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febrero 20, 2008 / Roberto Giaccaglia

Crónica de un joven solo

Into the Wild, Sean Penn, 140:00, 2007, Estados Unidos.

“He was out on the highway smiling

A mystic in torn blue jeans

The kid left his trust fund to come out walking.

He hitched across this country

backpack and a head full of dreams

Could’ve sworn he heard the earth a talking….talking”.

Un buen día, Chris McCandless decidió que nada de lo que lo rodeaba significaba mucho, o tenía algún valor: la carrera universitaria que lo esperaba después de una exitosa preparatoria, el auto de segunda mano con el que había recorrido ya medio país, una coqueta casa con todas las comodidades, una cuenta bancaria más que generosa, su hermana, sus padres, su futuro. Simplemente, se lanzó hacia la nada, lugar que por carecer de todo lo que a él le sobraba le iba a dar lo que sentía en falta: la libertad. Bueno, en realidad, según parece, el joven McCandless había pasado años soñando con una odisea hacia Alaska… una vez allí, pasaría a vivir con lo justo y necesario, manteniendo un diario, contando sus experiencias, físicas y espirituales, sobre todo estas últimas.

“Sometimes, he said, don’t it feel like the concrete’s closing in?

We’re putting bricks on the horizon

Was he chasing fool’s gold…or a holy man walking a dirt road to the end?

I hitched a ride with Chris McCandless

Stepped in the wild of a dream”.

En cierta forma, todos estamos solos. Eso ya lo dijeron cientos de poetas, cientos de borrachos, que algunas veces supieron ser la misma cosa. Es más, me acuerdo de un amigo que, durante el primer año de secundaria, una noche en la que habíamos tomado de más, gritó a plena voz estar cansado de su casa y de sus padres y de todo el mundo y empezó a correr, hasta perderse en medio de la noche, rumbo a la ruta que llevaba a la salida de nuestro pueblo. Volvió a la hora, hora y media, agotado.

Chris McCandless fue más perseverante.

Repito, en cierta forma todos estamos solos, pero no es lo mismo estar solo (o sentirse) en una ciudad, o en una casa, o en un barrio, que en medio de la nada, donde los fantasmas son en verdad palpables. Para no hablar del frío, o del hambre, o de la mera naturaleza, que las más de las veces, con razón, no nos quiere consigo.

“The horizon in South Dakota

Is an ocean of harvest grain

In a dusty silo we found work for the taking

We’d hitched up from California

But he never told me his real name

Never told me what past he was out here shaking

We’re all shaking something…”.

Chris McCandless, como el “Grizzly Man” de Herzog, es un ser que cree no pertenecer a lo que el resto llama civilización, su lugar está en otro lado, afuera, sin teléfonos, sin mascotas, sin televisión, sin convenciones o cosas aprendidas en un ámbito cerrado. Vivir es todo lo contrario a lo que la “civilización” espera de ellos, así que, para vivir, la abandonan, simplemente se van, dejando todo atrás, los papeles que decían quiénes eran, los números con los cuales estaban anotados en algún sitio, los registros que señalaban que algo les pertenecía. Nada de eso es necesario afuera.

Bueno, me estoy olvidando de algo que sí quiso llevarse consigo Chris McCandless: libros. Pero, extrañamente, no servían para conectarlo con la sociedad, o para recordar lo que había dejado atrás, sino para sumergirlo aún más en la naturaleza, en el aspecto salvaje de la vida, sitio que nos han enseñado a olvidar pero que para él significaba no otra cosa que estar vivo. No por nada su autor favorito era Jack London, el de La llamada de la selva.

Cuando Chris McCandless sintió esa llamada, ya no escuchó nada más: ni a su familia, ni a los amigos que supo hacerse en su camino, ni a la chica cuyo corazón había conquistado. El pertenecía a otro lado, hacia allí iba y allí se iba a quedar.

“Sometimes, he said, don’t it feel like technology’s closing in?

We’re raising towers on the horizon

Was he chasing fool’s gold…or a holy man walking a dirt road to the end?

I hitched a ride with Chris McCandless

Stepped in the wild of a dream”.

El mundo supo de Christopher McCandless cuando el autor y aventurero Jon Krakauer se ocupó de contar su vida y su epopeya en un extenso artículo publicado por una revista de vida al aire libre, Outside. El artículo llevaba por título “Death of an Innocent”, salió en enero del 93 y atrajo la atención de un público incluso no adepto a las aventuras en lo salvaje. Tal es así que Krakauer decidió ampliar sus notas y darles forma de libro, Into the Wild, una novela de no ficción que salió publicada en 1996 y que se trasformó en un éxito inmediato. En ella, Krakauer narra cómo el joven Christopher McCandless, un joven con todo para ser feliz, conforme a lo que las normas sociales nos han dicho que es la felicidad, lo abandona todo para perderse en el lugar de sus sueños, Alaska, con nada más que unos cuantos kilos de arroz, un rifle, una cámara de fotos (con la que se hace un autorretrato, el único que se encontró de él tomado durante su experiencia), algunos cartuchos, un mínimo equipo de camping, libros, una guía para detectar plantas comestibles y un cuaderno donde contarlo todo. Hacia el fin de su recorrido, Christopher encuentra un colectivo abandonado. Debe de ser mágico, ciertamente, como empieza a llamarlo él, “Magic Bus”, porque no hay manera de explicarse cómo es que semejante vehículo llegó allí, a semejante paraje, donde es nieve, pinos y algunos ocasionales osos y alces lo único que uno esperaría encontrar. Pasa a vivir en él, acurrucado, leyendo, anotando cómo su cuerpo va enflaqueciendo y su espíritu hinchándose.

Llega a estar muy flaco, sí, pero antes de que la debilidad lo abandone por completo alcanza a dejar una nota en la puerta de su hogar mágico, el colectivo donde vivió más de cien días: “S.O.S. I need your help. I am injured, near death, and too weak to hike out of here. I am all alone, this is no joke. In the name of God, please remain to save me. I am out collecting berries close by and shall return this evening. Thank you, Chris McCandless. August?”.

Quienes encuentran la nota, dos cazadores, llegan tarde, muy tarde.

Pero antes pasan muchas cosas.

“A stone…a path…a river of glass

The night sky…can you see stars from wherever you are?… wherever you are…

In a broken school bus they found him

In the heart of the Alaska range

The journey ends when the heart stops beating…time is fleeting”.

Krakauer empieza la historia contando que Christopher McCandless fue el producto de una familia feliz asentada en algún suburbio de Washington, D.C., cosa que no alcanza para explicar lo que ese “producto de una familia feliz” haría luego… ¿o sí? Vaya uno a saber qué es lo que entiende la gente por felicidad. No lo que entendía Christopher McCandless seguramente, quien según Krakauer era alguien que desestimó desde temprano el sentido común, pero no por carecer de inteligencia, sino tal vez por sobrarle. Esa falta de sentido común fue transformada en idealismo, en intensidad, en una clase de “amor”, si así se llama lo que él sentía, distinta a la que puede experimentar el común de los mortales, es decir la gente con “sentido común”, sentido sobrevalorado para quienes renuncian a todo, literalmente, para quienes no necesitan más que aire libre, soledad… y un par de libros.

Hay una extraña moral en el ascetismo, un rigor inentendible. Pero vamos, estoy escribiendo esto cómodamente sentado, con un ventilador sobre mi cabeza, escuchando música, oyendo cómo mi vecina corta el pasto y esperando que se haga la comida que mi mujer puso en el horno. Así es fácil. Digo, cualquiera tiene “sentido común”, desprecia el ascetismo o se hace el que no lo entiende si cuenta con todo eso. Hay que animarse a más, salir corriendo para no volver, sumergirse en la verdadera libertad para entenderlo, sentirse transformado.

Y si no nos animamos a tanto, podemos aunque sea ver la película que hizo Sean Penn a partir del libro de Krakauer. Tal vez no alcance, pero al menos conseguiremos entender en parte el ideal de McCandless, por obra y gracia de lo que las buenas obras suelen lograr en nosotros: empatía. Tanta que hasta puede que lloremos un poquito.

Esta película es, como diría una señora remilgada, un canto a la vida. Y bueno, ¿qué otra cosa puede ser la película de un muchachito que se lanza solo hacia lo salvaje y que en el camino va transformando las vidas de las personas con las que se cruza, alegrándolas, mejorándolas, dándoles una esperanza que ya no tenían? Bah, me late que estos son agregados de la fábrica de sueños que es Hollywood, que las más de las veces no es más que una fábrica de sensibilidades. O de sensiblería, que es otra cosa en realidad. Es más, diciendo que Into the Wild es “un canto a la vida” me siento una especie de Bernardo Neustadt, a quien escuché una vez muy contento decir que era toda una justicia que le hubieran dado el Oscar a Forrest Gump y no a Pulp Fiction, porque mientras Pulp Fiction mostraba sólo el lado oscuro del hombre, Forrest Gump era un canto a la vida. No quiero ser Bernardo Neustadt, por dios que no, pero Into the Wild es un canto a la vida.

Y todos los cantos a la vida despiertan ciertas emociones, un tipo raro de emociones: esas que a uno, que no es una señora remilgada, o quién sabe, esas que a uno, digo, le cuesta admitir, por vergüenza.

Yo no sabía que Sean Penn aparte de actuar bien y de odiar a George Bush era tan buen director. No cualquiera cuenta con tres cosas tan dignas de aplauso. Pero hablemos de la tercera.

No es sólo la historia de Christopher McCandless lo que emociona en la película, un muchacho jovial y al parecer puro corazón, muerto a los 24 en medio de la nada, la parte salvaje de Alaska, un muchacho que donó los ahorros de su vida a un orfanato, quemó lo que tenía en la billetera, abandonó su auto e intentó vivir de raíces silvestres rodeado de nieve, algo que si bien se mira conmueve a cualquiera, a no ser que uno sea un macho hecho y derecho, o sea un estúpido. No es eso, quiero decir, o no sólo eso lo que conmueve: es la maestría con la que la película está contada. Ayudan los paisajes, claro, un despliegue natural como pintado, pero ojo, acá la naturaleza significa algo, mucho, es un personaje respetable, los entornos están cargados de vida, y de furia, y de rechazo al hombre. No sirven nada más que para contemplarlos extasiado. Sirven para vivirlos, conmoverse. No cualquier cámara logra eso. Y están los pasajes del libro de Krakauer haciendo lo suyo, los recuerdos de la hermana de Christopher McCandless, las anotaciones que el propio Christopher fue haciendo a medida que descubría qué era eso de ser llamado por la selva y de acudir al llamado, todo puntuado por la música y la voz de Eddie Vedder, con letras que mucho tienen que ver con la vida de Christopher, abandono, soledad, renuncia, intentar otra cosa, vivir.

Dicho sea de paso, Vedder no es el único músico que rindió homenaje a la vida e ideal de Christopher McCandless. También está Ellis Paul, que no fue invitado a participar del soundtrack pero que igual compuso una hermosa canción en honor a Christopher: “The Ballad of Chris McCandless”, cuya letra se puede leer entre los párrafos de esta crítica… que más que crítica, me parece, son las palabras de una señora remilgada, impresionada por este canto a la vida.

chris.jpg

“Was he chasing fool’s gold,

Or a holy man walking a dirt road to the end?

I hitched a ride with Chris McCandless

Stepped in the wild with Chris McCandless

And I felt alive with Chris McCandless

I was wide awake in the dream… dream”.

7 comentarios

Dejar un comentario
  1. mirtha lucìa makianich / Ene 30 2010 10:30 pm

    Acabo de ver la pelìcula y entrè para ver si habìa algo. Y habìa algo!!! Muy bueno lo que decìs e interesante cómo lo configuraste. Coincido totalmente.

    En tanto yo puedo ser catalogada de señora remilgada, espero no desestimes mis elogios.

  2. Roberto Giaccaglia / Ene 30 2010 11:23 pm

    Bueno, no sé, yo lloré bastante con la película…

  3. Sissy / Ene 31 2010 4:08 pm

    que estúpido. Por qué dejó la nota pidiendo ayuda?. Esto suena a capricho de niño tonto e inseguro que lo que quería era que sus padres lo buscasen para asegurarse que lo amaban

  4. Juan / May 20 2010 4:02 am

    idealista y estupido… No dijeron eso del Quijote?, de Jesucristo? Chris es como Buck el perro de Jack London… solo sigue su llamada… la llamada de la selva lo salvaje.

  5. nicolas / Oct 24 2010 3:09 pm

    No tiene perdon el sufrimiento que le produjo a sus padres y a su hermana, con una simple nota que estaba bien hubiese alcanzado.
    Segun mi criterio fue un enfermo mental, sobre todo por la forma idiota en que fallecio.
    Lo unico que logro fue causar sufrimiento.

  6. nicolas / Oct 24 2010 3:11 pm

    juancito, quijote y jesucristo no existen. Este idiota si.

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