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abril 6, 2008 / Roberto Giaccaglia

¿Hay algo nuevo sobre la guerra?

Paranoid Park, Gus Van Sant, 85:00, 2007, Francia-Estados Unidos.

1. ¿Comienzo?

¿Hay algo nuevo sobre la guerra?, pregunta, un poco desinteresada, tan sólo con ganas de hablar de lo que sea, una jovencita enamorada en la película Paranoid Park.
El protagonista mira para otro lado, lee tranquilo la sección de deportes y parece no interesarle nada más. Ya le ha pasado de todo, no tiene tiempo para la guerra, para considerar el amor, tampoco para los deportes en realidad. Está solo. Como muchos. Como la jovencita enamorada, por ejemplo, o como los que van a la guerra.

2. Una cierta mirada

Gus Van Sant, en vez de crear un mundo, crea una forma de mirar este en el que estamos: fría, calculadora, inteligente, por momentos perfecta, una mirada escudriñadora, una mirada que no se cansa, que incluso replantea las cosas. Todos los dolores y los peligros salen a la luz gracias a esa mirada, las inseguridades, los temores, las decisiones repentinas que nos afectan. Su técnica es
cíclica y reflexiva, la misma que usó para una obra cumbre, Elephant, y otra de la que mejor olvidarse, Last Days.

Ahora esa mirada, perfeccionada con respecto a sus obras anteriores, estilizada a un nivel poético, algo en lo que ayuda la brevedad de la película, una concisión que la transforma en algo aún más hermoso, y más significante, vuelve sobre lo único que parece importarle a Sant, los jóvenes y sus dolores, sus peligros, sus inseguridades, sus temores, sus decisiones repentinas… las más de las veces erradas… quizá porque, como dijo alguien, lo que ocurre con los jóvenes es que lo hacen todo por primera vez. Enjuiciarlos es fácil, pero aún más equivocarse.
A partir de una equivocación, de una decisión repentina, surge esta historia, en la que la cámara de Sant hace lo de siempre, no enjuiciar, dejar que las cosas sigan su curso.
Es más, la cámara de Sant parece darles a sus personajes, si es que son suyos, la oportunidad de que todo ocurra de otra manera, aún después de ocurrido. Plantea las cosas una y otra vez, hasta hacerle sentir al espectador que realmente la historia puede cambiar. Son tantas las vueltas que les da a las cosas, a los rostros, a los cuerpos, a los espacios, que parece efectivamente que no todo está dicho.

Es fácil sentir empatía por los seres que pueblan las películas de Sant. Me pregunto si será porque, por más libertad que el director les dé, todos parecen atrapados por una maquinaria implacable, la que pone en marcha un destino cruel, que los lleva por caminos donde nadie puede ayudarlos, ni el director siquiera, que en este caso no es un semidios o algo parecido, como simulan serlo algunos
directores, ni siquiera es un narrador omnímodo, se le escapan algunas cuestiones y a veces ni siquiera parece estar ahí. Sant es un mero espectador con una cámara en la mano, una cámara por momentos nebulosa y por momentos transparente.

No es sencillo ser joven y esto lo debe de saber mejor que nadie Van Sant, que hace rato que los persigue, para ver en qué andan, para ver de qué se trata eso que llaman juventud y sobre todo eso que llaman “juventud en problemas”. Para ver en qué andan, entonces, o mejor dicho para mostrar “eso” que encontró y al parecer lo atrapó para siempre, la juventud y sus problemas, Sant toma la decisión de cortar y pegar aquí y allá su mirada varias veces seccionada, esa mirada mansa, que no
quiere entrometerse más de la cuenta, la de alguien que sólo quiere aprender. El producto final, si es que importa esto del “producto”, porque esto parece puro ensayo, pura prueba y error, es una especie de video clip de situaciones varias, todas alrededor de las tribulaciones de una mente sin experiencia de ningún tipo a la cual el destino le está jugando unas cuantas malas pasadas juntas. Por momentos me pareció estar viendo uno de esos videos de bajo presupuesto de Sonic Youth, donde todo se ralentiza o donde todo se acelera conforme a la música que esté sonando. Es que la música ayuda mucho en esta película, tanto como los silencios —al igual que ocurre en las canciones y en los videos de Sonic Youth. Son, canciones y silencios, puntos y contrapuntos que ayudan a llevar adelante una historia que en realidad camina sola. O anda en patineta.

La película persigue las horas inmediatamente posteriores e inmediatamente anteriores, en un ida y vuelta continuo, de un joven, mal estudiante, patinador amateur, sin nada a lo que asirse a este mundo, a quien le pasa algo realmente jodido, feo, tétrico, perturbador, que ayuda a empujarlo aún más afuera de toda la realidad que lo rodea y que no se cansa de tenderle trampas de todo tipo, tal vez para convertirlo en alguien normal.
La historia proviene de una novela, del mismo nombre, del autor Blake Nelson, de quien no he leído absolutamente nada, cosa que lamento, porque a juzgar por el encanto que produjo en Sant dicho libro, lo que se demuestra en su mirada pasmada, en el respeto infrecuente del cine por las personas que filma, parece que me estoy perdiendo de algo.

3. ¿Final?

Deberíamos estar ahí ahora, dice la chica enamorada, ya hacia el final de la película. ¿Dónde?, pregunta el protagonista. En la guerra, contesta ella. Eso es lo que está mal con la gente de ahora, sigue diciendo. A nadie le importa.

One Comment

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  1. eduardo jair / Feb 22 2009 8:30 pm

    sonic y amy

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