Skip to content
enero 20, 2008 / Roberto Giaccaglia

Sólo di “no”

bobby.jpg

Robert James “Bobby” Fischer, 1943-2008, Estados Unidos.

Para Lira, una ajedrecista

Siempre pensé que el ajedrez de Fischer podría usarse no en ajedrez precisamente, sino en la vida misma. O, más que el ajedrez, su forma de ser. Pero la forma de ser y el ajedrez en Bobby Fischer eran la misma cosa, como lo es en aquellos deportistas que vale la pena recordar, ver jugar. Estoy pensando en Higuita, por ejemplo, el arquero colombiano, aunque nuestro Hugo Gatti es otro buen ejemplo: eran, como Bobby Fischer, jugadores más que deportistas: hacían del deporte lo que en realidad es: un juego. En su disfrute arriesgaban tanto, que se notaba que sólo les importaba lo que debe importar: el juego en sí, el espectáculo. Hasta en la derrota dejaban satisfacción. Sabían que era nada más que una contingencia, un dato menor. Bobby Fischer, en su libro Mis mejores sesenta partidas, de 1969, incluye varias derrotas, también empates, porque la cuestión era todo lo que había pasado en el medio, antes de que llegara a esa derrota o a ese empate: cómo había desconcertado al rival, cómo había sorprendido al público, cómo había gozado él mismo, las movidas que había descubierto mientras jugaba.
Dejo de lado sus opiniones acerca de casi todo, que no vienen al caso, ni importan en este momento. Además, vaya uno a saber si había que tomarlas en serio. Criticaba a los judíos, por ejemplo, pero exigía en los torneos que se respetara la tradición judía de no jugar los sábados y se quejaba de que nadie parecía saber pronunciar bien su apellido, del que no se cansaba de decir que era judío, de Alemania —su madre era judía, además. Y criticaba a los comunistas, pero los usaba para burlarse de la paranoia de su propio país y cuestionaba cada cosa que Estados Unidos hacía en contra de ellos. Criticarlo por eso, por sus opiniones, que pudieron no ser más que una forma más de rebelión, una forma solitaria de ver las cosas, políticamente incorrecta, es perderse todo lo demás. Sería como criticar a Céline por su arrogancia extraliteraria.
Además, y por sobre todas las cosas, el desarrollo de una partida de ajedrez, como la forma artística, claro, trasciende los asuntos morales, las opiniones de quien comanda las piezas, las buenas costumbres —algo que Bobby Fischer no tenía, esto de las “buenas costumbres”, como no tenía Céline, por supuesto, seres elementalmente libres, elementalmente humanos, que nada más pretendían vivir como se les diera la gana y que aceptaron desde muy temprano que eran lo que eran por obra y gracia de su propio talento. Es decir, estaban solos. Como todos quizá, pero ellos lo aceptaron sin problemas y vivieron en consecuencia, peleándose con todo el mundo, de forma casi salvaje, sin amedrentarse, sin buscar apoyo, sin ilusiones de que el mundo que los circundaba fuera algún día a mejorar.
Por eso Fischer no resaltó nada más que como ajedrecista —otros grandes ajedrecistas resaltaron y resaltan también por otras cosas: Capablanca por galán, Kasparov por político. Los tres, unos valientes en un sentido o el otro—, porque rescataba algo que el hombre suele desdeñar, la propia libertad, que no tiene que ver solamente con hacer lo que a uno se le canta, sino más bien con sentir que no se le debe nada a nadie, que es otra cosa. Jugaba para él, no para el público, o los medios, o el rival. Es decir, no jugaba para complacer opiniones. Hacía lo inesperado. En ese sentido, era lo que se dice un verdadero artista. Se expresaba jugando, lo disfrutaba, y vivía para ello, sin dejar que nadie le impusiera nada con respecto a la forma en que debía hacerlo.
A su manera, prefiguró el punk. Con elementos mínimos y una técnica que parecía no tener, revolucionó todo. Digo que “parecía no tener” porque, precisamente, era todo lo contrario, se la pasaba estudiando. Pero era como Miles Davis, quien decía que hay que estudiar mucho, pero a la hora de tocar, olvidarse de todo. Es el espíritu del genio, de quien no se cansa de aprender, pero que está muy por encima de lo que aprende. La teoría les encanta a los tipos así, pero no se nota cuando la aplican. Bobby pensaba que la teoría nada tenía que ver con la creatividad, así que, una vez aprendida, la desechaba, para crear otra cosa. Por ejemplo, sorpresa, fantasía. La teoría de la apertura, por caso, pasaba a carecer de relevancia. El era capaz de mover no dos veces la misma pieza en una apertura, lo cual se acerca al sacrilegio y de paso al suicidio en ajedrez, sino tres y hasta cuatro veces, descolocando por completo a sus oponentes, o era capaz de mover enseguida a su rey, negándose a sí mismo la posibilidad de enrocar, posibilidad básica desde el decálogo de la buena apertura que lanzara Capablanca, el dandy del ajedrez, muchos años atrás.
Para eso sirve el punk, después de todo, para decir no, para estar en contra, para sorprender, para revertir las reglas, para apropiarse de ellas. Bobby se la pasó diciendo que no, que no quería eso, que se arreglaran ellos con sus problemas, que no lo metieran en la misma bolsa, que se perdieran su éxito de pacotilla por donde les cupiera, que no le dijeran lo que tenía que hacer. No quería ser parte de la cadena de producción, dejarse explotar. Lo dijo bien claro: “Hagan lo que quieran. Pero no pueden decir que no demostré que los rusos son unos tramposos. Por lo tanto, eso que juegan ya no es ajedrez”.
Se daba cuenta de cómo eran las cosas. De esa capacidad, de esa fuerza, surgía su autoridad, algo que quizá le haya servido para ganar partidos: nadie se envalentona demasiado con un tipo tan seguro de sí mismo, a quien le resbalan las opiniones en contrario —tenía con qué, claro: se dice que su coeficiente intelectual superaba al de Einstein.
Que a uno le resbalen las opiniones en contrario es una actitud no sólo propia de los soberbios, palabra muy usada cuando se habla de Bobby, sino también de gente que sabe lo que quiere, no sólo de aquellos que no se conforman con migajas o baratijas, sino, simplemente, de gente que no se deja comprar. Cuentan que cuando su carrera recién empezaba, tentaron a su madre con un contrato por 500 dólares para que Bobby actuara en una publicidad de pianos. Debía aparecer tocando uno, pero él se negó, porque como no sabía tocarlo no quiso mentirle al público. Luego, poco antes de su match con Spassky, una marca de productos para el cabello le ofreció mucho dinero para que apareciese en sus publicidades. “No puedo”, dijo Fischer. “Yo no uso crema para el cabello”.
Pero también le dijo que “no” a gente más difícil de tratar: a los rusos, por ejemplo, no presentándose a torneos donde se pagaba poco, o exigiéndoles imposibles, que las sillas no son cómodas, que las luces son demasiadas, o cuando a los diecinueve años, ya varias veces campeón de su país y con el título de Gran Maestro en el bolsillo desde hacía cuatro, promete que no se presentará en ningún torneo hasta que cambien las reglas, pues afirmaba que los rusos tenían arreglado el ajedrez mundial, repartiéndose los puntos entre ellos, mediante empates, sin dejar que ningún occidental se acercara en las posiciones. Al gobierno de su propio país, por otro lado, también supo decirle que no: en plena Guerra Fría, tuvo que intervenir el mismísimo Henry Kissinger para que aceptara jugar contra Spassky, dejando de cancelar las partidas pautadas en Islandia (por una u otra causa: discutiendo derechos de televisación, mejoras económicas, por las cámaras que lo molestaban). No fue a la Guerra de Vietnam porque no le daba el físico, pero apuesto a que se hubiera cortado una mano antes de empuñar un arma para defender intereses de su gobierno. De hecho, desplantó tantas veces a Estados Unidos que no vale la pena ni contarlas —siguió criticando la política de su país hasta el último día, por el embargo a Cuba, por la ocupación de Irak, por los negocios espurios de sus gobernantes, por lo que fuera.
También supo decirle que no al millonario que cuando cumplió quince años quiso financiarle el viaje a Yugoslavia para que participase de las eliminatorias del Campeonato Mundial. Es que Bobby debía agradecer en público la ayuda económica brindada. Y no quiso: “Si gano un torneo, lo gano yo solo. Soy yo el que juega. Nadie me ayuda”. Y le dijo que no a Fidel Castro, a quien, cuando en 1965 lo invita a participar en un torneo en Cuba, en el que juega vía télex, porque Estados Unidos le impide viajar, le dice que no festeje su aceptación como una victoria, porque él, Bobby Fischer, no representa a nadie. Juega solo. De ser argentino, y seguir vivo, hoy le diría no a la familia Kirchner, de invitarlo ésta a jugar en su quintita.
Y, sobre todo, le dijo que no a la FIDE, la Federación Internacional de Ajedrez, cuando se negó a defender su título en 1975, ante Anatoly Karpov, que por la renuncia de Fischer pasó a ser el nuevo campeón del mundo, sin jugar. Fischer, como dije, había querido imponer nuevas reglas para la defensa de su título, aduciendo que el sistema que mantenía la FIDE favorecía a los rusos. Simplemente quería que los empates (tablas) dejaran de contar en el tanteador, o sea: obligaba a que todos jugaran a ganar, más que nada para que los rusos, técnicamente superiores a cualquiera, dejaran de arreglar partidos entre ellos para que no hubiera más que rusos en las finales. La FIDE, encabezada por el bloque soviético, votó en contra de las innovaciones propuestas por Fischer —Argentina también votó en contra de sus propuestas. Cuando el título volvió a Rusia, Fischer dejó de jugar en público.
Su vida pasó a ser un misterio, como si ya antes no lo hubiera sido.
Reapareció en 1992, cuando se cumplieron veinte años de su match con Spassky. Para festejar el hecho, un millonario yugoslavo le ofreció cinco millones de dólares para reunir a los dos frente a un tablero de nuevo. El campeón por entonces era Kasparov, pero no importaba, el match se título “Campeonato del Mundo”. Claro que en ese año Bush padre había firmado sanciones contra Yugoslavia, prohibiendo cualquier intercambio comercial entre ese país y un ciudadano estadounidense. Entonces Bobby volvió a decir no me importa, y se sentó a jugar. Se libró de inmediato un pedido de captura internacional que lo persiguió hasta hace poco, cuando murió en Islandia.
Y, de paso, también le dijo no a Islandia, la tierra que lo acogería años después, como exiliado político, cuando a su llegada, en 1972, para disputar el título mundial, se quejó de que no había un solo bowling en la capital. Por unos días, antes de que le dieran el título, fue el hombre más odiado del país. Después, como suele pasar con los genios, se lo amó y cuidó como a una reliquia, el último ejemplar de un molde desgraciadamente roto.
Fischer aprendió a jugar al ajedrez como se debe aprender cualquier cosa, por aburrimiento, porque no tenía otra cosa que hacer. A los seis años, cuando su madre dejaba el hogar para ir a trabajar, de enfermera, durante buena parte del día, Bobby no tenía más que ponerse a jugar con su hermana, cinco años mayor, a juegos de mesa, al monopoly, al ajedrez, a las damas. Por suerte la caja donde venían las piezas explicaba cómo moverlas. Y ya no se detuvo. Dejó la escuela primaria con la simple idea de que no quería ser uno más entre muchos cualquiera, de esos que saben de todo pero no son buenos en nada. A los doce años, cuando tomó esa determinación, ya había encontrado aquello para lo que era bueno. Y se aplicó entonces en ser el mejor. No hacía más que jugar al ajedrez, no hacía más que leer libros de ajedrez, no hacía más que pensar en el ajedrez. Su vida transcurría en un tablero, tanto despierto como dormido, porque incluso soñaba con ello y hasta jugaba de memoria, consigo mismo, sin tablero de por medio.
Y después de ganarlo todo, simplemente se fue. Dijo, como el verdadero artista, “Prefiero no hacerlo” —no al menos en las condiciones que ustedes quieren imponer. Y se fue. Dijo “no”, un “no” rotundo, necesario.
Un tipo íntegro, de principios, alguien que sabe lo que es la libertad, un verdadero artista, es uno que dice “no”.

One Comment

Dejar un comentario
  1. Lucas / Oct 17 2009 11:26 am

    No lo conocía la verdad, pero me ha dejado impresionado.

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: