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marzo 2, 2008 / Roberto Giaccaglia

Desgracias corales

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Be with Me, Eric Khoo, 93:00, 2005, Singapur.

El cine que miente en pos de unas cuantas lágrimas, el cine con pretensiones edificantes, el de las miserias por doquier, el que intenta enseñar a partir de unas cuantas malas jugadas del destino o de la mala suerte, no es propiedad exclusiva de Hollywood. En Singapur también hay.
No siempre es un total inoperante el que se esconde detrás de las cámaras filmando películas de este tipo. Es más, hasta puede que haya algo así como un desperdicio de talento o que sea un cine bello por momentos, pero eso no importa. Lo que más ocupa la pantalla no es belleza, sino las ganas del realizador de demostrarnos cosas. Cosas morales. Por ejemplo, que la voluntad humana se impone ante toda clase de males, dolores y tragedias. Por ejemplo, que no vale la pena rendirse, porque hay muchos que teniendo menos siguieron adelante.
Para demostrar cosas como estas, algunos eligen caminos que no por muy transitados carecen de efectividad. Pero es una efectividad que sólo puede hacer mella en aquellas personas a las que el cine no les gusta. O gente que en realidad no necesita del cine, que si bien miramos es la misma cosa.
Es rara esa pulsión de usar el arte como un espacio aleccionador, rara y fea. A partir de todo lo que puede salir mal y termina saliendo peor, siempre hay alguien que sin embargo emerge de todo eso e intenta enseñarnos a vivir. O no a vivir, sino a aceptar nuestros problemas. Cargar con nuestras cruces, como le dicen. Se trata las más de las veces de películas donde hay montones de historias entrecruzadas: Short Cuts, de Altman; Crash, de Haggins; All or Nothing, de Leigh; Magnolia, de Anderson, que comparada con el resto está bastante bien, y otras tantas de cuyo nombre no quiero acordarme.
Quienes piensan antes en un sermón y luego en filmar deberían tener en cuenta que a veces no hacen falta las películas. Uno todo el tiempo está topándose con cosas edificantes, historias llenas de voluntad, demostraciones de tenacidad y de resistencia. De eso hay en la calle, de eso hay en los noticieros, de eso hay en las iglesias de todas las religiones. Si una película va a mostrarnos lo mismo que podemos encontrar en esos sitios, con apenas pequeñas gotas de buen gusto, podemos pasar de ella tranquilamente, a no ser que creamos que es artístico confabular tragedias alrededor de varios personajes para que nos demos cuenta de cómo marchan de mal las relaciones, de cómo sufre la gente, de cómo se entregan algunos, de cómo se recuperan otros.
Vaya uno a saber por qué, tal vez por cansancio, porque ya está muy visto, o porque no percibo más que fraudulencia en ello, las películas donde a los personajes los ronda siempre siempre siempre la desgracia me tienen harto. Siento que no quieren hacer otra cosa más que manipularme, decirme cuán mal tengo que sentirme por esto o por aquello o por quejarme de mis problemas, siendo que hay gente que la pasa mucho peor.
Esta película tiene tres historias, todas alrededor del amor en una u otra forma, o del desamor más bien, o tal vez de la esperanza de conseguirlo y que no se vaya, o quizá acerca de lo bien que hace tenerlo y lo mal que hace que se escape… Bueno, ya no sé.
El origen de la obra es la vida de Theresa Poh Lin Chan, una mujer sorda y ciega que supo hacerse camino. Ella escribe el guión de la película, junto al director Eric Khoo y otro tipo más. Su vida, retratada a través de un diario, se nos muestra como algo así como una esperanza: si ella pudo, ¿por qué nosotros no? Los demás personajes no pueden, por ejemplo, les va mal, mucho, y eso que lo tienen casi todo consigo, vista y oído por empezar. Y juventud. Pero les falta lo que a Theresa le sobra: amor.
La propia Theresa actúa en la película, que no cuenta con ningún actor profesional, cosa que no se nota en absoluto, en parte porque casi no actúan en realidad: no hablan, se miran, comen, leen, duermen, ponen cara de aburridos, de tristes y un par de veces sonríen. Yo no sé de dónde viene esta idea de que el silencio, la parsimonia o la no-actuación son características del buen cine.
Acá de eso no hay, de buen cine digo.

El sello 791cine, gracias al cual se puede ver esta película en Argentina, que aparte de haber sido mostrada en el festival de Mar del Plata, donde ganó una mención especial y fue nominada a mejor película (antes había ganado el premio FIPRESCI, en el festival de Estocolmo, donde se la presentó como “The true life story of a deaf and blind woman —played by herself— intertwined with the story of three fictional characters looking for love”), no creo que haya tenido estreno comercial aquí, tiene en su catálogo algunas películas interesantes. Be with Me no es una de ellas. Pero el sello tiene porquerías más notables, de las que habría que prevenir a la gente, como la barrabasada Dog Days (Hundstage, Ulrich Seidl, 2001, Austria), otra película de desgracia coral, donde todo el mundo sufre —sobre todo el espectador—, fea como pocas y todavía más fraudulenta que Be with Me, mucho más, al punto de hacerse insoportable. No puede ser que le mientan tanto a uno, que llenen la pantalla de basura para que uno termine creyendo que la vida es eso que muestran, una desgracia tras otra.

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