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abril 28, 2008 / Roberto Giaccaglia

Treinta años lleva El Cairo incendiándose y parece que sólo me importa a mí

No recuerdo bien qué estaba haciendo en mi pieza. Nada, probablemente, o terminando de pegar un póster de Iron Maiden o algo así, cuando mi viejo me grita desde la cocina que vaya hasta el quiosco, que había un tipo con unos cassettes para vender.
Me extrañó la invitación de mi viejo, que hacía poco me había dejado bien clarito que no le iba a sacar más plata para esas cosas, música de locos. Tenía sus momentos, pero se recuperaba siempre.
Yo había empezado a comprar cassettes unos meses atrás, nada más, tal vez ya tuviera un año de coleccionista o de comprador compulsivo, pero no más de eso. Y era cierto, me gastaba la plata en eso y cuando no tenía más buscaba en el cajón del vuelto cuando mis viejos miraban para otro lado. Contaba con trece años o acababa de cumplir los catorce, buscaba una identidad y eso me lo estaba dando la música. Para el deporte era un queso partido al medio, para las chicas más o menos lo mismo y otra cosa que hacer no había en el pueblo. Así que yo compraba cassettes y pegaba pósters. También tenía una guitarra, es cierto, pero de eso mejor no hablar.
Salí de mi pieza y me fui para el quiosco, con la remota esperanza de encontrar algo de lo que hablaba la revista Metal, qué sé yo, Metallica, por ejemplo, o Quiet Riot, cosas así, que todavía no había escuchado, que apenas imaginaba y mal. Pero había otra cosa esperándome.
El tipo estaba acodado en el mostrador, charlando con mi vieja, que lo miraba con mala cara. En los pueblos es así, cuando aparece un desconocido todo el mundo le clava los ojos, más si está vendiendo alguna cosa. Se supone que esa “cosa” o bien es un fraude de un tipo de ciudad que va un pueblo a engatusar giles o bien es robada, cosa que probablemente fueran los cassettes que el tipo traía consigo. Se notaba que no tenía la menor idea de qué música estaba vendiendo en esos cassettes. Los tenía en un bolso negro, de viaje, gastado, hilachento, con varios viajes encima. Había por lo menos cincuenta cassettes adentro, si no me quedo corto. Nadie le había preguntado de dónde venía, tampoco lo dijo. Lo único de lo que quería hablar era de su mercadería: estaba vendiendo unos cassettes usados, muy buenos y a buen precio dijo. Lo miré esperando que dijera que eran suyos, pero no lo dijo. Se quedó en silencio, esperándome a mí en realidad. Pero yo no tenía nada para decir. ¿Querés verlos?, preguntó al fin. Dale, dije yo.
Metió la mano en el bolso y empezó a sacar: Wam!, Mick Jagger, Police, muchos otros que no recuerdo, y The Cure, tres, para ser más exactos: Boys Don’t Cry, Pornography y Seventeen Seconds. Era, de todo lo que había desparramado sobre el mostrador, lo único que yo creí que podía llegar a interesarme, a pesar de mi lectura de la revista Metal. Los vendía muy pero muy baratos. Menos de la mitad de lo que costaban en las disquerías. Y estaban impecables.
De The Cure había visto algún que otro video, nada más, sin prestarle mucha atención. No tenía la menor idea de qué se trataba. Todavía no la tengo, me parece, pero yo por entonces los asociaba con el punk, así que supuse que si me compraba esos cassettes iba a estar todavía más afianzada mi identidad rebelde, mi soledad, mi valentía de ser distinto en un mundo que escuchaba Soda Stereo y cosas así. Mi vieja sacó unos pesos del cajón (ahora que lo pienso tal vez fueran australes), se los extendió al tipo, nos dimos la mano y nunca más lo volví a ver.
Me había dejado un pequeño tesoro.

Nunca habría podido contar con una música semejante. Es decir, con mis escasos medios para hacerme de música —tenía que viajar a alguna de las ciudades vecinas, ahorrar durante semanas, robarles a mis padres, esperar la recomendación de alguien, etc.—, conseguir de golpe tres cassettes de The Cure, el de la mejor época, además, era una especie de regalo del cielo. Creo que todavía creía en Dios, así que esa era una buena manera de explicar lo que acababa de caer en mis manos.

Ahora ya no tengo cómo.

La música que salió de esos cassettes me impresionó enseguida. Sobre todo, el del llamado Seventeen Seconds, que tenía una tapa borrosa, la foto de una invasión de humo, o de la sumisión de un mundo entero en medio de la niebla. La canción que ponía una y otra vez y que escuchaba con los ojos cerrados era “A Forest”. No podía explicarme a mí mismo cómo era que unas cuantas notas apenas pulsadas podían crear un clima tan atrapante. A veces lo hago todavía, escuchar esa canción con los ojos cerrados, pensando en ese llamado inexistente de una mujer soñada, que se pierde en medio de un bosque que termina por atrapar a quien se aventura en él siguiendo la voz. Es, me parece, una buena definición para la música de The Cure. Yo al menos me sentía así, atrapado en medio de una niebla, en busca de una voz que había parecido nacer sólo para mí, que conocía mi nombre y que me llamaba con insistencia. Y hacia ella iba una y otra vez, sobre todo por las noches, en busca de nada, chocándome las ramas espinosas, en medio de la densidad, en medio de la oscuridad, en medio de la niebla, perdiéndome una y otra vez en ese bosque que cuando llegaba la mañana todavía no había desaparecido del todo.

Pornography era, por su lado, un disco de una naturaleza todavía más salvaje. No se trataba de un bosque solitario, algo que envalentonándose un poco se podía llegar a soportar, sino de un abismo insondable: un agujero negro, un lugar infinito, profundo y temible al que un pibe de trece o catorce años no debería asomarse sin un guía por lo menos. Lo dejé para más tarde. Para años más tarde en realidad.

Y Boys Don’t Cry era, más bien, una especie de liberación de todo lo anterior. Era un disco elemental, lúcido, no menos profundo, temerario o nebuloso que los otros dos, pero sí tal vez más preciso, un disco que empujaba más que tironear, que levantaba, elevaba, llevaba las cosas a otro lado, un lugar extraño pero para nada peligroso, atractivo no por el riesgo, sino por su calidez, su armonía.

Al lado de lo que escuchaba entonces yo, la de The Cure era música de niñas, sobre todo la de este disco, Boys Don’t Cry. Al menos así la definían las cartas de lectores de la revista Metal. Se produjo en mí una especie de revelación, pero no en contra del mundo circundante, sino de mí mismo o de lo que creía hasta entonces. La batalla se liberó durante años pero fue especialmente cruel durante los meses inmediatamente posteriores a que esos tres cassettes llegaran a mi incipiente colección: ¿era de un verdadero metálico la emoción que sentía al escuchar esos cassettes?
La guitarra y el bajo de cada una de las canciones, sobre todo las de Boys Don’t Cry, que fueron ganando terreno frente a las de Seventeen Seconds, su extrema simpleza y musicalidad, creaban escudos contra los dardos envenenados que salían de las cartas de lectores de la revista Metal, que vaya uno a saber por qué habían elegido a The Cure como la banda a odiar, una clase de música en las antípodas. El tire y afloje fue constante y en esa maraña de sensaciones se debatió, me parece, el nacimiento de ese melómano en el que me estaba convirtiendo.

Recién ahora lo entiendo, lo tuve en la cabeza durante un tiempo, pero recién ahora lo entiendo. Y recordé esas sensaciones y esta historia en estos días, justamente, en los que no puedo dejar de escuchar los primeros discos de The Cure. Sobre todo Three Imaginary Boys, la versión inglesa, es decir la original, del Boys Don’t Cry que yo tenía en cassette y que consideraba, erróneamente, el primer disco del grupo. Cuando Boys Don’t Cry salió en Estados Unidos llegó no como el primer disco de la banda, por más que era lo primero en conocerse de The Cure allí, sino en forma de compilación de los primeros modestísimos éxitos del trío inglés: “Boys Don’t Cry”, “Killing an Arab”, “10:15 Saturday Night” y “Fire in Cairo”.

Sobre esa canción quería hablar.
Y es raro, porque en realidad no tengo nada para decir. Hablar de una canción que nos gusta mucho, muchísimo, que para nosotros más que una canción es parte de la banda sonora de nuestras vidas, es un intento vano, como el de explicar una poesía o el acto más aparentemente mundano de dar cuenta de un sabor.
Y es con cosas como esas, creo yo —la poesía, un sabor—, que precisamente pueden explicarse ciertas cuestiones que en un principio nada tendrían que ver entre sí. Pero no digamos “explicar”, que creo que no viene al caso, sino más bien “hacer sentir”, que es mejor. Pero tampoco, porque nadie siente igual. Menos por una canción, algo tan enrevesadamente complicado: son las arterias del corazón las que hacen todo el lío.
Lo voy a intentar por el lado del sabor: “Fire in Cairo” opera en mi mente como la magdalena para el tipo ese de la novela que sale en busca del tiempo perdido. El sabor disfrutado alguna vez que años más tarde vuelve a nuestro paladar para devolvernos adonde pertenecemos. Debe de haber pocas cosas más poderosas que esas. Momentos iniciáticos, diría yo. No me faltan canciones para ello, claro que no, están las de Iron Maiden, por supuesto, el disco Blood Sugar Sex Magic, de los Peppers, la versión que hace Judas Priest de “Better By You, Better Than Me”, el Surfer Rosa de los Pixies… y tantas más, pero es “Fire in Cairo” la que hoy escucho, la que ahora mismo, en estos días, en este otoño, en medio de estas hojas doradas que en realidad no son metáfora de nada, hace que el sol moribundo vuelva a posarse sobre mí con sus últimas fuerzas, las principales, las que alumbran como si no fueran a volver a hacerlo… Y quién sabe, después de todo. ¿Habrá un sol mañana para nosotros? ¿Volverá el brillo de tus ojos? ¿Labios cercanos pronunciarán nuestro nombre? ¿Nos abrazarán como el fuego un par de brazos?

Para el dato histórico hay que decir que la canción salió a la luz, como ya creo haber dicho, en el disco Three Imaginary Boys, en junio de 1979, y más tarde como parte del “lanzamiento” de la banda en América, o sea en el disco Boys Don’t Cry, en agosto de 1980. Luego, en el año 2004, salió una versión de lujo de Three Imaginary Boys: allí se incluye una toma primigenia de “Fire in Cairo”, fechada en mayo de 1978, por lo que la canción estaría cumpliendo el mes que viene 30 añitos. En esa rudimentaria primera versión, rudimentariamente grabada, la banda se nota cruda, sin prolijidades de ningún tipo, ensayando la canción, dándole forma, el tempo quizá no sea otro, pero a la voz se la nota más ligera y las guitarras más que acompañar con una cobija la voz de Smith laceran, hieren… tal vez porque los muchachos contaban con poco tiempo para grabar y el dueño del estudio los estaba apurando. No hay sutilezas en esa grabación. Hay juventud, ganas de salir al ruedo, de quemar algo. Y lo que consiguen es bellísimo.

La grabaron por primera vez, entonces, un 27 de mayo de 1978, en los estudios Chestnut, de Sussex, junto a “10:15 Saturday Night”, “Boys Don’t Cry” y “It’s Not You”. La formación consistía en esos momentos en Robert Smith, Laurence Tolhurst y Michael Dempsey. Tenían la idea de hacer un demo para mandar a un par de discográficas. En setiembre este demo llegó a las manos de un tal Chris Parry, que fichó a la banda en el recién inaugurado sello Fiction, parte de Polydor Records. Un par de meses después mostrarían esas canciones (menos “It’s Not You”, sustituida por “Killing an Arab”) en el programa de radio de John Peel, la primera invitación de la banda a participar del mítico programa. Ya todo estaba lanzado. O empezando a arder.

Hay algo más acerca de “Fire in Cairo”. Mucho más, para ser sinceros, pero de todo lo que hay me quedo por el momento con lo siguiente: existe una preciosa, violenta, rápida y emotiva versión de “Fire in Cairo” hecha por un grupo argentino: Sub, un trío creo yo, de Buenos Aires tal vez, del que no tengo más referencias que esas. Dije alguna vez por ahí que escuchando esta versión uno encuentra esperanzas para el rock argentino. Tal vez en ese momento haya estado impresionable… pero me parece que ahora, tranquilamente, puedo ratificar cada una de esas palabras. Se puede descargar desde aquí.

“Fire in Cairo”, con el tiempo, dejó de ser una de las canciones favoritas, no sé si para el público, no sé si para los propios The Cure, pero algo de ello ocurrió pues luego del 82 se fue haciendo raro escucharla en vivo. De las grabaciones piratas que pueden encontrarse de conciertos de The Cure, aun las de principios o de mediados de los ochenta, son pocas las que la incluyen, mientras que son infaltables canciones como “10:15 Saturday Night”, “Killing an Arab”, “A Forest”, “Charlotte Sometimes”, por mencionar unas pocas.
Y bueno, nadie siente igual.

4 comentarios

Dejar un comentario
  1. Karoline / Ago 14 2010 10:28 pm

    me ha llamado mucho la atencion la obervacion que haces de que a PORNOGRAPHY la dejaste para muchos años despues, y es que considero que hay epocas en nuestra vida que requieren un soundtrack especial, y asi como dices que esos discos te cayeron del cielo, digamos que para mi, a punto de cumplir 30 años y con una mentalidad medio depresiva (jajaja) me ha llegado The cure, y bueno, ni que decirte del impacto de su musica en esos estados sombrios del animo. En verdad que me he enamorado de sus canciones, en especial de FIRE IN CAIRO… y si me lo preguntas, me gusta más la version del demo de Three Imaginary Boys (1979)(Deluxe Edition 2004), que aunque, como dices, esta desprolija y medio hecha al vapor, tiene ese encanto de la inocencia y la seduccion. Saludos.

  2. Roberto Giaccaglia / Ago 14 2010 11:43 pm

    Bueno, sí, Pornography es un disco de los peligrosos, como los de Joy Division, pero supongo que llegado el caso cualquier disco puede serlo. Sin embargo, a mí, por entonces, Pornography me daba un poco de miedo, había allí una atmósfera que no me animaba a cruzar. No sería la última vez que me pasó con un disco, pero recuerdo esa sensación en forma muy patente.
    Ahora, “Fire in Cairo” era otra cosa, de alguna manera, a pesar de lo que supo ser The Cure, la canción me levantaba de allí donde estuviera tirado, por lo general los profundos pozos de la adolescencia.
    Hay bandas así, necesarias, para bien o para mal.
    Gracias por tu comentario.

  3. Karoline / Ago 15 2010 12:02 am

    He tratado de encontrar la version de SUB :( , pero en el link que das, esta roto…. lo tienes guardado en tu pc?.. quizas para compartir? saludos!

  4. Roberto Giaccaglia / Ago 15 2010 6:40 pm

    Acá está el link de la canción, Karoline:

    http://hotfile.com/dl/62318367/e46c329/Sub_fire_in_cairo.mp3.html

    Espero que la disfrutes. Escuchala, y me decís.

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