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enero 19, 2008 / Roberto Giaccaglia

La guitarra del espacio

sonny.jpg

Warren Harding “Sonny” Sharrock, 1940-1994, Estados Unidos.

“I want the sweetness and the brutality, and I want to go to the very end of these feelings… I’ve been trying to find a way for the terror and the beauty to live together in one song. I know it’s possible. “
Sonny Sharrock

Decir que Sonny Sharrock fue un guitarrista de jazz es como decir que Jimi Hendrix fue un guitarrista de rock. Ni jazz en un caso, ni rock en el otro, pongamos más bien música espacial y todos contentos.
Como se dice de tan pocos hombres, él era diferente… cosa que se escucha en cada uno de esos documentales que cuentan la vida de hombres como Sonny, es decir de hombres diferentes.
Warren Harding Sharrock, apodado no sin mérito “Sonny”, nació en 1940. Más que nada influenciado por su amor a John Coltrane, creyó que lo suyo era el saxo, pero el asma que sufría le impidió soplar a gusto las alocadas melodías que disponía en su interior. Así que probó con la guitarra, a la que transformó en un instrumento incisivo, cargado de cosas desconocidas para el oyente de guitarra jazz… e incluso para él mismo, porque era uno de esos tipos que simplemente se dejaban ir, que la música hiciera lo que quisiera con él. De hecho, lo que le interesaba a Sonny de la música era lo que podía descubrir en ella, explorándola cada vez que se ponía a tocar. La belleza de su música no se encuentra en las melodías, sino en lo que todavía no es, en lo impredecible, en lo que está por llegar, en el paso más allá que separa al momento presente del futuro, lugar desde el cual Sonny miraba a los demás, esperándolos. No de otra manera se crea la atmósfera: hay alguien que sabe más que nosotros y que nos aguarda con una sorpresa que hasta hace un rato también fue sorpresa para él.
Dicen que tan improvisado hacía todo Sonny Sharrock, que a veces ofrecía conciertos donde absolutamente nada estaba previsto, ni siquiera la lista de canciones que iba a tocar con sus músicos. La improvisación, no saber lo que va a venir, genera adrenalina, y me parece que tarde o temprano quien es demasiado arriesgado termina por hacerse adicto a ella. Su música es eso, una larga espera conteniendo la respiración, un efecto en el cuerpo del cual pasamos a depender. Elvin Jones, uno de los músicos de Coltrane, baterista, decía que Sonny, a diferencia de otros guitarristas, por más grandes que fueran, era impredecible. Cuando tocaba, todo el mundo prestaba atención. Al no saber con qué iba a salir, no se podía mirar para otro lado. Incluso, Elvin decía que habría que haber inventado una etiqueta para tener cómo llamar a lo que hacía Sonny. Hasta Coltrane parecía impresionado.
Escuchándolo a Sonny ni siquiera se podía escuchar un acorde standard o al menos una melodía que ya tuviéramos en la cabeza.
Y como de cosas impredecibles estuvo hecha la comunidad no wave, gente como Arto Lindsay y Sonic Youth, por nombrar a dos de los mejores en este campo que suele ser bastante modesto, prestaron mucha atención a la música de Sonny, al menos para que una guitarra no sonara como una guitarra.
Pero bueno, Sonny quería tocar el saxo, no la guitarra. Todos sus ídolos era saxofonistas: Coltrane, Ornette Coleman, Albert Ayler. Con algo de distorsión (mentira, con mucha), trémolos y sobre todo con un punteo percusionista y cuerdas enmudecidas (ese punteo percusionista me parece que es uno de sus rasgos más distintivos) intentó hacer lo que sus ídolos hacían soplando, anclado un poco en el jazz, otro poco en el folk y mucho en el blues, música que de hecho fue su primer amor.
Digamos que lo suyo era un intento de hacer de la guitarra un saxofón, pero no uno cualquiera, sino uno que se animara a traspasar las barreras (no es que me olvide de alguien como Ornette Coleman, claro, pero bueno, resulta que Ornette Coleman sí toca el saxo después de todo), un saxo empujado a sus límites por gracia de un feedback desaforado, de una distorsión que no admitía excusas, unos acordes gigantes, que no cabían en el aire —hasta el fin de sus días, Sonny siguió afirmando que era en realidad un ejecutante de saxo.
A fines de los sesenta, Sonny editó Black Woman, un disco único, innovador, difícil de catalogar, una mezcla futurista de sonidos todavía no inventados, que la ya citada no wave tomaría mucho más tarde como propios. Era la belleza atonal de un Sonic Youth, o quizá de un Velvet Underground, donde cada nota valía por sí misma, donde no había lugar para la pose, los tecnicismos, la redundancia. Sólo existía la emoción pura junto al caos que toda emoción pura genera.
Después vinieron una colaboración con Miles Davis, un par de discos solistas, un largo silencio, la formación de un grupo que oscilaba entre el jazz y el punk, y todo lo que hay en medio, es decir mucho, Last Exit (con Peter Brötzmann en el saxo, otro curioso explorador, otro aventurero), todo caracterizado por una libertad absoluta, que ya querría para sí cualquier imitador de John Zorn o de gente por el estilo, la grabación de más discos como solista y el reconocimiento cada vez mayor de músicos y público, hasta desembocar en Ask the Ages, último disco que grabara Sonny, con la colaboración de dos ex músicos de la banda de Coltrane, Pharoah Sanders y Elvin Jones. Ask the Ages está considerado uno de los mejores de su carrera, o sea que terminó bien. Una estrella que fue calentándose hasta alcanzar su máximo fulgor al término mismo de su existencia.

Yo me enteré tarde de la música de Sonny, no me quiero hacer el descubridor de nada. Fue gracias a mirar el “Adult Swim”, de Cartoon Network, y en especial a uno de sus personajes, el de Space Ghost Coast To Coast, ese extrañísimo show que tiene como anfitrión a un ex combatiente del espacio, devenido en periodista catatónico y ácido que de vez en cuando recuerda su vieja función —una especie de Jaime Bayly digamos. Sharrock escribió el tema principal de la serie. Ahí se lo empezó a nombrar un poco más y su nombre terminó de patentizarse para aquellos que sólo habíamos prestado atención a medias cuando algún músico raro decía entre laureles el nombre de este guitarrista único.
Entonces empecé a buscar. Lo primero que apareció fue el citado Black Woman, no el primer disco de Sonny pero sí el primero en llamar la atención y quizá el más mencionado al hablar de él. Antes habían venido discos con Pharoah Sanders, con Herbie Mann, con Wayne Shorter… Pero ahora era su mujer quien lo acompañaba, Linda. Y claro, el resultado es otro. El amor es así. Loco, desaforado, un grito… unos cuantos gritos, bien puestos, eso sí, el mejor acompañamiento para la guitarra de Sonny, que en cuanto a gritos no se queda atrás, como Linda no se queda atrás de otras vociferantes famosas, Yoko Ono y Diamanda Galas, por caso. En Black Woman hay una canción donde Linda se vuelve salvaje y el oyente con ella (mientras los instrumentos que acompañan la siguen como pueden, incluso hasta Sonny parece tener dificultades de ponérsele al lado): “Portrait of Linda in Three Colors, All Black”, pequeño homenaje de Sonny a su musa inspiradora y a alguien que parecía entenderlo más que nadie.
Después conseguí Guitar, de 1986, disco de nombre apropiado y tal vez uno de mis favoritos. Aquí hace una reinterpretación de uno de sus clásicos, “Blind Willie”, una canción de aires country ahora vuelta una fantasía superior. Es un disco muy placentero, que engaña: como ningún otro, a uno le parece que esta vez sí va a captar por dónde vienen las notas. Pero uno siempre le erra. Después me topé con Seize the Rainbow, que, como Guitar, espera al oyente, para que éste arriesgue, pero no tarda en volverse frenético, escurridizo, como esas canciones de Sonic Youth o de Pavement, por poner ejemplos conocidos donde la música se vuelve de golpe extraña, que empiezan bien y… terminan mejor, a los tumbos.
Luego caí en el fenomenal Ask the Ages, un disco, como dijo alguien, para empezar de una buena vez por todas a amar la guitarra jazz. Yo diría que es un disco para amar la guitarra, y listo, porque el disco escapa a los géneros, hecho que sucede cada vez que nos topamos con algo cuya belleza opaca las etiquetas. Este disco es tal vez más melódico y… ¿”estructurado”, se puede decir, para no decir “más normal”, que queda feo?, que anteriores discos de Sonny, pero la gente con la que cuenta el álbum, más el talento al parecer incombustible de Sharrock hacen que no perdamos de vista qué tipo de música estamos escuchando, una música espacial.
Y después, desgraciadamente, lo que encontré fue un disco ya póstumo, Into Another Light, que salió en 1996, dos años después de que la muerte sorprendiera a Sharrock con un ataque al corazón, en New York, justo cuando estaba a punto de firmar por primera vez en su vida con una discográfica de las grandes, lo que habría hecho algo más de justicia para los amantes de la música: que todo el mundo conociera a Sonny.
Yo empecé por esos, pero no importa por cuál disco se empiece a conocer a Sonny. Uno se queda con ganas de más a partir de cualquiera, seguro.
Es más, me gustaría que apareciera en algún lado una cinta que denunciara alguna jam entre Hendrix y Sharrock. Tal vez se encuentre algún día, si es que los de la NASA logran llegar a Plutón y traer algo consigo. Pero no, debe de hacer mucho frío ahí y esta música es de todo menos eso, fría. Y si no llegan los de la NASA habría que preguntarle a Space Ghost, ese navegante espacial, anteriormente empleado en salvar al universo, un navegante disparatado, eso sí, y al que Sharrock supo ponerle música. No era para menos. A otro mejor no se podría haber recurrido.

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