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abril 17, 2008 / Roberto Giaccaglia

Más homofóbico serás vos

Los putos, José María Gómez, 140 págs., 2008, Martínez Roca-Grupo Editorial Planeta, Buenos Aires.

—Compré un libro que se llama Los putos.
—Andá.
—Sí, a devolverlo.
—¿Tan malo es?
—Lo único bueno es el nombre.
—¿Y por qué te gusta un título así?
—No sé, es directo, sencillo, sin pretensiones.
—No entiendo, pero supongo que está bien ser referencial de vez en cuando… si es que estás diciendo eso.
—Eso, animarse a mostrarse tal cual, no irse por las ramas… contar una historia sin…
—Sin amaneramientos digamos.
—Yo no lo diría así. Sólo digo que hay veces que hay que ser directo, simple, no rebuscar… no hacerse el fino, si vos querés, pero dejemos lo de amanerado, que en este caso no va.
—Una actitud muy moderna, sí. Con ese título, por lo menos, y por lo que decís, el libro parece moderno.
—Sí, moderno, pero sólo el título. El resto del libro atrasa treinta años.
—¿Tanto?
—Y, más o menos. No sé… ¿de qué año son los libros de Puig?
—A ver… dejame pensar… ¿Cúal? Decime uno.
El beso de la mujer araña.
—¿Por qué ese?
—Es el que más me gusta. ¿Y? ¿Cuánto?
—Y… unos treinta años, treinta y pico.
—Ah, ya me parecía.
—¿Te parecía?
—Viejo, eso me parecía. Los putos es un libro viejo. O viejo no, sino ya hecho.
—Todos los libros ya fueron hechos… o escritos.
—Pero a algunos se les nota más. A este, por ejemplo.
—¿En qué? No me vas a venir con eso de que nos hacen falta tendencias artísticas raras…
—Justamente te vendría con lo contrario. Al menos este libro me da ganas de pensar en lo contrario.
—¿Naturalismo acaso? ¿Reproducir lo más desagradable de la realidad en forma casi objetiva?
—Es que vos comprás un libro que se llama Los putos y pensás en eso, no en alguien que se va por las ramas para contarte una historia de tipos que buscan tipos… o que le mete adornos todo el tiempo, alargando la cuestión, haciendo de toda la historia un acople de frases rebuscadas que no terminan en nada.
—Pero el naturalismo es algo viejo también. No sé si más que el idealismo o el simbolismo. Hay cosas en el medio, pero, como te dije, ya todo está escrito. Ni vale la pena hacerse el moderno.
—Justamente por eso. Parece que este libro intentara algo que no puede conseguir.
—Ser nuevo.
—A lo mejor, y el resultado es totalmente otro.
—¿Dónde lo notás, por ejemplo?
—En el diálogo del principio, con remates constantes de uno de los personajes, esas frases que pretenden ser graciosas y aburren. O en las escenas de amor. Esas cosas uno ya las leyó en Puig, pero mejor. Para no hablar de la prosa que impera en el libro, justamente lo contrario del título. Una prosa enrevesada, para decir lo menos… o para no repetir rebuscada.
—A ver, dame un ejemplo.
—Mirá, hay una frase tan fea que se me quedó grabada: “Bastaba una mirada sostenida o el gesto equívoco de algún ocasional pasajero para que su cuerpo comenzara a realizar extraños movimientos y a sugerirle derroteros que prestamente sojuzgaba esforzadamente con la lectura de su libro consolador”. ¿A vos te parece?
—Lo que me parece es que me estás jodiendo.
—¿Por?
—Porque o bien te acabás de inventar la frase, uniendo palabras lo más traídas de los pelos posible, o tomás como seria una frase dicha en broma. ¿Me entendés? A lo mejor es el tipo que escribió el libro el que está jodiendo.
—Sí, lo pensé, pero el libro tiene una pretensión de seriedad que niega lo que vos me decís.
—Bueno, recién me decías eso de los remates en los diálogos.
—Y qué sé yo. Habrá sido una forma de diferenciar a los personajes que encontró el escritor. A este lo hago con chispa, al otro serio… no sé, se me ocurre, pero me parece que le salió mal.
—Explicate.
—Tenés que leerlo, no soy crítico. Pero puedo decirte que a veces las voces se cruzan, ¿no?, y uno se termina confundiendo, el que se hace el gracioso pasa a hablar como si estuviera enunciando verdades celestiales, el otro que se hace el serio se va de boca y empieza a hablar con el diccionario de sinónimos en la mano y cosas así… o uno que habla todo de corrido, sin puntuación, termina contagiando a otro, que empieza a hablar igual… Digo contagiar porque es lo que se me ocurre que puede haber pasado. A veces el escritor se olvida del carácter de cada personaje y termina haciéndolos hablar de cualquier manera.
—Perdoná si no te sigo… me quedé pensando en esa frase tan fea…
—Sí. Me hizo acordar mucho a un libro que odié: Una sombra donde sueña Camila O’Gorman, de Enrique Molina.
—Shhh, todo el mundo habla bien de ese libro.
—A mí me duerme, qué querés que te diga. Bueno, ese libro tiene una falla enorme: aspira a lo que el escritor no puede lograr. Creo que acá pasó algo parecido. Porque a la pretensión de seriedad, o de solemnidad, que es peor, se le debe sumar una aspiración poética, a mi entender desmedida.
—Está bien, pero no podés ir a decirle a un escritor cómo tiene que escribir su libro.
—No, que lo escriba como quiera, pero a mí me parece que esta historia merecía una prosa más al ras del suelo, como es la vida de los tipos que cuenta digamos, marginales, despreciados. De esa manera le habría salido algo más ágil, pero no sólo eso, sino creíble.
—Vos no viviste en el mundo de los personajes, ¿o sí?
—No, pero qué sé yo… hay cosas que uno puede imaginarse. Si uno cuenta la marginalidad con una pluma Dupont las cosas no salen del todo bien. Tal vez se pueda hacer un ensayito, pero una obra de ficción es otra cosa. Encima, esta pluma de Dupont me parece que es de oro pintado.
—Te entiendo, es como si la obra perdiera contacto con lo que cuenta.
—Claro. Para colmo, en su intento de vuelo se queda apenas carreteando. Eso lo vuelve un poco patético al libro. Lo que dije recién, la pluma Dupont resulta ser una baratija.
—Entonces la solución sería escribir como Washington Cucurto, digamos.
—¿Cómo? ¿Mal del todo, a propósito? No, era una broma.
—Hacete el vivo. Me refiero a un lenguaje fresco, algo como eso. Realismo sucio, que le dicen.
—Sí, ya sé, algo empapado de realidad, cosa de que uno sienta que lo que está leyendo fue realmente experimentado por el narrador.
—Ponele. Aunque no sé cómo habrá hecho Bradbury…
—¿Eh?
—Para ir a Marte y contar lo que vio en sus Crónicas marcianas, digo.
—Ahora te estás haciendo el vivo vos. Me refiero a que cierta literatura necesita de la experiencia. No digo que el autor de Los putos no la tenga, pero a la hora de demostrarla pareciera elegir el camino equivocado: el más falto de naturalidad posible.
—No sé qué decirte, no he leído mucha literatura gay en mi vida.
—Siempre me molestó eso de la “literatura gay”.
—¿Cómo hacés para hablar en comillas?
—¿Se me nota mucho? Bueno, no importa. Te decía que me molesta mucho eso de la literatura gay. Como la literatura de mujeres y esas cosas. Es literatura y chau, la escriba quien la escriba.
—Pero yo no me estaba refiriendo a quien la escribe, sino a los temas.
—No hay un tema gay.
—Sí, cómo que no. El amor entre personas del mismo sexo.
—Está bien, puede ser, pero no sé si eso alcanza para constituir una literatura gay. ¿Por qué habría que llamar a una literatura según el sexo de los que se acuestan juntos en la historia? Tampoco me alcanza con el hecho de que quien escriba una novela sea gay para llamar a su literatura gay.
—Está bien, ponele que sea así, pero si te doy la razón acá no sé cómo decir lo que quiero decir.
—¿Qué será?
—Que es difícil escribir un libro de ficción sobre el amor entre hombres sin haber experimentado ese amor. Si vos decís que se puede, te estás contradiciendo: recién dijiste que había que ser creíble. ¿Cómo vas a serlo, entonces, si escribís sobre el amor entre hombres siendo heterosexual?
—Qué sé yo, no me compliques, me estaba refiriendo a otra cosa a lo mejor. Vos me estás diciendo que para escribir Crónicas marcianas Bradbury tuvo que viajar por el espacio, y no es así…
—No, y por eso te reprocho los argumentos que tenés en contra del libro.
—Pero mis argumentos no hacen hincapié en el sexo, sino en la forma en que se lo narra.
—¿Preferirías algo crudo, como lo que hace Andrés Rivera por ejemplo?
—Y sí, sobre todo si se está contando el mundo de la marginalidad, te repito. Lo demás no importa. El libro parece disparado hacia lugares que le quedan grandes, no sé si me entendés.
—O sea que siendo más frontal se habría logrado otra cosa.
—A lo mejor. Pero puede que me equivoque. Este libro ganó un premio, ¿sabés?
—En una de esas se equivocó el jurado.
—No creo che, es un jurado respetable. En serio.
—Y… por ahí ellos saben ver cosas que uno no.
—Uno del montón, como nosotros.
—Bueno che, no te rebajes tampoco. Pensá que a ellos les gustó y listo.
—Y listo no, ojalá fuera “y listo”. No es tan simple. A mí me gustaría saber qué le vieron. Me suena a viejo, a remanido, a impostado, a vacío, a nada.
—Se te notan mucho las comillas.
—Es que este libro hace que uno ponga cierto énfasis.
—¿En qué?
—En no recomendarlo.
—Che, ¿no serás homofóbico vos?
—No, me gusta leer buenos libros. Sólo eso.
—A mí me parece que no tenés argumentos suficientes para decirme que el libro es malo. Es más, mirá, me lo voy a comprar.
—Hacé lo que quieras. Si querés tirar la plata…
—Bueno, dale, cambiemos de tema. Vamos al cine, ¿qué te parece?
—¿A ver qué?
Adiós, Roberto.
—¡No! ¿La de Enrique Dawi? ¿Esa viejísima de… esa de un amor entre hombres?
—Sí, hay una reposición hoy.
—No la vi nunca, la verdad, pero tampoco tengo buenas referencias.
—Viste, ya me parecía. Sos medio homófobico vos. Por eso no te gustó Los putos.
—Ma´sí, como quieras. Andá sólo y chau. Ya me tenés podrido con eso.
—Andá a hacer algo de machos, dale, lavá el auto, hacete un asado, mirá un partido, puteá al réferi.
—No, me voy a ver Utilísima, a tejer un ratito o algo así.
—Homofóbico.
—Más… más mal gusto tendrás vos.

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2 comentarios

Dejar un comentario
  1. Mariano :3 / Abr 26 2010 10:38 pm

    em me confunde un poco el tema xD Osea al no poner quien habla no se quien es el homofobico xD jajjajaja y algo mas el libro es recomendable depende para quien lo lea no ? XD yo me lo compre y ahora veo qe tal el librito

  2. Sèrge Moderno / Oct 30 2011 7:59 am

    A mí me pasó exactamente lo contrario: me encantó todo menos el título. Es demasiado bello para tener un título semejante…

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