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enero 29, 2008 / Roberto Giaccaglia

Escribir enojado

He Was a Quiet Man, Frank A. Cappello, 109:00, Estados Unidos, 2007.

Hay quien dice que la crítica no sirve para nada, y otros que dicen que tendría que limitarse a señalar lo que el público puede aprovechar, qué libro comprar, qué película ir a ver. Lo demás, lo que no sirve, simplemente dejarlo de lado, ni hablar de ello. O sea, aprovechar el tiempo, no desperdiciar tinta o papel o centímetros de pantalla en algo que no lo merece y, en cambio de eso, prestarle un servicio a la gente, indicarle en qué puede utilizar su ocio y su dinero. Es por lo general lo que hacen los diarios, las revistas, los suplementos culturales, la gente que habla de la cartelera cinematográfica en los noticieros. Periodistas útiles, digamos. O no periodistas, sino propagandistas de artes y espectáculos.
Pero la crítica también tendría que tener un lugarcito para la polémica, discutir cosas, tratar de ver qué es lo que anda pasando, por qué pasa y cómo. Tal vez la crítica haya perdido esa capacidad, porque no me parece que se lea mucho acerca de estas cuestiones ni mucho menos se las discuta por televisión, donde prima otra cosa, la unificación del gusto, la recomendación porque sí, porque viene precedida de buenas críticas o de grandes polémicas, frase trillada, más que trillada, que a pesar de todo sigue siendo del gusto de todo propagandista de artes y espectáculos. Un ejemplo de esto sucedió con películas como La pasión de Cristo y El código Da Vinci, porquerías que llenaron salas y revistas y diarios y tiempo mal usado.
Y uno se pregunta entonces qué hacer ante obras tan malas. ¿Hablar de ellas, discutirlas, denunciarlas, o callarse y pasar a otra cosa? ¿De qué manera se termina siendo cómplice, hablando mal o no hablando? Ese es el miedo a veces, porque si uno no habla queda como miedoso de enfrentarse a la canallada, y si habla, aunque mal, parece que a la larga estuviera engordando el caldo, ese mismo que tarde o temprano terminará alimentando a los paladares cuyo gusto ya educaron los medios.

Ante estas dicotomías, lo único que se puede hacer algunas veces es tratar de llevar el tema hacia otro lado. Es decir, cuando la obra que se va a reseñar es una reverenda bazofia, siempre está el recurso de aprovecharla para a propósito de ella hablar de otra cosa. Por ejemplo, antes de hablar de He Was a Quiet Man, habría que hablar de para qué sirve la crítica. Bueno, en este caso se puede decir que la crítica debería servir para insultar, sacarse la bronca, despotricar, gritarle en la cara a ciertos productores cinematográficos que dejen de vendernos porquerías, y a ciertos reseñadores que por favor no se hagan los piolas y no nos convenzan para que perdamos tiempo en pavadas o se nos atrofie el gusto para siempre sólo porque a ellos una distribuidora les pidió que dijeran de cierta película que es interesante, o polémica, o fuerte, o bien actuada, o taquillera.

Ya me estoy topando con un problema que suelen tener los críticos, grave creo yo: uno a veces tiende a escribir enojado, escribir no con ganas de polemizar o de discutir, sino simplemente con ganas de sacarse la bronca, desquitarse. Y sí, es una lástima que se termine simplemente insultando, pero cuando uno quiere demasiado al cine a veces se ve desbordado por sensaciones que lo incomodan, o que incomodarán a los otros. A los de la revista de cine El Amante les pasa a cada rato. Yo se lo hice saber a uno una vez, a Porta Fouz, por una crítica en la que sólo demostraba furia, con una carta que después me dio vergüenza, porque la escribí como él escribió su crítica, enojado. Cité el episodio cuando escribí acerca de otra película que me dio mucha bronca, la de Montes-Bradley sobre los supuestos papelones de los supuestos ecologistas argentinos.

A veces creo que en cierta medida la función de la crítica es pelearse con los demás. Con el público, con los artistas, con los demás críticos —incluso debería ser con los que más hay que pelearse. No creo que apelar al silencio ante una obra que al parecer no merece siquiera que se hable de ella sea correcto. La crítica debe desafiar. Incluso el propio crítico debe sentirse desafiado con lo que escribe. Tal vez sólo de esa manera pueda la crítica transformarse en una invitación al debate, a pensar cómo ampliar las fronteras.

Escribir crítica sin provocar es difícil —además, no creo que tendría que interesarle al crítico semejante trabajo. Proponer un debate sin molestar es como hacer un lomo a la pimienta que no pique. Esto también lo escribí en otro lado, como comentario de una nota donde se proponía una crítica distendida, light si se quiere, que no se ocupara de cosas molestas, una crítica pedagógica digamos, que tiene lo suyo, lo admito, pero que siempre será insuficiente.

Yo creo que los críticos a veces se hacen los malos sin querer, porque es su naturaleza, pero esto no tiene que ver con sobrepasar sus atribuciones, sino simplemente con preguntarse, con indagar, y después decir algo, algo que por lo general molesta. Y está bien que moleste. Sobre todo ante obras que lo único que hacen es que uno quiera sacar fuera de sí todo lo malo que tiene escondido. Obras en las que no vale la pena usar la ironía, o palabras bellas, eufemismos que nada más detracten, despotricar de forma elegante. A veces, simplemente hay que insultar. No porque no valga la pena adentrarse en las miserias de esas obras, o desnudar sus arbitrariedades, su mediocridad, su falsedad, sino porque al crítico se le hace muy difícil hacerlo sin pegar un par de gritos. Uno es humano, tiene sentimientos y, como cualquiera, se indigna, pierde la calma, la compostura.

Hay películas, por ejemplo, que provocan el uso de la mimética: son tan horribles que no puede nacer de ello otra cosa que no sea una crítica horrible, mal escrita incluso, a las apuradas, con el sólo ánimo de sacarse la bronca. Esto no es bueno, pero siempre será mejor que la timidez o un par de palabras sin sentido que eludan la responsabilidad.
Claro, se puede decir que conviene cierto esfuerzo, algo que el artista no demostró, para al menos indicarle que hasta la crítica que se escribe sobre su obra es mejor que su obra, más disfrutable, más aprovechable, más digna. ¿Pero a quién le importa demostrarle nada a un tarado engreído y soporífero? Simplemente se lo deja de lado y se sigue insultando a la obra de la que fue capaz.

Una comida de microondas, un sillón frente a un televisor siempre encendido, un peinado horrible, unos lentes grandes de más, ocuparse de cosas sin importancia y ser maltratado en el trabajo es la manera usual, estereotipada, falta de imaginación, mentirosa, chabacana, infantil y fea de demostrar que el personaje es un perdedor. Cuando semejantes cretinadas cinematográficas se suceden una detrás de la otra, al espectador no le queda más que levantarse de su butaca, si es de los que se quieren como espectadores. Y si no, aguantarse hasta el final, acumular odio y después putear en consecuencia.
Es cuando salen críticas como las que siempre odié, críticas enojadas, repito: mal escritas incluso, como la que le reproché a Porta Fouz, berreteadas que no conducen a nada que no sea la catarsis, el simple y primigenio acto de putear hasta cansarse y que los nervios se calmen.

La crítica también puede ser liberadora. Al carajo con el stress, hágase crítico, podría decir.

Pero no sólo eso. Lo peor es cuando el artista pretende con su mundo triste y miserable, patético y enajenado, hacer algo de calidad. Algo “raro”, algo “original”. Versiones qualité de la desesperanza, con idas y venidas, complejidades que ni el director entiende, enredos pavotes, vueltas de tuerca sin sentido, cambios de timón a última hora, descontrol, primeros planos horribles, colores apagados, peces que hablan, finales torcidos, circulares. Ocurrencias que sólo en la mente de un amateur pueden parecer grandiosas, del tipo: “… y al final, todo era un sueño”.
Basuras.

¿Y qué del discurso machista, retrógrado, insensible, senil, hemorroidal, lastimero y fascista? Sacrificar a los débiles, por ejemplo, para que la rueda siga girando, a los débiles y a los distintos, a los que opinan de otra manera. ¿Y qué de la sumisión femenina? ¿Y qué del castigo moralista bienpensante? Son todas cosas que ocurren en esta película y que sólo llevan a que uno se pregunte cómo es posible que todavía se le sigan ocurriendo tales ideas a ciertos tipos, y que encima se financien, y que encima haya personas que quieran actuarlas —Christian Slater y William H. Macy han perdido lo que les quedaba de vergüenza, Elisha Cuthbert no sé si la tuvo alguna vez.

Si a alguien le interesa el tema que trata la película, hombre harto de ser ninguneado en el trabajo planea matar a todos los idiotas de sus compañeros, pruebe con Office Space, película de 1999, de Mike Judge, el de Beavis and Butt-Head, que en Argentina creo que se llamó Enredos de oficina, que es mucho mejor, más divertida e inteligente, sin patetismo, moralismo, y cámaras que no saben adónde van.

No tengo la menor idea de si He Was a Quiet Man va a estrenarse en la Argentina, si ya se estrenó y pasó desapercibida o si va a ir directamente a video (a DVD, quiero decir). Lo más probable es que sea esto último. Como tuve la mala suerte de verla me pongo a escribir sobre ella quizá anticipadamente. O no sobre ella, sino a propósito de ella, que es distinto.

El cine a veces es una mierda.

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