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febrero 14, 2008 / Roberto Giaccaglia

Feliz día de los enamorados

burton

Sweeney Todd: the Demon Barber of Fleet Street, Tim Burton, 116:00, 2007, Estados Unidos-Inglaterra.

Para Eugenia

Se puede imaginar a Sweeney Todd, el terrible barbero de la calle Fleet, y a su socia Mrs. Lovett, a su vez terrible cocinera, como una especie de White Stripes llevando la música a terrenos no imaginados siquiera por los Mayhem, o Burzum, muchachos de temer. Una música que sirve para cortar, lacerar, desgarrar, quemar. No hay guitarras, no hay baterías, hay navajas afiladas, cuchillos enormes, picadoras de carne, hornos de panadería. No hay instrumentos que pulsar o golpear, sino gargantas de las cuales despedirse. Y mucha carne, con la que rellenar los otrora peores pasteles de Londres.
Tal vez sea el rojo de tanta sangre fluyendo a borbotones, derramándose, lo blanco de sus rostros mortuorios y lo negro de sus corazones y de sus almas lo que me hace pensar en Sweeney y su socia como un nuevo dúo White Stripes, ya que a los hermanos Jack y Meg tanto les gustan esos colores. Y está la música, por supuesto, no un mero decorado, no un mero telón que sirve de fondo a esta trágica historia, sino un personaje más, tan importante como barbero y señora, quienes alrededor de esa música matan, trituran, cocinan e intentan algo parecido a la felicidad, sensación momentánea, como sucede en casi todos los films del atribulado y pictórico Tim Burton, que en esta película está más atribulado y pictórico que nunca.

Sweeney Todd: The Demon Barber of Fleet Street es la adaptación cinematográfica de un musical del mismo nombre, creado por Stephen Sondheim y Hugh Wheeler hace unos cuantos años atrás, a fines de los setenta, que a su vez está basado en la leyenda de este tal Sweeney Todd, que al parecer tuvo origen en algún momento del siglo 19, un siglo negro seguramente si contó con la presencia de semejante personaje… pero todos los siglos lo fueron en algún momento u otro.
La historia, que el musical contó durante más de quinientas presentaciones, narra la desgracia de Benjamin Barker, barbero que supo ser feliz, tener una bella esposa, una bella hija, pero que un mal día se vio atrapado por la codicia sexual de un hombre de poder. Pierde por su culpa la libertad, pierde a su esposa y a su hija y tras quince años de encierro en un remoto penal, en otro país, escapa para devenir en Sweeney Todd, un hombre dispuesto a todo para vengarse. Al retornar a su Londres natal, lugar según él como no hay dos en el mundo, por la escoria que acumulan sus calles, escoria que navaja en mano se dispone a extirpar, conoce a Mrs. Lovett, cocinera fracasada, de la que nadie quiere saber nada, menos probar sus recetas. Por boca de ella se entera de que la mujer de aquel barbero que ya no existe se envenenó después de haber sido violada por el juez Turpin, el mismo hombre que había puesto a Benjamin en prisión, y que su hija está al resguardo del propio juez, atrapada mejor dicho. Al contrario de lo que señala el proverbio criollo, eso de hacerse amigo del juez, Benjamin se propone liquidarlo, con toda la saña de la que es capaz, pero nunca faltan problemas cuando el desgraciado se divierte, o se entusiasma, así que justo antes de liquidar a esta horrible persona surge un pequeño problema… irrumpe en la barbería otro enamorado, un joven apuesto, también desesperado, como Barker/Todd, aunque no tan desquiciado: Anthony Hope, cautivo de la voz, el pelo y la sonrisa tímida de Johanna, la hija de Barker atrapada en la residencia del juez. Entonces, con su venganza truncada, Sweeney termina de enloquecer y ya no será sólo del juez la garganta a cortar… sino la de cualquiera que entre a la barbería por una afeitada. En tanto, Nellie Lovett, la terrible cocinera, encuentra una utilidad a la furia del barbero… Es que desde hace rato debe solucionar algunos asuntos que la preocupan y entristecen. Por ejemplo, proveerse de materia prima como la gente para su negocio de pasteles, para sacarlo adelante… pero ahora, en vez de materia prima como la gente, es gente como materia prima lo que habrá de usar.

Así que ahí están estos White Stripes, Johnny Depp y Helena Bonham Carter, unos White Stripes hórridos, malevolentes, llenos de una extraña gracia, repartiendo a diestra y siniestra cortes y más cortes, mientras cantan, mientras bailan, mientras enamoran a una platea que no puede creer que esté disfrutando de imágenes como esas. Bueno, en realidad no se “disfrutan”, al menos si entendemos por disfrute algo sano y ameno. Es otro el placer que se siente, uno difícil de explicar, un placer oscuro, como el sótano donde caen las víctimas de la barbería y desde donde se desprende ese olor del que los vecinos no tardarán en quejarse. Será el placer de la venganza, imagino. Un plato caliente en este caso, rebosante, sabroso, un plato que conviene disfrutar de manera hipócrita, o ignorante: mejor no preguntar de qué está hecho, mejor no darse cuenta, mejor mirar para otro lado.

Nellie Lovett y Sweeney Todd sacan a relucir pues lo peor de nosotros, como tantas veces ha hecho Burton con sus películas: es el extrañamiento de que la oscuridad y el dolor, de que la tristeza y lo irrecuperable provoquen un gozo malsano, un gozo que encima esta vez tiene que ver con canciones, donde no es el valor de las voces de Depp y de Carter lo más destacable, sino la entrega de sus cuerdas vocales y de sus cuerpos, la pasión con que las lanzan al aire, la forma en que las viven, las gozan, las sufren.

Tal vez no haya mejor fecha para ver esta película que la de hoy, 14 de febrero, día de los enamorados, fecha de estreno de la película en la Argentina. Benjamin Barker/Sweeney Todd es después de todo alguien enamorado, muy enamorado, despechado, agónico, sumido en la peor de las locuras, preso de una fuerza ciega que lo hace asesinar sin piedad, sin miramientos, porque resulta que para el enajenado que sufre de amor todos son culpables del sufrimiento que lo carcome, de la mujer que se ha ido, de la hija que no se puede recuperar… No hay inocencia, el mundo es un lugar injusto, o al menos no otra cosa que un depósito de carne y sangre con los que rellenar pasteles, los mej… los peores de Londres, los más terroríficos, los que se disfrutan con un placer enfermizo, tal vez el mismo que nos lleve a tararear las canciones a la salida del cine.

El amor no es otra cosa sino locura.

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