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enero 26, 2008 / Roberto Giaccaglia

Poesía: experiencia y escritura

Por Mirtha Makianich (*)

Muchas veces me he preguntado por qué he optado por la poesía, por la escritura de poesía. No sé si puedo contestar. Lo que puedo dar es algunas razones en relación a qué entiendo por poesía en general, e intentar ubicarme en algún lugar, siempre lejos de algo parecido a la precisión y con plena conciencia de la falibilidad de mis afirmaciones, en tanto que a merced del tiempo y del cambio.
La poesía con mayúscula está más allá de la escritura poética. Trata de una experiencia total y englobadora que corresponde al ser humano y a su relación con eso que llamamos realidad. Poesía en ese sentido sería el vínculo, la confrontación directa con las cosas, con los seres. Abarcaría una experiencia primaria y anterior —por supuesto— al impulso mismo de escribir o de cualquier otra manifestación artística. Estaríamos frente a una vivencia no deliberada, en la cual desaparecerían las fronteras habituales entre el sujeto y el objeto. Como si estuviéramos en un estado de aquietamiento que posibilitara un contacto más pleno con lo otro. De esta posibilidad han hablado extensamente muchos teóricos y muchos poetas, Keats y Rilke, por ejemplo, entre otros. Recuerdo especialmente las experiencias de Juan L. Ortiz con el río, su percepción y su recogimiento que, llevados a un alto grado de intensidad, de embriaguez, provocaban una especie de borramiento del yo.
Cualquiera de nosotros ha debido cruzarse en algún momento de su vida con una experiencia de esa índole o con personas en las cuales ese contacto con la “realidad”, con alguno de sus elementos, o de sus seres, es de tal intimidad y magnitud que se evidencia sin necesidad de validaciones por parte de la inteligencia o del pensamiento mismo. Está allí, se hace presente en un hondo despliegue del sentir, como parte de una dimensión que no es privilegio de todos. Yo diría que en estos momentos se hace aún más elitista, más restringida. Todos sabemos a qué me estoy refiriendo: vivimos momentos de enmascaramiento, de disfraces, de prótesis, oscuridades que nos alejan del esplendor, de la compenetración, del aquietamiento, del silencio. En suma, momentos que nos alejan de la disponibilidad. Disponibilidad al misterio.

Para la producción, es decir el momento de la escritura, tenemos una instancia muy diferente… Y un problema (otra dimensión): ¿cómo restituimos esas voces que hemos creído escuchar, ese silencio que nos ha sobrecogido, eso que hemos observado, escuchado, sentido, a veces tan profundamente? Es casi un problema de traducción. Correspondería entonces hablar del lenguaje, que de ningún modo es un instrumento manejable. Lejos de eso. De todos modos, es fácil darse cuenta del “control” que de repente pretendemos ejercer en la escritura. Y ni hablar de la pobreza de los resultados. Dirá Gelman: “De nada te sirvió tu mester. Nunca la viste”. O, como dice Rafael Cadenas: “Misión del amante: arder fuera de camino”.

Así es al menos en mi caso. Poca producción y descontento con esos logros. Reescritura nunca suficiente y un afán de economía cada vez mayor.
Lo experimental no me interesa, seguramente por falta de capacidad creativa innovadora, por imposibilidad de transgredir, de jugar, de trasvestir el referente. Intentando una aclaración, siempre fragmentaria y probablemente oscura, agregaría que me importa el fuego, o si he asistido al fuego y no puedo restituirlo en su fuerza, en su intensidad, al menos trabajar tratando de abrigarme en los rescoldos.
Y en esta etapa personal, en la que probablemente caigan las máscaras con más facilidad que antes, me importaría poder descifrar algunos instantes privilegiados que tienen que ver con mi jardín, con el verde, con el trigal y la glicina, con esta casa mía atravesada por el tiempo, con mis lecturas. Rechazo, la mayor parte de las veces sin éxito, la nostalgia, muy especialmente la ilusión y su mentira y trato de situarme lejos de toda trascendencia. Conservo una limitada confianza en que, si como dijo Borges, “La poesía que es inmortal y pobre. La poesía vuelve como la aurora y el ocaso”, tal vez alguna aurora o algún ocaso me devuelvan uno de mis versos.

abstracto-1.jpg

Filtro de luz
suave
cuando la acacia
recorta sus extremos
contra el álamo

¿espejismo tal vez?

porque te alteras
filtro de luz

y otro ángulo
y estos ojos
sobre las púas.

abstracto-3.jpg

Como se cuenta el pentagrama
de abajo hacia arriba
ascendiendo y descendiendo por líneas y espacios
(pluma de adornos y apoyaturas en tinta china)
así mis dedos cuentan tus figuras

cada figura con su silencio

profanos los dedos
la cuenta se complica en los rituales
(equivalencias, alteraciones, grados, ligaduras)

medidas de distancias
en los nombres de intervalos

sin notación ni medida el último

tu cuaderno de música, madre…

abstracto-6.jpg

(*) Profesora y Licenciada en Letras Modernas, Universidad Nacional de Córdoba. Su escritura poética incluye: En la intemperie (1997); Dispersión, (1997 —inédito); Sin balanza que lo pese (1999); De mi jardín (2003 —inédito); Derivas (2005 —en colaboración con Roxana Carrizo); Saerianas (2007 —inédito).

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