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marzo 7, 2008 / Roberto Giaccaglia

Lo que el niño ve

El orfanato, Juan Antonio Bayona, 105:00, 2007, España.

No recuerdo cuándo fue la primera vez que vi, en una película de terror, a un niño dibujando a sus amigos imaginarios, esos por lo general de rostros ocultos, o en la penumbra, esos que cierran puertas cuando uno pasa, o ventanas, o encienden o apagan luces o hacen que las cosas se caigan. Juegan, claro, y los grandes no los entienden. Por eso, no pueden verlos, sólo asustarse con lo que hacen, empezar de a poco a temerles y luego combatirlos, o bien unirse a ellos.
No recuerdo cuándo fue, repito, pero lo he visto tantas veces que la verdad el recurso me tiene un poco harto. Las dos cosas quiero decir, que sea un niño el que tiene contacto directo con los seres del otro mundo, o del otro lado, y que el niño muestre a sus “amigos” a través de dibujitos.
¿No hay otra manera de insinuar una presencia oculta en la casa, esa casa por lo general vieja, enorme, oscura, descuidada, solitaria, fea, donde la familia del niño empieza a vivir cuando la película comienza?

Los niños tienen algo especial, claro, y los realizadores de películas de terror lo saben más que bien. Tendrá que ver con su inocencia, me imagino, con su pureza… al menos eso es lo que piensa uno, que por su inocencia y pureza los niños pueden acercarse con más facilidad a los seres del otro lado. Es que esos seres han sido estigmatizados desde siempre con el calificativo de imaginarios, por lo que no llegan a ser vistos por los grandes, tan racionales y rectos y conservadores y aburridos.
Stephen King dijo alguna vez que las obras de terror más impactantes tienen que ver con el universo del niño por la sencilla razón de que la parte más mágica (o sorprendente, o inexplicable) de ese “universo” es aquella que los grandes han guardado en un espacio de la memoria que ya no utilizan. Saben que está ahí, escondida, pero no se animan a visitarla, vaya uno a saber por qué, por vergüenza probablemente, o por mera dejadez, o porque quieren ocuparse de asuntos más importantes. O porque tienen miedo de que las fantasías infantiles vuelvan ahora en forma de terror. O sea, lo que al niño divierte, o ve con simpatía e incluso naturalidad, espanta al adulto. De ahí que tantos y tantos y tantos directores de cine de terror se aprovechen de ese espacio lúdico para unos y terrorífico para otros. Y de ahí, por supuesto, la utilización de la forma de expresarse que tienen los niños, por más que, convengamos, a veces se empleen a niños que hablan de corrido y muy bien: el dibujo. Un dibujo entre simpático y atroz, por supuesto. El dibujo como expresión del horror y de la inocencia, todo al mismo tiempo.

Esta película parte de estos conceptos y se dirige adonde siempre: la historia del encuentro entre un ser del otro lado y un niño, un ser del otro lado que por su parte fue alguna vez un niño, para ahondar en el terrible y cándido universo de la infancia. Pues bien, este ser del otro lado, antes niño, se propone, como cualquier fantasma que se precie, visitar un rato este lado, buscando lo que buscan todos los fantasmas, un poco de cariño. Ese cariño lo encuentra en otro niño, un ser inocente, un ser puro, como debe ser, que empezará a jugar con él, a dibujarlo y a usarlo para llenarle la cabeza a sus padres, quienes con tantas puertas que se abren y se cierran solas y con tantas cosas que se caen ya parecen tener suficientes problemas. Así que hacen lo que todo adulto hace, no prestar atención. Mala cosa. Uno sabe cómo son los fantasmas. Buscarán cariño, es cierto, pero se enojan con facilidad. Y es cuando los problemas empiezan de verdad.
Pero la solución no es muy difícil. Los fantasmas se contentan cuando uno les lleva la corriente. Eso les basta. Claro que a veces la entrega que necesitan pueda ser mucha. A veces son seres muy demandantes, como un niño, es cierto, así que a prestarles atención o atenerse a las consecuencias.

Lo que no deja de sorprenderme es que con idénticos condimentos, todo lo ya citado más algo de lo que no he hablado y es importante: la tristeza, la tristeza de los vivos, la tristeza de los muertos, se puedan hacer películas tan mediocres como esta y otras que impacten de verdad, que sorprendan, que no sólo asusten, cosa que es más o menos sencilla, porque un sobresalto puede pegarlo cualquiera. Películas que no sólo asusten, digo, sino que dejen en el cuerpo otras sensaciones, no el mero temblequeo pasajero. Y bueno, sí, la tristeza es una de esas sensaciones, que cuando la película es buena se siente de verdad, no funciona como imposición, o como un ingrediente consabido de la fórmula de niño ve lo que otros no y lo dibuja. Estoy pensando en Dark Water (Japón, Hideo Nakata, 2002), por ejemplo, una película de terror que no sólo asusta, que tiene, como tantas, como tantísimas, más o menos los mismos ingredientes de El orfanato, pero que se recuerda y hasta hace algo extraño para una película de terror: dan ganas de verla de nuevo. Las demás, el resto, dentro del cual pasará a vivir, como un fantasma, El orfanato, son indistinguibles las unas de las otras y puede fácilmente hablarse de cualquiera de ellas con lo dicho más arriba. O sea, resumir a una es resumirlas a todas. O sea, hablar de ellas es hablar de nada. Películas realmente fantasmales.

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