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febrero 12, 2008 / Roberto Giaccaglia

Disco era cultura. Las revistas de rock también

rolling-stone.jpg

“Downloads y perjuicios”, Juan Ortelli, Rolling Stone edición argentina, febrero de 2008.

En parte porque en el kiosco no había gran cosa y en parte porque el colectivo ya salía, un par de segundos antes de emprender mi viaje decidí comprarme la Rolling Stone edición argentina, una publicación que hacía años que no compraba, porque se centra en el aspecto menos interesante del rock, porque todo les cae más o menos bien, porque suelen equivocarse mucho (por ejemplo, en el último ejemplar dicen que el documental Meeting People Is Easy, de Radiohead, documenta la gira del disco Hail To The Thief, cuando en realidad documenta la gira del disco Ok. Computer), porque las preguntas a los entrevistados son bastante malas, porque la forma en la que ilustran sus escritos es una porquería (el guitarrista de Radiohead zarandea a su guitarra como un policía a un manifestante, según una nota) y porque las ideas ahí vertidas suelen ser un tanto conservadoras, o mucho.

Un ejemplo de esto último es la nota de tapa que tuve el disgusto de leer (“Informe definitivo sobre la revolución digital”), anunciada como epítome de una cuestión bastante de moda por estos días: la piratería y la industria musical.

Y está de moda entre otras cosas por la idea que el diputado nacional por el Frente para la Victoria Claudio Morgado acercó a discusión —y lo bien que hizo, porque después de todo los más perjudicados son los usuarios, aquellos que tienen que sí o sí participar del debate: poner un impuesto para todo soporte digital que uno vaya a comprar en negocios del ramo, desde compactos vírgenes (cd rom, DVD) hasta teléfonos celulares, pasando por lo que a uno se le ocurra que sirva para registrar y reproducir datos en forma digital.

Tengo entendido que esta idea surge del ánimo por crear un “instituto de la música”, proyecto de la Unión de Músicos Independientes que tendría como objetivo el desarrollo y difusión de la actividad musical en la Argentina.
Pues bien, para la financiación de dicho instituto surgió la idea de el canon digital, o copia privada, gravamen que permitiría la creación de un fondo destinado a la actividad artística, ya que se ha esgrimido que se debe compensar a los autores por las reproducciones impagas de sus obras —tarea ciclópea si las hay, improbable de cumplir alguna vez.
No era sobre esto que quería escribir, pero igual hay que decir algo:

Este impuesto es indiscriminado, ya que con la excusa de que quien compra soportes digitales puede ser un pirata se aumenta el precio final de dichos soportes, sin reparar en que alguien pueda comprarlos para grabar el cumpleaños del nene o hacer una copia de su disco original para llevar en su reproductor portátil mientras hace footing.
Pero ahora que lo pienso tal vez el objetivo del canon sea que la piratería resulte cara, de manera que el comprador opte por el original, puesto que el pirata tendría que pasar a cobrar un precio mayor por su mercancía, ya que “su” materia prima aumentaría. Claro que de esta manera la piratería se terminaría legalizando… En efecto, al dar por sobreentendido para qué se va a usar esa “materia prima”, o sea tratando a cualquier soporte como materia prima para la piratería, la piratería se transformaría en una industria respaldada por el Estado. Algo como una retención a la exportación, digamos.
Otro asunto es de qué manera me voy a enterar yo de que los autores han sido compensados por el dinero que he pagado en la compra de mis cd’s vírgenes (para registrar el cumpleaños del nene, repito, y repartirlo entre tíos y primos), ya que se sabe que es por lo general hacia una burocracia y no hacia el supuesto destinatario (un artista, en este caso) donde suelen ir este tipo de impuestos.
Pero lo peor, creo yo, sería que con este impuesto menor cantidad de gente tendría acceso a la tecnología, o a la música, o a las películas.

Pero a las ideas tontas no les faltan sus defensores, sobre todo si benefician a sectores con cierto poder… No es que los músicos independientes lo tengan, no, para nada, pero sí las discográficas que se aprovechan de ellos, de sus derechos, de sus necesidades y, por qué no, de su trabajo y de sus ideas.
Lógicamente, la manera en que tienen estos sectores de defender las ideas tontas que los benefician es a través del miedo. Y en eso ayuda mucho el último número de Rolling Stone edición argentina.

Y vos… ¿de qué lado estás?, pregunta la revista, para pasar luego a citar tres cuestiones sobre el marco legal de la distribución y reproducción digital de música, donde hay varias cosas que parecen salidas de la papelera de reciclaje de un redactor primerizo:

1) Bajo el título “¿Bajar un disco es tan ilegal como compartirlo?”, se cita lo siguiente: “Para poder compartir un tema o un disco, primero tenés que haberlo descargado o reproducido sin autorización.”

¿Eh?
Esto lo dicen desde Máspero Abogados, estudio jurídico que asesora legalmente a varias discográficas y al que la Rolling Stone fue corriendo y babeando a pedirle consejos. Esa frase dice un par de cosas:

a)Presume que en Argentina nadie compra cd’s originales.
b)Enseña que compartir está mal.

Pero algo más, muy raro:
c)Dice que en realidad sí podés compartir, pero para ello el archivo debe haber sido bajado ilegalmente, si no, no se puede…

¿Cómo? Y bueno, eso se desprende de las palabras citadas.

2) Luego dice que es un delito bajar un tema y pasarlo al reproductor de mp3. La aclaración es idiota. ¿Para qué voy a bajar un tema si no lo quiero escuchar? ¿Para ocupar espacio en el disco rígido? ¿Importa tanto con qué lo escucho luego?

Esto de “bajar temas” merece una cuestión a tener en cuenta, o dos: por lo general, quienes bajan sólo temas sueltos no comprarían un disco en su vida. Si ya no pudieran bajar temas, comprarían a lo sumo una radio para escuchar FM. Es que lo de estos escuchas son gustos pasajeros, placeres del momento, nada más. El ejemplo que cita la revista, del muchacho que bajaba tranquilamente una canción de Mika, otra de Sean Kingston y otra de James Morrison cuando en lo mejor del download lo sorprendió su padre con un carta documento dirigida a él por obra y gracias de los abogados de EMI, Universal, Sony y Warner, tal vez pueda hacernos comprender lo siguiente: los oyentes que se bajan sólo éxitos no compran discos, por lo que amenazarlos para que de ahora en más vayan y compren el disco es una pérdida de tiempo.
Máspero lo dice en una forma bien fina: “El usuario que baja tracks es como un gordo en un tenedor libre: no baja todo lo que compraría…” Entonces, repito, ¿con qué sentido amenazarlo, si de cualquier manera no hay forma de que este bajador de tracks vaya y gaste en EMI o en Universal, por ejemplo?
Y los consumidores de música en serio, por otro lado, cuando bajan canciones, no “temas”, que es otra cosa —la elección de las palabras no es un mero dato de color—, hacen algo muy distinto: conocen al artista antes de ver si vale la pena comprar su disco o no. Gracias a esas “bajadas”, entonces, el consumidor compulsivo, el melómano, entre los cuales me cuento, compra más discos que antes, por lo cual las empresas antes citadas no harían otra cosa con sus cartas documento más que atentar contra sus principales clientes. Yo, por ejemplo, que con todo lo que llevo comprado en mi vida EMI tendría que reglarme algo, no multarme.

Creo que cuanta más gente sepa cómo suena algo, más sencillo será que se decida a comprarlo si efectivamente iba a hacerlo en caso de gustarle. Si no iba a comprarlo, como el público que escucha música en forma pasajera, es decir que “oye” música, no hay forma en que lo haga, así que lo mejor sería dejar que la gente fuera feliz a su manera.

Pero claro, ciertos personajes de la industria no acatan la máxima de que alguien es inocente hasta que se demuestre lo contrario, sino que ese alguien es culpable, siempre:
“El argentino es pirata: si es ilegal, más le gusta hacerlo”, dice un tal Pablo Cancelliare, con algún puesto marketinero en EMI y seguramente cara de sobrador. La Rolling Stone reproduce sus palabras sin crítica alguna, por más que diga sólo tonterías sin sentido: “parar la piratería es una decisión política. Internet, si querés, se corta de la noche a la mañana”. Acaba de aparecer otro Elton John, que encima ni debe saber tocar el piano ni vestirse gracioso. ¿Cómo una empresa como EMI puede tener en sus filas a alguien que diga semejantes pavadas? ¿“Cortar Internet”? Hay algunos que apurados por sus ansias de imponer el miedo terminan diciendo cualquier barbaridad. Una vez escuché al apoderado de una empresa constructora decir que la sociedad debería responder con su patrimonio por firmar planillas desde las cuales se impidieran que ciertos negocios avanzaran, por más que esos negocios fueran en contra del patrimonio cultural, arquitectónico, ecológico de una ciudad. Esa forma de crear miedo para impedir que el ciudadano imponga sus derechos es terrible y a veces hace caer en tonterías que no tienen ni pies ni cabeza.
¡Y qué feo que es que se las reproduzca sin una palabra en contra!

3) Lo siguiente que dice Máspero Abogados, y que reproduce Rolling Stone para ver de qué lado estamos, es más feo aún: no se pueden bajar discos que no estén editados en el país. Guau. Y yo que pensaba que Internet servía para algo. ¿Qué pasa entonces si yo quiero un disco descatalogado, un disco que salió sólo en vinilo en algún remoto lugar de Europa, un disco al que ninguna empresa discográfica se preocupó por remasterizar, hacerle un lindo librito interno que acompañe el cd y relanzar en todo el mundo? ¿Me tengo que quedar con las ganas de saber cómo sonaba ese disco?

Hace algunos años, siete u ocho, Courtney Love, artista que en absoluto es de mi agrado, sino todo lo contrario, dio a conocer su opinión acerca de la industria de la música, opinión que no dejaba de lado hablar de la descarga de canciones por Internet.
Empezaba así:

“Hoy deseo hablar de piratería y música. ¿Qué es la piratería? La piratería es el acto de robar el trabajo de un artista sin ninguna intención de pagar por ello. No estoy hablando de software del tipo Napster. Estoy hablando de los contratos de las compañías discográficas”.

Y luego continuaba con detalles acerca de cómo las grandes discográficas exprimen el talento y el trabajo de los músicos que firman con ellas, para que al final éstos no se queden con nada más que experiencia y algo para contarles a sus nietos.
Las palabras de Courtney se dieron en el marco de una conferencia, la Digital Hollywood, en New York, y, como digo, al haberlas hecho a principios de esta década pueden ahora estar un poco desactualizadas en cuanto a números, pero en general brindan un buen pantallazo de lo que es el negocio de la música, o de lo que debería ser:

“Los artistas que graban esencialmente han estado regalando su música gratis en el viejo sistema, por lo tanto la nueva tecnología que expone nuestra música a un público más numeroso puede solamente ser una cosa buena. ¿Por qué estas compañías no están trabajando con nosotros para crear una cierta paz?
Hubo mil millones de descargas de música el año pasado, pero las ventas de música suben. ¿Dónde está la evidencia de que las descargas dañan el negocio? Las descargas están creando más demanda.
¿Por qué las compañías discográficas no están abrazando esta gran oportunidad? ¿Por qué no están intentando hablar con los muchachos que intercambian recopilaciones para aprender qué es lo que les gusta? ¿Por qué la RIAA está demandando a compañías que están estimulando esta nueva demanda? ¿Qué ganan yendo detrás de gente que intercambia ficheros MP3 que suenan mal? ¡Dinero! Un dinero que no tienen ninguna intención de repartir con nosotros, los autores de sus beneficios”.

“En algún sitio a lo largo del camino, las compañías discográficas calcularon que es mucho más provechoso controlar el sistema de distribución que consolidar a los artistas. Y puesto que las compañías nunca tuvieron competencia, los artistas no tenían ningún otro lugar donde ir. Las compañías discográficas controlaron la promoción y la comercialización; sólo ellas tenían la capacidad de conseguir montones de tiempo de radio, y poner discos en todas las cadenas de grandes almacenes. Ese poder les puso sobre los artistas y las audiencias. Son los amos de la plantación.
Ser el guardián de la puerta era el lugar más provechoso donde estar, pero ahora estamos en un mundo casi sin puertas. Internet permite que los artistas se comuniquen directamente con sus audiencias; no tenemos que depender solamente de un sistema ineficaz donde la compañía discográfica manda nuestros discos a la radio, a la prensa o a la venta al por menor y después se sienta y espera que los fans descubran nuestra música.
Las compañías discográficas no entienden la íntima relación entre los artistas y sus fans. Ponen discos en la radio y compran una cierta publicidad y esperan lo mejor. La distribución digital nos da a todos acceso mundial e inmediato a la música.
Y los filtros están sustituyendo a los guardianes de las puertas. En un mundo donde podemos encontrar cualquier cosa que deseemos, siempre que lo deseemos, ¿para qué vale una compañía? Para filtrar. Un filtro sirve cuando entiende a la vez las necesidades de los artistas y del público. Las nuevas compañías deben ser conductos entre los músicos y sus fans”.

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“La única manera que tienes ahora para conseguir música es pagando unos 17 dólares. En un mundo donde la música costase un centavo, un artista podría vender 100 millones de copias en lugar de apenas un millón. El sistema actual trata de evitar que los artistas encuentren una audiencia porque también tiene mucha escasez artificial: promoción de radio limitada, espacio limitado en los almacenes y un número limitado de posiciones en las listas de la compañía.
El mundo digital no tiene ninguna escasez. Hay maneras incontables de alcanzar a una audiencia. La radio ya no es el único lugar para oír una nueva canción. Y las minúsculas tiendas de discos del centro comercial no son el único lugar para comprar un cd nuevo.
Ahora los artistas tienen opciones. Ya no tenemos que trabajar con las grandes compañías, porque la economía digital está creando nuevas maneras de distribuir y de vender música. Y los amos no lo van a hacer. Eso significa que la clase esclava, a la que represento, tiene que encontrar formas de salir de estos contratos. Esto carecía de importancia antes, por eso todos permanecíamos así”.

Y sobre el beneficio de “anticiparse” al disco, Courtney dice:

“Estoy buscando gente que me ayude a conectarme con más fans, porque creo que los fans dejarán una propina basada en el disfrute y el servicio que proporciono. No me asusta que consigan una escucha previa. En realidad esto va a ser una aldea global en donde mil millones de personas tendrán acceso a un artista y mil millones de personas podrán dejar propina si lo desean.
Es una democratización radical. Cada artista tiene acceso a cada fan y cada fan tiene acceso a cada artista, y gente que dirija a los fans hacia esos artistas, gente que dé consejo y valor técnico es la que necesitamos. La gente que llena el conducto de distribución e intenta ignorar a los fans y a los artistas no tiene ningún valor. Esto es un sistema perfecto.
Si vas a crear una compañía que trate con músicos, por favor, hazlo porque te gusta la música. Ofrece algo de control y equidad a los artistas e intenta darnos una cierta dirección creativa. Si la música, el arte y la pasión son importantes para ti, hay centenares de artistas que están preparados para reescribir las reglas.
En los últimos años, el negocio desterró de nuestra cultura la idea de que la música es importante, emocional y sagrada. Pero la nueva tecnología ha traído una oportunidad real para el cambio; podemos cargarnos el viejo sistema y dar a los músicos verdadera libertad y elección”.

Courtney cerraba su discurso con palabras de Warren Beatty: “El regalo más grande que Dios nos da es gozar del sonido de nuestra propia voz. Y el segundo regalo más grande es conseguir que alguien lo escuche”.
Los directivos de las empresas, algunos músicos, la mayoría de los periodistas y buena parte de los consumidores de Rolling Stone edición argentina harían bien en prestar atención a estas palabras… para lo cual, encima, no hace falta comprar discos de Courtney Love o verla actuar.

Otra cosa de la que nadie habla es la siguiente: no por bajar una canción y compartirla con miles de personas la propiedad intelectual de esa canción va a cambiar de mano. Seguirá siendo del artista. Cosa que a veces ni siquiera las compañías entienden. ¿Cuántos discos han archivado después de que el artista los grabara, por considerarlos poco comerciales? Basta con bucear un poco en la historia del rock para saberlo. Uno de los casos más notables es el de Fiona Apple, a quien su compañía discográfica le trabó la salida de su disco Extraordinary Machine simplemente porque no le gustaba.
Muchos de sus fans emprendieron una modesta batalla para que el disco retenido por su compañía fuera al fin liberado. Mandaban manzanas a la compañía, protestaban frente a ella, con carteles, con cantitos.
La cuestión era que a la compañía le parecía que el disco no iba a vender nada. Creo que la compañía era Sony o Epic, pero es lo de menos, porque en las compañías grandes nadie sabe de música, son cerdos sin oído. Y como no terminaba de convencerles a estos cerdos, pusieron el disco a resguardo, con la idea de no editarlo hasta que Fiona no grabara las canciones de nuevo, quitara algunas de la lista, pusiera un sonido más convincente, ganchero, accesible, común, estereotipado, chicloso. La chica accedió, quién sabe por qué. Y apareció pues una nueva versión, con canciones extirpadas y al mando de dos productores diferentes al primero, que prometieron esta vez algo menos raro, más fácil de vender, etc.
Pero el disco bueno ya estaba en poder de muchos de aquellos que habían emprendido la modesta batalla para liberar a Fiona de las pezuñas de los cerdos sin oído. Gracias a Internet, lógicamente. En unos pocos meses, unos cincuenta mil enamorados de Fiona se habían hecho con una copia del disco. Bastaba con mandar a una dirección de correo electrónico una clave, Apple, para hacerse con
una copia de él. Ahora esa dirección ya no existe, pero por suerte el disco original puede encontrarse dando vueltas por Internet, para regodeo de los amantes de la buena música de la que es capaz Fiona y no de la basura a la que la obliga su compañía.
Los cambios con respecto al disco oficial, más feo, más producido, más toqueteado, son varios. Sólo dos canciones sobrevivieron enteras, “Extraordinary Machine” y “Waltz”, pero no eran las mejores de aquel primer intento. Igual, a los de Epic o Sony, los cerdos, poco les importa lo que piensen los amantes de Fiona, así que redondamente se cagaron en el disco que apareció como “bootleg” dando vueltas por Internet, es decir el disco bueno. Y salieron a decir que Fiona no había considerado a ese disco listo, y que por eso lo hizo de nuevo.


Todo vendría a explicarse con una trillada frase Negocios son negocios… frase que para la revista Rolling Stone edición argentina debe valer lo suyo.
Es una frase un poco triste, sí.
¿No es apropiarse del artista esto?

La modernidad tiene como eje principal lo siguiente: eliminar intermediarios. El arte debería ir de los artistas al público, y listo. El arte debería depender de ellos y de nosotros, nada más. Con los instrumentos con los que hoy se cuenta, no creo que necesitemos de peces gordos, periodistas comprados y demás.

El informe de la Rolling Stone sigue con preguntas sosas acerca de esta “revolución” a unos cuarenta músicos argentinos y músicos extranjeros. Les preguntan cómo será la música del futuro, si extrañan la época de antes, eso de tener el vinilo, con su sobre y sus letras y su tapa grande, con colores, o eso de que uno tenía que esperar una eternidad para dar con una banda de la que había oído hablar remotamente, o de eso de que terminaba siendo un ignorante si no tenía acceso y dinero disponible para conocer los miles de buenos músicos que andaban dando vueltas por ahí.

Yo, por mi parte, de la época de antes extraño dos cosas: el ruido de la púa al llegar a la superficie del vinilo y leer revistas como la gente, eso sí.

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