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mayo 16, 2008 / Roberto Giaccaglia

Al borde del viaducto me senté y vomité

La ley de la ferocidad, Pablo Ramos, 368 págs., 2007, Alfaguara, Buenos Aires.

Durante mucho tiempo me interesó casi con exclusividad un sólo tipo de literatura, la del vómito. O sea, la del hombre que no da más y se pone a escribir toda la porquería que guarda dentro, sus rencores, su pasado miserable, sus miserias actuales, sus miedos, su cansancio, su soledad en medio de la gente, sus dudas existenciales. Es más, hasta creo haberla practicado. No es tan difícil. Si uno lleva consigo cierta amargura, y ha leído digamos más de dos o tres libros de escritores enfermos del estómago, bien puede sentarse, meterse un par de dedos en la boca, hacer fuerza y dejar que la basura salga. Quizá el resultado no sea buena literatura, ¿pero quién busca eso? Lo que se busca es alivio, y por lo general se consigue.
Voy a hacer una prueba ahora mismo, a ver si me sale.

Camino por una calle donde no hay más que basura, como en todas en realidad. Es un poco como lo que me espera en casa, esa mugre ya rancia que me hace pensar que no es casual mi soledad, o será que tal vez sea su consecuencia. Pero estar solo o acompañado es lo mismo, porque al cabo de un rato toda compañía se diluye. Un pibe me sale al paso con un manojo de estampitas. Pienso rápido, trato de justificar mi decisión de no meter una mano en el bolsillo y darle una moneda. La justificación que me ayuda es que si le doy una moneda se la va a gastar en pegamento, pero también puedo pensar que se la va dar a su padre, que va a comprar vino, se va a emborrachar y le va a pegar al pibe y a la madre del pibe y que le va hacer un hijo ahí mismo mientras le pega. Como este pibe ya tiene la vida arruinada, me guardo la moneda. Lo hago a un lado de un manotazo, el pibe se queda gritándome que soy un hijo de puta. Y yo camino y me río por dentro, pensando que tiene razón, que soy un hijo de puta. Pero él también, sobre todo él, pero de eso no se tiene la culpa, de ser un hijo de puta, yo tampoco la tengo, la tiene mi padre y la tiene mi madre, ambos muertos y bien muertos que están y bien mal que hicieron en morirse porque cuántas cosas tenía para decirles, eh, cuántas, nunca lo sabrán, pero eso no le importa a nadie. Me meto en un callejón, saco la billetera, me compro un par de líneas, me meto en el baño de un bar y aspiro un poco, para olvidarme de que este mundo está lleno de hijos de puta y de que yo no soy diferente, o sí, lo soy, pero de eso me doy cuenta recién cuando las líneas dejan de hacer efecto y en el espejo aparece el yo de la resaca, el yo que no quiere hacer más que vomitar, el yo que quiere limpiarse y no lo consigue nunca. Me siento y escribo y de pronto se me ocurre dónde gastar la cantidad de monedas que no les di a los pibes arruinados que salen a la calle con un manojo de estampitas: en putas, en mujeres que vienen por un rato a limpiar mi soledad.

Listo, no fue tan difícil. Ahora me siento mucho mejor y me llevó apenas un párrafo.

A Pablo Ramos, bah, a Gabriel, su personaje, o alter ego, o su humanoide, criado como Ramos cerca del viaducto Sarandí, le llevó un poco más: trescientas y pico páginas más. Sólo al final parece concederle al lector, y concederse a sí mismo, algo de aire, cuando lleva a su hijo a desayunar, pero como los malos pensamientos siempre lo andan rondando, el momento no tarda en arruinarse con recuerdos de sufrimiento, de sangre y de muerte.

Bueno, tengo que aclarar que lo mío es mentira, lo del párrafo de arriba digo, en negrita… Lo escribí yo, sí, pero no siento nada de eso. Todavía no llegué a tanta degradación, así que no me hace falta ponerla por escrito, era un ejemplo, nada más, de este tipo de literatura, la del existencialismo vil y embustero.
Pero en realidad el que escribe de esta manera también puede hacerse de un personaje y hasta llegar a creer que es ese personaje y sentir entonces igual asco, igual desprecio, por sí mismo y por los demás, sobre todo por los demás (hacía rato que no leía una novela que despreciara tanto a las personas que pasan por ella: en La ley de la ferocidad no hay nadie que parezca digno de confianza o capaz de hacer algo meritorio, todos son hijos de puta, detestables, mentirosos, llorones, lo que a uno se le ocurra.), algo que sería feo endilgarle a Pablo Ramos, porque, claro, a lo mejor el Gabriel que en esta novela se desespera y putea y se derrama no es él, o enteramente él, sino simplemente una invención, una creación literaria… aunque en la contratapa del libro se nos aclara que Pablo Ramos “hace de su vida literatura”. Pobre, che, pobre de él y pobre de la literatura. Es que haber llevado una vida de mierda no significa que al momento de escribir no terminemos produciendo una literatura de la misma naturaleza.

Pero, en todo caso, el tal Gabriel, como alter ego de Pablo Ramos, no tiene una presencia injustificada, sobre todo hoy, donde está muy de moda la “literatura del yo” y la del existencialismo barato, que a veces son la misma cosa: una literatura que por no tener nada que contar lo cuenta todo. Por supuesto, como es de esperarse, las más de las veces este “yo” es un pobre desgraciado que hace de la nada que es su vida una novela que se detiene precisamente en los detalles de su miseria. Digo “detalles” pero enseguida me arrepiento, porque en esta clase de literatura todo es grueso, carece de matices, de distinción: el hombre se levanta y sufre, desayuna y sufre, trabaja y sufre, almuerza y sufre, sale y sufre, vuelve y sufre, duerme y sufre, se levanta y… Ups, estuve a punto de repetirme.

Uno a veces se entusiasma y simplemente sigue, por páginas y páginas, 368 para ser exactos, vomitando y vomitando, jugando a despreciarse a sí mismo y jugando a despreciar a los demás, tratándolos con todo el asco y la miseria y la porquería ya podrida dos o tres veces que vaya uno a saber para qué guardó tanto tiempo, porque de haberla sacado antes a la luz a lo mejor no olería tan mal y no taparía quizá el aroma de la literatura, que en la anterior novela de Pablo Ramos, El origen de la tristeza, estaba más presente. Allí el hombre enfermo del estómago veía detenido el efluvio tóxico de su interior por un escritor que talento en mano hacía desviar tanta miseria y dolor hacia terrenos donde sirvieran para decir algo, no para embadurnarlo todo de bilis.
Pero aquí, me parece, el escritor se hizo a un lado. Habrá estado muy ocupado tratando de cumplimentar con el rol que tal vez se haya obligado a asumir, el de este pobre tipo, Gabriel, que odia a todo el mundo con la misma pasión con la que se odia a sí mismo. Tanto odio se destila aquí que uno tiene todo el derecho a pensar que es un poco forzado. No importa mucho lo que dice la solapa del libro, que el ámbito de Pablo Ramos fue la calle, la vida difícil, la desesperanza, no importa, en parte, porque, como ya dije, haber tenido una vida de mierda no es garantía de hacer una literatura que no sea como esa vida, y en parte porque por suerte la vida de Pablo Ramos se ha rehabilitado, y bienvenida esa rehabilitación. ¡El tipo hasta tiene agente y asistente! Después de pasearnos por la miseria de sus pensamientos, por toda su desesperanza, parece una tomadura de pelo, algo perversa, enterarnos de quiénes forman parte de su larga lista de agradecimientos: ¡su agente y su asistente! Pero ojo, tal vez sea demasiada pretensión que el tipo viva como un ermitaño o como una especie de Céline, ¿no? Por más que juegue a ser Céline, digo, es demasiada pretensión, ¿no? ¿O es que para ser Céline conviene vivir como tal? Tal vez, pero en la literatura de mercado uno tiene todo el derecho del mundo a mentir durante 368 páginas, hacerse el cabrero, el borracho, el odioso, y después agradecer por su novela hasta a sus cuñados… Sin olvidar al agente y al asistente.

En esta tomadura de pelo hay algo más, ajeno a las cualidades literarias:
En la “literatura del yo”, en la literatura del asco, hay muchos lectores que van a buscar a esos libros cualquier cosa, menos literatura, y de no ser “eso” que decimos ser como personaje, “eso” que componemos para mejor escribir desde la mirada de un personaje rabioso, odioso y pedante, se nos puede tildar de mentirosos. Es que los lectores van a buscar experiencia, dolor, dejadez, odio, no literatura, o a lo sumo buscan una literatura que sea todo eso. Es casi una apuesta a lo vivencial, del tipo Coelho (A orillas del río Piedra me senté y lloré, Verónika decide morir, El Manual del Guerrero de luz, etc.) o Bucay (Cuentos para pensar, De la autoestima al egoísmo, Amarse con los ojos abiertos, etc.), pero en otro plano: en vez de ser Ramos un “ayudante” para vivir mejor, como lo son Coelho y Bucay, es un “ayudante” para vivir odiando: no estamos hablando aquí de una estética, sino de una desazón, una escritura furiosa que no pretende florearse, sino, como ya señalé, poner en movimiento la máquina de regurgitar basura, esa basura que el autor de esta novela nos hace creer desde la solapa del libro que está en su corazón, gris, negro, sin colores. Se propone, desde ese corazón, mantener cierta comunicación con sus lectores, de carácter profundo: vivir no sirve de nada. Es cuestión del lector creerle o no. Dejarse atrapar, convencerse. O sea, el lector de un “libro vivencial” siempre preferirá que su escritor no se mande la parte, que sea “eso” que dice ser: un yo asqueroso y a su vez lleno de asco, despreciativo y descreído, o uno lleno de vida, de emociones positivas, vegetariano de ser posible, creyente en los milagros. De lo contrario, el lector pude terminar creyendo que tanto de un lado como del otro no le vendieron más que existencialismo de cotillón. La espiritualidad novelada, o en forma de cuento, es a la larga muy similar a la regurgitación literaria. La autoayuda es lo mismo que la literatura de Pablo Ramos (¿autocongoja?, ¿autoabandono?, ¿autodesamparo?, ¿autodificultad?, ¿autodesprecio?), una especie de autoengaño: el autoengaño ocurre cuando la persona se niega a ver de una manera opuesta a la propia, por más que reciba constantemente muy buenos argumentos en contra. Quien se autoengaña hace una selección conforme a sus intereses. Así, los existencialistas de cotillón terminan viendo el mundo color de rosa, o en su defecto gris, negro o sin colores. El autoengañado se esfuerza por creer sus propias distorsiones y por ello niega otra visión de las cosas, por más que interiormente sepa que esa visión tal vez sea la verdadera o al menos meritoria de atención. Si Gabriel piensa que todos son malos y que todo lo que existe es terrible, no importa lo buenos que sean o los respiros que la vida otorgue. De ahí que esta misma efusividad sea fuente de sospecha. Uno está autorizado a pensar que la ceguera del personaje obedece sólo a su pulsión por diferenciarse de alguna otra mirada posible. Por ejemplo, la de Coelho/Bucay. Al respecto, aquí tenemos un pequeño ejemplo del efluvio gástrico de Gabriel: El libro en cuestión lo decía todo con el título: El peregrino de la armadura oxidada. O algo por el estilo, si es que esas cosas pueden ser clasificadas bajo algún estilo distinto del de la palabra mierda. Mierda es poco: mierda para subnormales amantes de la más inmunda de las mierdas. Las cosas que ese libro decía, el tono exagerado y solemne con que intentaban componer fábulas moralizantes sobre el bien y el mal, sobre la posibilidad de elegir siempre la felicidad como si fuera un melón maduro para la cena, son verdaderamente irreproducibles.

Y con esto quiero volver a lo del principio: durante un tiempo sólo me interesó una literatura, la del asco, la del vómito. Leí montones de libros como el de Pablo Ramos y escribí en consecuencia, hasta que me cansé. Me asqueé, mejor decir. Y me cansé o asqueé porque terminé dándome cuenta de que la literatura de Coelho/Bucay es una literatura mentirosa, falsa, impostada, artificial, que intenta meterle al lector nada más que una idea en la cabeza, en parte por ser libros que están hechos con esa única idea. La llamo “literatura de Coelho/Bucay” porque lo de Pablo Ramos es tan unimembre como lo que hacen estos dos autores. Si Pablo Ramos fuera famoso como ellos, la literatura de Coelho/Bucay podría llamarse “literatura de Pablo Ramos”. ¿Qué puede importar que unos dejen enseñanzas para la vida y que el otro nos enseñe que la vida es una herida absurda? Ambos pretenden lo mismo, apologizar, ya sea mediante la sonrisa del alma, ya sea mediante la pesadez estomacal y la mala cara. Sean un canto a la vida o una pretensión de hundir al lector en la miserabilidad, esos libros mienten, abundan en una sola y única cuestión, de un lado o del otro. Ven con un solo ojo, oyen con un solo oído e intentan hacernos creer que el mundo es eso, o bien una maravilla llena de colores o un charco de vómito. Escriben desde el mismo sótano, desde donde no pueden ver la realidad. Es el sótano del dogmatismo. Como tal, no les importa traer cosas de los pelos, pintarrajearlas con sus colores, brillantes unos, opacos el otro, y amoldarlas a lo que escriben: sus patrañas. ¿Cómo puede ser que no se encuentre nada de dicha o aire fresco en más de trescientas páginas o que el personaje no se tope con algo de esperanza o un ser humano que le sonría y que cuando la dicha aparezca el tipo se ponga a pensar en una prostituta a la que le abrieron la garganta con una botella rota?
Ya va siendo un caramelo duro de tragar este de la miseria continua, ya está el cine indie americano para eso, con toda su tristeza y cursilería —que se quiere oponer al que entrega el cine de Hollywood, el pochoclo de la esperanza. Es en todo caso un caramelo que atraganta, el primero, y un pochoclo que empalaga, el segundo.
Y lo mismo ocurre después de leer a Ramos/Coelho/Bucay.

Creo que era Bukowski quien decía que el trabajo del escritor es limpiar por la mañana lo que vomitó por la noche. En La ley de la ferocidad el escritor después de vomitar se puso a dormir encima, o cambió de habitación o salió a pasear con su agente y su asistente y se olvidó del asunto.

6 comentarios

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  1. Nahuel Aciar / Sep 4 2009 2:46 am

    Existencialismo barato? dónde se consigue porque siempre lo consigo caro, por favor, no existe esa clase de existencialismo.
    La verdad, me gusta mucho como escribís, pero te quejás de la forma de escribir(la forma tipo vómito) de un escritor y vos esribís de la misma manera. Bien se podrían vomitar uno a otro con pablo ramos, se cagarían de risa, la pasarían muy bien

  2. Victoria / Nov 2 2009 1:08 am

    Seguramente las críticas tengan q ver con desmoralizar, o despotricar, o desvalorizar algun trabajo. Buscarle el pelo al huevo. Pero está claro q a la gente le gusta leer todo ese tipo de vómito q decís vos, y que, coincidiendo con la persona q comentó arriba, no se diferencia en absoluto con tu estilo de escritura, q me parece buenisima, por otra parte.
    Soy consumidora de todo ese tipo de literatura, como muchisimas miles de personas, aqui en latinoamerica y en Europa también, y no creo que se merezca tanta mala onda, porq en principio somos todos libres para elegir qué leer y por otro lado esos libros reflejan el presente de la sociedad, al menos en algunos aspectos internos, así estamos, discutimos con todos, nos parece todo una mierda, sufrimos todo como una muerte, y el idealismo está un poco por el piso. Pero es algo q nos pasa, o q nos pasó a todos, q con algunos recursos literarios mas o menos, nos hacen mas llevadera la lectura, mas interesante, o tambien, por qué no? mas comercial.
    Es válido. mientras alguien se identifique, se cague de risa, o llore mucho con alguna historia de esas el cometido está logrado.
    no te paraste a pensar q uno critica justamente el aspecto mas similar al de uno mismo? cuanto de escritor “vomitivo” hay en vos?
    Reitero, este tipo de escritura me parece super real, interensante y valedera.
    Que estes muy bien.

  3. Pablo Bernal / Nov 11 2010 11:10 am

    Giaccaglia: Nobleza obliga, debo advertirte que en términos generales lo que escribe Ramos me gusta (con la debida aclaración de que también me gusta Carpentier, Borges, Carlos Fuentes, Paz, Cesar Vallejo, Bolaños, García Márquez, Cortázar, Castillo, Vargas Llosa, Onetti -un infinito etcétera- … y, si me apuras un poco hasta el Platero de J R Jiménez o las composiciones de María Elena Walsh) de modo que debo ser, según tu vara, otra suerte de sujeto vomitante – vomitable – vomitado.

    Entre a tu blog porque un amigo me dijo que alguien hacía un blog sobre literatura (mayormente) y que además escribía bien. No se equivocó, en general, aquí se habla de literatura y vos escribís bien.

    Se nota, en lo pronto, que tenés un manejo cuidado y hasta consentido del oficio en síntesis escribís bien. El problema es que pensás mal y de literatura poco y nada, por no decir nada a secas. Haber leído mucho, tener buena memoria, experiencia y cierto “estilo” a la hora de poner por escrito la propia opinión (podría -no necesariamente- aunque en este caso) no es equivalente a “saber” de literatura. Con un agravante, en tu crítica hay impostura (no por la crítica de Pablo Ramos en particular sino por varias de las entradas que vi hasta llegar a “Al borde del viaducto me senté y vomité”) y digo impostura por no decir frustración y hasta superficialidad.

    Eso que vos llamas existencialismo de cotillón, no es una escritura sencilla cuasi-refleja y sin filtro que, adolece y desprecia la ética y la estética, en todo caso al contrario, creo yo. Por otra parte pensar que El origen de la tristeza es superior a La ley de la ferocidad por creer que, en el “El origen”, de algo que nace mal y se complica a lo largo de la historia, la cosa al final termina “bien” como en una suerte de moraleja o de elemental cuentito de hadas, hace que uno advierta tu raquitismo artístico (por lo menos a la hora de juzgar) e inclusive obliga a preguntarse si leíste ese libro. El origen de la tristeza termina mal. Y si terminara bien, no quiere decir que eso ocurre porque por ahí pasó y se posó LA LITERATURA. Ahora que lo pienso, ¡qué pensamiento tan pueril y nimio el tuyo!

    Así que, es positivo sí, expresa con corrección bellas ideas dichas bellamente que -se supone entonces- hacen florecer en el espíritu del hombre un natural sentimiento de belleza que por supuesto no condice con vómitos y otras secreciones impuras y excrecencias de lo humano.

    Dejame entender, cuando el mandamás de El Matadero, de Echeverría, impone a sus subordinados a “darle verga” al joven unitario vos interpretás por un lado que en Echeverría había algo retorcidamente gay y criminal y que, además ese cuento, dada tal figura de barbarie es, latosa y despreciable literatura?
    Estamos fregados como dicen los mexicanos, porque resulta que en la narrativa de Echeverría -más propiamente en El Matadero y, en la del “correcto y culto” Sarmiento se fundó y todavía se sostiene, la nueva narrativa nacional por no decir latinoamericana.

    Otra casi al margen, mencionas mucho (señal de que te preocupa la extensión) el número de páginas, la cantidad de papel “gastado”, en La ley de la ferocidad, pero nada decís por ejemplo de la impresionante y sostenida tensión que el autor le da al relato a lo largo de la casi totalidad de ese número abultado que tanto te incomoda. Por citar algo simple que podrías mencionar sin que te exijas a hablar en serio de literatura.

    Viejo ¿Vos, antes de publicar…revisás lo que escribís? o mejor dicho, Roberto Giaccaglia sos vos? ¿O es un seudónimo y, en consecuencia, no te importa escribir flatos intelectuales?

    Sólo para ejemplificar, si me das a elegir entre Ramos y Borges me quedo con Borges. Porque es mejor escritor o, sería más correcto decir, porque a mí me gusta más, pero no por su falso alejandrino francés u otras voluntades estéticas; ni mucho menos porque, para hablar de los abismos del hombre, eligió cierta retórica temática y hasta estilística. Lisa y llanamente porque lo hacía mejor, en mi opinión modestísima, claro. Y lo elijo por sobre Cortázar y sobre Bioy, por ejemplo; y sin embargo, esto no quiere decir que Pablo Ramos no sea lo que, un excelente novelista (por lo menos hasta acá) que, a vos te desagrada (aunque sospecho -pero esto es entre nosotros- que, en el fondo, ningún escritor que no seas vos, te agrada).

    Por otra parte, te metés a darle palos al autor con el pretexto de que Gabriel (que es ni más ni menos que un personaje de novela con raigambre en la vida de su autor, lo que en la jerga se conoce como personaje auto-referencial) es un alter ego de Pablo Ramos. Indica dos cosas: Primero, que en alguna parte la ficción de “La ley” te doblegó (punto para Ramos o para Gabriel, si así es tu preferencia) y, en segundo término que, cuando en el análisis de un texto literario (que es lo único que está en discusión) el crítico se pone a opinar sobre la vida del autor; si tiene asistente, si ya no se droga, si se limpia la carlanga de los dientes con la punta del pito después de una sobredosis de viagra, es porque nunca se estuvo hablando del literatura.

    Uff, terminé vomitando yo también, te juro que no quería, pero es que tu blog tiene eso, apenas leí cinco o seis entradas y huahhhj. Cuando leo “La ley…” sufro, me divierto, me espanto, pero sabés que, no vomito (ni siquiera virtual o metafóricamente).

    A ver, reconozco que escribí demasiado, muy largo para lo que amerita el asunto. El asunto es que vos hiciste publica tu opinión y eso está bien aunque no coincida con la mía (inclusive si la campana disonante soy yo). Además ¿quién soy yo?, un perfecto nadie. Pero el asunto, sigue siendo que, tu blog se llama Critica Creación y, allí supuestamente “haces crítica literaria”, salvo que de literatura cero al as. Y de crítica un vómito nomás, el tuyo, porque intentas hablar del libro y te despachas contra el autor y, no conforme pretendes estereotipar e imponer canon sobre que es buena literatura y qué no lo es (habría que leer lo tuyo, dicho sea de paso, y opinar).

    En fin, lo que a mí me molesta no es que te expreses, mi bronca pasa por los lectores, sí, por los lectores, porque cuando das sentencia sobre los libros de autores que te fastidian en lo personal (autores que te fastidian en lo personal, reitero, como evidencia tu critica), cuando un sujeto como vos, “valora”, valora a matar. Desacredita en función del autor, con el riesgo agravante de que, un lector neófito (de cualquier edad) pero inexperto, ansioso y bien intencionado, te lee y, en una de esas, termina por acuñar la idea estúpida, insustenta y falaz de que Ramos es un escribidor, una suerte de voluntarista de la palabra, un cómodo o un oportunista que hace literatura con su vida por el encanto de la efímera fama de “escritor” o para no drogarse (cosa que de todos modos no sería reprochable) y que, lo que escribe es una suerte de cloaca de la emergente novelística nacional.

    Voy más allá, si vos no te bancas a determinado autor, te felicito. Si el lector se da cuenta, bravo por el lector, qué perspicaz. Ahora, si por tu critica el/los lector/es creen que Ramos o quien fuere el ocasional blanco de tu vómito (no creativo) crítico, es un escritor de morondanga y no leen por ejemplo La ley de la ferocidad y, se pierden así de formarse su propia experiencia…

    Por eso digo que, de literatura, vos, menos que yo.
    Cuando consideras determinada obra literaria, los puñales a su autor nada más denotan tu carencia. Cuando critiques la vida del autor entonces sé valiente, titulá, por ejemplo “Pablo Ramos, escritor que no soporto”, dos puntos y te despachás. Y, ahí sí, podés tocar aspectos de su literatura para apoyar la idea del asco que te sugiere que personas de cierta condición escriban y, lo que es peor, escriban de sí, escriban así, tan diferente a vos.
    Pero, por favor, no hagas lo contrario.
    Si hablas de literatura, arremángate, ponete a laburar, analiza y, HABLA DE LITERATURA.
    ¿Sos crítico de arte o de persona? o ¿Sos “Enter” fácil? o ¿Jorge Rial?
    Como verás considero que ser crítico es otra cosa.

    Sólo por eso, me tomo el tiempo y el trabajo de estar golpeando el teclado duro y pegajoso de este ciber. Y porque, ya que esta es mi primera y última participación en tu blog, bueno, valía un esfuercito. Pero ya tengo el culo chato (perdón por el nuevo exabrupto) así que me despido.

    Reconozco, eso sí, que no leí todo tu blog peor miré por aquí, por allá y, lo tuyo, puro palo y a la bolsa. Se nota que el aplauso no se da en vos con como en un jardín bien regado (eso en sí mismo no está mal); parafraseando de algún modo a Vélez Sarfield -a propósito de Sarmiento (también soy sanjuanino)- podría decirse “Si a usted se lo da vuelta, no se le cae un elogio”. Y agrego que, me tomo el atrevimiento de indicar todo esto porque lo de crítico, al menos en este espacio es, ad honorem (nunca interrumpiría así, si este fuere el sitio donde ejerces tu profesión rentada). Es decir, la crítica, aquí al menos, no es tu trabajo. Como sea, siempre tenés la oportunidad de borrar estos comentarios míos.

    Para terminar, debí titular este escrito al principio pero, -nobleza obliga otra vez-, la idea apareció sobre el final, de modo que, va a manera de epílogo: Jarabe de tu propia medicina (poco original, lo asumo).

    Tres posdatas tres a modo de síntesis:

    1) Vos escribiste sobre Ramos, a mí lo que Ramos escribe me gusta. Te contesto pero sin la intención de polemizar. Vos escribiste, yo contesté, si vos retrucas…ganaste dos a uno.

    2) Sospecho que no lo vas a postear mi respuesta. No importa, en principio, es para vos.

    3) La distancia entre vos y yo no es sólo geográfica (como dije soy sanjuanino) cosa que por su lado, demuestra que vivir en las grandes capitales no necesariamente te acerca a la literatura.

    Saludos.

  4. guillermo / Ene 25 2012 12:30 am

    No esta bien buscar posibles correspondencias entre un autor y su obra. Esto es suponer que hay una relación de reflejo, de honestidad, de logos literario. Cuando un escritor vomita, su vomito es frío, cae siempre arriba de una cubetera que el mismo colocó previamente. Pero lo importante no es hablar de vomitos y de remedios para las resacas, lo importante es pensar como uno lee la obra. Yo la leí como una divina comedia reencarnada en el conurbano, vos la leiste con la ingenuidad de alguen que lee seriamente un manual de autoayda o la biblia.

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