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mayo 21, 2008 / Roberto Giaccaglia

Mírenme

A propósito de la crítica sobre el libro de Pablo Ramos, La ley de la ferocidad, llegaron un par de comentarios interesantes al blog, uno de alguien muy enojado y otro cara a cara de una persona que me dijo que si bien no podía opinar del libro, porque no lo había leído, no creía que este tipo de literatura, aunque estuviera de moda, en caso de que realmente lo estuviera, fuese una porquería. Entonces me puse a escribir, en parte para justificar lo que había escrito.

No sos vos, soy yo

“Este tipo de literatura”, que yo creo de moda, y que llamo “del vómito”, se compone de dos temas o cuestiones: uno de ellos es la “literatura del yo”, esa manía de contarlo todo acerca de uno, como si uno importara mucho. Y otro, claro, las escenas trágicas, los malos pensamientos constantes, la miseria como única compañía física y moral del personaje, como si no se pudiera ver o sentir o experimentar el mundo de otra manera o como si, no ya la felicidad, sino apenas algo de alegría estuviera prohibido en la literatura, por temor de que lo que escribamos se transforme en bodoques espirituales del tipo Coelho/Bucay, como arriesgué en la citada crítica.

Estimo que si seguimos por el camino de la literatura del yo, y pisando no con cualquier zapato, sino con uno que se hunda en la autosuficiencia, por el peso de la mugre que nos proponemos arrastrar con nosotros, tarde o temprano no podremos caminar más que en medio de una cloaca. Vamos a estar atrapados ahí, oliendo nuestra propia porquería y lo que los demás tengan para arrojarnos. La literatura del yo es eso, por lo menos si se persiste en ella con pies cargados de mugre, con kilos y kilos de mugre. Hay que ser muy pedante para creer que a los demás les interesa la vida de uno mismo como tema central en un libro de trescientas y pico de páginas, y todavía más si uno cree que son los momentos en los que damos pena los más dignos para compartir. Sin embargo, más de uno se larga a escribir ese libro. Eso sí, nadie parece levantar la voz en contra, mientras que sí lo hacen cuando uno intenta lo mismo desde un blog. Es más, los mismos escritores que hoy publican novelas semi autobiográficas o directamente autobiográficas, se despachan contra los blogs porque no entienden cómo es que alguien puede largarse a publicar diariamente sus cuestiones personales. Su vida, vamos. Algo de razón tienen. Se están olvidando de lo que ellos mismos hacen, pero algo de razón tienen. Muchos blogs, ya que estamos, son ese libro de trescientas y pico páginas con la vida de uno mismo y nada más. No por nada se los llama “bitácoras”, una especie de diario por las travesías de la vida, exploraciones, descubrimientos, hechos cotidianos que se quieren compartir como si se trataran de hallazgos de un marinero de Julio Verne o narraciones del capitán Ahab en su lucha diaria contra la gran ballena blanca. Abundan los bloggers que abundan sobre su vida —o que aburren sobre su vida—, pero lo peor de todo es que nos estamos acostumbrando a que esos detalles interesen en la medida de cuán terribles sean. Pero, repito, lo mismo pasa con la literatura del yo vomitiva, y sin embargo parece haber un consenso editorial alrededor de ella, una aprobación comercial digamos, con la consecuente aceptación del público. No por nada las librerías se ven inundadas de este material.

Uno de los comentarios que llegó al blog, a propósito de la crítica al libro de Pablo Ramos, menciona a la novela Derrumbe, de Daniel Guebel. Es un buen ejemplo: en esa novela el escritor se expone ante los lectores como una materia prima a la que se le aplican varios golpes hasta moldear el producto final. El escritor hace de sus conflictos maritales y de la soledad resultante una excusa literaria. Si en vez de novela Derrumbe fuera el nombre de un blog donde un tipo cuenta sus peripecias a partir del momento en que lo dejó su mujer, la existencia de Derrumbe parecería aún más justificada, porque el blog nos ha acostumbrado a eso. Ahora son los libros los que lo están haciendo. Sobre todo los argentinos de estos últimos años (a las novelas de Ramos y de Guebel se le pueden sumar las últimas obras de Pauls y de Bizzio y varias más de menor renombre), aunque la manía bien puede haber nacido en otro sitio, y unos años atrás.

Me levanto, hago café, voy al baño, tengo diarrea, tomo el café con un poco de torta, empiezo a llamar a los amigos para la cena de mañana, quiero preparar una sesión de fotos de fist para el sábado…
Nicolas Pages, Guillaume Dustan

A mediados de los noventa apareció en Francia un manifiesto contra la imaginación. No es que lo llame de esa manera, es que ese era su título precisamente, Contra la imaginación. Allí, un escritor cuyo nombre no retuve decía que si el arte debe ser un reflejo de la vida no tiene que mentir. O sea, no tiene que haber imaginación en lo que el artista hace. La imaginación, según este autor, tendría un carácter burgués, serviría para distraer. Al igual que el fútbol o la religión, no sería otra cosa que el opio de los pueblos. El opio del público, quedaría mejor. Este manifiesto apareció en medio de una moda literaria, la littérature du moi. Es simple, el autor dejaba de ser autor para pasar a ser una vidriera. Lo que había dentro de sus obras era aquello de lo que él estaba constituido, su pasado y su presente. Pero sólo eso.

El estilo que los otrora autores y ahora vidrieristas despliegan en las páginas de sus novelas es muy similar: escriben en tiempo presente, enumeran, putean, repiten, abundan. De esta forma, según parece, se le da a lo expuesto, nunca mejor dicho, un viso de realidad superior. Es un estilo apurado, sin procesar, similar al periodístico, y no a cualquier periodismo, sino al de la crónica urgente: el de aquel noticiero que muestra a la noticia cruda, en el momento mismo en que se está produciendo, no importa si se cruza ante las cámaras la sangre o la desesperación. Mejor todavía. Si bien se mira, es un estilo por un lado perverso y por el otro pretensioso: el vidrierista cree que lo que tiene para mostrar es superior a todo intento estético, a todo esfuerzo por hacerlo mejor. El novelista del yo está convencido de que el contenido es superior a la forma, que la forma es un mero vehículo por el que hacer transitar su importantísima vida o sus relevantes opiniones. Es la literatura como un reality show, donde, en suma, se hace más o menos lo mismo que hacen estos novelistas: se enumeran tragedias, se putea, se repite, el presente se eterniza en un círculo vicioso de odio hacia los demás y hacia sí mismo. Vemos a la mujer engañada por la amiga agarrarse de los pelos mientras grita que a “él” lo quiere y que “esta” no se lo puede robar y que hay que matarla. El efecto es el mismo o muy parecido a leer a un novelista del yo: hay un vacío de sentido que se intenta llenar con el apuro por narrar una acción desesperada, mínima frente a otras tragedias e intranscendente. Los novelistas del yo comercian su vida de la misma manera que los presentadores de los reality shows comercian las de los demás. El kilo de ombligo, al parecer, hoy se valora mucho más que la imaginación o el tener algo para decir. Esta alza en el kilo de ombligo produce lo que entendemos por “ombliguismo”, otra de las formas de llamar a esta literatura del yo, que encima, últimamente, como ya dije, se ha visto atacada por lo peor de cada uno, ver el mundo a través de un cristal sucio y rajado, con lo que nace la “literatura del vómito”, un paso más en la “aventura” de narrarse a sí mismo, algo para llamar más la atención. Los reality shows, para captar público, deben recrudecer su miserabilidad. Este recrudecimiento obedece sólo a una cosa: incapacidad para la creación, la simple y mera creación, la simple y mera escritura puesta en servicio de la imaginación, una cosa que se desprecia porque no se tiene. Más allá de las vivencias, de nuestras vivencias, parecen decirnos estos escritores, no hay nada: no hay historia, no hay política, no hay realidad, no hay sociedad. Es la vanidad pura. Y esto cuando tenemos suerte. Cuando no, la realidad se embadurna con lo peor que se tiene a mano. Se hacen los matones, por ejemplo, pero no, paradójicamente, para ser vistos como valientes, sino para que los demás sientan pena… para que se contagien de la “sensibilidad” del autor, quien por tener ojos claros que todo lo ven no puede más que alarmarse y despotricar y despotricar, como si tal cosa lo hiciera superior al resto. La del “yo” es una lógica de carácter privado que con este tipo de literatura se hace pública. Como tal, es inentendible, pues es una lógica que por nacer del yo sólo puede ser interpretada por el yo mismo: estas novelas se erigen a partir de un principio: el principio de acción moral del egoísta: el “autor” pontifica a partir de acciones mínimas y vuelca su bilis sobre ellas, sin que sepamos jamás por qué opina así: “La emoción que le produce la droga lo vuelve dócil, más amigo que antes. Sé que no va a repartirla. Sé la mierda que hay en su alma. Me dice cosas que atenúan lo que dijo antes. Pobre hijo de puta. Me dice que me entiende. Ya casi es un vómito de perro…” Así escribe Pablo Ramos en La ley de la ferocidad, un epígono del estilo ombliguista y vomitivo de la “literatura del yo” más difundida: tiempo presente, insultos, repetición, abundar sobre lo mismo una y otra vez, cada vez peor, la imperación de un tono llorón, trágico, lamentable, con el cual todo se tiñe del mismo color. (En la literatura “seria” argentina, o respetable, se le teme a la alegría, al humor, a una visión de las cosas que difiera de la náusea sartreana, algo ya un poquito viejo y perimido. Entonces, la alegría en la literatura argentina “seria” se suplanta por la solemnidad pedante del hombrecito que se cree hombre, que insulta y se lamenta, que se cree mejor, superior, irremplazable, muy lejos de los hombres felices, esos que se parecen peligrosamente a Coelho, a Bucay… y que en el fondo trabajan para el mercado igual que ellos.) Tanto odio y aspereza, tanta falta de emociones que puedan distinguirse las unas de las otras generan un tipo de literatura cargada de vanidad y de egoísmo que pretende que cada una de las experiencias cotidianas que vive el “autor” rebalsan de interés. La literatura del yo es monotemática y monocorde, tiene las mismas limitaciones del yo y sus mismas carencias y como tal no puede hacer más que inhibir el impulso creador y dejarlo todo en manos del cinismo, muchas veces el amparo de muchas obras mediocres. La creación es un misterio donde el yo, por sí solo, no siempre llega, tal vez por perder el tiempo en su solipsismo, sus nimiedades, su monólogo existencial. O sea, en hurgarse el ombligo.

Volviendo a la pretensión de que los demás sientan pena, o algo como eso, se me ocurre que por esta “edificación” de uno mismo la única pena que se puede sentir es algo como “Pobre, no tiene nada para decir…” Mi respuesta es a propósito de la autosuficiencia que estos autores muestran, así que no creo que se enojen, porque a partir de ellos sucede todo, con lo que toda crítica que se haga a esta nueva moral pasará limpiamente a través de ese hueco donde se nos invita a asomarnos. Ese hueco donde no hay nada, ese vacío.

Sí, soy yo

Pero ojo, no hay que confundir la “literatura del yo” con escribir a partir de uno mismo. Son cuestiones que no necesariamente tienen que ver entre sí: una cosa es una cosa y otra… es otra. Como tal, opinar subjetivamente, por ejemplo, y no conforme a cánones, o a una tradición o a un consenso manipulado, es una cosa, y otra muy distinta es hacer de la propia vida un asunto literario, tomar lo inmediato como trascendente, lo banal como asunto relevante, nuestro dolor de muelas como argumento de una novela, nuestro odio o miseria moral como piedra basal de una construcción de páginas y páginas. Es más, escribir a partir de uno mismo es lo más recomendable y casi que no hay otra opción, a no ser que uno sea un empleado y escriba novelas por encargo o, por ejemplo, escriba críticas como si fuera un trabajo o parte de una tarea escolar.

Menciono lo de la crítica tal vez para justificarme.

Al hablar de un disco, de un libro o de una película repito varias veces la palabra “yo”, la escriba o no. Parto de ahí, de lo que sentí al escuchar tal o cual disco, leer tal o cual libro, mirar tal o cual película. Hans-Georg Gadamer, filósofo preocupado sobre todo por cuestiones del arte, entendía que la experiencia estética se define sobre todo por nuestra participación en la obra de arte, nuestra participación como público. De ahí, en parte, nuestras opiniones: “Lo que hay que encontrar es el tiempo propio de la composición musical, el sonido propio de un texto poético; y eso sólo puede ocurrir en el oído interior”. Pues bien, me gustaría pensar que en cada crítica se pone en juego ese oído interior, un oído que para estar atento a lo que “escucha” debe sobre todo distanciarse de todo cálculo, porque el “tiempo” de la obra es otro, uno muy distinto al que estamos acostumbrados. Por eso la crítica no debe ser tomada como un trabajo. Tampoco el arte. Cuando el arte y la crítica son un “trabajo” pasan a ser controlados por un mecanismo que ensordece el oído interno, pues es regulado por disposiciones externas, de otro carácter: el productivo, por ejemplo. De ahí que la crítica deba partir del “yo”. Al respecto, me gusta lo que dice Piglia: cada crítica es una partecita de la biografía del crítico. Algo así dijo y estoy de acuerdo. ¡Con cuántas cosas que dice Piglia uno está de acuerdo sin que Piglia lo convenza como escritor! Es raro eso, pero también otro tema… que nada tiene que ver con esto. Como dije al empezar la crítica sobre el libro de Pablo Ramos, que por alguna razón tuve muy presente aun después de escribirla, tal vez por sentir que al criticar esa novela me criticaba a mí mismo, yo solía hacer algo parecido a lo que hace el escritor, que en este libro profundizó su estilo hasta alcanzar altos niveles de tedio. Y lo peor de todo es que lo sigo haciendo. Aunque ahora bastante alejado, me parece, de toda pretensión trágica o lamentable: hacer, por caso, que los demás sientan algo parecido a la tragedia o al lamento al enterarse de cómo sufre mi atribulado corazón. El mío no es un corazón superior. Igualmente, es a partir de mí mismo que escribo lo que escribo, y hay veces, creo, en las que hablo más de mí que del disco, libro o película que me pongo a criticar. Una frase como la de arriba, aquello de “Entonces me puse a escribir, en parte para justificar lo que había escrito”, o la más próxima, “Menciono lo de la crítica tal vez para justificarme”, son claro ejemplo de esto. Parece que una vez que uno se mete en él, el “yo” es un túnel sin salida. Recubierto de espejos, eso sí.

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