de su amplificador, repitiendo una y otra vez los dos o tres acordes que le salen más o menos bien. Entonces ese que pase por la calle no puede más que sentir simpatía por esos sonidos que salen de la ventana. Escuchá, escuchá, mirá cómo practica ese, se ve que es la primera vez que toca. A todo guitarrista joven le debe de pasar, sobre todo si tiene en su pieza unos cuantos discos de Black Sabbath. Uno se manda entonces unos fáciles acordes de quinta, en la parte más baja de la guitarra, o en la más alta del mástil, y dale nomás, uno se transforma en un Tony Iommi sin pretensiones, joven también, debutante, todavía sin el valor suficiente como para encarar una melodía.
Hasta el disco Hex (Or Printing in the Infernal Method), del año 2005, Earth era básicamente eso, la banda de un tipo joven hasta el hartazgo, debutante hasta el cansancio, un practicante eterno, sentado frente a su parlante, o parado y con la cabeza gacha, que le da a su guitarra a un ritmo lento, lento, lento, cuidándose mucho de dónde pone los dedos, produciendo un ruido adormecedor, simpático al principio, enseguida trepidante.
Hasta ese disco, Earth no tocaba melodías, o ritmos… sino simplemente notas que quedaban un largo tiempo suspendidas en el aire. Mucho reverb, mucho feedback y paremos de contar. Ni siquiera se podía llamar “ambient” a lo que hacía Carlson, porque al contrario del ambient propiamente dicho, la música de Earth no se refería a algo que envolviese al oyente sin que hiciera falta su atención, sino todo lo contrario: reclamaba al oyente, pero lo mantenía afuera, contemplando un espectáculo hipnótico.
Hex trajo otra cosa: guitarras limpias, country… melodías que se podían seguir.
¿Habrán tenido algo que ver los problemas legales que tuvo que enfrentar Dylan Carlson, a causa de drogas, creo yo, durante siete años, en los cuales no grabó nada, para que a partir de ese disco, Hex, todo cambiara? ¿O simplemente se habrá aburrido de sí mismo?
Contrariamente a lo que uno hubiera esperado, los fans de Carlson no le dieron vuelta la cara con un disco en el cual su concepto de la música cambió tan radicalmente, sino todo lo contrario. Lo amaron aún más. Tal vez se estuvieran fastidiando de tanto ensayo y ensayo y no arrancar nunca. Y tanto les gustó a los fans el cambio, que Carlson, en el disco que siguió a Hex, Hibernaculum, del año 2006, regrabó viejas canciones, antes ruidosas y monótonas, dotándolas de algo que parecía imposible, musicalidad. Sólo había una composición nueva, “A Plague of Angels”, que seguía al resto. Es decir, algo mejor, música que se dejaba escuchar, con la oreja despegada del parlante y ya sin actitudes de aprendiz. En Hibernaculum había trombones, por ejemplo, hammonds, mellotrón… Todo un despliegue inusual, por demás atractivo, extraño y placentero. Un viaje, una exploración, ya no hacia el sistema nervioso del oyente, sino hacia uno mismo, un viaje profundo, arriesgado.
Ahora, con este disco, The Bees Made Honey In The Lion’s Skull, menos extraño pero también placentero, Carlson continúa con sus exploraciones, pero con precaución: no se permite ir muy lejos. No es que los años le hayan quitado algo de atrevimiento. Lo que sucede se da más bien por la ley de los rendimientos decrecientes. Es decir, el primer paso después de esos discos con acordes tocados como si estuviera dormido fue enorme, los ya citados Hex e Hibernaculum, pero ahora, por la misma senda, bienaventurado, no parece haber avanzado mucho más. Es decir, ya no sorprende. Tal vez Carlson siga mejorando, pero ahora se nota menos. El viaje que propone en The Bees Made Honey In The Lion’s Skull más que un nuevo viaje es casi una continuación del anterior. Carlson ni siquiera se detuvo. Simplemente cambió de acorde.
Pero ojo, Carlson no se acompaña de cualquiera. Esta vez elige a Bill Frisell, señalado durante muchos años como el mejor guitarrista del mundo. Ahora ya no sé, he dejado de seguir encuestas.
Bill Frisell, como Carlson, toca lo justo y lo necesario, limpiamente, sin despliegues histriónicos ni nada que se le parezca, siguiendo obediente el tema principal del disco, su cadencia, sus vueltas en el aire, cortitas y para nada mortales, para volver a caer en el mismo lugar, un colchón cómodo, lánguido, de plumas de ganso que no ha sufrido nunca en su vida.
Por momentos, el disco recuerda las fantasías de David Gilmour, solo o en conjunto, pero aferrado con alma y vida a su stratocaster, como si no confiara en nada más.
Y lo bien que hace. Es una jungla ahí afuera. Para qué salir.
Mejor el viaje interno, la tranquilidad y los paisajes de discos como este. No podía esperarse menos de un tipo listo para liquidar a Courtney Love.

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