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marzo 28, 2008 / Roberto Giaccaglia

De dinosaurios, vacas y camisas negras

Antes de que cualquier miembro del gabinete ocupara su lugar en el palco oficial, desde el cual la Presidenta dirigiría un nuevo mensaje acerca de este problemita suscitado con el campo, se sentaron los señores D’Elía y Pérsico, sonrientes, tranquilos, cuidando la retaguardia. Que un presidente acepte en el palco oficial la presencia de dos hombres que días atrás salieron a coartar la libertad de expresión golpeando a los manifestantes me hace pensar en una sola cosa: vivimos en un Estado abiertamente fascista.

La Presidenta, al referirse a la protesta del martes a la noche, en Plaza de Mayo, de todos los carteles presentes en esa ocasión mencionó uno solo: uno que pedía la vuelta de Videla. No vi el cartel, pero supongo que será cierto lo que vio la Presidenta. Que un idiota sepa cómo garabatear una frase propia de idiotas no deslegitima una protesta. Es decir, la Presidenta se olvidó de otros carteles, de la enorme mayoría diría yo: esos que decían algo así como “estamos con el campo” y nada más.

Al parecer, hubo una presencia nefasta en la Plaza de Mayo, mezclándose con los que salieron a rebatirle a la Presidenta su prepotente mensaje del martes: la señora Cecilia Pando, uno de los ejemplares más inclasificables de dinosaurio que quedan en Argentina. Esta señora es esposa del mayor retirado Pedro Mercado y presidenta de un grupo que pugna porque no se juzgue a los militares y al personal de las fuerzas armadas procesados por la justicia civil por su participación en la represión ilegal durante la dictadura. Nada le importan a esta mujer la tortura, la desaparición de personas, la privación ilegítima de la libertad, el robo de menores. Cada vez que puede, aparece en algún acto, espontáneo o no, masivo o no, que le sirva para hacer ver sus fantochados reproches contra Kirchner, su enemigo político número uno. La presencia de este fósil tampoco deslegitima la protesta del martes. Igualmente, la Presidenta, sin nombrar el apellido Pando, se refirió a ella, queriendo convencer a los oyentes de que la protesta del martes no fue más que una oportunidad para los que están en contra de la política de derechos humanos del Gobierno.

No creo que la mayoría de los presentes la noche del martes haya ido a batir ollas contra las retenciones, tema del que se habla sin tener cabal noción de él. Hay algunos que sí, los estudiantes del interior que están estudiando en Buenos Aires, por ejemplo, y cuyos padres costean sus estudios sembrando soja, ordeñando vacas, etc. Los demás, es decir los que no pedían por Videla o se llaman Pando, fueron por algo bien distinto: la prepotencia oficial, el desapego por el ejercicio de la escucha del otro que practica el Gobierno. Era, simplemente, gente cansada de que el Gobierno haga lo que quiera. Las medidas que tomaron hace quince días el Gobierno y el Ministerio de Economía fueron inconsultas, no tuvieron en cuenta a los actores que habrían de sufrirlas. De ahí la bronca. Para colmo, cuando la Presidenta, en vez de decir este… quizá debimos charlarlo mejor, o algo por el estilo, bajó el pulgar aún con más saña que antes, mucha gente se enojó: tanto como si le hubieran metido la mano en el bolsillo a ellos. Eso se llama solidaridad. Una palabra que al Gobierno le gusta pronunciar mucho por estos días.

La Presidenta dijo un par de cosas en su nuevo mensaje de hoy, de las que había obviado hablar anteriormente: que las retenciones son sólo para la soja, no para el maíz, por ejemplo, que quiere un país sano, sin tanta soja, cuyo consumo en exceso al parecer hace mal, que quiere que haya más vacas, o más espacio para las vacas, que con tanta soja no pueden pastar tranquilas, que los productores de leche están beneficiados, que una cosa es un señor con muchas hectáreas y otra un pobre chacarero, que este país le debe mucho al campo, que el Gobierno es pro-campo y cosas así. O sea, se tranquilizó. Abrió un poquito la puerta detrás de la cual la esperan los hombres del campo y espió, a ver cuál era la debilidad de la que podía agarrarse. Mientras hablaba, mientras decía estas cosas, la mayoría de los hombres de campo, apostados a las orillas de las rutas del país, con los oídos firmes en las radios de sus camionetas, alzaba sus dedos y decía que no, que de ninguna manera es así, que la Presidenta miente. Pero me pareció que algunos la consideraban, no sé si esperanzados, a lo mejor solamente resignados. Estos, ya estarán ahora en sus casas, aguardando porque sea cierto lo que dijo la Presidenta, que se les va a prestar oídos, atención. Los demás van a persistir en los cortes. No creen que la Presidenta sea capaz de dialogar. Ellos dicen que ya lo intentaron, por cuatro años, y que nunca fueron recibidos. Que están cada vez peor, no mejor, como dice el Gobierno.

Cuántos personajes distintos alrededor del mismo tema. Uno se marea un poco. Me parece que hay algunos que no merecerían estar. Que habría que hablar sólo de vacas, no de dinosaurios, no de camisas negras.

¿Qué habría pasado si el ministro Lousteau se hubiese reunido con los dirigentes de cada una de las entidades del campo, a charlar mansamente acerca de esta fuente de oportunidades increíble que es el campo? ¿Habría pasado todo lo que pasó? ¿Se habrían cortado las rutas? ¿Habría habido desabastecimiento de alimentos? ¿Las fábricas y las pequeñas empresas habrían tenido que suspender trabajadores por falta de materia prima? ¿Camioneros y micros enteros tendrían que haber perdido el tiempo y la paciencia varados en los caminos, sufriendo como tuvieron que sufrir, niños y mujeres incluso? ¿Habrían aparecido los dinosaurios? ¿Habrían agitado las calles las camisas negras? Yo creo que no.

Para que cosas como estas no vuelvan a pasar, el Gobierno tendría que darse cuenta de que está gobernando gente, GENTE, no vaquillonas dispuestas a entrar al matadero con una simple patada en las ancas.

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