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abril 3, 2008 / Roberto Giaccaglia

Argentinos y argentinos

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Acto en respaldo del Gobierno de Cristina Fernández de Kirchner, Plaza de Mayo, Ciudad de Buenos Aires, Argentina, 1 de abril de 2008.

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Acto en respaldo del campo argentino, kilómetro 53 de la ruta nacional 14, Gualeguaychú, Argentina, 2 de abril de 2008.

Ayer la Presidenta de los argentinos dijo desde su estrado, ante las miles de almas que desde abajo coreaban su nombre, en el comienzo de un acto que paralizó a la ciudad de Buenos Aires, que esas miles de almas no estaban allí para defender a un gobierno, sino a todos los argentinos. Minutos después dijo que no estaban ahí sólo para defender a la Nación. Luego, ya dijo que no estaban ahí sólo para defender a un gobierno, sino sus trabajos, sus fuentes de ingresos. El locutor del acto, más tarde, cuando todo terminaba, agradecía la presencia de tanta gente defendiendo al Gobierno, mientras Hebe de Bonafini hacía entrega de su pañuelo blanco… en apoyo al Gobierno, resaltaba el locutor.

“Nos movilizamos en defensa del gobierno popular de Cristina”, diría después Pablo Moyano, del sindicato de camioneros.

¿Fue un acto para defender a los “argentinos”, entonces? La palabra “argentinos” en boca de algunos se vuelve una rara entelequia que en realidad agrupa sólo a unas cuantas personas.

Por un momento, parecía que se estaban empleando los mismos recursos retóricos de otras épocas. En 1982, desde la misma plaza en la que habló la Presidenta, también se llamó a los argentinos a defender a los argentinos. El poder de entonces nos decía que había intrusos (o sea “no-argentinos”) a los que había que repeler. Poco después, esos argentinos que fueron a vivar a quienes los habían convocado se habrían de enterar de que los únicos argentinos beneficiados habían sido justamente esos que los habían convocado.

Pero en este 2008 ya no se alimenta un clima de amenaza externa en Argentina, como aquel del 82, sino que se nos hace creer que la amenaza está entre nosotros. En la práctica, argentinos versus argentinos… Bueno, según el Gobierno la lucha es de argentinos contra… contra esos que el Gobierno no sabe cómo llamar, pero que según él no estaban ayer en la plaza.

El clima ayer era de guerra, las palabras también. Por ejemplo, hacia los que cortan rutas defendiendo sus ingresos, defensa que para el Gobierno al parecer sólo puede hacer la gente que fue a vivar a la Presidenta, es decir los “argentinos”. No la gente que trabaja la tierra en el interior del país. O sea, los “argentinos”. Esos no.

El Gobierno avisó también sobre otros peligros. Voy a mencionar sólo dos: algunos periodistas y ese pasado que se resiste a morir.

Por el último no hay problema. Total, el Gobierno se ha apropiado de ese pasado, para usarlo cuando y como le convenga. Por ejemplo, la Presidenta dijo que en febrero de 1976 representantes de organizaciones rurales organizaron una huelga patronal que buscó precipitar un estado de ánimo colectivo favorable al golpe de estado que se venía. No lo dijo en vano, sino parangonando aquellas organizaciones rurales y aquella huelga con estas organizaciones y esta huelga, para meterle miedo a la gente: ojo con confiar en los reclamos del campo, que se viene el golpe. Pero nada dijo, por ejemplo, del rol de la burocracia sindical peronista de entonces en aquel golpe. Tal vez para no herir susceptibilidades de la burocracia sindical peronista de ahora, parapetada junto a ella en la plaza.

Ahora que lo pienso, del peligro restante, representado por los periodistas, también se ocupa el Gobierno. A los que no escriben lo que corresponde los tilda de “generales multimediáticos”. O sea, de golpistas. De los demás, de los que sí escriben lo que corresponde, el Gobierno también se ocupa: al medio en el que trabajan le otorga publicidad oficial. Ahí tenemos al diario Página K, por caso, diario que después de la asunción de Kirchner no deja de invitarnos a visitar Santa Cruz, provincia de donde viene el matrimonio reinante. Hoy el diario, con el rimbombante título de “Plaza Mayor”, engalana desde su tapa el acto de ayer de la Presidenta.
En Página K trabaja José Pablo Feinmann. Feinmann escribe lo que corresponde: las protestas del agro y de la gente que apoya al campo constituyen un “semigolpe institucional”, un “odio de clase”, la manifestación de la “bronca que le tienen a este gobierno”. Para Feinmann, la Presidenta no se amedrenta ante nada, es valiente, y le da la derecha en cuanto a que las protestas de la gente del campo, los que él llama “agro-piqueteros”, son efectivamente “piquetes de la abundancia”, tal como había dicho la Presidenta días atrás. Pero Feinmann hace algo aún más feo: justifica el comportamiento de los hombres de D’Elía, la fuerza de choque presidencial, diciendo que las actitudes de este grupo son por una mera cuestión de cuna: “Los peronistas vienen de abajo. Si el peronismo nunca ‘se porta bien’ es porque representa, desde Perón y Eva, a la negritud de este país, a los cabecitas, a los grasitas, a los que les armó sindicatos, y esta gente, vea, tiene malos modales”. Feinmann hace una apreciación racial del comportamiento violento: quien nace negro y pobre terminará con los años agarrando a las piñas a un tipo que piensa distinto. Primero se hará peronista, y después golpeador.

El patetismo de este hombre, Feinmann, es comparable al que lucen los muchachos del semanario 7 días en la actualidad, una de las revistas más absurdas de los últimos años, quienes reproducen palabra por palabra y argumento por argumento todo lo que baja del Gobierno. En el último número, la apropiación del pasado que hace el Gobierno se manifiesta desde la tapa: se muestra a tres hombres vestidos de campesinos, tristes y compungidos, con las caras avinagradas en blanco y negro de Videla y de Martínez de Hoz detrás, flotando sobre una arboleda, y las siguientes palabras: Resabios de la dictadura, Los explotados del campo rico. Me pregunto qué carajo tendrá que ver un empleador agrario de hoy con Videla y Martínez de Hoz. Hasta ese punto ha llegado la demonización estúpida de la protesta agropecuaria: usar el pasado argentino para crear un miedo presente, trayendo para ello de los pelos cuestiones que no tienen nada que ver entre sí.

Los Kirchner nunca quisieron ser parecidos a Bush, el carnicero tonto de Texas, al menos creo que no les gustaría ser comparados con él, pero repiten, aunque no literalmente, una de sus frases preferidas: “O están conmigo o están contra mí”.
Y Feinmann hace algo parecido: “El antiperonismo es el atajo más efectivo para terminar en la derecha, rodeado por lo más reaccionario del país”.
Está bien Feinmann, tenés razón: el que agarra a un tipo a trompadas entre cuatro o cinco es más progresista que tu madrina. Los demás son reaccionarios. ¿Tiene hoy el Gobierno, acaso, un intelectual más orgánico? ¿Alguien que sea más “argentino” que Feinmann?

La respuesta a las ofensas, al despropósito, a las acusaciones idiotas del acto oficial de ayer, tuvo lugar hoy, a la vera de una ruta, en medio de un descampado, en Gualeguaychú, donde llegaron los hombres y las familias enteras que pudieron llegar, es decir por cuenta propia, con convicción, sin que fueran empujados por aparatos sindicales o se les costearan micros que vaya uno a saber cómo fueron pagados.

El acto empezó bien, con una sentida, simple y acusadora poesía de un trabajador rural, donde se dolía del gobierno que tenemos, del trabajo no reconocido del hombre de campo, de la violencia a la que fueron sometidos quienes intentaron protestar pacíficamente días atrás. Le lastimó que esos hombres que pegan, gritan y expulsan a la gente que se manifiesta, cobren sin trabajar, sin que el Gobierno les impida nada, como sí le impide al campo, al cual, según él, extirpa sin empacho. El acto podría haber terminado allí. Estaba todo dicho. Pero siguió con declaraciones de cada uno de los representantes de las entidades rurales, quienes, palabras más, palabras menos, y sin ningún intento estético, dijeron lo que ese hombre ya había dicho: el Gobierno miente, el Gobierno acusa sin sentido, el Gobierno usurpa, el Gobierno no nos da más que violencia, en varias formas.

Vamos a suspender el paro, los cortes de ruta, dijeron los ruralistas, pero queremos medidas a largo plazo o volvemos a las rutas. Estas medidas exceden a las que se tomen con respecto a la soja, que si retenciones sí, que si retenciones no. Estas medidas deben ser para todo el campo, para los que crían vacas, para los que las ordeñan, para los que siembran otra cosa, no solamente soja.

La protesta por las retenciones a la exportación de soja fue apenas un aliciente para que se sumaran otros sectores a los que el Gobierno les niega atención. Es decir, ninguna actividad rural se ha visto alentada por el oficialismo, sino todo lo contrario, por ello muchos hombres de campo dejaron las vacas, el trigo, el maíz, y se pasaron a la soja, lo único redituable. Fue el Gobierno y no otro quien empujó al sector rural a volcarse al cultivo de soja. Y ahora resulta que para la Presidenta la soja es un yuyo, una plantita guacha que crece sola y que invade todo lo demás, incluido el futuro.

Ah, me olvidaba. En el acto de Gualeguaychú también había argentinos. Sólo argentinos, creo.

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