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abril 8, 2008 / Roberto Giaccaglia

La alegría duradera (1)

Me he propuesto no hablar con nadie.

***

Leo un cuento de Roberto Fresa, uno de sus brevísimos cuentos:

Antes el hombre admiraba los pájaros. Ahora en cambio los envidia.
Al hombre eso que hacen los pájaros le parece una ostentación. Una ostentación que hay que bajar a ondazos.
La pregunta más repetida por aquellos días era ¿cómo harán? Y trataban luego de imitarlos. Más acá en el tiempo, la pregunta más repetida es ¿por qué pueden y nosotros no? Y tratan luego de bajarlos.

Es una clara alegoría del continuo empobrecimiento espiritual del hombre. No creo que pueda decirse mucho más que esto.
Tuvo, al menos, el decoro de no extenderse demasiado.

***

El único lugar al que puedo ir a comprar alimentos y cosas para limpiar la casa es el supermercado. Ahí no hace falta hablar con nadie. ¿Cómo haré cuando no encuentre allí lo que busco, o cuando tenga que comprar ropa por ejemplo?

***

Tengo casi treinta años. Me pregunto a qué edad habrá empezado a escribir su diario John Cheever.
Es curioso: me parece que sus familiares cometieron una traición al publicar ese diario, pero al mismo tiempo celebro que lo hayan hecho: me regodeo en su tristeza, en sus dudas existenciales, en sus certezas homosexuales, sus miedos a la impotencia, su raigambre religiosa, vana, espuria y contradictoria, su necesidad de afecto, de alcohol, de sexo a escondidas, su repudio, asco, bronca y recelo hacia todo lo anterior, hacia sí mismo y hacia los demás.
Me desalienta pensar que me atrae más la morbosidad que la literatura.
Y que son personas como yo el target de los editores de diarios personales, papeles privados, secretos de alcoba, internaciones en institutos de rehabilitación y fotos de desnudos al sol.
No me diferencio más que en la pretensión de una prosa que tenga algo de música.

***

Tengo casi treinta años. Tengo casi treinta años y me parece que no puedo escribir otra cosa.

***

Tengo casi treinta años. Cuando nació mi hija, año 99, abandoné mi proyecto de escribir sobre el escritor formoseño Roberto Fresa, de cuya muerte, justamente, me enteraba ese mismo día. Quizá lo abandoné para que nadie tuviera la chance de pensar, ni yo mismo, que mi proyecto consistía en aprovechar esa muerte para ponerme a hacer algo serio. O sea, aprovechar el momento. Aunque lo más probable es que empezara a abandonarlo desde mucho antes: el embarazo de mi mujer me tenía con la cabeza ocupada nada más que en mi futuro como padre.
Pero lo cierto es que muy poca gente se ocupó de la muerte de Fresa. No creo que se me tomara por alguien que simplemente quería sacar su tajada. Apenas recuerdo un par de columnas en los diarios norteños, una mención en el diario de mi provincia y otras sueltas y sin la menor relevancia en diarios de la Capital, nada más.
En España, donde estaba viviendo Fresa al momento de su muerte, la noticia no mereció tampoco mucha más atención: recordatorios, epitafios, necrológicas de apuro y cosas así.
Los restos del escritor, por lo que sé, nunca fueron repatriados.
Años atrás había empezado a borronear hojas enteras, a buscar información, a viajar, todo con la intención de empezar algún día a escribir sobre un hombre del que se había escrito muy poco y del que todavía no se ha escrito mucho.
No sé por qué, pero la idea de escribir sobre él me ha vuelto en los últimos días. Quizá porque tomé conciencia de que ya tengo casi treinta años. Y todavía no hice nada serio.

***

Estoy solo y es sábado. Mi hija y mi mujer viajaron a la Capital: visitan familiares. La hermana de mi mujer le propuso invertir algún dinero en un inmueble, quieren comprar un local comercial grande, para después dividirlo y alquilarlo. Algún dinero no: es una suma importante. Quiere salvarla de una vida como pobre. Mejor dicho, quiere salvar a las dos, a mi mujer y a mi hija, de la vida de pobres que está segura les espera a mi lado. Sabe que conmigo no tienen muchas posibilidades de escaparse de ese destino y, ahora que hay algo de dinero en casa, gracias a la herencia que dejó mi suegro, le propone invertir en un inmueble, para asegurarse o al menos tener con qué enfrentar el futuro, una palabra que a mí, por lo menos, y apuesto que ella lo sabe bien, me resulta del todo esquiva.

***

Dicen que la soledad alienta a la escritura. Pero hoy no creo que pueda escribir más que eso.

***

No sé cuánto podré escribir sobre Fresa antes de que lleguen mi mujer y mi hija, pero, en todo caso, lo principal es el impulso de las primeras palabras: lo demás es trabajo y se irá haciendo con el tiempo, poco importa si para entonces, cuando me decida efectivamente a trabajar en el proyecto, no tenga ni un minuto de soledad.
Hay, sí, una posibilidad que mejoraría notablemente mi producción: varias veces mi mujer amenazó con dejarme y puede que tarde o temprano concrete su amenaza.

***

Lo pensé bien: no creo que mi mujer me deje por el momento: está esperando algo de mí y le debe de sobrar paciencia. Le cuesta poco, eso sí, exasperarse, insultar y desear la muerte, la suya propia o la mía. La primera, la grita a los cuatro vientos. La segunda, la menciona entre dientes, escondida, de espaldas, algo retirada de mí o cuando empieza a retirarse después de una discusión.

***

Ha muerto un escritor importante y ocuparse de él quizás sería algo más racional: el chileno Roberto Bolaño. Me enteré de su muerte unos días después de ocurrida: en el suplemento cultural de un diario. Se mencionaba con un par de líneas, quizá menos de lo dedicado en su momento a Fresa, que ese día se esparcirían en no sé qué mar las cenizas de Roberto Bolaño. En el Mediterráneo, me parece, pero no estoy seguro. Fue una sorpresa, sentí que había perdido algo y por un momento quedé en suspenso, como si el ambiente hubiera cambiado súbitamente o un ruido en la puerta me hubiese alertado de algún posible peligro.
Algo curioso: Roberto Bolaño no sólo era escritor, sino que también lo parecía. Es una propiedad muy difícil de explicar. Lo único que puedo decir es que en las fotos Roberto Bolaño luce como un escritor o como la representación de tal cosa, que para el caso, parecer, tener aspecto de, es lo mismo. Roberto Bolaño tiene traje de escritor, peinado de escritor, lentes de escritor. Su pose es la de un escritor y también su mirada. Hasta parece fumar como un escritor. Debe de parecerme tal cosa, escritor, por cierto aire de inmoderada suficiencia, de suficiencia o de hastío, aburrimiento o cansancio. Algo como acidia, una palabra que habría que recuperar. Quizá ostente la negligencia no del perezoso, sino del que se sabe mejor que el resto.
Estoy pensando en qué escritor argentino se parece a un “escritor”.
Saer, quizás. No Piglia, seguramente, que más se parece a guionista de series policiales de televisión con algo de erotismo. Aunque confieso que debo de pensar esto de Piglia porque su figura fue bastardeada por el asunto de ese premio que ganó como parte de un contrato. Aira también podría pasar como escritor, pero tiene aire más bien de profesor universitario canchero, de esos que se acuestan con dos o tres alumnas por año. Rodrigo Fresán también parece despreocupado o negligente, como Bolaño, su amigo, por otro lado, lo que lo hace acercarse al tipo de escritor que se parece a un “escritor”, pero temo que se esté profesionalizando demasiado, por lo que ahora que lo pienso mejor se parece a un autor por encargo o quizá a un periodista cultural. Laiseca sí se parece a un escritor, sobre todo en las fotos donde se lo ve con un cigarrillo. Aparte es alto, muy alto, lo que lo hace ser desgarbado: ahí está otra vez la apariencia, esencial, de quien se molesta por ir a perder el tiempo con las cosas mínimas: la apariencia del desgano, de quien dice yo no quiero eso. Lo benefician también sus bigotes ridículos, cosa que, curiosamente, no favorece a Jorge Asís, a quien los bigotes, entre otros atributos de su cara y de sus maneras, lo hacen parecer un rico aristocrático muy venido a menos. Definitivamente, Laiseca es el escritor argentino que más se parece a un “escritor”. No Roberto Fresa. No sé exactamente a qué se parece Roberto Fresa.
Escribiendo sobre él es que trato de averiguarlo.

Pintura de Wayne Thiebaud
Man Sitting – Back View
1964

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