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abril 19, 2008 / Roberto Giaccaglia

Nadie escucha

Once, John Carney, 85:00, 2007, Irlanda.

Hay algunos que se dejan atrapar enseguida por las canciones. Yo por ejemplo. Debe de ser alguna falla sentimental seguramente, algún hueco por el que se entrometen las emociones, esas que una vez dentro se apropian de uno y no dejan ver nada más. O al menos hasta que la canción deje de sonar. Pero claro, queda luego el recuerdo de la canción, que también influye, que va mordiendo, como una mandíbula todavía ahí. Hay quien dice que una vez escuchada una canción dura para siempre. La hacemos nuestra, algo propio, un lugar seguro donde refugiarse. Así que en definitiva no hay manera de despegarse de unas cuantas notas juntas bien ensambladas. Yo digo que son fibras que se unen a nuestro tejido de las que no nos desprendemos más. Y esto ocurre especialmente cuando esa canción, o esas canciones, las escuchamos en el cine. ¿Qué tendrá la pantalla, que pareciera sonar? No me digan que viendo una película cuyas canciones les gustan no sintieron que la pantalla suena. Vaya uno a saber, ¿no?, pero una canción sonando en una película pareciera de pronto algo más que una canción. Sobre todo si la canción es buena, o buenísima. Qué tontos los hombres, emocionarse por eso, llegar a creer que la pantalla suena y no sólo eso, sino también que les habla. Uno puede poner cualquier cosa en una pantalla, a lo largo de hora y media, meterle un par de buenas canciones y listo, el hombre se convence. Y sale diciendo entonces que vio la película de su vida. Claro, si lo pensamos un poco no es para tanto, vemos fallas por todos lados. Pero algunas canciones (o películas) no son para pensar. Son para dejarse llevar. O para meterse dentro, qué sé yo. Me acuerdo de una película que tenía mucha música, Brassed Off, que creo que en Argentina se llamó Tocando el viento o algo por el estilo. Tal vez no fuera buena. Pero emocionaba. Es decir, si uno se abandonaba a la música poco importaba lo que estuviera ocurriendo o cómo actuaban los que hacían de músicos aficionados o qué carajo decía el guión. Esa película no recibió buenas críticas. Pero qué me importa decía yo cuando las leía. A veces el cine no es más que un par de buenos momentos. Situaciones puntuales donde uno se deja llevar, donde se emociona como un bobo. Paisajes en medio de la nada. Aire fresco. Entonces uno sale del cine y poco le importa el humo que afuera intoxica. El humo parece de pronto intoxicar menos. Siempre recuerdo ese pasaje de la novela Héroes de Ray Loriga donde el protagonista dice que no sale a la calle sin antes escuchar un par de buenas canciones. Y claro, a uno le hacen falta esas compañías. Afuera está terrible. Nadie escucha. Nadie se ríe. Nadie se detiene. Hay un músico desgañitándose por un amor que terminó mal, o que no terminó, lo que es peor, y nadie le presta atención. Es un ejemplo, nada más. En la calle hay cientos de cosas frente a las cuales no nos detenemos o no escuchamos. Seguimos de largo, oyendo nuestras propias historias, mínimas y sin música la mayoría de las veces. Después están los enfrascados en sus putos celulares o en sus putos reproductores de mp3 o en sus putas puteadas. Uno está solo. El músico enamorado y quebrado sigue ahí, desgañitándose. Ah, pero miren: llega la chica extranjera y sola y con algo de alegría todavía para dar y lo escucha. ¡Cuántas canciones pueden nacer de un momento así! Momentos caídos del cielo. O personas caídas del cielo. O canciones. O, simplemente, alguien que se ponga a escuchar. ¿Cómo no se va enamorar de nuevo el músico desgañitado y solo y desesperado entonces? De pronto, tiene a alguien que lo escucha. Prestar oídos es también prestar el corazón. Listo, el cuento de hadas empieza de nuevo, interminable, el mismo de siempre. Alguien que recuerda a alguien de pronto conoce a alguien. El primer alguien se enamora del tercer alguien, pero todavía sigue pegado al segundo alguien. Entonces el segundo alguien vuelve. Los alguien de los extremos se separan. O en realidad no, porque descubren todo lo que los une. Eso pasa en todos lados. Ya uno se cansa. Ah, pero acá están las canciones. Y no unas cualquiera. Canciones de esas que se hacen parte de uno. Fibra. El tejido se nutre de ellas. Si ellas sangran, uno también. Si ellas gritan, uno también. Si ellas lloran, pues bueno, se llora y listo, ¿qué hay con eso? A ver, que venga un crítico ahora y me diga lo que tengo que opinar de esta película, que le rompo la cara. Me las aguanto, qué tanto. Pero déjenme llorar tranquilo. O lo invito a escuchar. Si quiere cerrar los ojos, que los cierre. Las canciones pueden hacer el resto. Contar cosas, componerlas, desarmarlas. Total, después de todo, la película no pretende nada más que eso. Que alguien escuche. Que alguien se detenga. Que alguien suspenda su dejadez, sus historias mínimas y sin música, sus problemas, sus miserias, su apatía, que preste atención, que se emocione o que aprenda a emocionarse, que se llene de algo más que de veneno, que es de lo que nos llenamos todos los días, por todos lados, desde todos lados. Hay que escuchar. La música salva. En serio. Y si no salva, al menos brinda ciertos momentos, perdurables, únicos, que al recordarlos nos hacen salir a la calle con más fuerza y valentía, sanos y acompañados. La felicidad es eso, momentos que nos acompañan para siempre. A veces el cine también.

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