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enero 16, 2008 / Roberto Giaccaglia

Un manchón de pintura

Inland Empire, David Lynch, 179:00, 2006, Estados Unidos-Polonia-Francia.

Tal vez porque estoy viendo Twin Peaks en DVD, la segunda temporada, que encima es bastante floja comparada con la primera, las imágenes de las que es capaz David Lynch me tienen un poco harto. Estoy como empachado. ¿Será esa abundancia de colores, serán esas caras que miran de soslayo, será esa gente que se ríe burlonamente, será ese clima de malestar estomacal? A no ser que no sea yo el problema, sino su última película, que parece haber sido hecha con las sobras de Mulholland Drive, que sí es un peliculón. Me hizo acordar, este dueto poco feliz entre una gran película, Mulholland Drive, y un experimento fallido, Inland Empire, a lo que hizo Wayne Wang después de filmar Smoke, en 1995. Con las sobras, hizo Blue in the Face, algo así como una secuela innecesaria, pero mucho más divertida que la soporífera Inland Empire, que comparte casi todo con Mulholland Drive —el lado oscuro de Hollywood, la participación de una actriz en una película posiblemente maldita, el hambre de fama, de amor, de reconocimiento, la locura—, menos calidad. Otra cosa que puede haber pasado, y que ya le falló a Gus Van Sant, es que tras los elogios que le llovieron por todos lados después de Mulholland Drive, Lynch haya querido hacer otra vez lo mismo, con lo mismo. Gus Van Sant hizo Elephant en el 2003, una maravilla, y luego, con la misma técnica, con los mismos recursos, hizo Last Days, una basura. Y David Lynch hace aquí algo parecido: después de Mulholland Drive, ya un film de culto, filma de manera muy similar y con la misma temática, aunque con recursos abaratados, porque ahora se le dio por el video digital, esta mala broma que es Inland Empire.
“El cielo es el límite con el video digital”, dijo Lynch en algún lado. “La película 35mm es como un dinosaurio en un pozo de alquitrán”. Tal vez. A lo mejor Godard piensa lo mismo, no sé, pero eso no importa. Lo que hay que decir es que la película se ve bastante fea. Claro que Lynch habla, ante comentarios como estos, es decir lo feo que se ve su película, de otro tipo de belleza, de otro tipo de calidad. No sé si esto es cierto o un mero recurso para hacernos mirar para otro lado, pero de cualquier manera, quede lindo o feo, lo que también importa es qué hacemos entre tanto para ir llenando los espacios, sean espacios de película de 35mm o de video digital. No se puede, por ejemplo, llenarlos con primeros planos, por más expresionistas que se pretendan… ¿o sí? Bueno, Lynch piensa que sí. Estos primeros planos son de la actriz Laura Dern, que según dicen actúa muy bien… Tanto que David Lynch, convencido de que debían darle el Oscar, se empecinó en una campaña algo pavota para que se la nominara: anduvo con una vaca lechera por el medio de una calle en Los Angeles, portando un enorme cartel con el nombre de su actriz fetiche, que, repito, dicen que actúa muy bien… pero como sólo se ríe como posesa, llora como posesa y goza como si estuviera mintiendo, no pude darme cuenta. Encima, lo digo de nuevo, esos primeros planos empalagosos provocan lo mismo que la mala televisión en un partido de fútbol: todo lo importante se pierde y uno se cansa de ver caras y más caras, jugadores con expresiones de dolor, jugadores enojados, jugadores protestando, Laura Dern haciendo esto o aquello, con cara de recién escapada del manicomio más lejano… y bueno, es alguien que parece venir de lejos, cansada. No es para menos ese aspecto de demacrada que tiene. Hizo un tour de force actoral, pobre. Ese Lynch es un desgraciado, obligarla a eso. Y a nosotros a mirarla.
Lo que más bronca me da es que yo esperaba por esta película desde hacía rato. Cuando uno ve la obra de un genio, como es Mulholland Drive, es obvio que va a desesperarse por la nueva obra de ese genio, por lo que venga de ahí en más. Pero esto viene muy detrás. Tanto, que es imposible verla. Lo de que es “imposible verla” es cierto, porque apuesto a que más de uno se habrá levantado de su butaca mucho antes de que terminara allí donde se estrenó. Por supuesto, esto no es una categoría crítica, la cantidad de gente que deja una película por la mitad no parece la clase de opinión que un crítico use sin ruborizarse al menos. Lo que suelen usar los críticos, frente a las películas de Lynch, es la palabra “pesadilla”. Puede ser, sí, cómo no. Sobre todo en esta, porque para tener pesadillas primero hay que dormirse. La película es algo más que un buen somnífero, alienta a un encontronazo con la almohada, y después a tener sueños, malos o buenos, pesadillezcos o no, la cuestión es dormir. En esto, por supuesto, Inland Empire se diferencia mucho de Mulholland Drive, que es una película de sensaciones, una película que despierta los sentidos, la imaginación, que hace que el espectador se mantenga alerta, y por supuesto despierto.
Quiero aclarar algo. No se le puede echar la culpa del tedio que provoca Inland Empire a eso de “la mente fragmentada”, otra categoría crítica, más nueva ésta, para explicar las películas de Lynch: el personaje vive varias vidas a la vez, todo le parece realidad, todo le parece sueño, porque eso ya estaba en Mulholland Drive y en Lost Highway, y el resultado era otro. A lo que quizá se le deba echar la culpa es a la indulgencia de la que sufre Lynch, cosa que también le pasa a Woody Allen y hasta a Mirtha Legrand: Muchachos, muchacha, ¿no se cansan de lo geniales que son? Porque, por si no se dieron cuenta, hay muchos que sí están cansados. O sea, pretenciosidad. Pero no sólo la pretensión de creerse gran cosa, sino también la de que el público es estúpido y compra “objetos artísticos” por el apellido que los firma. Bueno, sí, estos pretenciosos tienen razón. No por nada Woody sigue filmando como si tuviera algo para decir, Mirtha hablando y hablando y Lynch filmando una muy mala copia de sus mejores momentos.
Todo esto, indulgencia, pretenciosidad (y megalomanía), resultan en aburrimiento, en tres horas de película, en esa bendita Laura Dern haciendo lo imposible para que le den un Oscar y en su director desmadrándose para que nadie entienda nada. Es un recurso que usan los mediocres y que da mucha pena que use Lynch. En plástica pasa mucho. Un tipo tira unos cuantos baldes contra un lienzo enorme, le pone un título debajo y pone el cuadro a consideración. Los snobs aplauden, muchos críticos también, y el público finoli. Todos, por miedo de no estar entendiendo qué es lo que quiso decir el artista, seguramente una genialidad que sólo pueden comprender los más dotados, o sea: snobs, críticos temerosos de su puesto en una revista de vanguardia y el público finoli.
Todo lo que antes capturaba nuestra imaginación y nos hacía ir a ese mundo lejano, el diablo que no se ve, por ejemplo, tema de Twin Peaks, entre otros, o la mujer como esclava, la propia Twin Peaks, Blue Velvet, el amor desaforado, que nos hace volvernos locos, las ya citadas realidades alternativas y fantasías de miedo y personajes venidos de Marte, ahora parece empeñado en festejarse a sí mismo en un paisaje ególatra: esas calles oscuras de Hollywood (¿por qué tanta tristeza en esa ciudad, David?), usando para ello las expresiones de Laura Dern, que actúa de más, unas dos horas y media de más, y esa cámara pegajosa e histérica como una ninfómana bañada en mermelada. Una ninfómana fea.
No vale la pena ponerse a discutir Inland Empire por su trama, o por su narración no lineal, o por su simbolismo. Son tan valiosos los aportes de esta película en ese sentido como lo son las discusiones del centro vecinal de mi barrio en el concierto de las naciones. Futilidad. Nadería. Caprichos. Lynch junta todo eso, lo muestra con orgullo y sin el menor sentimiento de culpa, y las discusiones que salen de ello valen lo mismo, futilidad, nadería, caprichos, o lo que es lo mismo: ponerse a esta altura a hablar de “cine experimental” o de cine “avant garde”, o de “ejercicio artístico”. Déjenme de joder.
A no ser, claro, que estemos hablando de una discusión para genios… O de una discusión para críticos especialistas, de esos que pipa en mano le dicen a la gente que hay que gozar de la “experiencia” que propone Lynch, es decir del rejunte de imágenes sin sentido, de imágenes feas, el corta y pega que ya ensayó Burroughs con mejores resultados varios años atrás.
Me parece que hace falta un niño que señale al rey por andar en pelotas, urgente. Alguien que diga, Che, ¿me parece a mí o ese cuadro no es más que un manchón de pintura?

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