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marzo 21, 2008 / Roberto Giaccaglia

Veinte años de Surfer Rosa

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Surfer Rosa, Pixies, 32:50, 21 de marzo de 1988, 4AD.

Un conocido, que ahora que lo pienso tal vez nunca haya sido mi amigo, un buen día trajo una novedad al pueblo, un disco de los Pixies, un compact, comprado en algún tugurio de la ciudad de Córdoba. No sé dónde había leído sobre ellos, tal vez en una Rock & Pop, una revista que traía una sección donde se presentaban grupos nuevos, o ya con varios discos pero todavía desconocidos para el gran público. Allí me enteré, por ejemplo, de la existencia de Jane’s Addiction, de Dinosaur Jr y cosas así, grupos que no llevaban mucha gente a sus recitales, que no vendían muchos discos pero que habrían de dejar un legado insondable. Justo no leí el número que trajo la nota sobre los Pixies, pero ese conocido sí. Era alguien que viajaba más que el resto de nosotros, iba a disquerías donde nosotros no, conocía más gente. Nos tenía a todos en su casa, siempre, escuchando la última “cosa nueva” que había traído consigo.
Creo que al principio ninguno le dio mucha pelota a los Pixies, ninguno de quienes solían ir a su casa a escuchar discos quiero decir. Pero como él siguió insistiendo, y siguió trayendo discos de los Pixies, nos empezó a convencer de lo geniales que eran. Como a mí escuchar esos discos rodeado de comentarios de uno y de otro me impedía ver bien dónde estaba esa supuesta genialidad, para no hablar del nivel etílico que solía acompañar esas escuchas, pedí uno prestado, para ver de qué se trataba.
No sabía cuál llevar, a esa altura este tipo ya los tenía todos. Alguien sugirió que me llevara Surfer Rosa, que era un discazo, que era lo mejor para empezar con los Pixies. Creo que la palabras fueron exactamente esas. Y así fue, me llevé Surfer Rosa.
Era algo distinto. Yo estaba ironmaidenizado, casi que trataba con desdén a cualquier cosa que no se le pareciera, algo que de vez en cuando todavía me da ganas de hacer, pero, al contrario de lo que pasó con otros grupos que hoy me gustan mucho, verbigracia: Jane’s Addiction, Dinosaur Jr, el disco de los Pixies me gustó de entrada. Yo mismo me sorprendí de la pasión que empecé a sentir por el grupo, fue una especie de cachetazo parecido al que tiempito después me daría Alice In Chains, por ejemplo, “descubrimientos” que de un minuto al otro cambian todo el universo sónico dentro del cual se mueven el corazón y el alma del oyente, despertares súbitos llenos de gracia en los cuales el cerebro, acostumbrado a ciertas formas, a ciertas sensaciones, parece de pronto iluminado con un color nuevo, atrapante, que nos obliga a mirar hacia donde apunta.
La canción que más me gustaba, por lejos, que repetía una y otra vez, hasta sabérmela de memoria, era “Where Is My Mind?”, una de las pocas canciones cuya letra me preocupé en conocer, en traducir, en hacer mía, como ese estribillo difícil de sacar de la cabeza una vez que se posa en ella. Tiempo después Placebo haría una versión de esa canción, que por más argumentos a favor que exponga alguien que quiero mucho, no suena igual que la que tocan los Pixies, un grupo, como Placebo, de canciones simples y directas, pero con un corazón que para latir no depende de otra cosa más que de lo que se está escuchando, el impulso que ellos mismos generan.
Tanto fue el impacto que este disco causó en mí, que me ayudó a digerir de mejor forma el huracán Nirvana, que no tardaría en llegar, para llevárselo todo. De lo contrario, me parece, ese huracán me habría empachado. Kurt Cobain no se cansaba de decir que lo suyo, que lo que Nirvana hacía, intentaba remedar en algo lo que ya habían hecho los Pixies. Kurt parecía decirnos que “lo real” estaba ahí, en dos o tres acordes tranquilos que de a poquito se van transformando en dos o tres acordes furiosos, en solos de guitarra mínimos, un mero punteo por encima del ruido general, y una voz que intenta algo como la necesaria poesía adolescente para ahondar un poco más en el dolor de estar vivo en un mundo que escucha otra cosa. No ya Iron Maiden, ojo, sino “otra cosa” en serio.
Me divertían también las letras en español, en una dicción pésima, como en broma, que en la voz de Black Francis sonaban no sólo como broma, sino también como un grito primal, desesperado, del que pide atención: la casa se está quemando y ustedes ahí bailando ritmos tontos.
En el disco anterior, Come on Pilgrim, ni la mitad de bueno que Surfer Rosa, un mero ensayo de lo que vendría, ya se anticipaba qué haría este grupo si le daban rienda suelta. Maravillas.
Come on Pilgrim había salido meses atrás, en octubre de 1987, y ya el capo del sello de los Pixies, 4AD, donde siempre hubo cosas interesantes, Dead Can Dance y Cocteau Twins, por ejemplo, les sugirió que no vendría mal que intentaran un disco entero, ya que Come on Pilgrim había sido un disco de corta duración, un EP, como le dicen, con un sonido bastante malo, grabado a las apuradas y pese lo cual con resultados más que prometedores. Un amigo del dueño de 4AD le dijo en el oído que había por ahí un productor que podía venirle muy bien a la música de los Pixies, “Steve Albini” fue el nombre susurrado, anteriormente al frente de los no menos revolucionarios Big Black —también de las preferencias de Kurt Cobain ya que estamos. Al parecer, había habido un problema monetario con el anterior productor, el de Come on Pilgrim, así que los Pixies estaban felices de haber conseguido a uno nuevo. Albini fue para los Pixies como el whisky para Faulkner, un motor sin el cual la máquina no habría andado tan bien y tan ligero.
Se dice que Albini usó técnicas inusuales, que cobró apenas 1500 dólares por el trabajo, que filtró las voces a través de un equipo de guitarra, que algunas cosas las grabó en el baño del estudio. No sé si es cierto, ni tampoco si quisiera enterarme, algunas obras, y el sonido de Surfer Rosa es una obra en sí, valen mucho más cuando se mantienen en la oscuridad, cuando no dejan de ser leyenda, como esa mezcla absolutamente arriesgada de pop y metal, una mezcla al parecer con la que Kurt Cobain había estado soñando sin poder asir, o la inexplicable novedad que el álbum mantiene después de veinte añitos, que en el caso de Surfer Rosa, como en el de ese tango cuyo nombre no recuerdo, no son nada, en absoluto, apenas un poco de tiempo para que nosotros, los oyentes, aprendamos a disfrutarlo más y más. Es que es un álbum todavía crudo, como la mismísima construcción de las canciones, como el mismísimo sonido, un álbum que aún vemos dar vueltas y vueltas sobre el fuego que él mismo enciende, sin que se haya cocinado del todo, sin un atisbo de empezar a quemarse. Será, quizá, que arde más que el mismo fuego, o tal vez que ese fuego sobre el que gira es un fuego sobre todo luminoso, pura luz, puro brillo y, paradójicamente, pura frescura.

4 comentarios

Dejar un comentario
  1. Diana / Abr 28 2011 5:46 pm

    Llego demasiado tarde, lo se, pero todo lo que escribes coincide exactamente con lo que este album me hace sentir.

  2. Roberto Giaccaglia / Abr 29 2011 1:12 am

    Nunca es demasiado tarde Diana… Bueno, quizá sí, para algunos asuntos, pero no para comentar algo que uno escribió.
    Gracias.

  3. 007 / Ago 23 2011 4:06 am

    es un discaso, pero mejor es su segundo disco

  4. Charly,etc / Feb 23 2013 11:42 pm

    Buen post, ahora no concuerdo con que “Come On Pilgrim” sea la “mitad de bueno” que Surfer Rosa, para mí no solo fue un genial anticipo, sino que definitivamente ese “minialbum” es una joya imprescindible del rock alternativo, fue todo un acierto lanzarlo más tarde en compilación con Surfer Rosa. Hicieron cuatro obras maestras, pero yo me quedo con su gran despedida, “Trompe Le Monde”.

    Y aquí estoy, comentando una entrada 5 años después de su publicación, tarde pero seguro. Saludos, también desde Córdoba.

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