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enero 14, 2008 / Roberto Giaccaglia

Simplemente cine

No Country for Old Men, Joel Coen y Ethan Coen, 122:00, 2007, Estados Unidos.

Por la noche, cuando no pude dormir, me di cuenta de cuánto me había afectado No Country for Old Men. Quizá fuera la cara de Javier Bardem, demoníaca, esa mirada, sobre todo ese pelo… un pelo que, como dijo alguien, actúa por sí solo, sin necesidad de actor, y que viene de un libro de 1979 que uno de los actores de la película, Tommy Lee Jones, le alcanzó a los hermanos Coen para que se fijaran en el look de un hombre que está en un burdel de la frontera Texas-México. Dicen que a Javier Bardem tanto le molestaba el corte que le obligaron a usar los hermanos Coen, que antes de filmar se miraba un rato largo en el espejo, para juntar odio. Y juntó bastante. Su presencia es aterradora, todo el mal del mundo está en ese rostro.
Y también, mucho cine.
Hay rostros que son cine. O mejor, momentos que son cine. Ahora estoy recordando uno, que no viene al caso, porque las películas son distintas, aunque quién sabe (son buenas las dos, hay un botín, tiros, fracasos), pero no importa: el momento que recuerdo es en el que el personaje de Ricardo Darín, en la película El aura, de Fabián Bielinsky, le dice a un amigo que nunca le cayó simpático: Vos no me conocés a mí. Es un momento en el que todo puede pasar, un momento en el que todo se altera, en el que el espectador queda en suspenso, un momento en que nos vemos venir encima la descarga de algo acumulado y contenido. En esas pocas palabras, en esa mirada, en esa leve alteración de la voz, hay cine. Y Javier Bardem, en No Country for Old Men, con su mirada, con las pocas palabras que pronuncia en toda la película, con su voz, alterada, hace que haya cine. Y que uno sueñe de noche, culpa de tanta maldad.
Los hermanos Coen nos han acostumbrado a la maldad, también a la sangre y ciertamente al humor, un humor que ya es casi de ellos, un humor casual, de quien hace humor sin hacerlo en realidad. Y otra cosa a la que los hermanos Coen nos tienen acostumbrados es al desnivel. Su carrera está formada por picos y pozos. Después de The Man Who Wasn’t There, del año 2001, por ejemplo, película que mucho tiene que ver con esta, en calidad y tema, vinieron Intolerable Cruelty, de 2003, y The Ladykillers, de 2004, dos bodrios que no hay cómo mirar.
Yo creo que esas dos fueron un intento berreta por hacer cierto tipo de cine que cayera en gracia a todo el mundo, y terminara por cimentar la fama de los Coen allí donde todavía no se los tenía en cuenta: el público masivo. Si bien proponían situaciones graciosas, lejos estaban del humor que caracteriza a los Coen, el que se encuentra en películas como O Brother, Where Art Thou?, Raising Arizona y The Hudsucker Proxy, películas que a su vez no son ni picos ni pozos, sino mesetas creativas, pero que pueden compararse con aquellas dos porquerías por no tener otros de los elementos que tan bien filman los hermanos Coen: la maldad, la sangre. Digamos que con esos dos elementos hacen “film noir”, aunque quede feo pronunciarlo: Blood Simple, la ya citada The Man Who Wasn’t There y por supuesto No Country for Old Men, un pico altísimo, que ya veremos cómo superan. Quizá, para hacerlo, deberían juntar humor, sangre y maldad, es decir todos los elementos que manejan, como juntaron en Fargo y en The Big Lebowski, otras dos montañas difícilmente accesibles. Me gustaría nombrar también a Barton Fink, una película que, vaya uno a saber por qué, quizá porque fue la primera que vi de los Coen, recuerdo siempre con mucho cariño, aunque no pueda colocarle ningún título sobre ella —a no ser el de modesta genialidad.
Digamos entonces, para empezar a decir algo en concreto, que No Country for Old Men es el regreso de los hermanos Coen a lo que saben hacer: sangre, maldad y cierto humor casual, aunque esta vez en cuentagotas.
Esta película es la adaptación de la novela homónima de Cormac McCarthy —escritor con el que debo ponerme al día alguna vez, antes de que le den el Nobel y los precios de sus libros se vayan a las nubes—, lo cual viene a hacer algo así como a cerrar un círculo en la carrera de los hermanos Coen, porque su primera película, que guarda ciertas reminiscencias con esta, Blood Simple, había salido de la pluma de otro autor de fama, con personajes malvados y sangrientos: Dashiell Hammett. Y en el medio de las dos, los hermanitos o bien hicieron películas que partieron de guiones originales o de obras no tan conocidas, como la horrible The Ladykillers, que es una remake.
En No Country for Old Men, un vaquero solitario, aunque felizmente casado, veterano de la Guerra de Vietnam, además, que trabaja como soldador, encuentra en una de sus incursiones de caza, en medio de la nada (un paisaje del lejano oeste, la frontera entre México y Estados Unidos, en 1980), el resultado de una masacre: hombres y perros baleados, armas en el piso, camionetas abandonadas, kilos de droga y, un poco más allá de la carnicería, una valija con varios billetes, los suficientes como para no soldar más en su vida ni tener la necesidad de salir a cazar. Por supuesto, a partir de ahí empiezan los problemas. Porque hay otros interesados en esa valija con dinero: la mafia mexicana, por un lado, y el personaje de Javier Bardem, por el otro, contratado para que recupere esa valija. Detrás de todos ellos, el consabido sheriff, a caballo, de sombrero, con estrella en el pecho y con costumbres ya viejas. Estados Unidos ya no es país para él.
Bardem es Anton Chigurh, un psicópata hecho y derecho, que mata con la misma tranquilidad que respira. El vaquero es Llewelyn Moss, interpretado por un más que eficiente Josh Brolin (a quien no recuerdo haber visto actuar en nada, pero al que empezaré a prestar atención), y el sherrif es el siempre confiable Tommy Lee Jones, enorme. Esta es una película narrada por uno solo de los personajes, el sheriff, pero anclada en tres partes, los personajes ya citados, que se cruzan poco durante la historia, o no se cruzan y… uf, me estaba olvidando de un tal Wells, interpretado por Woody Harrelson, que también está detrás del dinero y que vendría a ser el personaje que en las películas noir de los hermanos Coen aporta esa clase de humor que sólo ellos saben hacer… pero que en esta película es absolutamente innecesario. Bien, estaba diciendo que si bien la historia ocurre desde la visión del sheriff, la historia se sostiene en tres hombres, no en uno: tres vidas, tres maneras de hacer las cosas, tres intereses diferentes, tres destinos, tres filosofías. Esta construcción es otra de las cuestiones que ayuda para que No Country for Old Men no sea simplemente sangre, o para que todo consista en disparar y nada más, como se aseguraba en aquella lejana película del año 1985, el neo-noir Blood Simple, nada más que una película de crímenes después de todo: “Matar primero es difícil, luego es simplemente sangre”.
No Country For Old Men, entonces, es mucho más: la idea del destino, o de la muerte como una especie de azar, las elecciones que tomamos, las fuerzas primarias que mueven a los hombres, pero también la forma en que esas fuerzas se domestican, la muerte de ciertos comportamientos y costumbres, el nacimiento de otra cosa, tensión y reflexión, y cine, mucho cine, simplemente eso, cine, no sólo sangre, no sólo maldad, no sólo humor ocasional, cine.

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