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abril 11, 2008 / Roberto Giaccaglia

La alegría duradera (2)

Tengo algunas fotos de Roberto Fresa sobre la mesa y me dan la impresión de que no se parece a nada.
No suele ocurrir con mucha frecuencia esto de no encontrarle a alguien algún parecido, no poder meterlo dentro de un estereotipo, o que ese alguien no nos evoque una imagen, una idea, algo a lo que remitirnos. La mayoría de los hombres, para bien o para mal, se parece a algo en las fotos.
Roberto Fresa no. Diría que es él mismo. Pero quizá lo que corresponda decir es que es tan común que no se parece a nada.

Mirando mis fotos siento algo parecido a lo que me pasa mirando las fotos de Fresa: no encuentro nada. No hay nada ahí, en mis fotos. Quizá lo mismo encuentren los parientes de mi mujer al ver una foto mía o al recordarme y por eso le habrán propuesto invertir en un inmueble, lejos de mí y de mis decisiones.
Hacen bien. Es seguro que no vamos a vivir de mi biografía de Roberto Fresa. Vaya uno a saber si llegaré a escribirla, en primer lugar. Pero eso no es todo: ¿a quien puede interesarle semejante cosa, una biografía de Roberto Fresa?

***

Estoy escuchando a una cantante peruana, Margot Palomino. Es sorprendente cómo la música da cierta esperanza. A veces una buena canción, más que traernos cosas a la mente, nos hace olvidar otras.

Soy interrumpido por el pibe que alquila uno de los departamentos del frente. Vive con su madre, no trabaja y vive con su madre, de lo que su madre gana trabajando como sirvienta. Vino a pedirme un adaptador prestado, porque al suyo, el único que tiene, que sacó del televisor ayer por la tarde para usar en no sé qué aparato, no lo encuentra por ningún lado y quiere ver el partido. Dice que ya pidió en todos los departamentos y no consigue. Me dice, antes de darme tiempo para hablar, cosa que por otro lado no quiero hacer, que la ferretería de acá a la vuelta abre a las cinco y no quiere perderse el partido. No sé de qué partido está hablando. Todo el tiempo hay un partido y él está desesperado por ver el próximo. Dice que después me lo devuelve enseguida o, mejor, me compra uno nuevo, lo promete. Busco un adaptador, se lo doy, me sonríe, agradece y se va. Como está apurado, no se da cuenta de que no he abierto la boca.

Me hizo acordar a mí mismo años atrás, cuando alquilaba un departamento en un barrio alejado. Cuando no estaba trabajando, leía o escuchaba radio. Justo en esa época, en la que no tenía cable, me hubiera encantado ver partidos, uno tras otro. Comía frente a la radio. A veces frente a la ventana, con la radio detrás. No encendía nunca el televisor porque no había nada que ver en los canales de aire. Pero un buen día al centro vecinal se le ocurrió poner una antena en la plaza del barrio, que estaba a una cuadra de mi departamento. La llamaban “antena comunitaria” y gracias a esa maravilla podía enganchar con mi televisor un canal de deportes que pasaba varios partidos por semana. Llegaba del trabajo y me ponía frente al televisor, esperando algún partido. Tomaba mates esperando algún partido, y a veces hasta me olvidaba de la radio o de la ventana. No tenía más que eso, partidos en un televisor que encima no se veía del todo bien. Pero cuando afuera hacía frío o llovía y yo me sentaba en una silla a mirar un partido, con un café o el mate, me parecía que era imposible estar mejor, que ni todo el dinero del mundo me habría proporcionado ese placer o esa compañía.

¿En qué estaba? Estaba pensando en el poder redentor de la música, me parece.
Uno de mis temas pendientes, al que podría volver después de concretada mi biografía de Roberto Fresa, es precisamente la música. Años atrás tuve la idea de encarar un libro sobre los discos que me gustan. Lo iba a llamar Discoteca e iba a dedicar un capítulo a cada disco. (Siempre pensé en comenzar con Ok. Computer, de Radiohead). Pero en medio de esa idea se murió Roberto Fresa, nació mi hija y en el trabajo empezaron a ponerse pesados, por lo que terminé desestimando el proyecto. Ahora, la fuerza que sostuvo aquella idea parece haberse aquietado. Lo de siempre: no he aprovechado lo principal: el impulso de las primeras palabras. Sé que lo demás es sudor y que eso siempre hay. Lo que no sobra es la inspiración. El soplo inicial se esfuma rápido.

***

He tenido que romper mi promesa de no hablar con nadie. Ha llamado mi mujer. Se quedan unos días más. Pregunté entonces por la escuela de la nena. No va a la escuela todavía, me dijo. Va al jardín. Qué le hace perder un par de días. Cortó sin decir que me extrañaba. Me tiró un beso, es cierto, pero no encontré en él más que un sonido familiar, que me recordó otras épocas, esas en las que nos extrañábamos.

Para seguir hablando de música, hoy agarré unos pesos y me fui al centro con una idea: comprarme algún disco de los Beatles. Lo saqué de la batea y lo llevé a la caja, sonreí a la empleada cuando me dijo el precio y pagué. Después, en forma de saludo, bajé la cabeza y salí.
Me pregunto por qué recién a punto de cumplir treinta años me decido a comprar un disco de los Beatles. Nunca lo había hecho y no sé qué me desvió de ellos durante tanto tiempo. Quizá la búsqueda de una identidad, algo que yo suponía estaba bien lejos de los Beatles, sobre todo porque los escuchaban todos, porque su aceptación es generalizada.
En estos momentos suena “She’s so Heavy”. El ritmo hipnótico de la canción, su agonía y gravedad me sumergen en una especie de letargo. Me quedo mirando el techo y alcanzo a preguntarme, antes de dormirme del todo, si hay algo de aquella búsqueda de identidad en mi elección de Fresa como personaje. ¿Quiero, todavía, distinguirme del resto, ser el primero o el único en algo? No. Intento convencerme de que se trata de un homenaje personal, un reconocimiento hacia todo lo que dio este artista.

Me ha despertado un temor súbito, de esos que se cuelan cuando el sueño por alguna causa decae y se transforma en una especie de duermevela. Temo que mi escritura se contagie de él, de Fresa, que su biografía escrita por mí se diferencie de la escritura de Roberto Fresa sólo en el apellido de tapa, nada más. Eso en caso de que algún día esa biografía llegue a ser un libro, claro.

Según Saer, tomar recaudos contra lo que se admira es superfluo, inútil, porque cada cosa que escribamos pone en evidencia esa admiración. El que escribe debe aceptar todas las consecuencias de su amor.

***

El pibe al que le presté el adaptador no ha venido aún. Ni con un adaptador nuevo ni con el mío.

***

Ojalá mis frases se sucedieran con el ánimo y el vértigo de las canciones de Abbey Road. Sobre todo en las canciones de los tramos finales del disco. Ojalá mis páginas fueran parte de una pequeña, modesta suite. Es deliciosa esa continuidad, contagiosa: todo cobra sentido y se suceden, ligeros como las canciones, continuos, los hechos que me alejaron de ese libro con discos como capítulos: la muerte de Fresa, el nacimiento de mi hija, los apremios del trabajo.
De pronto, no haber empezado siquiera a escribir Discoteca me tiene sin cuidado: los discos, total, siguen ahí.

Lo que no sigue ahí es Fresa. Fresa no parece estar en la memoria de nadie. A veces me sorprendo intentando hacerle justicia. Bueno, en realidad no sé si es eso lo que quiero. No era esa, al menos, mi intención un rato atrás. Creo que la culpa de que me sorprenda intentando hacerle justicia la tiene la crítica. La crítica se ha ensañado severamente con él y me pregunto si llegaré algún día a ver la vindicación de su prosa. ¿Faltará mucho? Sé sobre la vindicación de Arlt, la de Marechal, asisto desde hace un tiempo al debate sobre el valor o no de Lamborghini y ahora estoy viendo el comienzo del debate sobre el valor o no de Soriano. Y sé que falta mucho, muchísimo, para que alguien salga a decir que la crítica se equivocó con Fresa y comience el debate. Yo puedo decirlo, claro, con mi biografía, pero ya creo haber dicho que lo que menos me interesa es hacerle justicia. ¿O no? Es que no me creo digno de tamaña tarea. Me gustaría, más bien, ser un oyente del debate y llegar a decir, aunque por lo bajo, aunque para mí, que yo tenía razón. Suelo conformarme con poco.

***

Mientras me cebo unos mates miro por la ventana de la cocina y veo caminar por la calle al profesor homosexual que vive a dos casas de la nuestra. Suele pasearse disfrazado por el centro, lo hemos visto varias veces. Cuando tiene una cita siempre luce lo mismo, su disfraz tipo Harlem: pantalones que apenas le pasan las rodillas, medias de color, zapatillas de básquet, remera fluorescente, campera de jogging con capucha, lentes negros y gorra de béisbol. Para su desgracia, no es ni joven, ni negro, ni rudo, ni tiene buen cuerpo. Y vive en el lugar equivocado. Despierta compasión. Me pregunto por qué, para esconder su romance, que lo espera en el centro, no ha elegido meterse dentro de una piel más conveniente. Llama tanto la atención con su conjunto de pandillero juvenil que es imposible no darse vuelta para mirarlo.
Su hombre es alguien bastante más joven que él. Caminan, ven vidrieras, tratan de no tocarse, de no darse la mano. El otro viste más o menos bien y el contraste es casi sobrenatural. Al profesor le vendría bien, al menos, vestirse de señora, aunque mejor estaría con su habitual traje y corbata, lo que le daría dignidad, la dignidad de poder decir soy yo, sí, y quiero a este, sí, a este.

Fresa no siempre tuvo la dignidad de mostrarse tal cual era, algo que cambió, como suele suceder, durante los últimos años de su vida, cuando imagino habrá comenzado a entrever su final. Recién ahí se animó a exponer sus miedos y flaquezas y lo mediocre que era para ciertos asuntos.
Fue un escritor evasivo. Sé que con esto no digo mucho: la mayoría de los escritores lo es.

***

Anoche tuve un pensamiento raro. Si hubiera sido un sueño no me habría alarmado tanto. No sé cómo esas cosas aparecen en la cabeza durante la vigilia. Algo enfermo. Súbitamente, antes de acostarme, sentado en la cama, me vi enterrando los huesos de Roberto Fresa en el patio. Fue algo que me surgió, simplemente. Una imagen que me vino a la cabeza con una claridad meridiana, como si estuviera viendo una película. De algún modo había conseguido traer su cuerpo de España y lo estaba ahora enterrando en el patio de casa. Después regaba el lugar y me ponía a esperar que creciera algo. Yo esperaba y esperaba. Me vi en cuclillas día tras día al lado del pozo tapado y humedecido, esperando. Me acosté temblando. Del sueño que tuve más tarde, en cambio, no me acuerdo de nada.

Pintura de Russell Mills
Near Far
2001

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