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marzo 4, 2008 / Roberto Giaccaglia

Clásicos metálicos, y del rímel. Mötley Crüe, Shout at the Devil

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Shout at the Devil, Mötley Crüe, 35:10, 1983, Elektra.

Es increíble lo que pueden hacer un poco de maquillaje, spray para el pelo y varias botellas de Jack Daniels. Claro, hay que estar en la década del ochenta, si no, no sirve, porque hoy en día todo eso provocaría gracia, o desprecio, o nada, que es el sentimiento de estos pobres años. Pero en los ochenta era distinto. En los ochenta, los hombres de verdad se maquillaban como puertas de conventillo, se emborrachaban todas las noches y tenían chicas a montones, que les inspiraban canciones sobre desobediencia juvenil, motos que van a mil, que sólo el viento te harán sentir, y ostentaban raros peinados nuevos, que a su vez llamaban la atención de esas chicas, que si no iban a mil, ganaban fácil cualquier carrera, y todo volvía a empezar. O sea, los hombres de verdad, ya con el maquillaje corrido, se bajaban de las motos, caminaban hasta el club de strippers, se sentaban, le daban al Jack Daniels, tomaban su guitarra, apartaban a la chica que acababa de subírseles a las rodillas y escribían canciones sobre ellas… o sobre las motos de las que recién se bajaban, o sobre la guitarra que recién tomaban… o sobre el Jack Daniels que se estaba terminando… cosas, las chicas, las motos, las guitarras, el Jack Daniels, que no siempre sabían diferenciar, así que las trataban más o menos de la misma forma, subiéndose, probándolas, tocándolas, agotándolas.
Y bueno, era la época. Uno perdía la cabeza enseguida, lleno de entusiasmo. Los años mozos, que le dicen, los años felices, en los que se hacían discos como estos, totalmente despreocupados de las
contingencias de la vida diaria, o de la vida de los otros, y que se enfocaban más que nada en la joda de la próxima noche o en la chica que acababa de levantarse de nuestro lado, o de encima, como ya dije, y que probablemente no volviera. Todo ese desenfreno supone antes que nada, para que las cosas salgan bien, una desvergüenza que haga tirar lejos los manuales de estilo, las buenas maneras e incluso las clases de canto. Todo eso tiró lejos Mötley Crüe, como ya había hecho Kiss una década antes. Ellos, Mötley Crüe, como los Kiss, claro, prefirieron pasar por la peluquería y los salones de belleza antes que por las academias de música. Y sin embargo, uno, veinte años y pico después, sigue tarareando sus canciones y no encuentra nada mejor que poner en el tocadiscos (mierda, qué antiguo) cuando alguna fiestita empieza.
Pero vamos, que Shout at the Devil no es sólo eso… Aunque quién sabe. Y quién sabe si está mal que lo fuera, puro sexo, alcohol y rock and roll, si es que queda algo de lugar para esto último. Y en todo caso, es lo de menos. Cualquier excusa es buena para las dos cuestiones primeras.
Shout at the Devil fue el segundo disco del grupo, un poco más osado y divertido que su predecesor, Too Fast for Love, disco en el que todavía la gente, como si el género fuera mera y llana diversión, podía confundir a Mötley Crüe con un grupo de heavy metal, en parte por una producción mucho más pobre, que los hacía sonar levemente rudos y sobre todo rudimentarios.
Tal vez con Shout at the Devil terminó de definirse qué cosa era el glam y qué cosa el metal a secas. Es que el disco separa aguas no sólo por su temática y por su afán por la mera diversión, sino que además salió en una época, repito, en la cual bastaban ropas escandalosas y ridículas, muchas chicas alrededor, y algo de escándalo para espantar a los mojigatos y tener éxito… bueno, ahora también… y estas eran cosas que los heavies duros de verdad siempre despreciaron un poco, mostrarse de esa manera quiero decir, hacer gala de cuánto es capaz de tomar uno, tanto de alcohol como de mujeres.
Por supuesto, a la par del éxito vinieron las críticas, durísimas. Pero eran críticas musicales. ¿Quién las necesita si se va a escuchar Shout at the Devil?
Además, tampoco es para tanto.
Está bien, ninguno de los Mötley Crüe se destacó demasiado en su campo instrumental, sólo en el visual —aunque es cierto que el baterista Tommy Lee alguna que otra reseña logra de vez en cuando en revistas del tema, del tema “batería” quiero decir, cosa que hay que aclarar porque el muchacho salió sobre todo en revistas de paparazzis, culpa de haberse casado con Pamela Anderson y de disfrutar de una noche de bodas a la que al parecer todo el mundo fue invitado, de mirón—, pero tampoco se puede decir que el álbum más famoso del cuarteto sea una porquería. No lo es. No sé si otros tocaban por ellos, como escuché por ahí, o si otros les componían las canciones, mientras ellos se arreglaban el pelo, pero los ganchos, los riffs, las sacudidas de este disco hacen que uno se fije en algo más que en esas cuatro caras gatunas de la portada, que remedan a los Beatles de Let It Be yendo a un baile de disfraces un poco pasados. Digo los Beatles y parece que se me hubiera escapado el nombre, deslizado sin querer. Pero no. Lo traigo de los pelos nomás, a propósito, igual que hicieron los propios Mötley, que tal vez para rellenar un poco su Shout at the Devil hicieron una versión de “Helter Skelter”, aún más fea que la de U2 y que la de Siouxsie & the Banshees, lo que quizá sea decir mucho.
Pero a pesar de todo, a pesar de los adornos quiero decir, las pátinas más bien, que con el tiempo se han decolorado un poquito, el estilo del disco es fundacional, uno de esos discos que hacen escuela y que ponen la piedra basal sobre la cual se sostendrá buena parte de lo que va a venir. En este caso, el glam rock y el hard rock más radiable, los coros futboleros de las canciones duras y los estribillos glaseados de las canciones blandas. Todo eso está aquí, y más: toda una visión del rock, toda una década, los ochenta a pleno, al menos como se los distingue mayormente: pintarrajeados, embebidos de California. Cosas que no se pueden explicar y que tal vez tengan que ver con una época que se fue, la noche, la fiesta fácil, la desobediencia juvenil…
Algunos le llaman “la década desperdiciada”. Yo no sé por qué.

5 comentarios

Dejar un comentario
  1. jhon fredy portilla / Nov 19 2008 12:00 am

    motley crue es genial es mejor que los guns n roses para mi es la banda de rock del momento ¡¡¡¡¡que viva el rock!!!!!!

  2. robertogiaccaglia / Nov 19 2008 12:07 am

    No sé si “del momento”, pero que son mejores que los Guns seguro. Más divertidos por lo menos. Y que viva.

  3. Jorge / Ene 13 2009 4:31 pm

    Joder me encantan los Guns pero es que Motley son Dioses del Rock, la noche, el sexo, los tatuajes, la laca, las poses…para mi sin duda mi banda favorita de todos los tiempos. Este disco es muy bueno. Too Fast también lo es. Joder que pena que se haya perdido la era de los 80 en el Heavy Metal porque yo disfruté como nunca de la música Haevy. Cantiadd de grupos en la radio, televisión, bastantes revistas especializadas, RIP, Metal Hammer, Heavy Rock, Kerrang…

  4. robertogiaccaglia / Ene 13 2009 11:11 pm

    ¡Leías las mismas revistas que yo! Creo que mi favorita era la RIP, traía buenos posters además. Todavía tengo una colección enorme de esas revistas. A mi país llegaban bastante atrasadas, pero no me importaba. Y tenés razón en cuanto a que quizá no haya habido mejor época para el heavy metal.

  5. jack el locko daniels / Jul 28 2009 11:10 am

    la decada del 80 fue la mejor decada para la musica en general y el hard rock y heavy metal en particular! motley crue siempre fue una de mis bandas de cabecera, lo que proponian me gustaba! la diversion,el metal, el sentido del humor, eran geniales! tambien me gustaba metallica y megadeth, ellos proponian una vision oscura de la realidad, una realidad dura en los primeros discos, pero tambien ofrecian las situaciones de backstage, o sea, la misma que vivian los motley, solamente es una cuestion de estilo! todos igualmente disfrutables y que alimentan la hoguera del metal!

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