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abril 23, 2008 / Roberto Giaccaglia

La alegría duradera (3)

Mi mujer ha vuelto a llamar: parece que han concretado la operación inmobiliaria con su hermana, o que están en eso. Les han extendido un boleto de compra, para asegurarles que la propiedad no será vendida a nadie más. Contesté con monosílabos. Me preguntó cómo me estaba yendo. Le dije que anoche había temblado, pero que aparte de eso me estaba yendo bien. Me dijo que en la parte más alta del placard de nuestra pieza, detrás de la bolsa de zapatos viejos, iba a encontrar la frazada que ella pone en invierno. Qué raro, agregó. Acá no está haciendo tanto frío.

Me olvidaba. Antes de cortar dijo otra cosa: aprovechando las vacaciones de invierno, que ya comienzan, van a quedarse unos días más.

***

Cientos de veces escuché esta frase: tengo todo lo que un hombre podría desear. Y nunca la creí. Pero ahora miro lo que hay sobre mi mesa: un libro de Raymond Chandler, varios de Roberto Fresa, una caja de vino blanco Toro, un vaso, la caja del compact de Abbey Road y creo que a veces esa frase puede ser cierta.

***

Ensayo una justificación: me pongo a escribir sobre Roberto Fresa porque hay algo que nos une: ambos tenemos el pasado inconcluso. Si me dedicara a la literatura, cosa que puede comenzar con mi biografía sobre Roberto Fresa, habría un tema que compartiría con el escritor formoseño: el pasado como asunto siempre inconcluso.
O lo que es lo mismo: ¿cuánto tarda un hombre en levantarse?
En los espíritus débiles, como en el caso de Fresa, la pérdida de tiempo, o darse cuenta, al menos, de que en algún punto se lo perdió, suele hacer estragos.

***

Anoche, después de que llamara mi mujer, me senté frente al televisor, no para ver algo en particular, sino con la intención de dejar vagar la vista hasta encontrar alguna cosa que me entusiasmara, la vista y la mente. Y ahí quedé, pasando de canal en canal, sin detenerme en nada. No sé cuántas veces recorrí la grilla completa, arriba y abajo. Cada imagen de cada cosa, fuese una modelo, un boxeador, un futbolista, un político, un criminal, o un actor o actriz interpretando a una modelo o a un boxeador o a un futbolista o a un político o a toda una larga clase de criminales terminaba confundiéndose y siendo lo mismo, partes indistinguibles de nada. Cuando me di cuenta de en qué me estaba metiendo ya había pasado más de media hora. Pero seguía ahí. Recordé una frase de Bukowski: no hay que jugar con la locura porque la locura no juega.
No es la primera vez que me sucede algo así. Al despertarme, si no tengo ese día alguna obligación, esté o no mi mujer todavía dormida a mi lado, me quedo mirando el techo, tratando de evaluar la conveniencia o no de levantarme, viendo en qué cambiaría mi vida o la de alguien más si hiciera el esfuerzo y dejara de estar acostado. Después, cuando la espalda empieza a entumecerse o mi mujer me empuja afuera de la cama con algún reproche, en broma o no, me sobreviene una rara especie de angustia por no haber aprovechado el tiempo levantándome antes. Y pienso por ejemplo en los mates que podría haber tomado mirando los primeros rayos de sol. La próxima vez que me ocurre, en cambio, cuando todavía estoy mirando el techo, pienso que en realidad levantarme antes a tomar mates mirando nacer el sol no depararía para mí ni nadie ningún cambio importante. Y me quedo entonces en la cama, a perder el tiempo.

Lo que me hizo levantar del sillón y dejar de cambiar de canal sin sentido fue la sequedad que empecé a sentir en las manos. Dejé en cualquier canal, fui al baño, traje conmigo una de las cremas de mi mujer y empecé a refregarme las manos con ella, después quise tapar la crema pero al tener las manos embadurnadas la tapa se me escapó, cayó y rodó lejos de mi alcance, al menos eso creí. Estuve un rato largo buscándola a tientas, ensuciándome las manos ya que ponía las palmas cremosas en el piso y a estas se les pegaba tierra, polvo, pelusas, mientras en el canal que había dejado la vida seguía su curso. Nervioso, insultando, me decidí a encender la luz, pero tampoco fue suficiente. Levanté el sillón, me fijé debajo de la mesa del televisor, debajo de las sillas del comedor, debajo de la mesa. Abrumado, considerando ya la derrota, me senté y clavé la vista en el piso, sin importarme lo que ocurría en el televisor. Ahí estaba la tapa. A mis pies.

¿No fue todo eso, cambiar de canal sin ton ni son durante más de media hora, creer haber perdido la tapa de la crema para manos y buscarla durante no sé cuánto tiempo, una especie de pasado inconcluso, algo no resuelto, una grieta, una falla, un quiebre por donde se colaron minutos que pasaron a caer en la inutilidad?

***

Dicen que los hombres se suicidan sobre todo los domingos. Es el tiempo que creemos desperdiciado lo que nos empuja a eso. Son las tapas que se nos caen de las manos, la cantidad de canales que cambiamos sin encontrar nada. Todo eso son los domingos en que los hombres se suicidan.

***

No quiero hacer de esto una tesis, pero valdría la pena preguntarse si un hombre se suicida por su pasado o más bien por su futuro. Me parece que el pasado vuelve los domingos. Y el futuro se ve más claramente. Y asusta.

No sé si con su futuro, pero puedo decir que Fresa tenía problemas con su pasado. Yo creo que escribir llegó en algún momento a parecerle insuficiente. Es idiota, escribió, pensar que las cosas se remedian con el tiempo. Si es así, dijo, es porque en realidad ya están arregladas. Y nadie en su sano juicio puede creer eso.
Era un hombre que, como yo, no tenía presente, por tener el pasado inconcluso y el futuro demasiado cerca.

***

Esta no será una biografía llena de dolor. Más que de su muerte, hablaré de su vida. Y de su vida trataré de centrarme en su obra, no en las tragedias que lo llevaron a escribirla.
Claro que cuando alguien anuncia abiertamente sus intenciones no lo hace con la intención de cumplirlas.

***

Roberto Fresa está sentado y mira Buenos Aires por primera vez. Estamos en 1988. Tiene barba de dos o tres días, lentes de marco fino, marco negro, ese modelo: Dallas Nero, de una marca italiana cuyo nombre no recuerdo y que compró en alguna salida rápida de ese mismo viaje.
Tiene barba de dos o tres días, lentes de marco fino y un aire de cansancio.
Hace un par de días que llegó, pero no se acostumbra al ritmo de la ciudad. Piensa que el hotel que le consiguió la editorial no está mal, no está en pleno centro, no le hace falta, pero eso donde está sigue siendo para él una especie de encierro que cree injustificado.
Tiene barba de dos o tres días, lentes de marco fino, un aire de cansancio y no se le ocurre nada útil.

***

Fresa dijo, en una entrevista de 1990, para una radio del interior del país, LV3, que mirando por la ventana de esa habitación no se le ocurrieron más que estupideces. Pero que igual las usó en su siguiente novela.
De cualquier manera, no estaba ahí para eso, pensar en su próxima novela, sino para dar una charla en la Feria del libro, ser entrevistado por los medios que la editorial pudiera conseguirle y firmar un contrato por la reedición de dos libros de cuentos que había publicado de su bolsillo, años y años atrás. (Ojalá que para esta biografía que me propongo escribir consiga un ejemplar de cada edición original. Se rumorea que cambió muchas cosas cuando su nueva editorial le propuso reeditar esos libros, pero aquellas primeras ediciones fueron tan mínimas y precarias que nunca supe de alguien que efectivamente hubiera hecho la comparación.)

Dijo a LV3 que las imágenes de su cabeza eran irrefrenables. Que simplemente se sentaba a ver pasar la gente, que nunca se había dejado la barba tantos días sin cortar, que nunca se había sentido tan cansado y que las pocas cosas que se le ocurrían mirando por la ventana no tenían el menor sentido. Pero que igual las usó para su próxima novela. (A mi entender, no es tan mala como dicen todos. Inclusive él.)

A Fresa siempre le costó experimentar en su literatura, veía el asunto demasiado físico, le hacían doler el cuerpo los giros bruscos, impensados, hasta fortuitos y más o menos casuales de lo que su nueva editorial le recomendaba leer. (Fresa dijo que en realidad esa novela la escribió más que nada por compromiso, para darle a esa editorial porteña que se había fijado en él algo nuevo que sacar a la calle, nada más.)
Fresa, simplemente, escribía. Sabía que todo lo demás es horror, no un simple vacío o indisponibilidad para otra cosa, sino el horror, nada más que el horror. Hay que ser realmente morboso para experimentar con el horror, dijo en esa entrevista. Y luego, arrepintiéndose, simplemente dijo: Hay que ser morboso para experimentar. Asumía que al horror, siempre presente, estaba de más nombrarlo.

***

Como tantas veces le pasaría con los años, con la llegada de una modesta fama y de las obligaciones, la ciudad en la que fue a parar no le gustó. Siempre lo molestó que lo sacaran de Formosa. Veía demasiadas voluntades sueltas y creía ver en ello algo así como una conjura en su contra. La impericia de los conjurados los hace estarse inquietos todo el tiempo, escribió en su diario. Hay leyes aquí que no son para que alguien como yo se sienta seguro, sino todo lo contrario.

***

La novela que a nadie le gustó trata sobre una mujer que viaja en ómnibus todo el tiempo.

Es ahí donde le ocurría todo: las peores cosas, las mejores cosas. No había en la Tierra un lugar fijo para que los problemas o las bendiciones empezaran.

El personaje se llama Alicia Tónica y nunca quiere hablar de sí misma. Se encuentra con mucha gente a lo largo de su viaje interminable, pero elude hablar de sí, decir de dónde viene, decir adónde va (el pasado como algo inconcluso, el futuro como algo demasiado cercano, que nubla la vista). Habla de otras cosas y las conversaciones se dan exclusivamente en colectivos, en colectivos en movimiento. Parece mentira, pero esto se nota en la novela. Uno se lamenta que esas personas se muevan tanto. La novela tiene ese ritmo: el de un colectivo vetusto que anda a los saltos, un colectivo yendo por un camino con pozos, un colectivo sin amortiguadores, con resortes que se clavan en las costillas.

Ahí estaban los policías de un rato atrás: subiendo, preguntando al chofer, metiéndose por el pasillo, buscándola. Tal vez fueran otros en realidad. Pero daba lo mismo. Pronto llegarían las preguntas. No tenía mucho para contar.

Me sorprende la puerta. Me levanto, dejo la novela de Fresa, dejo mi borrador de su biografía, y miro por la ventana: es el pibe del edificio del frente. Sonríe y tiene en su mano mi adaptador.

***

Como no es fácil continuar después de una interrupción, el hilo se pierde, las mejores palabras que uno tenía ya no se encuentran, decido no hacerlo, suspender la tarea para mañana. El pibe me dijo que perdonara la tardanza. Y que no me trajo uno nuevo porque ni siquiera usó el mío. Apenas llegó a su departamento vio a su madre enchufando el televisor con el adaptador recién encontrado. Así que dejó mi adaptador en la repisa del living y se puso a ver el partido. Me habló del partido. Después, dijo, se olvidó de que me debía el adaptador. Cuando se acordó, hoy a la mañana, creyó que no tenía por qué comprar uno nuevo. Esperó a ver luz en la casa, dijo, y se cruzó para devolvérmelo. Gracias, dijo. Me preguntó por qué no hablaba. Le señalé mi garganta. Ah, dijo, gripe, sí, dijo, está toda la gente igual. Es este polvo en el aire, dijo, que nadie sabe de dónde viene. Raro en invierno, ¿no?, dijo, ese polvo en el aire. Saludó y se fue.

***

Tal vez sea por la interrupción, no poder seguir escribiendo, o haber leído de nuevo tramos de esa novela de Fresa, que habla del pasado, que habla del futuro, o sentirme solo, simplemente, o porque la caja de vino blanco Toro está ahí, al alcance, que me voy sirviendo un vaso tras otro hasta terminarla. Después, sigo con lo que encuentro en la despensa: media botella de Criadores. Pienso en Fresa y en la depresión: se me ocurre que todos los escritores que la mencionan en sus libros, Fresa incluido, son unos cobardes o unos mentirosos. Sé muy bien que sólo se trata de química. La depresión ocurre porque falta algún compuesto de los que se mezclan continuamente en el cerebro para darnos marcha. Pienso en el prozac, o en una pastillita que tomaba mi padre, trapax, me parece que se llamaba, y listo, el compuesto ausente vuelve a ocupar su lugar en la mezcla y todo se activa como corresponde. Pienso en la caja de vino y en la media botella que acabo de tomarme y me doy la razón a mí mismo: ya estoy mejor. Pero el pasado no tarda en volver y el futuro en mostrarse en toda su oscuridad. Siento un calor agobiante. Me desnudo, me voy sacando a manotazos el buzo, la remera, el pantalón, el calzoncillo, las zapatillas, las medias y me meto en el baño, me siento en el inodoro y miro el piso, las paredes, trato de fijar la vista pero todo me da vueltas. No sé cuánto tiempo estoy así. Me meto el dedo en la nariz y saco algo: es un pedazo de tierra rodeado de esperma.

***

Mañana es domingo y tengo miedo.

Pintura de Wayne Thiebaud
Apartment View
1993

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