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mayo 29, 2008 / Roberto Giaccaglia

¿De qué hablamos cuando hablamos de arte?

My Kid Could Paint That, Amir Bar-Lev, 82:00, 2007, Estados Unidos.

Hay algunas películas que valen según la discusión que son capaces de generar. No estoy hablando aquí de esos asuntos que nos venden como importantes o que los medios creen relevantes, o “adultos”, por ejemplo la infidelidad o debates en torno al asunto de si alguien alquilaría a su mujer por un millón de dólares. No, nada de eso, sino asuntos importantes en serio, duraderos. Por ejemplo, ¿se puede llamar “arte” a ese coso de colores que acaba de venderse por cientos de miles de dólares y que hasta mi hijo de tres años es capaz de pintar? Cosas así, importantes, duraderas, sobre cuyas virtudes cierta parte mínima de la humanidad, mínima pero persistente, discute y discute, como las cajas de Brillo Box de Andy Warhol o los cuadros chorreados de Jackson Pollock, obras maestras que a simple vista cualquiera con un poco de maña podría realizar pero que sin embargo siguen deslumbrando. O lo que deslumbra sea acaso todo lo que generaron.
Así que olvidémonos de la forma y centrémonos en el contenido, que después de todo estamos hablando de arte conceptual. ¿O no? No.

My Kid Could Paint That es un documental que narra el estrellato súbito y la súbita caída de una artista plástica de cinco años. Sí, pero que al cumplir cinco años ya nadie quería. Había que verla a los tres, entonces sí que pintaba bien.

Marla Olmstead (nacida en 2000 en Binghamton, New York), una vivaracha mocosita de tres años, rubia, simpática, alegre, bien alimentada y mejor estimulada, es decir feliz, estaba viendo cómo su padre, pintor aficionado, daba unos cuantos pincelazos a un lienzo, cuando se le ocurrió que ella también podía hacer eso. Suele suceder. No lejos de donde vivo hay un chiquilín que corre en karting y que ha ganado ya unos cuantos premios. Las ganas de manejar le surgieron al ver a su padre disfrutar de los paseos domingueros que ofrecía a su familia. Creo que tiene seis años y ya hay gente que lo señala como un posible nuevo Fangio.
Pero volvamos al tema.
Marla Olmstead, entonces, estaba viendo a su padre despuntar su vicio por la pintura, lo empezó a molestar con pinceles que había por ahí y su padre, harto, le cedió su lugar frente al lienzo, “Ma’ sí, hacelo vos”, le habrá dicho, y al cabo de una hora o dos el resultado lo convenció más de lo que él mismo era capaz de hacer. Había nacido una estrella. O una artista rumbo al estrellato, que no siempre es lo mismo. Es que yendo rumbo al estrellato muchos terminan estrellándose.

Los padres de Marla continuaron ofreciéndole lienzos, pinceles y pinturas, hasta que la familia se armó de una pequeña colección de arte abstracto, más o menos como la que cualquiera tiene pegada con imanes en la heladera de su cocina. O no tanto, porque estos dibujos eran bastante más grandes, tanto que no había lugar para ponerlos. Y algo más, esto muy llamativo: al contrario del 99% de los niños, la superficie a pintar por Marla no presentaba blanco alguno; o sea, ella era capaz de llenar todo el lienzo, pintándolo de arriba a abajo, sin dedicarle a una esquina en especial más mérito que a otra. Los especialistas dicen que eso basta para considerar a Marla una niña dotada.
Un amigo de la familia, viendo el problema de espacio de los Omstead, y olisqueando tal vez el negocio que se venía, les ofreció entonces las paredes de su cafetería, donde los cuadros de Marla iban a quedar muy lindos al parecer. Así lo hicieron. El asunto empezó a complicarse cuando los clientes de la cafetería empezaron a preguntarle al dueño del local el precio de los cuadros. “¿Y qué sé yo?”, dijo el tipo. Le preguntó a los padres, que tampoco sabían y que seguramente habrán cobrado lo que la nena gastaba en pinturas. Como la gente insistía por más, después se animaron a pedir unos doscientos dólares. Después quinientos, mil, y así hasta que no le quedaron pinturas por vender. Los clientes celosos de los otros clientes que ya tenían pinturas de Marla pidieron más cuadros. Y así fue que Marla empezó a producir en serie.

Una periodista de un diario barrial, una tal Elizabeth Cohen, columnista de asuntos pasajeros, autora de notas de color, se enteró de la historia y escribió un artículo acerca de las ventas de Marla. A alguien del New York Times se le ocurrió “levantar” la historia, que de verdad era simpática. Llegó el turno de la televisión, que de alguna forma siempre logra enterarse de todo y hacer de catalizador, y Marla, en unas semanas, estaba exponiendo en galerías célebres de New York y Los Angeles. Sus pinturas ya no valían menos de 300.000 dólares.

Y así transcurre el documental, entre sonrisas y felicitaciones de críticos de arte y de periodistas y de coleccionistas chochos con sus adquisiciones, padres cada vez más contentos y cada vez más ricos, un hermanito menor que reclama por atención y una nena que se va aburriendo más y más, hasta que aparece en pantalla la familia reunida frente al televisor mirando un reportaje del programa 60 Minutes, de la CBS, que cuestiona la autoría de las pinturas de Marla. Es que en todo este tema, tanto público como periodistas se estaban olvidando de algo: nadie había visto a Marla pintar. Sólo sus padres. Entonces a alguien, un periodista metido seguramente, de esos que escarban hasta encontrar algún corazón sangrando o un núcleo con problemas, tuvo la idea de esconder una cámara y filmar la tarea de Marla sin que ésta supiera. Los medios necesitan víctimas todo el tiempo.
La filmación se realizó con la anuencia de los padres de Marla, que seguramente no se esperaban lo que se venía. Esa filmación se le mostró a la psicopedagoga invitada a charlar en 60 Minutes. La especialista había visto previamente pinturas de Marla, a las cuales había considerado aptas para cualquier museo, pero después de ver el cuadro que Marla pinta ante las cámaras, su entusiasmo se desvanece: “Ella no parece hacer nada que no haría un niño normal”. En efecto, el cuadro que Marla pinta sin saber que está siendo filmada es muy diferente a aquellos que deslumbraban a crítica, público y galeristas, quienes no podían explicarse cómo una niña de tan pocos años era capaz de “llenar” un lienzo de esa manera. Ahora que había explicación, nadie sabía dónde meterse los cuadros.
Junto al desvanecimiento del entusiasmo de la psicopedagoga, especialista en niños talentosos, se desvanece también el negocio paterno: todo el mundo comienza a sospechar del talento de Marla. A partir de esas palabras, “Marla es una niña normal”, se empieza a creer que los trabajos más acabados de Marla, aquellos donde no fue filmada mientras los componía, no son enteramente de ella, sino también de su padre, el pintor aficionado. Al parecer, su padre “habría” guiado la mano de su hija hasta conformar cuadros medianamente aceptables, digamos como para exponerlos en una galería o venderlos por casi medio millón de dólares.

Pero las preguntas del documental en realidad son otras, no sobre la comercialización del talento infantil o sobre el poder de los medios. Sino, simplemente, sobre la comercialización del arte, que hablando rápido y mal vendría a significar sólo una cosa: ¿quién es el que dice qué cosa es arte y qué no?

Es la participación de varios especialistas alrededor de este tema lo que torna a la película, y a la propia historia, en algo significativo, que deja pensando. Por ejemplo, aparece un artista puntilloso, Anthony Brunelli, que tiene mucha participación no sólo en el film, sino en la misma historia, adueñándose en parte de ella, pues fue una especie de promotor del trabajo de Marla desde la primera hora, cuando al toparse con el trabajo de Marla no vio sólo lindos cuadros para la pared de un living, sino también una oportunidad para redimirse ante el mundo. Este artista, realista, perfeccionista, que pinta cuadros que más parecen fotos que pinturas, “toma” a Marla para demostrarle al mundo una sola cosa: el arte abstracto es una estafa. Anthony Brunelli, en suma, no hace más que usar a la pobre Marla de una manera todavía más cruel que la llevaron adelante sus padres.
Anthony Brunelli, gran artista, hay que reconocerlo, con un talento único, tal vez comparable al de nuestro pintor de aves, Axel Amuchástegui, aunque potenciado, es un hombre enojado, claro, que no entiende cómo es posible que cuadros que cualquiera puede pintar se vendan por precios que triplican o cuadriplican a los precios que alcanzan en el mercado los cuadros que él pinta, algunos de los cuales le llevan meses de trabajo, casi un año. Lo que dice este artista es simple: esta pintura abstracta es bellísima, vale medio millón de dólares, pero la pintó una niña de tres años. Al no ser muy diferente a lo que un artista abstracto adulto es capaz de hacer, lo que tenemos es que el arte abstracto no es arte al fin y al cabo, sino una mentira construida alrededor del “significado profundo” que subyacería en la obra. “Dentro” del arte abstracto no hay nada, dice Brunelli, o sea que como arte es injustificable, porque las meras formas, los meros colores surgen del azar, como lo demuestra este bello y simpático ejemplo de tres años de edad, que pinta jugando, manchándolo todo, riéndose del resultado.

El otro especialista es un tal Michael Kimmelman, crítico y columnista del New York Times. Es un placer escucharlo y la película en parte se justifica por lo que tiene para decir. Expone con claridad, sin aburrir, siempre yendo al punto central de la cuestión, con erudición y compromiso. Se nota que es algo más que un académico, es alguien que gusta del arte y que a partir de ese gusto se nutre y nutre a los demás, alguien a quien, por su receptividad, las ideas lo están atacando todo el tiempo y no carece de humildad para compartirlas con los demás.
Sin tomar partido por el arte de Marla o por el arte abstracto en general, pero tampoco o mucho menos por gente como el artista puntilloso de más arriba, que dice que el arte abstracto es una estafa, Kimmelman dice que el arte es arte cuando la comunidad artística señala alguna cosa como tal. Estoy simplificando, pero es más o menos eso. Puede ser cuestionable, pero no de otro asidero se valió Duchamp para exponer su secador de botellas o su urinario. Los dotó de significado, era alguien que sabía lo que hacía, así que estaba en lo cierto a la hora de presentarse en el museo con semejantes “obras”. Los del museo también iban a decir que “eso” era arte.
Kimmelman puede parecer un poco renuente a dar su propia visión de las cosas. Pero no es eso. En ese momento se le nota algo de cinismo, no es que acepte sin más la definición que nos ofrece: “arte” es eso que la comunidad artística dice que es arte. O sea, arte es lo que puede venderse por tal cosa.

En cierta forma, Kimmelman aporta a la cuestión desde la teoría institucional del arte, aquella que según Brunelli ha permitido tantas falacias y mentiras, y que bien pudo haber surgido para explicar cómo es que un urinario comprado en un bazar es arte, o al menos para justificar su inclusión en un museo. Lo que dice Kimmelman, entonces, es que las pinturas de Marla son un “artefacto” destinado a cierta clase de consumo, aquel educado por gente como galeristas y críticos. De ahí que sus pinturas sean “arte”.
O sea, las pinturas de Marla tienen un status que otras obras similares no han alcanzado, por alguna razón que al común de los mortales escapa y que tiene que ver seguramente con aquello que desvela al artista puntilloso que “usa” a Marla para demostrar su teoría: el arte abstracto es una estafa, un comercio, la aceptación de que se nos dirija como corderos y que gustemos del arte conforme a las modas o a las imposiciones de algún consejero publicitario posmoderno.

La adjudicación del status de obra de arte no es inapelable, no hay sobre ella una autoridad plena, las instituciones que señalan a una cosa como arte y a otra como algo que no lo es no son instituciones formales, no hay leyes que las amparen. Se puede hablar de canon, pero eso es otra cosa. Kimmelman lo tiene en cuenta para hablar no sólo de las pinturas de Marla, sino también de la discusión que ellas plantean, lo que a fin de cuentas termina siendo lo principal. De ahí que aparezca justo en ese momento algo de cinismo en él. Kimmelman parece “aceptar” lo que las instituciones que rodean al arte tienen para decir, la “legitimación” que proveen, pero también dice que todo ello es insuficiente, siempre hay algo que en la verdadera obra de arte escapa a la legitimación pretendida por las academias, las modas o el periodismo light y sus críticas escritas por nadie. Lo más adecuado, parece decir Kimmelman, es aprenderse todos los cánones posibles y después hacer otra cosa.

¿Y qué aportan las pinturas de una niña de tres años a esta cuestión? No exactamente lo que el artista puntilloso se propuso al respaldar y alentar la carrera de Marla, esto de confirmar que el arte abstracto es una estafa, porque, con todo, a pesar de que los pinceletazos de Marla sean mejores que muchos de los que son capaces de dar artistas consagrados, todavía hay mucho para debatir qué es lo que se encuentra “dentro” de una obra de arte abstracta, si es que a fin de cuentas hay algo y no una mera ilusión que termina colocando el público.
Y es la noción de contenido, precisamente, lo que se opone en cierta forma a la mirada institucional del arte, pues el contenido coloca como centro de la definición del arte al propio artista, o sea al creador de la obra, el que se está expresando, y deja afuera a las instituciones, a las reglas, a la policía artística. Lo que hacen las pinturas de Marla, entonces, es aportar a una discusión crucial, porque todos se preguntan lo mismo: si las pinturas de Marla son arte abstracto y el arte abstracto depende del contenido, ¿qué significado puede aportar un ser tan pequeño que prácticamente no ha empezado a vivir?
Las pinturas de Marla son, por esto mismo, más valiosas de lo que se está hoy mismo pagando por ellas.

Tal vez preeviendo esto de que el arte, para ser tal cosa, arte, necesita de un significado, los padres de Marla le hicieron decir a la niña cosas sobre sus obras que el documental no la muestra como capaz de decir. Es por lo menos lo que sospecha la dueña de una galería que rechaza el trabajo de Marla, no por carecer de belleza o expresión de por sí, sino porque la mujer sospecha que esa pequeña niña sea capaz de tejer semejantes pensamientos, semejantes formas, tales complejidades. Por ejemplo, la realización de un tríptico. El espectador también sospecha. Vamos, todo el tiempo en el documental Marla es una simple niña, simpática y un poco harta de las cámaras, la televisión, las preguntas de desconocidos y seguramente del hincha pelotas de su padre. Así que resulta difícil de creer, por ejemplo, que ciertos textos que acompañan a las pinturas hayan sido pensados por ella, no sólo las pinturas mismas. “Everybody needs naked time”, escribe Marla bajo una pintura de su autoría, por ejemplo, algo sospechoso, sí, pero repito, no el hecho principal o que motiva la visión de esta película. Acusar a los padres o usar al documental como un alegato contra la explotación del talento infantil sería errar la mirada. Esta película está para discutirnos a nosotros mismos como espectadores y como consumidores de esa cosa que por carecer de un nombre mejor terminamos llamando arte.

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2 comentarios

Dejar un comentario
  1. yo / Nov 29 2009 10:29 pm

    hoy en dia cualquiera es “artista” que….. que lastima

  2. yo (el de antes) / Nov 29 2009 10:35 pm

    AH! que rabia ! imaginate un punto rojo en un fondo blanco 100000000000000000000000000000000000000000000000000000000000000000000000000000000000 $

    Que tiempos los que corren……mas pobre que nunca ……..en fin ..

    hasta otra

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